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¿Has leído… “¿Está usted de broma, Sr. Feynman?”?

Mucha interrogación para tan poco título. ¿Qué le vamos a hacer?

El libro de hoy contiene un mucho de humor, mezclado con biografía, un poquito (poco) de divulgación y otro poco de historia viva del siglo XX.

Richard Feynman, nacido en 1918 (de familia humilde), fallecido en 1988 (a la relativamente joven edad de 69 años) acumula numerosos premios por su labor científica (lógicamente, el más famoso de ellos el Nobel de Física de 1965),  y los que le conocieron como profesor hablaban maravillas de sus dotes docentes. Pero de eso seguro que ya hablará Pedro cuando su serie de premios Nobel alcance ese año, así que nosotros vamos a hablar de su autobiografía.

Portada de la versión inglesa del libro (copiada de Amazon, http://www.amazon.com/Surely-Feynman-Adventures-Curious-Character/dp/0393316041)

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La Biografía de la Vida 45. Los mamíferos en el Cretácico II

En las dos últimas entradas, las número 43 y 44  de la serie sobre la Biografía de la Vida, nos habíamos movido en los dominios del periodo Cretácico. Su geología y clima, las plantas con la nueva maravilla de las angiospermas y sus flores y frutos, para por último iniciar el conocimiento de la biota animal. Nos quedamos a las puertas de la casa de los mamíferos. Hoy retomamos la andadura acompañando a estos animales, por aquellos días pequeños, ladinos y oportunistas. La competencia obligaba a aguzar el ingenio. La función va a empezar.

¡Ojo! Algo se mueve con disimulo en un rincón de la escena, algo oculto en el paisaje y en nuestro subconsciente. Algo que faltaba para completar el rompecabezas del Cretácico. Allí seguían inmersos en la oscuridad nocturna de su vida social y familiar, oído vigilante, olfato alerta, ojos escrutando los grises de las sombras, el gatillo metabólico a punto de dispararse: no, no nos hemos olvidado de los mamíferos.

No habían cambiado casi nada desde el Jurásico. Eso sí, habían evolucionado y ya era habitual el observar individuos de alguna de sus tres grandes familias actuales: los monotremas, los marsupiales y los placentarios. No nos olvidemos que por las tierras cretácicas seguían correteando también los multituberculados que ya conocimos en otra entrada de esta serie bautizada como “Parque Jurásico”. Desgraciadamente hoy no los tenemos entre nosotros, como a sus primos, ya que desaparecieron en un momento de la siguiente era cenozoica hace unos 30 millones de años.

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[Química Orgánica] I-Hidrocarburos saturados

Bien, por fin vamos a empezar con la química orgánica, después de tres artículos donde he ido introduciendo algunos conceptos: los modelos atómicos, los tipos de enlace y las estructuras de Lewis.

Pero antes de empezar voy a hacer un par de avisos:

  1. Aún no sé bien cómo estructurar la serie, ya que todo está bastante entrelazado, así que tanto podría hacer doscientos artículos de uno o dos párrafos o bien hacer solamente uno con todo… como ninguna de las dos idea acaba de gustarme del todo, voy a hacer algo entre medias.
  2. Yo he estudiado en Catalunya así que, si hay algún error de traducción (por ejemplo, veis un butà en lugar de un butano, o un metil en lugar de metilo) pido disculpas y, si me lo decís, lo cambio.
Vamos con la solución a los compuestos del último día:

H2:

I2:

NO: éste ya era más difícil ¿verdad? Creo que la dificultad está en ver que el nitrógeno tiene un electrón que no se puede aparear, así que queda como un punto (recordad que las líneas son solo una simplificación de dos puntos).

CHCl3:

Los más perspicaces ya os habréis dado cuenta que estos cuatro últimos ya no son compuestos inorgánicos, son ahora compuestos orgánicos (son compuestos que se forman a partir del carbono).

