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La Biografía de la Vida 51. Los últimos 5 millones de años




En la última entrada vimos cómo el proceso de riqueza en la diversificación de plantas y animales iba ralentizándose en lo que parecía una transformación condicionada en gran medida por el enfriamiento global del planeta.[1] Las épocas de la “poca vida nueva” seguida de la “aún menos vida nueva“, Oligoceno y Mioceno respectivamente, nos han dejado al toro en posición para culminar el último tercio taurino que sentimentalmente apreciamos como “el nuestro”. Vislumbramos el final del túnel de esta serie sobre la Biografía de la Vida, ya que nos quedan tan sólo contemplar los últimos 5 millones de años de la existencia de nuestro planeta, un poco más del 1‰ de nuestros anales. A esto nos dedicaremos empezando con la entrada de hoy.

Comienzan por tanto los últimos cinco millones de esta larga historia de la Vida, que se desarrollaran a caballo casi al 50/50 entre la última época del Terciario, el Plioceno, y el Cuaternario. Como colofón de nuestras inquietudes etimológicas, acabaremos diciendo que el significado de Plioceno es algo así como “continuidad en la(s formas de la) nueva vida“, Plio-ceno(zoico).

Se inicia esta época final con un repunte de las temperaturas, que subieron posiblemente unos 3ºC, repunte que hizo disminuir los hielos sobre las tierras y elevar el mar unos 60 metros. Los perfiles continentales eran semejantes a los actuales, quizás desenfocados unos cien o doscientos kilómetros con respecto a los contornos de hoy.

La recuperación de las temperaturas hace que por última vez en su historia la Antártida se viera de nuevo libre de hielo, desarrollando por última vez una vegetación que formaban bosques de angiospermas semejantes a las hayas.

Pero hace tres millones de años aproximadamente se cerró definitivamente el istmo de Panamá, lo que lógicamente cambió la configuración de las corrientes oceánicas. Estos cambios en los flujos de la circulación termohalina facilitaron el enfriamiento del Ártico, que se cubrió de hielo favoreciendo un nuevo clima global “nevera”, a la vez que ayudaron a la recuperación de los casquetes helados en la Antártida. Estos procesos geológico-climáticos ya se comentaron con un poco más de detalle en la entrada anterior número 47 que llamé “Comienza el Terciario“.

La consecuencia es que hace 2,5 millones de años las temperaturas iniciaron una senda de franca regresión hacia el frío. Como un inciso, diremos que las fechas coinciden con la aparición del género Homo. Los procesos que habían condicionado la evolución y distribución de las plantas en los últimos millones de años, que ya conocemos de anteriores entradas, reiniciaron su andadura. El clima frío y seco, con estacionalidades muy marcadas, volvió a premiar a las angiospermas caducifolias. Las coníferas también se las arreglaron bien, aunque sin poder soportar el ambiente extremo de las latitudes altas, por lo que tras el paréntesis de inicio de este periodo volvieron a ceder sitio a la tundra que se extendía sobre el permafrost, la capa permanentemente congelada en los niveles superficiales del suelo de las regiones muy frías. Las praderas siguieron prosperando y se diseminaron por todos los continentes a excepción de la helada Antártida. Los bosques tropicales fueron arrinconados en una franja ecuatorial cada vez más estrecha. El clima de África se hizo más árido, posiblemente debido al enfriamiento del océano Atlántico y a la elevación del propio continente africano por causas relacionadas con la progresiva apertura del Gran Valle del Rift. Todo ello dificultaba la entrada de aire húmedo por el oeste del continente, lo que al final hizo que aparecieran en África zonas desérticas y grandes superficies de sabanas.

