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Historia de un ignorante, ma non troppo… Concierto para piano y orquesta número 3, de Serguéi Prokófiev




Hace unos años que apareció en esta serie musical una obra del compositor ruso Serguéi Prokófiev, su Sinfonía número 1, “Clásica”, una sinfonía de la que el propio compositor dijo que “sería la que Haydn compondría si estuviese vivo en 1916″, que fue cuando la compuso… Una bella sinfonía pero un tanto “extraña” para el momento en que fue escrita, en pleno auge de los “ismos” que tanto cambiaron la música clásica en aquellas dos o tres primeras décadas del siglo XX.

Hoy vuelve a la palestra Serguéi Prokófiev con una obra mucho más adecuada, por así decirlo, al momento temporal en que fue escrita: su Concierto para piano y orquesta número 3 en do, Op. 26, compuesto en 1921, sólo cinco años después de su sinfonía clásica y completamente diferente: enérgico, exuberante y pleno de matices… y no, no es dodecafónico ni nada de eso: ya sabéis los que me seguís que no soporto esa ¿música? que tan de moda se puso por aquellas épocas y que de vez en cuando se programa en los ciclos orquestales para disgusto mío, porque o directamente no voy al concierto o, al menos, me quedo fuera mientras los sufridos maestros se enfrentan a semejante galimatías.

Además, la versión que enlazo hoy es una versión de referencia de este concierto, por varios motivos, como bien comprobaréis en un ratito…

Serguéi Sergueievich Prokofiev

Nació Serguéi Sergueievitch Prokófiev en 1891 en Sóntsokva, que es en la actualidad una ciudad ucraniana, Krásnoye, cerca de Donetsk, pero en el momento de su nacimiento era parte del Imperio Ruso y, tras la Revolución de Octubre de 1917, de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). El propio Prokófiev se consideró a sí mismo siempre como ruso, aunque ciertamente pasara buena parte de su vida lejos de la Madre Rusia.

Hijo de un ingeniero agrícola y de una gran aficionada al piano que dos meses al año dejaba el ambiente rural de Sóntsokva para tomar clases de piano en Moscú o San Petersburgo, fue hijo único y recibió educación musical desde su más tierna infancia. Su primera obra fue compuesta con ¡cinco años!, y transcrita por su madre en la partitura, porque lógicamente no sabía solfeo, lo que da una idea de su precocidad como músico.

Con solo catorce años ingresó Serguéi en el Conservatorio de San Petersburgo… donde era uno más entre una miríada de estudiantes, sólo que varios años más joven que ellos. Pronto adquirió fama de “rebelde”, “arrogante” y de “enfant terrible”, convencido como estaba de su superioridad sobre colegas e incluso profesores, y cuando se graduó varios años más tarde lo hizo con la nota más alta jamás otorgada a ningún estudiante: el premio “Anton Rubinstein”.

Cuando su padre falleció (y como consecuencia se secó su fuente principal de financiación), había conseguido una cierta fama como compositor a base de componer obras a cuál más infumable (politonales o directamente atonales), provocando escándalo tras escándalo en su estreno… y entrando por derecho propio en lo más cool de la música, a formar parte de lo más granado de la grey musical del momento. Por cierto que mientras componía todas estas obras que le dieron tan mala fama como músico en su formalista Rusia natal, compuso la Sinfonía Clásica que antes cité… Curioso caso de esquizofrenia musical.

Tras pasar una temporada entre París y Londres, donde conoció a los fabulosos Ballets Rusos de Diaghilev, al estallar la Primera Guerra Mundial volvió a San Petersburgo, donde pasó como pudo la Gran Guerra hasta que estalló la revolución en octubre de 1917. Prokófiev no se sintió seguro en su tierra y decidió poner pies en polvorosa, vía el ferrocarril Transiberiano y Japón, para llegar finalmente a Estados Unidos, donde consiguió rápidamente cierta fama, al igual que otros ilustres exiliados rusos como Serguéi Rachmaninoff, y le encargaron la ópera “El Amor de las Tres Naranjas”, pero su estreno fue cancelado debido al fallecimiento del director. Entonces volvió a París en 1920, donde retomó los contactos con Diaghilev. En 1921 se estrenó su ballet “Chout” (El Loco), con el que obtuvieron (los Ballets Rusos, Diaghilev y él mismo) un enorme éxito que le cambió la vida. Fue también en 1921, en plena madurez como compositor, cuando compuso la obra de hoy.

