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Los sistemas receptores 07: Sistema vestibular II. Procesos.

En la entrada que ahora comenzamos vamos a completar la información acerca del sentido que nos proporciona los datos necesarios para poder mantener el equilibrio de nuestro cuerpo. En la anterior entrada de esta serie, “Los sistemas receptores“, vimos cómo eran los sensores de la información y en qué lugar del cuerpo se encontraban: el oído interno. En los siguientes párrafos acompañaremos a los potenciales de acción, generados por la actividad de estos sensores, en su camino hacia estructuras neuronales más profundas en donde se verán sometidos a procesos cerebrales más complejos. Volvamos, pues, al nervio vestibular, uno de los dos que componen el nervio craneal VIII. Y como ya os comenté en otras entradas, antes de entrar definitivamente en harina os recomiendo que repaséis las tres primeras de esta serie si no las habéis leído ya.

En las ampollas del laberinto y en los sacos donde flotan los otolitos se habían generado potenciales de acción, todos ellos semejantes, como no puede ser de otra manera dada la común fisiología de todos los tipos de neuronas. Ante esta realidad que parece contraria a una buena operativa posterior, hay algo que viene en ayuda del cerebro, y es que estos potenciales van por unas vías exclusivas, que en el caso que nos trae es el manojo de axones de nuestro nervio vestibular. Cuando lleguen a la profundidad del encéfalo éste “sabrá” qué es lo que le dicen, porque proceden de donde proceden, y también “sabrá” que tiene inequívocamente que ver con las estructuras cerebrales a donde van a llegar. Estructuras en donde se va a utilizar la información para trabajar diversas funciones propioceptivas y de equilibrio que nos pueden resultar elementales y evidentes de puro automáticas y reiterativas que son.

Como, por ejemplo, la de estabilizar los movimientos de los ojos cuando la cabeza, por sí sola o arrastrada por el movimiento del cuerpo, cambia de posición. Lo que es lo mismo que decir que su eje de proyección hacia delante, hacia el campo de visión, ha cambiado, cosa que a lo mejor no le interesa a los ojos, que deben seguir fijos en el punto hacia donde miraban. Imaginad que vais en el tren mirando por la ventanilla a un árbol espectacular. El tren debe seguir por la vía, que gira hacia la derecha… y sin embargo nuestros ojos no acompañan el giro inducido en nuestro cuerpo y por tanto en la cabeza, sino que siguen fijos en el árbol que captó nuestra atención. Lo más sorprendente es que el movimiento de corrección que han realizado los ojos coincide exactamente con el movimiento experimentado por nuestra cabeza, tanto en amplitud como en velocidad. Y además lo han hecho de forma automática con una perfección que nunca hubiéramos conseguido si lo hubiéramos querido hacer de forma voluntaria.

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Los sistemas receptores 06: Sistema vestibular I. Los sensores.

En la anterior entrada de esta serie, “Los sistemas receptores, profundizamos en los sensores que nos proporcionan la propiocepción o, lo que es lo mismo, la percepción de la posición de nuestro cuerpo. En esta entrada y en la siguiente vamos a analizar un sentido que podemos considerar complementario, el sentido vestibular o de equilibrio, que nos proporciona la información que necesitamos en situaciones dinámicas de movimiento y aceleraciones para mantenernos en equilibrio. Por eso también se le llama sentido de equilibriocepción. Hoy solamente hablaremos de los sensores equilibrioceptivos. Y, como ya os comenté en otras entradas, antes de entrar definitivamente en harina os recomiendo que repaséis las tres primeras de esta serie, si no las habéis leído ya.

Los sensores primarios de este sistema se encuentran en el oído interno. Como veremos cuando hablemos del sentido de la audición, la parte más externa del oído está formada por los pabellones auditivos, la membrana del tímpano y los huesecillos amplificadores de las vibraciones sonoras. Pero no creamos que, por el hecho de estar ahí instalados sus sensores, el sentido vestibular que hoy vamos a estudiar tenga que ver con estas ondas de presión que vienen por el aire y que van a fabricarnos, tras el procesamiento encefálico, las percepciones sonoras. El punto en común de estos subsistemas, vestibular y auditivo, además de ser vecinos dentro del hueso temporal, es que son más que orgánicamente vecinos, ya que estructuralmente son muy similares: tubos membranosos que comparte un mismo líquido en su interior, aunque ambos se dedican a funciones muy distintas.