En el último millón de años las latitudes más elevadas del planeta se cubrieron con extensos mantos de hielo, especialmente en el hemisferio Norte. Se estima que durante la máxima extensión del periodo glaciar quedó ocupada por la capa de hielos una extensión equivalente al 30% de la superficie de las tierras emergidas de la actualidad. A lo largo de este periodo de intermitentes fluctuaciones climáticas se vivieron hasta cuatro periodos glaciares importantes, interrumpidos por épocas en las que el clima se hacía más cálido. En aquellos periodos interglaciares se reducían las capas de hielo, produciéndose en consecuencia una elevación en el nivel de los mares que en algún caso pudo ser de hasta unos cien metros. Imaginad el estrés evolutivo al que la vida estaba sometida en aquellos años del Cuaternario.

El inicio del periodo que corresponde a los últimos cinco millones de años es considerado por muchos zoólogos como el punto álgido de la “edad de los mamíferos”, caracterizándose prácticamente toda la época por la abundancia de grandes mamíferos, como el mamut, el reno, el oso polar, el rinoceronte lanudo… la mayoría de los cuales todavía viven hoy día.

Extensión máxima de hielos en algún momento de los últimos 2,5 millones de años (A partir de “Historia del clima de la Tierra“,[2] Antón Uriarte, fair use)

A medida que el hielo avanzaba, los seres vivos emigraban hacia zonas más cálidas empujados por las barreras de los glaciares y en busca de alimentos. En Europa los mamíferos se vieron obligados a migrar hacia el sur, buscando refugio en los bosques de la península Ibérica, Italia o los países Balcánicos. Muchos de ellos, sobre todo los de gran tamaño como el mamut, el oso de las cavernas o el tigre dientes de sable, se extinguieron debido a que sus hábitats se restringieron bruscamente. En Norteamérica sucedió algo parecido desapareciendo también muchas especies de mamíferos como los de la familia de los camélidos, el tapir, el caballo y el yak.

Algo muy distinto sucedía más al sur. En las regiones cálidas de África y Asia, al no verse afectadas por las glaciaciones, la fauna no sufrió cambios bruscos. Es más, en latitudes próximas al ecuador aumentaron las lluvias, con lo que la vida vegetal y animal llegó a florecer en áreas del norte y el este de África que hoy son yermas y áridas. Hace unos 10.000 años el sur del Sahara se transformó en un paisaje lacustre similar al que hoy ofrecen ciertos parajes del actual Chad, en donde habitaban grandes ungulados y en donde el hombre practicaba sus cacerías.

Es en este último continente donde tuvo lugar el definitivo proceso evolutivo de los homínidos, que desarrolló diversas especies, desde los australopitecinos al Homo habilis y al Homo erectus, consideradas antepasados directos del Homo sapiens. En entradas posteriores analizaremos esta evolución y las consecuencias que sobre ella tuvo la apertura del “Gran Valle del Rift”.

Además de la presión climática a lo largo de estos geológicamente “cortos” cinco millones de años, ocurrieron también algunos cambios geográficos que influyeron grandemente en la evolución de la biosfera. Uno de ellos, que introdujimos en la entrada anterior, fue la elevación de la zona ecuatorial al este de África debida al fuerte vulcanismo de hace 2,5 millones de años, lo que había provocado la creación de alturas superiores a los 5.000 metros como los montes Kenia y Kilimanjaro. Aquí trataremos además de otros dos cambios sumamente importantes como fueron, por un lado, el ya comentado cerramiento del Istmo de Panamá, hace 3 millones de años, que unió a los dos continentes americanos; y por el otro, el cerramiento del “Puente de Beringia” ocurrido hace unos 40.000 años, que fusionó por el norte a Asia con América permitiendo las migraciones entre ambos continentes.

El cierre definitivo del Istmo de Panamá permitió un intercambio faunístico entre América del norte y América del sur. Podemos imaginar la intensa corriente zoológica como una rápida incursión de individuos en busca de los nuevos habitats nunca conocidos. La fauna laurásica, del norte, compitiendo con los xenartros y los últimos emigrantes africanos de Sudamérica. Realmente debió ser un choque de trenes. Hacia el sur pasaron los ungulados – camélidos, venados, caballos-, los carnívoros –cánidos como el oso y felinos como el puma- y varios tipos de roedores. Del sur llegaron perezosos, monos platirrinos, los grandes roedores capibaras, ungulados específicos de Sudamérica e incluso aves del terror.

