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Historia de un ignorante, ma non troppo… Los Planetas, de Gustav Holst




Llevamos ya, sufridos lectores, más de cuarenta artículos publicados en esta ignorante serie sobre música. Han aparecido por aquí muchos compositores, con predominancia de los de habla alemana (alemanes o austriacos), y también han aparecido obras de compositores italianos, rusos, españoles, checos, estadounidenses… incluso un compositor polaco y otro dominicano… pero ningún inglés.

El caso es que a fines del Siglo XIX y principios del Siglo XX, en ciertos círculos alemanes se referían despectivamente a las islas británicas como “das Land ohne Musik” (el país sin música), debido a la evidente falta de compositores de renombre procedentes de las islas en comparación con la profusión de autores del continente en la época. Y efectivamente no había ningún Gustav Mahler o ningún Richard Strauss componiendo entre la bruma inglesa,[1] pero es claramente falso que no hubiera algún gran compositor inglés en la época. Tres nombres, sobre todo, sobresalen por encima del resto: Edward Elgar, Ralph Vaughan Williams y Gustav Holst, dando origen a un cierto renacimiento musical que no sólo ocurrió en Gran Bretaña, sino en otros países europeos, como Chequia, Hungría o la propia España.

A este último, a Gustav Holst, está dedicado este artículo, y en concreto a una obra suya muy conocida que seguramente hará las delicias no sólo de los aguerridos lectores de esta serie, sino también de los lectores habituales de El Tamiz, nuestro blog padre (y madre), y en concreto a los muchísimos seguidores de su serie sobre El Sistema Solar. Estará dedicado a Los Planetas, obra compuesta por Gustav Holst entre 1914 y 1916, y dedicada a los planetas del Sistema Solar entonces conocidos, excluyendo a la Tierra… y a Plutón, que por entonces no había sido siquiera descubierto (lo fue en 1930, aún en vida del compositor, que en cualquier caso no le agregó a la Suite, dejándola finalmente como quedó en 1916).

Durante varias décadas se ha tenido la obra como incompleta, debido a la ausencia en ella de una parte, de un movimiento dedicado al noveno planeta… Tanto es así que en fecha tan reciente como en el año 1999 la Orquesta de Halle encargó al músico Colin Matthews, gran estudioso de la obra de Holst, que compusiera una pieza para el pobre Plutón, cosa que hizo, siendo estrenada el año 2000. Plutón, allá en lo profundo del Sistema Solar, quedó por fin contento… pero por poco tiempo: en agosto de 2006 cambió el status de Plutón, que dejó de ser un planeta con toda la barba y fue relegado a la categoría de “planeta enano” por la Unión Astronómica Internacional. Vaya: ahora que Plutón tiene por fin su parte en la obra… ha dejado de ser un planeta. Triste destino musical, el de esa pobre roca helada que responde al nombre de Plutón.

Gustav Holst

Nació Gustavus Theodore von Holst en Cheltenham, en Gloucestershire, en pleno corazón de Inglaterra, en 1874, inglés de pura cepa a pesar de su rimbombante nombre germano… y es que la familia de Holst procedía de Suecia vía Lituania, aunque llevaban ya tres generaciones asentados en suelo inglés. En 1914, una vez comenzada la Gran Guerra (pocos podían imaginar en 1918 que pocos años después habría otra Recojo-Gran-Guerra que dejaría a ésta en pañales), nuestro protagonista de hoy se cambiaría de nombre para evitar que le confundieran con alemán en su propia patria, eliminando el aristocrático “von” y el germano “Gustavus”, y se quedó en Gustav Holst, que es como es conocido universalmente.

Como tantos otros en la época, su afición por la música fue temprana, aunque lo tuvo fácil, pues su padre era profesor de piano, y a los 18 años de edad ya había compuesto diversas obras para piano, canciones, incluso una Sinfonía en do menor (se ve que ya desde pequeño sabía la diferencia entre los modos menor y mayor, no como algunos ignorantes como yo, que la desconocían hasta que Gustavo publicó su magno artículo al respecto), y se ganaba unas libras (o unos chelines, quien sabe) como organista y director del coro de Wyck Rissington.

En el Royal College of Music de Londres, en el que estudió armonía, composición y todas estas cosas que hacen que un músico sea un músico, conoció a Ralph Vaughan Williams, alumno como él, aunque un par de años mayor, con quien trabó una amistad que duraría toda su vida, por más que los estilos compositivos de ambos sean muy distintos.