Quince años estuvo Prokófiev componiendo por esos lugares del mundo y ejerciendo de “exiliado ruso”, una profesión glamourosa en la época. Sin embargo, fue paulatinamente aceptando encargos del gobierno de la URSS para, fundamentalmente, poner bandas sonoras a películas realizadas a mayor gloria del régimen, como El Teniente Kijé, Alexander Nevski o Iván el Terrible. En 1945 su Quinta Sinfonía, dedicada a la victoria final sobre los alemanes, le proporcionaría su Segunda Orden de Stalin en 1945 (una importante condecoración soviética; la primera la había obtenido en 1943), aunque curiosamente unos años antes, en 1939, había estado bien cerca de ser ejecutado por traidor.

La truculenta, si no directamente increíble historia es así: había escrito una ópera, Semyon Kotko, con libreto de su viejo amigo Vsevolod Meyerhold, inconformista declarado, obra en la que, de acuerdo a la percepción soviética de la época, se representaba a unos bárbaros e incultos alemanes invadiendo Ucrania, unos auténticos animales… todo muy convencional y ajustado perfectamente a la cosmovisión bolchevique del momento, así que no debería haber ningún problema, ¿no? Pues sí, lo hubo. Y bien gordo. Resulta que en agosto de ese mismo año se firmó el Pacto Molotov-Ribentropp de No Agresión entre la URSS comunista y la Alemania nazi… y los alemanes pasaron a ser, de la noche a la mañana, de ser cocos con los que se asusta a los niños a ser unos tipos guays, pero guays-guays-de-la-muerte. La ópera fue sumariamente cancelada, se le retiró el pasaporte a Prokófiev y con Meyerhold la cosa fue peor: fue ejecutado por antipatriota. En fin. Cosas que pasaban en aquellos enloquecidos tiempos. Para salvar la piel, nuestro buen Serguéi aceptó la “sugerencia” de componer una obra a más gloria del padrecito Stalin: la “Salutación a Stalin”, Op. 85, para conmemorar su 60 cumpleaños… una obra que, como bien se puede imaginar, no se ejecuta mucho en estos tiempos.

Tres años más tarde los alemanes invadieron la URSS y entonces vivió Serguéi una época de reconocimiento y éxito… hasta que una vez acabada la guerra se publicó en 1947 el Decreto Zhdanov, que especificaba claramente cómo debía ser la música soviética  y cómo no… y daba lo mismo que el compositor tuviera una, dos o siete órdenes de Stalin en sus vitrinas: si se decidía que su música era “pro-occidental”, “antidemocrática” o “decadente”…[1] ibas dado. Y eso le pasó al pobre Prokófiev. Al menos no le fusilaron como a otros, pero le condenaron virtualmente al ostracismo. Pasó sus últimos años malamente, aquejado de problemas de salud que limitaron su capacidad hasta su muerte, acaecida, para más inri, el mismo día que falleció Stalin, el 5 de marzo de 1953. Como su casa estaba muy cerca de la Plaza Roja moscovita no fue posible trasladar su cadáver hasta tres días después, para no molestar a las interminables exequias por la muerte del dictador y uno de los mayores genocidas de la historia. Como veis, el padrecito Stalin fastidiando hasta el final.

Yuja Wang en el Carnegie Hall 23 de julio de 2017. OgreBot, cc by SA.

Bien, vamos ya con la obra de hoy. De los cinco conciertos para piano y orquesta que compuso Prokófiev, éste de hoy, el número 3, es con diferencia el más famoso e interpretado.

Lo escucharemos en la versión de la gran pianista china Yuja Wang con la Concertgebouw Orchestra de Ámsterdam, una de las mejores orquestas de la actualidad, bajo la dirección de Daniele Gatti. Tres o cuatro versiones de este mismo concierto ejecutados por esta misma pianista se encuentran fácilmente en youtube, pero ésta de hoy, realizada en el otoño de 2010, le dio justa fama a Yuja Wang y la convirtió en algo así como la pianista de referencia para tocar este concierto concreto.