Migraciones americanas relacionadas con el cierre del istmo de Panamá (Imágenes de Wikimedia)

En la competición llevaron las de perder los representantes sureños sobre los del norte, a pesar de que la migración neta fue bastante equiparable. Las especies que migraron al sur se establecieron en un mayor número y se diversificaron considerablemente más, de forma que se cree que causaron la extinción de una gran parte de la fauna nativa de América del Sur.  Hubo dos razones principales para el éxito de unos y el fracaso de otros.

La primera fue una razón climática. Hay que pensar que el istmo se encontraba a unos 8º de latitud norte, es decir, era frontera de dos zonas climáticas no iguales y relativamente diferentes. Eso no hubiera sido así si hubiera ocupado una posición ecuatorial. Los animales del flujo norte-sur no requerían grandes adaptaciones para tolerar las condiciones tropicales que predominaban más al sur, por lo que tuvieron libre el camino para expandirse a su arbitrio por el continente austral. En cambio, los emigrantes sudamericanos tuvieron que enfrentarse a cambios de clima y vegetación más extremos, los cuales se hicieron especialmente notorios en el momento en que llegaron a la región central de México, donde se levantaba una cordillera volcánica que lo atravesaba a la altura del paralelo 19º N, que creaba con su altura unas condiciones más secas y frías que las del sur. El resultado fue que la mayoría de los “tropicales” sudamericanos no lograron atravesar esta barrera, quedando confinados en América Central. En cuanto a aquellos grupos que lo lograron, su variedad disminuyó a medida que iban más al norte debido a las condiciones ambientales más secas y extremas, lo cual restringió en gran medida su éxito en el continente boreal.

La segunda razón fue el que la fauna norteamericana era genéticamente más resistente y adaptable como consecuencia de la continua presión selectiva a la que se había visto sometida durante los anteriores años del Cenozoico, cuando debieron competir con fauna que venía de Asia, Europa e incluso de África, continente éste que estaba unido a Europa desde hacía más de 25 millones de años.

El resumen de todo ello es que después del gran choque la fauna del continente americano cambió radicalmente. Muchos géneros de animales desaparecieron, sobre todo en la América austral, en donde se extinguió casi toda la fauna autóctona mientras surgía otra que constituyó la moderna fauna del continente sudamericano.

Cambiemos ahora de zona geográfica para comentar las interrelaciones que la biosfera mantuvo a través de la zona de unión entre Asia y América del norte. Actualmente ambos territorios se encuentran separados, pero no siempre fue así.

Hay evidencias biogeográficas que demuestran que Asia y Norteamérica estuvieron unidas con anterioridad. Podemos basar esta hipótesis en el hecho cierto de la semejanza entre los fósiles de ambos extremos del mundo. Sirva de muestra los restos de dinosaurios de finales del Cretácico, datados en unos 69 millones de años, muy semejantes en las dos zonas. Por contra, no hay tantas evidencias del intercambio de mamíferos, posiblemente por ser más difícil encontrar vestigios debido a sus pequeños tamaños. No obstante, esta migración está demostrada mediante fósiles encontrados en China, de hace 50 millones de años, ya en pleno Cenozoico, y además se sabe que pudo ser intensa en Norteamérica hace unos 20 millones de años. Algunos de estos animales, como los gatos dientes de sable, ocuparon un vastísimo territorio desde Asia, Europa, África hasta América del norte. El que hubieran llegado al nuevo mundo sólo se puede explicar si el estrecho de Bering hubiera estado cerrado por un puente terrestre.

