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Los dioses de Pegāna – Sobre Roon, el dios de la Partida, y los mil dioses domésticos




Tras un brevísimo cuento dedicado a Yoharneth-Lahai, hoy volvemos a Pegāna con uno mucho más largo. La primera parte nos presenta a Roon, el dios del vagabundeo, que es tan buena como muchos otros cuentos… pero la segunda, dedicada a los dioses domésticos, es soberbia, y la poesía contenida en ella es difícil de analizar: hay que experimentarla.

SOBRE ROON, EL DIOS DE LA PARTIDA, Y LOS MIL DIOSES DOMÉSTICOS

Roon dijo: “Hay dioses del movimiento y dioses del reposo, pero yo soy el dios de la Partida.”

Es por Roon que los mundos nunca están en reposo, pues las lunas y los mundos y el cometa son movidos por el espíritu de Roon, que dice: “¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!”

Roon conoció todos los mundos en el amanecer de las Cosas, antes de que brillara la luz sobre Pegāna, y Roon bailó ante ellos en el Vacío, y desde entonces, para que nunca estén en reposo, Roon envía todos los arroyos al Mar, y todos los ríos al alma de Slid.

Roon hace el signo de Roon ante las aguas, y dejan las colinas; y Roon ha hablado al oído del Viento del Norte para que no se quede quieto.

Los pasos de Roon se han oído al anochecer fuera de las casas de los hombres, y desde entonces ni la comodidad ni la obediencia los conocen. Ante ellos se extienden viajes por todas las tierras, largas millas, y nunca descansar entre sus casas y sus tumbas — y todo por orden de Roon.

Las Montañas no son un límite para Roon, ni los mares una frontera.

Donde Roon lo desea, allí deben ir las gentes de Roon, y los mundos, y sus arroyos y los vientos.

Yo escuché el susurro de Roon al anochecer, diciendo: “Hay islas de especias al Sur”, y la voz de Roon diciendo: “Ve.”

Y Roon dijo: “Hay un millar de dioses domésticos, los pequeños dioses que se sientan ante la chimenea y cuidan del fuego — hay un Roon.”

Roon dice en un susurro, en un susurro cuando nadie lo escucha, cuando el Sol está bajo: “¿Qué hace MANA-YOOD-SUSHAI?” Roon no es un dios que puedas adorar junto a tu chimenea, ni será un benefactor de tu hogar.

Ofrece a Roon tu fatiga y tu velocidad, cuyo incienso es el humo del fuego de campamento al Sur, cuya canción es el sonido de la partida, cuyas sienes se alzan más allá de las colinas más lejanas en sus tierras tras el Este.

Yarinareth, Yarinareth, Yarinareth, que significa Más Allá — estas palabras están grabadas en letras de oro sobre el arco del gran pórtico del Templo de Roon que los hombres han construido mirando al Este sobre el Mar, donde Roon está tallado como un gran trompetero, con su trompeta mirando hacia el Este más allá de los Mares.

Quienquiera que oye su voz, la voz de Roon al anochecer, inmediatamente olvida los dioses domésticos que se sientan junto a la chimenea. Estos son los dioses del hogar: Pitsu, que acaricia al gato; Hobith, que calma al perro; y Habaniah, el dios de los rescoldos incandescentes; y el pequeño Zumbiboo, el dios del polvo; y el viejo Gribaun, que se sienta en el corazón del fuego para convertir la madera en cenizas — todos éstos son los dioses domésticos, que no viven en Pegāna y están por debajo de Roon.

También está Kilooloogung, el dios del humo ascendente, que toma el humo de la chimenea y lo envía al cielo, quien está contento si alcanza Pegāna, de modo que los dioses de Pegāna, hablando a los otros dioses, digan: “Ahí está Kilooloogung haciendo el trabajo en la tierra de Kilooloogung.”

Todos estos dioses son tan pequeños que son menores que los hombres, pero es agradable tenerlos junto a la chimenea; y a menudo los hombres han rezado a Kilooloogung, diciendo: “Vos cuyo humo asciende a Pegāna, enviad con él nuestras oraciones, para que las oigan los dioses.” Y Kilooloogung, complacido de que los hombres recen, se estira todo gris y delgado, con los brazos sobre su cabeza, y envía a su sirviente el humo a Pegāna, para que los dioses de Pegāna sepan que las gentes rezan.

Y Jabim es el Señor de los objetos rotos, que se sienta detrás de la casa para lamentarse por las cosas que se tiran. Y allí se lamenta por los objetos rotos hasta que los mundos terminen, o hasta que alguien venga a reparar los objetos. O a veces se sienta junto a la ribera del río para lamentarse por las cosas olvidadas que bajan flotando en él.

Jabim es un dios amable, cuyo corazón sufre cada vez que algo se pierde.

También está Triboogie, el Señor del Crepúsculo, cuyos hijos son las sombras, que se sienta en una esquina lejos de Habaniah y no habla a nadie. Pero una vez que Habaniah se ha ido a dormir y el viejo Grubaun ha pestañeado un centenar de veces, hasta que se olvida de qué es madera y qué cenizas, entonces Truboogie envía a sus hijos para que corran por la habitación y bailen por las paredes, pero nunca perturban el silencio.

Pero cuando hay luz otra vez sobre los mundos, y el amanecer llega bailando desde Pegāna, entonces Triboogie se retira de nuevo a su esquina, con sus hijos todos alrededor, como si nunca hubieran bailado por la habitación. Y los esclavos de Habaniah y el viejo Gribaun vienen y los despiertan de su sueño sobre la chimenea, y Pitsu acaricia al gato, y Hobith calma al perro, y Kilooloogung estira sus brazos hacia Pegāna, y Triboogie está muy quieto, y sus hijos duermen.

Y cuando está oscuro, en la hora de Triboogie, Hish se desliza desde el bosque, el Señor del Silencio, cuyos hijos son los murciélagos, que han desobedecido las órdenes de su padre, pero en voz siempre muy baja. Hish acalla al ratón y todos los susurros de la noche; hace que todos los ruidos cesen. Sólo el grillo se rebela; pero Hish ha conjurado un sortilegio sobre él para que, cuando haya cantado mil veces, su voz no se oiga más, sino que forme parte del silencio.

Y cuando ha acabado con todos los sonidos, Hish se agacha próximo al suelo; entonces entra en la casa, sin el menor sonido de pasos, el dios Yoharneth-Lahai.

Pero lejos, en el bosque del que vino Hish, Wohoon, el Señor de los Ruidos Nocturnos, se despierta en su guarida y se desliza por el bosque para ver si es cierto que Hish se ha ido.

Entonces, en algún claro del bosque, Wohoon eleva su voz y canta, de modo que la noche entera pueda oírlo, que es él, Wohoon, que reina en el bosque. Y el lobo y el zorro y el búho, y las grandes y pequeñas bestias, elevan sus voces para aclamar a Wohoon. Y cantan los sonidos de voces y el susurro de las hojas.


Sobre el autor:

Pedro (Pedro Gómez-Esteban)

 

{ 2 } Comentarios

  1. Gravatar ataraxia | 23/09/2010 at 11:10 | Permalink

    Esas pequeñas grandes cosas… los dioses domésticos.

  2. Gravatar Alx Lzhm | 23/09/2010 at 04:17 | Permalink

    ¡Me gustan estos dioses! Haces un trabajo maravilloso Pedro, ¡mis respetos!

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