Al otro lado de donde golpea el último huesecillo, llamado estribo -lo veremos con más detalle en la entrada correspondiente al oído-, se encuentra un conjunto de tubos membranosos. Uno en forma de caracol, que da servicio a la audición, y otros tres en forma de semicircunferencias -el laberinto-, con disposición perpendicular unos a otros y una base común en donde se producen unos ensanchamientos globulares –los órganos otolíticos-, que participan en el sentido vestibular del equilibrio. En éste [a] los conductos circulares perpendiculares nos ayudan a detectar las aceleraciones en las rotaciones de la cabeza, mientras que [b] los sacos en el entronque común detectan la sensación de la posición estática de la cabeza, así como los movimientos lineales de la misma.

Una preciosa imagen en donde se distinguen claramente los canales perpendiculares del laberinto -1,2 y 3- y el caracol del oído. Los números 5′ y 7 corresponden a los órganos otolíticos (Wikimedia, dominio público)

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Biografía del Universo 06: ¡Qué grande es la inflación!

t = 10-32 segundos

Dejamos la entrada anterior de esta serie sobre la Biografía del Universo en un momento en que el Universo había sido sometido a un estiramiento brutal de piel y a un recalentamiento que le dejó muy excitado. Esto último sucedía más o menos a los 10-32 segundos desde el origen teórico de nuestro tiempo en el centro del mundo de Planck. Recordemos una frase allí escrita: “Por último, al acabarse la inflación exponencial, el -campo- inflatón se adentra en la zona de reposo, acunándose alrededor del punto de mínima energía. En estos momentos creemos que aparece una nueva generación de campos y el universo pasa de un estado vacío, oscuro y frío, a todo lo contrario. La inmensa energía potencial embalsada durante la expansión se transforma en eso, en partículas y radiación, incrementándose la temperatura hasta los 1029K”.

La energía positiva de toda la materia que se acababa de crear durante la fase de recalentamiento del universo se balanceó con exactitud con la energía negativa de toda la gravedad del universo. Tal como dijo Alan Guth, el cosmólogo que visionó el proceso de expansión inflacionaria: “Toda la materia más toda la gravedad en el universo observable es igual a cero. Por eso el Universo pudo surgir de la nada, porque es, básicamente, nada”.

Nota general para todo lo que sigue donde se menciona un universo observable: Como “universo observable” entendemos a una región parcial del Universo total, una esfera con nosotros de observadores en el centro, en la que la luz emitida por los puntos frontera más exteriores ha tenido tiempo de llegar hasta el centro de la esfera. Lo que quiere decir que estos puntos frontera se encuentran a una distancia de nosotros en años-luz igual a la edad del Universo, 13.800 millones de años-luz que, ampliados por el efecto de la expansión, equivale a unos 0,5×1024 kilómetros de radio de la esfera observable. El resto del Universo, que se postula en algunas teorías como finito y cerrado y en otras como infinito -o casi infinito- en el espacio pero finito en el tiempo, es inalcanzable.[1]

En el momento de alcanzar su estado de mínima energía, el campo inflatón fue capaz de interactuar con los nuevos campos surgidos en este momento de cambio de estado para nuestro Universo. Campos correspondientes a nuevas partículas y fuerzas; algunas serían como las actuales, otras extrañas o desconocidas para nosotros.[2] El campo inflatón inducía estados de vibración en los nuevos personajes, quizás mediante la intermediación de una partícula que podríamos llamar también inflatón, en un mundo de altísimas energías que rondaban los 1024 eV, muy alejadas de las que manejan nuestras capacidades tecnológicas.[3] Es decir, este momento y estas partículas son aún inobservables para nosotros.

Diversas resoluciones teóricas del fenómeno de recalentamiento parecen indicar que el proceso pudo iniciarse a partir de la formación de burbujas de energía en determinadas regiones del espacio, que serían ondas de materia muy localizadas y con una tremenda energía cinética. A velocidad próxima a la de la luz, estas burbujas chocarían, fragmentándose en otras más pequeñas y con unas longitudes de onda menores. Con el paso del tiempo, y siguiendo este proceso, las burbujas iniciales se habrían extendido por todo el espacio, que se comportaría algo así como un fluido turbulento. Poco a poco se fue atemperando esa turbulencia, alcanzándose un nivel de temperatura homogéneo en todos los puntos. Todo ello en una pequeñísima fracción de segundo. Estos procesos habrían generado un espectro de ondas gravitatorias que si llegamos algún día a poder detectar nos darían una alternativa al LHC, o a tecnologías similares que le sigan, para el análisis de lo que sucedió en los momentos iniciales.