Es lógico que se tenga más conocimiento de los hechos más próximos en el tiempo, como así ha sucedido con los últimos cerramientos de Bering. Se suele hablar del “Puente de Beringia” a un amplio territorio entre Siberia y Alaska que se formó al menos dos veces, una hace 40.000 años y otra hace 25.000 y que resistió durante unos 14.000 años. Se formó durante una de las últimas glaciaciones, en la que el nivel de los mares bajó unos 120 metros al haber sido secuestrados grandes volúmenes de agua en los nuevos hielos que se habían generado. El descenso de las aguas dejó al descubierto un amplio territorio de hasta 1.500 kilómetros de ancho entre Asia y América.

El Puente de Beringia hace 25.000 años

Por el estudio de restos fósiles de la vegetación se ha llegado a la conclusión de que sorprendentemente en el Puente de Beringia se disfrutaba de un clima templado y seco, de forma que los hielos lo respetaron, permitiendo su colonización por plantas y animales que allí vivieron. Y es más, está comprobado también que no sólo poblaron el territorio, sino que también lo aprovecharon para migrar en ambas direcciones. Desde Asia cruzaron algunos mamíferos como el león y el guepardo, que evolucionaron haciéndose especies norteamericanas endémicas ahora ya extintas. Y desde Norteamérica migraron a Asia los camélidos que, como ya se ha comentado, más tarde se extinguieron en su territorio original. Por allí pasaron también los mamuts hacia América. Habían salido de África hacía unos 3 millones de años vía Europa y hacia Asia, casi a la par de los antepasados de los elefantes asiáticos. Existen importantes evidencias de que por allí pudieron entrar los seres humanos al territorio americano, hipótesis que comentaremos en una entrada posterior.

Durante los últimos 20 millones de años el clima global se enfrió considerablemente, con un descenso medio de la temperatura de unos 11ºC y un cambio en la vegetación que incluía una reducción de la franja boscosa ecuatorial.[3] Pero lo más importante es que el continente africano experimentó otros cambios climáticos en ese período de tiempo, cambios directamente provocados por acontecimientos geológicos en este territorio, más concretamente en su mitad oriental. Todo ello, sin olvidar que la tendencia climática hacia el frío hacía que los mares se calentaran menos y que la atmósfera retuviera peor la humedad.

Todo se debió al hundimiento del valle del Rift en un momento en que el perfil de las lluvias iba decreciendo. Ya comentamos en el anterior capítulo del Cenozoico que se había iniciado hacía unos 20 millones de años y que dividió el continente africano en dos zonas, a oriente y a occidente. Esta tremenda grieta estuvo acompañada por una importante actividad volcánica que supuso la remodelación de la geografía central africana, al elevarse el nivel por la aparición de dos cúpulas magmáticas, una en Kenia y otra en Etiopía, de más de 2.500 metros sobre el nivel del mar, y conos volcánicos de más de 5.000. Estas alturas ejercían una “sombra” sobre la pluviometría de la franja ecuatorial de África que en un principio estaba recorrida en su totalidad por una espesa masa boscosa. La consecuencia fue un cambio en el patrón de lluvias en la zona este de esta franja, ya que a los monzones atlánticos, conocidos como monzones africanos, que regaban con generosidad durante el verano las selvas occidentales, les costaba llegar a la zona oriental del continente, de forma que a aquellas zonas altas llegaban muy debilitados. Allí los bosques comenzaron a ser más débiles y escasos, abriéndose grandes claros que rápidamente fueron ocupados por el monte bajo y la sabana. Una vez más se producía el dominio de las gramíneas sobre las masas forestales.

Mapa de la zona de los grandes lagos africanos en el gran valle del Rift (línea roja)

En el mapa anterior podemos apreciar lo dicho. Los monzones que entraban desde el Atlántico “sobrevolaban” la selvática cubeta del Congo para llegar débilmente a la zona de la falla del Rift que estaba protegida por las alturas de los montes Ruwenzori, Kenia y Kilimanjaro y el Macizo Etiópico. Ésa es la zona en donde se produjo el cambio de especies vegetales al disminuir la intensidad de las lluvias.