Hubiera querido nuestro buen Gustavus ganarse la vida como pianista, como su padre, pero desde pequeño padecía de neuritis, que le afectaba a un brazo, de tal modo que le dificultaba la ejecución de las piezas al piano, incluso cuando tenía algún episodio especialmente fuerte apenas podía sostener un lápiz en su mano derecha, así que se pasó al trombón de varas, y como trombonista se ganó la vida una temporada, hasta que consiguió ser nombrado director musical de la Escuela Femenina de Saint Paul, en Hammersmith, Londres, donde estuvo dando clases a señoritas durante más de treinta años, hasta su misma muerte. Este trabajo estable le permitió dedicar los fines de semana y las vacaciones escolares para componer, y así surgieron sus obras más renombradas. Fue, definitivamente, un compositor dominical.[2]

Y así pasaron los años hasta que, durante un viaje por España en 1912, el también compositor inglés Clifford Bax le introdujo en el mundo de la astrología, que le cautivó durante el resto de su vida. Se convirtió en un experto astrólogo, llegando incluso a realizar horóscopos y cartas astrales y estas cosas (aunque sólo para sus amigos) hasta su muerte, en 1934.

Y precisamente es con la astrología con lo que tiene que ver la composición de la obra de hoy: Los Planetas. No con los dioses romanos de los que toman sus nombres, o al menos no mucho, y todavía menos con sus características físicas, que, de todos modos, en la época de su composición (1914-1916) eran prácticamente desconocidas… y además aún faltaban algunos años para que Pedro nos contara estas planetarias características en su admirable serie.

Por lo tanto, aquí Holst no hace realmente música programática, o al menos no demasiado, pues no intenta describir ni al planeta en sí ni al dios romano que le presta su nombre, sino más bien la significación astrológica que cada planeta tiene (o que le sugería a él, al menos), es decir, en la influencia que sobre la vida de cada cual tiene un planeta dependiendo de en qué casa estaba cuando nació el interfecto, o si está alineado o no con no sé qué otro planeta o estrella, o lo que sea. No me preguntéis, que si de música sé poco, aun menos sé de astrología. El caso es que ése es el motivo de que en la suite no exista una pieza dedicada a la Tierra, puesto que su influencia astrológica es inexistente (eso he leído en algún sitio), a pesar de que es bastante evidente que el planeta que más influye en la vida de los humanos es el nuestro, y posiblemente también puede ser la causa de que ni siquiera se planteara escribir una pieza adicional para Plutón una vez descubierto, dado que la significación astrológica de Plutón es (o al menos lo era entonces, ignoro cuál será ahora) igualmente inexistente.

En cierto modo, Los Planetas son una rareza en la obra de Holst, debido a que su neuritis le imposibilitaba de tal modo para la escritura que componer una gran obra sinfónica como ésta, de cincuenta minutos largos de duración y, por lo tanto, con muchísimas líneas de pentagrama que rellenar, debió ser para él una tortura. Inicialmente escrita para dos pianos (excepto Neptuno, para órgano solo), fue adaptada para gran orquesta por el mismo Holst… pero tuvo que contratar amanuenses versados en música para que escribieran las partituras bajo sus indicaciones, puesto que él no era físicamente capaz de hacerlo.

La obra tuvo un gran éxito desde su mismo estreno, y ciertamente muy merecido, pero curiosamente Holst siempre estuvo quejoso porque la gran popularidad de la obra “tapaba” otras obras suyas que él consideraba de mayor calidad. En cualquier caso, es sin duda su obra más conocida, y probablemente, junto con “Pompa y Circunstancia” de Edward Elgar, la obra de un compositor inglés más conocida fuera de las islas.[3]

Planeta

Representación artística de los planetas del Sistema Solar, incluido Plutón

Los Planetas es una Suite estructurada, pues, en siete movimientos, dedicado cada uno de ellos a un planeta, desde el punto de vista de su significación astrológica, con su influencia en la mente de las personas, como hemos visto. Cada movimiento es titulado con el nombre del planeta en sí, más una coletilla descriptora (supongo que para los incultos como yo que no saben qué papel tiene cada planeta en la carta astrológica).

Aunque lo normal es que se ejecute la Suite completa, en ocasiones se representan sólo cuatro o cinco movimientos, generalmente terminando con el movimiento dedicado a Júpiter… el propio Holst abominaba de esta práctica, debida en su época a que la música era tan “rompedora” que muchos directores preferían no someter a los espectadores a tan sorprendente música durante mucho tiempo.[4] Holst decía que terminar la suite con el movimiento dedicado a Júpiter dejaría una impresión de “final feliz” en la obra, cuando en el mundo real el fin nunca es feliz en absoluto…

Los movimientos de la obra son, pues, los siguientes:

1 – Marte, el que trae la guerra.