Los dos tipos de ondas gravitatorias que se pudieron generar en los primeros momentos del Universo. Las primeras (en amarillo) como consecuencia de la rápida expansión del espacio-tiempo y las segundas (en rojo) como consecuencia de los fenómenos de recalentamiento apuntadas en el texto (Imagen: Investigación y Ciencia, diciembre 2012, fair use)

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  1. Con relacion a la finitud o no del Universo hay que pensar que toda nuestra experiencia sobre él, y los cálculos que más nos aproximan a lo que vemos, están basados en el principio cosmológico de un universo homogéneo -igual en todos sus puntos- e isotrópico -en cualquier dirección que miremos vemos lo mismo-. Si esto es así el Universo no podría tener bordes en donde se perdiera la homogeneidad. Luego si hay que apostar hay que hacerlo a la baza de que es finito y cerrado. []
  2. Para saber un poco más acerca de cómo interactúan teóricamente los campos cuánticos y cómo de estas interacciones surgen las partículas, recomiendo leerse los magníficos artículos del blog “Of particular significance”, de los que selecciono dos, éste y éste, relacionados con lo que hablamos en este momento en nuestra serie []
  3. Pensemos que nuestro orgullo está en el LHC -Large Hadron Collider- con una capacidad de ver y profundizar en energías hasta un máximo de 13×1012 eV []

Has leído… La hormiga, de Pedro Gálvez?

Pedro Gálvez

Posiblemente no, porque hace bastantes años que esta novela está descatalogada y es imposible encontrarla en librerías, pero se trata de un libro realmente curioso del autor malagueño Pedro Gálvez, nieto del también escritor Pedro Luis de Gávez, fusilado en Madrid al poco de finalizar la Guerra Civil Española. Nació Pedro Gálvez en 1940, y llevó una azarosa vida en su juventud. Emigrante junto a su familia a las Américas, donde se formó, se afilió al Partido Comunista en Caracas y estuvo vinculado a la guerrilla venezolana de los años 60, hasta que tuvo que huir a la muy comunista República Democrática Alemana, en la que llegó a ser traductor personal de español del líder de la RDA del momento, Walter Ulbricht. En 1971 escapó a la República Federal Alemana y en 1975, tras la muerte de Francisco Franco, se trasladó finalmente a España. Actualmente reside en Alemania, y leo en la hemeroteca que fue apuñalado en la puerta de su casa de Munich en enero de 2011. Espero que se haya repuesto del susto y que esté bien.

Pedro Gálvez ha escrito mucho después, en los años 2000, otros libros, novelas históricas, por los que es más conocido: El maestro del Emperador; Nerón, Diario de un Emperador; Hypatia de Alejandría; La emperatriz de Roma… Nada que ver con el libro que hoy os presento.

La Hormiga fue escrito en 1978, y fue publicado[1] en una colección de ciencia-ficción, Ultramar Ediciones de bolsillo, como uno de los raros exponentes de autores españoles de ciencia ficción de la época… de hecho por entonces yo sólo conocía a un autor español, Domingo Santos. El género estaba dominado (igual que hoy en día) por autores que escriben en inglés, sobre todo estadounidenses: Isaac Asimov, Ray Bradbury, Frederick Brown, Robert Heinlein, Frederick Pohl, etc, y era bastante raro encontrar obras de ciencia ficción de autores de otras nacionalidades. Y menos, españoles. Así que Ultramar lo publicó en su colección de bolsillo en 1978 o 1979, quizás lo reeditó algún año después… y ya no hay forma de encontrarlo como no sea en digital o rebuscando en alguna librería de libros usados.

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  1. También se publicó en algún momento con el título de “Historia de una hormiga. []

Los sistemas receptores 05: La propiocepción

En esta nueva entrada de nuestra querida serie “Los sistemas receptores“ vamos a hablar de un sentido del que nunca se nos habló, al menos a mí, en el cole. Siempre se trataba de cinco sentidos, los clásicos. Pero… eso de la propiocepción no existía.  Y a todo esto… ¿qué es la propiocepción?