Y finalmente los tres últimos. Debo deciros que si los habéis resuelto bien, sin tener que pensar mucho, tenéis este artículo más que superado. Si no los habéis sabido hacer no os preocupéis, es muy normal, ya que puede que no se os haya ocurrido poner dobles y triples enlaces, pero vamos con las soluciones:

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La Biografía de la Vida 44. La biota animal en el Cretácico I

En la entrada anterior de la serie la Biografía de la Vida se nos presentó el periodo Cretácico. Sabíamos algo de él, ya que en otra entrada descubrimos la conquista del aire por parte de los dinosaurios, suceso que aconteció en pleno Cretácico. También nos habíamos paseado por el campo de juego de las nuevas plantas angiospermas con sus recién estrenados coloridos de flores y frutos. Hoy vamos a continuar iniciándonos en la biota animal, cosa que completaremos con una breve reseña de todo lo que se mueve… a excepción de los mamíferos, a los que dejaremos para estudiarlos más en detalle en una siguiente entrada.

Comenzaremos en el mar.

Los microorganismos experimentaron grandes cambios a partir del Cretácico medio. Con seguridad, por las altas temperaturas de las aguas y, posiblemente, también motivado por los cambios en la química de los mares.

Por un lado, las aguas superficiales debían contener un porcentaje elevado de nutrientes, ya fuera por los arrastres terrestres producidos por las abundantes lluvias o como consecuencia del anegamiento de viejas tierras al subir el nivel de los mares. O también por el reflotamiento que se produjo de sedimentos marinos. En la entrada anterior de esta serie ya comentamos que en los mares cada vez más cálidos del Cretácico, se iba incrementando la concentración de sales en las aguas superficiales. Su mayor densidad hacía que descendieran a cotas inferiores, a pesar de su elevada temperatura. Como consecuencia de ello se producían afloramientos de agua “fría” de los fondos, lo que reflotaba sedimentos fértiles de las plataformas costeras que se habían ido acumulando tras millones de años de arrastres. Por otro lado, en las nuevas cortezas continentales se liberaban cada vez más hierro que se disolvía en las aguas oceánicas. El hierro es un nutriente esencial para las algas, por lo que se considera que este fenómeno pudo ser también decisivo en el auge de los microorganismos marinos.

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Lo que se preguntan sus alumnos de 3º de la ESO – IV: ¿Por qué nuestro corazón late?

Vamos a cubrir hoy otro de los temas que los alumnos de 3º de la ESO le preguntan a Lorenzo Hernández: ¿Por qué nuestro corazón late?

Supongo que a estas alturas de la película conoces perfectamente el sistema circulatorio:

Aparato circulatorio (Edoarado, dominio público, a través de Wikimedia)

La sangre se utiliza para llevar nutrientes de los órganos que los producen,[1] como pueden ser los pulmones o el aparato digestivo, a los órganos que los consumen, que son todos los demás. A la vez, se lleva los productos de desecho hacia los órganos que el cuerpo utiliza para deshacerse de ellos, como por ejemplo los pulmones o los riñones. Y vuelta a empezar.

Es decir, el sistema circulatorio es básicamente un montón de agua en el que van cosas disueltas y que está continuamente circulando por el cuerpo. Pero, ¿quién hace que esa sangre circule? El corazón.

El corazón está continuamente absorbiendo sangre por un lado y expulsándola con fuerza por el otro, lo que hace que la sangre circule por todo el aparato circulatorio.

El funcionamiento del corazón es mucho más complejo de lo que vamos a ver aquí, pero espero que esta introducción te sirva para ver el funcionamiento general (que, por cierto, es similar a otras bombas hidráulicas artificiales que se utilizan en ingeniería).