2 – Venus, el que trae la paz (o… ¿será la que trae la paz? No lo sabemos, pues en su título inglés original, “the bringer of peace”, es tanto masculino como femenino).

3 – Mercurio, el mensajero alado.

4 – Júpiter, el que trae la alegría.

5 – Saturno, el que trae la vejez.

6 – Urano, el mago.

7 – Neptuno, el místico.

Bueno, por los títulos ya veis que sí, que Holst define a los planetas de forma astrológica, pero no sé si ésta está íntimamente unida al carácter del dios romano correspondiente (o del griego en que se basa), pero el caso es que Marte (Ares) era el dios romano de la guerra, que Venus (Afrodita) era la diosa del amor (y por lo tanto, de la paz), que Mercurio (Hermes) era efectivamente un mensajero alado, y Júpiter (Zeus) era el Jefe de los dioses y por lo tanto podía aportar alegría, o dolor o lo que fuera…

Hay muchas especulaciones acerca de por qué ese orden concreto de movimientos, y no hacerlo en el orden “normal” según su distancia al Sol que todos nos sabemos de memoria por haberlo recitado en el colegio cuando éramos niños… probablemente, porque ése fue el orden en que los escribió, a excepción de Mercurio, que de hecho fue el último movimiento en ser escrito. Además, los cuatro primeros movimientos corresponden por sus tempos con precisión a los movimientos de una Sinfonía clásica (Allegro-Adagio-Scherzo-Allegro), pero… vaya Vd. a saber la razón final de Holst para hacerlo así.

Da igual. En realidad da igual. Porque sea como fuere, el resultado es brillante, francamente brillante, como podréis comprobar siguiendo el video que viene a continuación, con Eugene Ormandy dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de Philadelphia; se trata de una gran versión. La obra está completa en el video, así que no hay particiones extrañas por el medio.[5]

Una vez colocados en su sitio la orquesta y el director, comienza la obra con el movimiento dedicado a Marte, el dios de la guerra… ah, perdón, el portador de la guerra. Conoceréis perfectamente esta música, sin duda. Se ha usado muchísimo en documentales y noticieros varios para “amenizar” noticias sobre terremotos, erupciones volcánicas, huracanes y otros tipos de desastres naturales… y en todo tipo de intervención armada, desde luego. Es una música inquietante, desasosegadora, que te hace rebullir en el asiento. Es imposible estar tranquilo y sereno escuchando esto: se huele el humo de la pólvora y los gritos de la batalla. O la lava fluyendo, o el tsunami avanzando… Algo va a ocurrir, desde luego, algo no muy bueno, y la música nos advierte de ello. La cuerda, los metales y la percusión tocando todos juntos forman ese ritmo endiablado, así que… ¡tened cuidado!

En fin, el movimiento dedicado al planeta rojo termina por fin, y comienza, en el minuto 7:20, el segundo movimiento, dedicado a la diosa del amor, a Venus, la que trae la paz. Si los astrólogos antiguos supieran cómo es de verdad el planeta verde, con sus vapores corrosivos, sus inimaginables presiones y su temperatura abrasadora… Pero el caso es que Venus siempre ha sido considerada como la máxima representante de la belleza femenina y del amor… y la interpretación que Holst hace del planeta verde es, como no podía ser de otra forma, tranquila, amable, dulce y “bella”, en contraposición con la fuerza sideral del furibundo Marte. Los violines, junto con la flauta y el corno inglés, son los que consiguen ese aire idílico del movimiento.

En el minuto 15:15 termina este segundo movimiento y comienza el tercero, dedicado al mensajero divino: Hermes, o sea, Mercurio, el mensajero alado. Tal como corresponde a tan ajetreada profesión, la música dedicada al mensajero divino es ligera, ágil y rápida… casi podemos ver a Mercurio afanándose para llevar los recados de los dioses de acá para allá, sin parar en ningún momento… ¡qué paliza se da el pobre Hermes!