Acudimos a su etimología y encontramos que la palabreja está compuesta de varias raíces de origen latino: “propius” –de uno mismo-, “capere, cepi, captum –contener, tomar, agarrar- y el sufijo “-cion” –acción, efecto-. Es decir, la propiocepción es el sentido que informa al organismo de la posición de los músculos, con lo que se alcanza la capacidad de sentir la posición relativa de las distintas partes de la arquitectura corporal. Es aquello que te guía cuando te pica el cogote y te lo rascas sin necesidad de mirarte a un espejo… la mano “rascadora” no falla, va directa al lugar del prurito.

Pues bien, vayamos de lleno a ver cómo se gestiona este sentido tan útil y tan poco tratado en nuestros estudios primarios, al menos en los míos de mediados del siglo pasado. Un vejete, sí señor. Y como ya os comenté repetidamente, antes de entrar definitivamente en harina os recomiendo que repaséis las tres primeras entradas de esta serie, si no las habéis leído ya.

Recapacitemos un poco en cómo diseñaríamos nosotros el sistema de alerta posicional de nuestro cuerpo. Pensaríamos en tener un subsistema de péndulo -equilibrio- que nos asegurase, que nos permitiera saber que nuestro centro de gravedad está en posición vertical sobre los puntos de apoyo de los pies, y que nos avisase cuando nos desequilibrásemos de forma que pudiéramos ejercer las órdenes motoras precisas para reequilibrarnos en la nueva posición. Pero para reequilibrarnos, al sistema le deberíamos dar los datos de entrada, no sólo decirle ¡te estás saliendo de equilibrio! sino también habría que suministrarle la posición inicial de huesos, músculos y articulaciones. Sin esto no acertaríamos con la decisión motora precisa para evitar una caída, por lo que deberíamos diseñar un segundo subsistema de sensores “ad hoc”, situados en músculos y articulaciones que nos dijera ¡tu cuerpo tiene tal geometría postural! Con la gran ventaja que nos serviría también para manipularnos física y mentalmente a nosotros mismos. Me quiero rascar detrás de la oreja derecha y, a pesar de que es imposible que vea el lugar exacto para poder guiarme con la vista, nunca fallo. Quiero subir un escalón y el subsistema, de forma automática, acierta a situar el pie con la altura precisa, ni más ni menos, para conseguir el objetivo. Me tiran una pelota y acierto a cogerla con mi mano: la he puesto en movimiento con una trayectoria y una velocidad precisas, tras lo que consigo una posición final coincidente con la trayectoria de la pelota y la tensión muscular exacta para soportar el golpe.

En esta entrada vamos a pasar por alto –lo dejamos para otra- el subsistema del equilibrio, centrándonos en el subsistema de sensores musculares y articulares.

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Biografía del Universo 05: Inflando el Universo II

de 10-35 segundos a 10-32 segundos desde el inicio

Recuperamos en la serie Biografía del Universo el hilo del relato interrumpido al final de la entrada anterior, en la que nos habíamos dedicado a analizar qué es lo que le pasó a nuestro biografiado en el momento más o menos t-35 segundos. Y lo que le pasó, o pensamos que le pasó, es que su tejido “corporal” espacio-temporal se vio compelido a un exagerado y rápido “engorde”, que conocemos como una inflación exponencial, gracias al capricho del campo inflatón que optó por mudarse de lugar aprovechando el efecto de tunelaje cuántico. Comentamos también cómo dentro del mundillo de la física había mentes brillantes que estaban estudiando la expansión del Universo, aunque sus conclusiones no satisfacían plenamente lo que realmente parecían observar al levantar la vista al cielo. Alan Guth intentó romper el impasse con una novedosa idea por la que postulaba un proceso de expansión inflacionaria -de velocidad incluso mayor que la de la luz- para el Universo.

Decíamos también en la entrada anterior que… “la idea general de Guth era buena, pero tampoco nos resolvía algún “detalle”. De forma que tuvimos que buscar nuevas teorías que siguieran estando enmarcadas dentro de la general de una expansión exponencial. Aquí entró la intuición del físico teórico ruso-americano Andréi Linde que perfeccionó la idea inicial de la inflación propuesta por Allan H. Guth. Su punto de partida sería la hipótesis de que hubiera una proporcionalidad entre el campo escalar inflatón y su potencial, su energía. Se trataba de una propuesta que no requería de efectos gravitatorios cuánticos, de transiciones de fase, de un super-enfriamiento o de un super-calentamiento inicial. Y, a pesar de ello, el Universo se expandía aún a mayor velocidad“.