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  1. Mejor dicho, que los obtienen del exterior. []

La Biografía de la Vida 43. El Cretácico y sus plantas

En la entrada anterior de esta serie sobre la Biografía de la Vida escribíamos acerca de la fantástica conquista del vuelo por parte de los ubicuos y evolucionados dinosaurios. Esa habilidad se había aprendido a partir de que alguna célula epitelial de un antiguo arcosaurio evolucionara a través de un proceso por el que una escama de reptil devenía una especie de pelo que se fue complicando hasta llegar a ser una pluma. Aquello sucedió, creemos, a lo largo del periodo Jurásico tardío. En la frontera con el Cretácico ya volaban las aves propiamente dichas, y hasta su final, hace 65 millones de años, todos estos animales siguieron siendo muy abundantes.

Pero nada sabíamos de este periodo que había empezado su recorrido hace 145 millones de años. Hoy vamos a rellenar la laguna:

El Cretácico: Año 145 millones a año 65 millones antes de hoy

En 1822 el geólogo belga D’Omalius d’Halloy llamó “Terreno Cretáceo” a los afloramientos calizos de la Cuenca de París, que tienen una antigüedad de unos 100 millones de años. La palabra creta viene del latín y corresponde a un tipo de roca caliza porosa formada por conchas calcáreas de cocolitos y foraminíferos. De aquí que aquel periodo pasó a llamarse Cretáceo, es decir “portador de creta”.

A lo largo de aquella etapa la ruptura de Pangea ya era completa, de tal forma que a finales del periodo la disposición continental se asemejaba mucho a la actual.

Aparecen las plantas angiospermas y las flores. En tierra siguen dominando los dinosaurios, mientras que a los mamíferos no les había llegado aún su hora, si bien ya correteaban las familias a las que estamos acostumbrados hoy en día: monotremas, marsupiales y placentarios. Sigue leyendo ›

[Química Orgánica] Introducción 3-Estructuras de Lewis

Bien, vamos a seguir con la serie sobre [Química Orgánica]. En el último artículo hablamos de los enlaces químicos; hoy vamos a hablar sobre las estructuras de Lewis, que son una representación muy útil para visualizar rápidamente las moléculas unidas con enlaces covalentes.

Primero vamos a explicar cómo funciona. En primer lugar tenemos que escribir el símbolo de un átomo y sus electrones de valencia representados como puntos a su alrededor.

 

Elementos representados con su estructura de Lewis. Imagen sacada de aquí

Para un enlace es lo mismo, pones dos átomos, uno al lado del otro, y lo que sale es lo siguiente:

¿Recordáis el enlace simple? Era la unión de dos átomos que compartían un único par de electrones, ¿verdad? Pues vamos a ver como se vería representado mediante las estructuras de Lewis:

Aquí vemos los electrones de un cloro (al que llamaremos cloro 1) como puntos y del otro (que llamaremos cloro 2) como “x”. Normalmente se usan siempre puntos, pero creo que es más fácil entenderlo, ¿no? Podemos ver ahora como el cloro 1 tiene 7 puntitos + 1 cruz del otro cloro (8 e- en total) y el cloro 2 tiene sus 7 cruces + 1 puntito del otro cloro (8 e- en total).

Muchas veces os encontrareis con que los pares de electrones compartidos dejan de representarse como dos puntos para representarse con una raya.

Y también (y es lo más común) convertir TODOS los pares de puntos en rayas como aquí puede verse:

Yo usaré siempre esta última (es la que me gusta más), pero puede que alguna vez ponga otra (depende de lo que encuentre…).

Bien, ahora hemos visto el caso del enlace simple, pero recordemos que había enlace doble y triple… ¿cómo se representan esos enlaces? Pues fácil, el doble (recordemos que habíamos puesto el O2 como ejemplo) se haría simplemente haciendo dos lineas en lugar de hacer una sola línea:

Y el triple, haciendo tres (recordemos nuestro ejemplo del nitrógeno)

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Historia de un ignorante, ma non troppo… Concierto para Orquesta, de Béla Bartók

¿Concierto para Orquesta? ¿Cómo que para Orquesta?, pensaréis… Igual se trata de una errata y es un Concierto para piano, o violín, o flauta o lo que sea y Orquesta, y se ha perdido parte del título…