Mercurio descansa por fin de su movida vida en el minuto 19:30, y da entrada al Presidente del Consejo de Administración de los Dioses Olímpicos: Júpiter, el que trae la alegría. Y alegre es este cuarto movimiento, como no puede ser de otro modo, alegre y a la vez solemne. Tiene tres partes muy diferenciadas, donde la central del movimiento, que comienza en el minuto 22:45 del video, es un himno solemne de claras influencias brahmsianas o quizá beethovenianas, un himno al que le pusieron una letra un tanto forzada y que fue utilizado en las ceremonias del armisticio de la Primera Guerra Mundial, aunque el propio Holst nunca estuvo de acuerdo con el resultado (aunque sí con la fama que le proporcionó, eso sí, claro). El caso es que este himno, en Gran Bretaña, está considerado como uno de los tres o cuatro “himnos nacionales” que todo inglés considera como “suyo”, cerca del Rule Britannia o del mismísimo God save the King

En el minuto 27:55 comienza el quinto movimiento, dedicado al planeta siguiente: Saturno, el que trae la vejez. Ignoro cuál es la significación astrológica de este planeta, pero que al que sin duda es el planeta más bello del Sistema Solar, con su majestuosa corona de anillos, se le asigne la función de traernos la vejez… me parece un despropósito… salvo que Holst quiera decir que si alguna vez queremos ir hasta Saturno y volver nos haremos viejos en el camino. Se trata de la pieza más lenta y acompasada la Suite (se puede sentir el lento caminar del viejo Saturno), aunque de ninguna manera lúgubre,[6] en consonancia con el supuesto carácter serio y circunspecto del pobre planeta, insisto, el más bello de todos con diferencia… y a mí personalmente me parece la parte más bella de toda la obra: no es espectacular como Marte o Júpiter, pero rebosa de emoción, sobre todo cuando las campanas entonan una especie de aleluya… ¿por Saturno? … ¿por el propio Holst, una vez pasada la crisis…? Porque parece que Holst tuvo una recaída de su neuritis mientras componía el movimiento, y esto se nota en el resultado, que es, insisto, muy bonito dentro de su relativa oscuridad.

En fin, terminan los achaques de Saturno en el minuto 36:20, y comienza el movimiento dedicado a Urano, el mago. El movimiento es muy bello, pero seguro que a muchos de vosotros os recuerda fuertemente a otra conocida música… ¡Efectivamente, a “El Aprendiz de Brujo” de Paul Dukas!, que seguro que identificáis perfectamente en cuanto os diga que es la música que acompaña a Mickey Mouse haciendo eso, de aprendiz de mago, en la celebérrima Fantasía de Disney. Recordad sus peleas con los cubos y las escobas que se duplican y duplican sin parar… Bueno, pues se ve que no estaba Holst muy inspirado cuando se enfrentó al mago Urano, y tomó prestadas doce o quince ideas de Dukas para componer este movimiento, en el que el mago Urano, como Mickey, intenta conseguir que su mágico invento funcione. ¿Lo conseguirá? Parece que sí, el final del movimiento nos indica que algún éxito debió tener Urano en sus empeños…

Y en el minuto 41:50 Urano se marcha al fin con sus pases de varita mágica, y comienza el séptimo y último movimiento de la Suite, dedicado a Neptuno, el místico. Holst decide explicarnos el misticismo de Neptuno mediante la intervención de un coro femenino que, sin letra, canta desde detrás del escenario (backstage, en inglés), aunque no desde el principio, pues pasan antes un par de minutitos antes de su intervención. Es decir, el coro permanece encerrado y callado durante cerca de 45 minutos para intervenir sólo en el último movimiento de la obra, fuera de la vista del público, y cantando algo así como AAAAaaaAAAaaaa…. Parece que tomó la idea de Debussy, pero luego ha sido copiado muchas veces, sobre todo para ambientar películas de ciencia ficción: recordad, por ejemplo, el Réquiem de Ligeti que machaconamente suena en “2001, una Odisea espacial”, de Stanley Kubrick. El caso es que el pobre coro normalmente ni siquiera sale a saludar al finalizar la obra para recibir su merecida parte alícuota de aplausos… claro que, a cambio, ¡no tienen que vestirse de uniforme!, y, por una vez, pueden cantar sus Aaaas en vaqueros. Algo es algo…

…Y cuando se terminan los AAAaaas, termina la obra.

.

Hay bastantes versiones grabadas de esta obra, posiblemente la más famosa obra inglesa del último siglo. De las dos que yo tengo, la mejor con diferencia es la de James Levine con “su” Orquesta Sinfónica de Chicago, con la que ha colaborado durante muchos años. Pero tenéis versiones de casi todos los grandes directores, desde Herbert von Karajan hasta Zubin Mehta, pasando por André Previn o Sir Colin Davis… Mucho y bueno donde elegir.