Los primeros momentos del recién nacido Universo, que en el intervalo temporal entre t-35 y t-32 segundos desde el inicio duplicó su tamaño unas cien veces.

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Biografía del Universo 04: Inflando el Universo I

de 10-35 segundos a 10-32 segundos desde el inicio

Volvemos a la faena con la serie que llevamos entre manos y que hemos bautizado como “Biografía del Universo“. En la anterior entrada nos movimos por un suspiro temporal menor a 10-35 segundos, cuando el Universo era muy joven y también muy pequeño. Se encontraba en la vecindad del mundo de Planck, aunque mayor que él. Como ahí comentábamos, todo se reducía a un mundo de tamaño de un protón reducido a escala de 10-20. En estas pequeñeces nos sentimos muy bien apoyados por la física cuántica de campos, que maneja lo que conocemos como campos relativistas.[1]

Pero ¿qué es un campo relativista? Pues es una entidad física que permea todo el espacio y que sólo podemos conocer de su existencia por sus interrelaciones y sus excitaciones. Lo que en familia llamamos interacciones -fuerzas- fundamentales y ondas-partículas. Los campos relativistas no son como el resto de campos que precisan de un medio para ser,[2] sino que son físicamente reales y físicamente valiosos en el Universo, en el que gracias a sus ondas se transmite energía e información de un lado a otro, siendo así que las ondas de un campo pueden afectar a las de otro y pueden cambiar procesos que en su ausencia ocurrirían de otra manera. Los hay de muchos y diferentes tipos, al menos en el mundo de las matemáticas y la física más compleja.

Un magnífico superfísico de los campos cuánticos: Richard Feynman, que co-recibió el premio Nobel de física en 1965 por el desarrollo de la electrodinámica cuántica (Wikimedia, dominio público)

El mero hecho de que el campo tenga un valor en un punto determinado significa que ahí hay un potencial, una capacidad que tiene el campo para realizar “algo”. Pensemos como ejemplo en el campo gravitatorio, tomando arbitrariamente su referencia en la superficie de la Tierra: más arriba hay más potencial, más abajo hay menos potencial. Con este potencial, el campo gravitatorio puede mover una masa. De un punto con mayor potencial a un punto con menor potencial.

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  1. Que son los que intervienen en la mayoría de los fenómenos físicos de esta historia: electromagnético, gravitatorio, electrónico, … []
  2. Aunque no tenemos que confundir ambas entidades: el campo describe y caracteriza una de las muchas propiedades relevantes del medio. []

Lo que se preguntan sus alumnos de 3º de la ESO – XXVII: ¿Qué será de nosotros después de la muerte?

Una nueva pregunta de la serie “Lo que se preguntan sus alumnos de 3º de la ESO”. Complicada ella, como os podéis imaginar, y un intento de respuesta que a todas luces no puede ser completa, dada la naturaleza de estas entradas. Aparte de que es muy difícil el no destilar opiniones personales en este tipo de cuestiones. Pero bueno, pido disculpas si ése es el caso, y vamos a ello.

La muerte, el más allá, preocupación del hombre de todas la épocas y culturas. Anubis, dios egipcio de los muertos, preparando el tránsito del Faraón (Imagen de la red, fair use)

Vamos a despiezar la pregunta en lo que creo son sus tres partes fundamentales:

        1. Nosotros

        2. Muerte

        3. Qué será después Sigue leyendo ›

Biografía del Universo 03: Las edades de Planck

de 10-43 segundos a 10-35 segundos desde el inicio

En la entrada anterior de esta serie “Biografía del Universo“ hablamos de los comienzos perdidos en la niebla del conocimiento. Y hacía yo mucho hincapié en que no sabemos nada de nada. Nadie sabe lo que pasó en los primeros instantes. Simplemente podemos conjeturar en base a aplicar un “retroceso temporal” a los complejos cálculos que nos sugieren las teorías de la relatividad especial y la cuántica de campos. Insisto, son sólo conjeturas, aunque en honor de la verdad las propuestas salidas del cálculo, estas conjeturas son las que encajan prácticamente como anillo al dedo con el mundo que hoy en día observamos y experimentamos. Ligeramente esperanzados o claramente afirmados en estos apoyos, sigamos intentando clarificar las brumas. A través de ellas parece entreverse una posible historia enraizada en los matices que se apuntaron en la entrada anterior acerca del “universo espuma” como base ¿eterna? del tejido espacio-tiempo, en donde burbujea la cuántica y nace la gravedad como deformación producida por la energía interna.