Exactamente eso es lo primero que pensé yo la primera vez que acudí a escuchar el Concierto para Orquesta, BB 123, de Béla Bartók, hace ya unos cuantos añitos. Porque sabía perfectamente qué es un Concierto para instrumento solista y orquesta, claro está, en el que el instrumento solista es el protagonista de la obra y es a su intérprete a quien se dirigen mayoritariamente los aplausos al final de la obra, solista que es acompañado por la orquesta para realzar su papel, pero… ¿qué demonios puede ser un Concierto para Orquesta? ¿No será más bien una Sinfonía, que es lo que los que saben acostumbran a escribir para orquesta sinfónica…?

Pues no. Béla Bartók escribió un Concierto para Orquesta, no una vulgar sinfonía. O al menos así tituló su obra. Entre nosotros, podía perfectamente haberla denominado “Sinfonía tal y cual”, pero al llamar así a la obra hay que reconocer que acertó: es el único Concierto para Orquesta del repertorio que yo conozca… lo que no quiere decir mucho, porque una mera consulta a la Wikipedia nos dice que hay unos cuantos Conciertos para Orquesta más de otros compositores, aunque tampoco muchos. Así que cuando se habla del “Concierto para Orquesta”, así en singular y sin apellidos, todo el mundo sabe que es el de Béla Bartók y no otro. Estupenda labor marketiniana, desde luego.

En fin, el caso es que a esta obra singular está dedicado el artículo de hoy de esta serie musical que nos acompaña hace ya cinco años largos.

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La Biografía de la Vida 42. De los dinosaurios voladores a las aves

Hoy vamos a tratar un tema con el que completaremos el periodo Triásico, pero que se extiende en casi su totalidad sobre el siguiente, el Cretácico. Me voy a tomar la licencia de adelantarlo aun sin haber introducido la geología y climatología de este último periodo como ha sido habitual para los demás vistos hasta ahora. El motivo es que el tema complementa y cierra el círculo de lo iniciado en la entrada anterior sobre los dinosaurios. En esta entrada de la serie sobre la Biografía de la Vida hablaremos de cómo estos animales tan especiales conquistaron el cielo, más allá de lo que hacía mucho tiempo habían hecho los insectos, y un poco menos los reptiles Pterodáctilos.

Comencemos por el final. Los grandes dinosaurios nos llevan de la mano hasta el pequeño Archaeópteryx, el “ala antigua”, la última maravilla del Jurásico: ¿Es un dinosaurio? Quizás. ¿Es un ave? Posiblemente. La verdad es que es el eslabón que une el clado reptil con una nueva clase animal. Taxonómicamente, es decir, en la ciencia de la clasificación, se le conoce como un ave. Quizás la primera de todas ellas.

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¿Has leído… “El juego de Ender”?

Pues ya estás tardando.

Inspirado por los artículos homónimos de Pedro, he querido hacer una reseña de este magnífico libro, para que si alguien no lo ha leído se ponga a ello cuanto antes.

Leí El juego de Ender hace ya unos cuantos años, cortesía de la biblioteca de mi ciudad, y me resultó apasionante. Es un libro relativamente corto, en la edición que yo leí quizá de unas 200 páginas,[1] así que se lee bastante rápido… bueno, pues yo no leí, lo devoré. Y cuando acabé de leerlo, ¡volví a empezarlo inmediatamente! Ha sido la única vez en mi vida en que he hecho eso; obviamente he releído libros, pero nunca lo he hecho inmediatamente después de acabarlo.

Veamos si puedo convencerte de que lo leas sin destriparte demasiado el argumento.

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  1. Nota del Editor (Macluskey): no sé qué libro habrá leído J, porque mi copia amorosamente guardada, en edición de bolsillo, tiene 503 páginas… seguramente es que le gustó tanto que se le hizo cortísimo. []