Sobre este horizonte más seco y con nichos ecológicos más disgregados, la falla del Rift se seguía moviendo, generando fracturas y hundimientos a todo lo largo de ella, hasta constituir un hondo valle de hasta mil metros de profundidad y cinco mil kilómetros de longitud en sentido norte/sur, lo que creó una nueva barrera, en este caso geográfica, que también condicionó en gran medida el aislamiento medioambiental de determinadas zonas en las que se desarrollaban unos particulares microsistemas.

En conjunto, África desplegó en la parte oriental de la franja ecuatorial un escenario asombrosamente variado, con tierras altas muy frías y valles verdes en donde se amoldaban manchas de frondosos bosques, y otras zonas con extensas sabanas. En conjunto, un lugar ideal para estimular nuevas vías de evolución en aquellos animales que hasta entonces habían prosperado al abrigo de las antiguas y vivas selvas ecuatoriales. Entre ellos, los simios. Y entre ellos, los homínidos. Todo ello lo empezaremos a analizar en la próxima entrada.

  1. En este artículo de PNAS de enero de 2012 encontraréis una explicación más amplia de esta correlación climática. []
  2. En este enlace podéis obtener un pdf de este libro. []
  3. Más información en este enlace. []

Sobre el autor:

jreguart ( )

 

{ 4 } Comentarios

  1. Gravatar kambrico | 03/05/2015 at 07:57 | Permalink

    jreguart : tengo dudas con la llama (lama glama) yo sabía hace no mucho que es un híbrido artificial creado por el hombre altiplánico de perú , chile y bolivia a partir del guanaco salvaje y en el relato aparece mencionada mucho antes de esta hibridación . a no ser que te refieras al lama guanicoe conocido en suramérica como guanaco que junto a la vicuña y la alpaca son todos ellos de la familia camelidae . en todo caso no soy especialista en el tema y si estoy equivocado por favor corrígeme .

  2. Gravatar jreguart | 04/05/2015 at 08:27 | Permalink

    Hola Kambrico,

    tienes toda la razón. Debería hablar de la familia de los camélidos en general y no de la especie particular Lama (y menos aún llamarles LLama con doble L). De América del Norte emigraron varias especies de camélidos que se especiaron en el continente Austral (como tu comentas, lamas y vicugnas), en África y en Asia de donde aparecieron las especies que hoy conocemos.

    Así que aclaro el texto de la entrada. Gracias por tus comentarios.

  3. Gravatar Juan Carlos | 04/05/2015 at 04:18 | Permalink

    Gran artículo!

    Una pregunta, cuando dices: “Se estima que durante la máxima extensión del periodo glaciar el 30% de la superficie de la Tierra estaba recubierta de hielo”, esa “superficie” te refieres al total de la Tierra o sólo a las tierras emergidas?

    Un saludo!

  4. Gravatar jreguart | 04/05/2015 at 07:14 | Permalink

    Hola Juan Carlos,

    el dato hace referencia a una superficie de hielos que equivale a un 30% de las actuales tierras emergidas. A nivel de todo el planeta se aproximaría al 9%. Se estima que cerca de 45 millones de kilómetros cuadrados estaban bajo el peso de los hielos. Ahora bien, no sabría calcular cual fue el porcentaje sobre las tierras emergidas de aquella época, durante la que el nivel del mar pudo haber bajado unos 140 metros incrementándose por consiguiente de una forma sustancial la superficie de dichas “tierras emergidas”. Pero como indicación de la magnitud, creo que el dato del 30% de las tierras actuales emergidas puede dar una buena idea de lo que pasó.

    Al escribirte esto creo que el texto se presta a la confusión. Me ocupo de ello. Gracias por el comentario.

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