Representación artística del Universo en sus escalas más pequeñas propuesta, entre otros, por la NASA (Imagen: NASA/CXC/M.Weiss, fair use)

El escenario: el tejido espacio-temporal vacío, ni energía ni partículas, y potencial a nivel cero. ¿Cómo de grande? No lo sabemos. De hecho, no sabemos siquiera si éste fue el escenario. Pero vamos a jugar con esta hipótesis. Un tejido que bien pudiera estar cuantificado por el rigor que impone la longitud o el tiempo de Planck. En estas semillas, el mundo de lo más pequeño, impera la ley de la mecánica cuántica. El principio de Heisenberg, del que hablamos en la entrada anterior, nos dice que en este entorno es posible la aparición de mucha energía durante un corto espacio de tiempo. Esta energía es la manifestación de un campo intrínseco a este cuanto de espacio-tiempo energizado. Aunque en estos tamaños no tenemos ni idea de como funciona la gravedad, ya que la teoría de la relatividad desgraciadamente no puede decirnos nada ahí -no tenemos ni idea de cómo funciona en las pequeñísimas escalas-. Podemos conjeturar con base a la idea de que, al haberse creado una energía a partir del vacío, esa energía produce gravedad, o lo que es lo mismo, deforma el tejido espacio-temporal. Creando así una burbuja expansiva. Esto sucedería en todo momento en cualquier punto del completo escenario, por lo que podemos llegar a la conclusión de que el espacio-tiempo, en su ámbito más general y absoluto, tiene una apariencia espumosa[1]. Lo cual incluso nos podría llevar hasta otro tipo de consideraciones relacionada con multiversos, que aquí no son nuestro propósito.

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  1. No penséis que esto es una idea peregrina. Un equipo científico, en el que participa la NASA, está hoy en día determinando la grumosidad del Universo a través de las interferencias en la luz que llegan de los cuásares. Más información aquí. []

Los sistemas receptores 04: El tacto

Aparece hoy una nueva entrada de la serie que hemos gustado en llamar “Los sentidos receptores“, las antenas que utiliza el cerebro para realizar su trabajo. Hoy vamos a intentar dar una idea de cómo funciona el conjunto de actores que nos proporcionan las sensaciones táctiles originadas por estímulos mecánicos sobre la piel, ya se trate de un ligero rozamiento, una presión o una violenta torsión. Podemos pensar que también en la epidermis se inician las sensaciones térmicas o dolorosas… pero esto, al ser los procesos ligeramente distintos, lo vamos a dejar para otra entrada. Antes de entrar definitivamente en harina, os recomiendo el repasar las anteriores si no las habéis leído ya (la introducción, ésta, ésta otra y, por fin, ésta última).

Físicamente, el origen del estímulo táctil proviene de un objeto exterior, ya sea sólido, líquido o gas, que colisiona con la superficie externa de nuestro cuerpo. La colisión está producida, ni más ni menos, por el rechazo electromagnético que experimentan los electrones de los átomos que forman nuestra piel con relación a los de los átomos del objeto que ejerce el empuje sobre nosotros. Ambas familias de electrones interactúan entre sí, intercambiando fotones que informan de que existe una fuerza electromagnética que no se puede dominar. El resultado es el inicio de un proceso que va a acabar generando la sensación de roce, torsión o empujón. Detectar estos estímulos externos se nos antoja importante en nuestro obligado esfuerzo, consciente o inconsciente, de poder mantener o favorecer el equilibrio vital. También nuestra salud y nuestras relaciones sociales. Vayamos, pues, a analizar en qué consiste el sistema de detección específico para el tacto.

Es lógico pensar que los sensores del tacto se deben encontrar en el epitelio más externo de nuestro cuerpo. Y así es. Y es lógico también el pensar que los debe haber de varios tipos, ya que el tacto es un sentido de amplio espectro que lo mismo debe detectar el roce de una pluma como el empujón en un lance del rugby; con la variación de sensibilidad suficiente como para percibir tanto una excitación táctil sobre una zona extensa como sobre un área mínima de la piel. Vayamos pues a la piel y observemos lo que vamos a encontrar.

Corte de la piel en donde se aprecian los diversos sensores mecanorreceptores en donde se inicia la sensación táctil (Imagen de la red, fair use)

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