Son tres movimientos, como suele ser habitual en este tipo de obras:

El primer movimiento, Andante – Allegro, comienza, obviamemente, en cuanto la solista se ubica frente al piano. El movimiento comienza en tono lírico, con un andante del clarinete que continúa el resto de la orquesta hasta que una poderosa intervención del piano rompe el lirismo y entra en un estallido de ritmo exuberante y muy fluido. Uno de los mejores arranques del piano que yo conozco. Y así sigue el movimiento, muy enérgico y virtuoso, hasta su final.

El segundo movimiento, Tema con variazioni, comienza en el minuto 10:00 del video y es un tema principal, una gavota expuesta inicialmente por la orquesta y luego cinco variaciones. Es un ejemplo de la genialidad compositiva de Prokófiev y una delicia de escuchar.

Y el tercer movimiento, Allegro ma non troppo, comienza en el minuto 19:45 y contiene lo que el propio Prokófiev definió como una discusión entre el piano y la orquesta. En él se encuentra la sección más virtuosa del concierto, cuando se retoma el tema del primer movimiento. El final del movimiento, y del concierto, es un poderoso unísono de la orquesta y piano en fortissimo, como diciendo… “Ahí lo dejo”.

En fin, es sin duda un gran concierto y una magnifica interpretación. He aquí el video. Que lo disfrutéis.

Por si acaso tenéis problemas con la reproducción del video embebido, aquí dejo el enlace directo

Para acabar, esta obra se ejecuta con alguna frecuencia, así que es factible poder disfrutarla en directo… yo lo he hecho en un par de ocasiones y, de verdad, en directo es otra cosa. Cierto que es difícil encontrar a un solista que toque con tantas ganas como la enérgica Yuja Wang, pero por muy bien grabado que esté el concierto y muy bueno que sea vuestro reproductor… no hay nada como el directo. Nada. Pero al menos los que vivís como yo en Madrid vais a tener la próxima temporada múltiples oportunidades de escuchar este concierto en el Auditorio Nacional, porque lo han programado al menos tres de las orquestas principales de la capital: La Orquesta Nacional de España, los días 24, 25 y 26 de abril de 2020, interpretado por Beatrice Rana; la Orquesta Sinfónica de Madrid, el día 24 de octubre de este 2019, interpretado por Levon Avagyan; y la Orquesta de la Comunidad de Madrid, el día 30 de marzo de 2020, interpretado por Dmytro Choni…

Me parece curioso cómo, con la cantidad de obras posibles para programar, es muy común que diferentes orquestas programen la misma obra en la misma temporada, cuando igual llevaban veinte años sin ejecutarla. Por ejemplo, esta próxima temporada, además de la coincidencia de este Concierto número 3 de Prokofiev, que ya es raro que tres orquestas diferentes lo programen el mismo año,[2] también se ha programado dos veces, por la ONE y la ORCAM, la Sinfonía número 6 de Bruckner que hace no mucho tiempo apareció por estas páginas… y ésa sí que no se había programado en muchísimo tiempo en Madrid, y de pronto dos excelentes orquestas la programan con apenas tres meses de diferencia. Curioso, ya digo. ¡Igual es que los responsables de programación de las orquestas leen este humilde blog y toman nota para preparar la temporada!! :) [3]

Disfrutad de la vida, mientras podáis. A ser posible, escuchando música.

  1. Fuera eso lo que demonios fuera. []
  2. En Madrid no hay tantísimas orquestas como para que esto sea normal. []
  3. Porque, además, esta entrada, aunque no estaba publicada, llevaba preparada para publicar desde hace ya unas semanas, es decir, bastante antes de que se diera a conocer la programación de la temporada 2019-2020… igual es que son también capaces de leer lo que no está ni siquiera publicado, jeje. []

Sobre el autor:

Macluskey ( )

Macluskey es un informático de los tiempos heroicos, pero no ha dejado de trabajar en Informática y disfrutar con ella hasta la fecha. Y lo que el cuerpo aguante. Y además, le gusta la música...
 

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