Dicho lo cual, no me queda otra que contaros la cantinela de siempre: todas estas versiones son magníficas… pero en directo son muchísimo mejores. En esta obra hay una gran orquesta, instrumentos poco habituales, bastante percusión, un coro… No hay color. De veras.

Disfrutad de la vida, mientras podáis. A ser posible, escuchando música.

  1. De Schönberg no hablo, claro. []
  2. Otros grandes lo fueron también: el ejemplo más evidente, Gustav Mahler. []
  3. Para los propios ingleses, el honor de ser la ”obra inglesa más conocida universalmente” recaería sin duda alguna en El Mesías, de Georg Friedrich Haendel… obra sin duda compuesta en Inglaterra, pero por Haendel, nacido y educado en Halle, Alemania, y luego en Hamburgo y Hannover, que para casi todo el mundo es un compositor alemán… menos para los propios ingleses, que le consideran inglés, dado que allí vivió y triunfó los últimos 45 años de su vida. No les falta razón a los ingleses en esta discusión, pues prácticamente todas sus obras más conocidas fueron compuestas allí. []
  4. Ni que decir tiene que hoy en día no se considera a “Los Planetas” como rompedora en absoluto, pero sí entonces, y más en la conservadora Inglaterra victoriana. []
  5. Cuánto bien ha hecho a los que nos gusta la música clásica que YouTube permita subir videos de cualquier longitud; cuando sólo permitía como máximo diez minutos por video, o, más tarde, quince, era una auténtica tortura. []
  6. Holst incluye en la orquestación de esta parte a una flauta baja, una rareza en la música sinfónica. []

Sobre el autor:

Macluskey ( )

Macluskey es un informático de los tiempos heroicos, pero no ha dejado de trabajar en Informática y disfrutar con ella hasta la fecha. Y lo que el cuerpo aguante. Y además, le gusta la música...
 

{ 6 } Comentarios

  1. Gravatar Epaminondas | 22/10/2013 at 08:38 | Permalink

    “Saturno, el que trae la vejez. Ignoro cuál es la significación astrológica de este planeta, pero que al que sin duda es el planeta más bello del Sistema Solar, con su majestuosa corona de anillos, se le asigne la función de traernos la vejez… me parece un despropósito…”

    Ah, ignorante (ma non troppo), ¿no sabes que el dios romano Saturno para los griegos era Crono, representación del tiempo?

  2. Gravatar Macluskey | 22/10/2013 at 06:50 | Permalink

    Anda… pues claro, debe ser por eso. La verdad es que de mitología griega y romana estoy más bien pez, por mucho que me leyera la Iliada y la Odisea cuando era joven…

    Gracias por el apunte, Epaminondas

  3. Gravatar hermano hungara | 22/10/2013 at 09:03 | Permalink

    Excelente Mac, gracias por tu labor y compartirlo. AAAAaaaaAA, vaya mi alícuta de aplausos para ti, para el coro femenino :) y para la orquesta y su director. Abrazo fuerte HH PD: Ojo que está indicado 15.15 para el comienzo y final de Mercurio… está bien que sea rápido.. pero no tanto :) jaja.

  4. Gravatar jreguart | 22/10/2013 at 09:07 | Permalink

    Muy bueno Mac. Me he propuesto montarme unas jornadas musicales repasando tus más de cuarenta lecciones.

  5. Gravatar Macluskey | 23/10/2013 at 06:20 | Permalink

    @Hermano hungara: Je, je, efectivamente eso era muy rápido incluso para alguien como Hermes. En realidad Júpiter comienza sobre el 19:35. Ya lo he arreglado.

    ¡Gracias!

    @jreguart: Pues ya tienes unas pocas entradas para llenar tus jornadas… Así te sirve de relax mientras nos deleitas con tu magnífica serie sobre la Vida. ;)

  6. Gravatar Saul_IP | 23/10/2013 at 08:10 | Permalink

    ¡Un gran artículo! Había oído hablar de la suite, pero solo había escuchado el movimiento de Júpiter. Por cierto, ya que mencionas el “parecido razonable” entre Urano y el Aprendiz de Brujo, hay otro que me llamó poderosamente la atención: los primeros instantes de Júpiter son sorprendentemente parecidos al principio de…

    http://www.youtube.com/watch?v=2SNDvPsJgug

    ¿John Powell, inspirándose en el gran Holst? Es probable…

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