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Biografía de lo Humano 15: Entre 1,8 millones y 250 mil años II, los usos de vida




Reanudamos lo interrumpido al final de la entrada anterior de esta serie sobre la Biografía de lo Humano. Allí habíamos conocido a los actores de esta etapa y su entorno social y ambiental que llevó a algunos de ellos a salir de África, con el resultado de que llegaron a poblar el resto del viejo mundo. Seguimos en el periodo temporal que se extiende entre hace 1,8 millones de años y la sutil frontera con el primer Homo sapiens, que podemos imaginar a efectos de esta entrada, por comodidad, en hace 250.000 años.

Tras conocer las condiciones de contorno de los individuos de las especies Homo del momento, vamos a ver ahora si conseguimos encontrar, a través de los diversos restos arqueológicos, las pistas que dejó su conducta, evidencias que nos van a permitir colegir su grado de “humanización”. Recuerdo una vez más lo que ya sabemos, es decir, que las pistas se tienen que esconder en la fuerza con la que aquellos primitivos hombres llegaban a percibir las abstracciones básicas que conforman el Yo emotivo y racional: la individualidad -la del grupo como tal o la suya propia-; el uso del espacio y la percepción de la medida del tiempo. Todo ello nos irá sugiriendo, conjuntamente con el grado de desarrollo de la morfología cerebral y del aparato fonador, qué tipo de lenguaje simbólico practicaban. A mayor simbología en el lenguaje, mayor realimentación cerebral y, por tanto, un poder de pensamiento más eficaz. A la postre, más próximo a lo Humano.

Reconstrucciones forenses de algunos de los personajes del momento. Realizadas por el diseñador brasileño Cicero Moraes, especialista en este tipo de imágenes (extraídas de ATOR, CC BY 4.0)

Busquemos en su máquina de pensar, el cerebro. No hay que olvidar que estamos asomándonos a la historia de hombres muy variados, con capacidades craneales también muy variadas. Simplificando el intervalo, desde los tres cuartos de litro de ergaster hasta capacidades que sobrepasaban largamente el litro en especies cronológicamente posteriores, como heidelbergensis o neanderthalensis. Y tampoco hay que olvidar que ya desde un principio Homo ergaster disponía de una talla corporal semejante a la del hombre moderno. A la vista de estas dos circunstancias nos surge la pregunta: ¿por qué creció el encéfalo proporcionalmente con más lentitud que tal como lo hizo el tamaño corporal? ¿No debían ir acompasados los dos cambios de escala?

El hecho de que se mantuviera aproximadamente invariante el “volumen” corporal metabólico nos lleva a pensar que las áreas cerebrales de gestión básica vital, límbica y motora –las que conducen a nuestros organismos por los vericuetos de la supervivencia- no necesitaron reforzar su masa neuronal para llevar a cabo sus funciones. Y dado también que las capacidades racionales, aunque a la zaga, iban también desarrollándose, habrá que colegir que el crecimiento volumétrico encefálico observado a lo largo del tiempo se tuvo que ir produciendo en otras áreas cerebrales, entre otras, las llamadas áreas de asociación del córtex. Se supone que esto se produjo por alguna mutación de los genes que definen las proporciones cerebrales durante su crecimiento. A pesar de que lentamente la máquina iba modernizando sus estructuras, era evidente que aquellos primitivos hombres aún no eran capaces de exprimir las teóricas posibilidades de sus cerebros.

No obstante lo que estamos diciendo, a lo largo del millón y medio de años de la época por la que nos movemos sí se va observando un sutil y continuo avance en las complejidad de sus culturas, aunque esos avances estaban muy alejados de cualquier explosión de creatividad. Esta llegó más tarde, y sólo con Homo sapiens. Era como si aquellos hombres fueran sobrados de cerebro, pero sin haber encontrado aún las condiciones ambientales necesarias para cebar la espoleta. Disponían de un Ferrari con el que recogían patatas. Los estudios morfológicos a través de los endomoldes obtenidos del interior de sus cráneos parecen indicar un perfil de crecimiento uniforme, como si el cerebro se hubiera dedicado simplemente a ensayar, a practicar nuevas relaciones en las redes neuronales, a tantear entre fracasos y ligeros aciertos.

Veamos si somos capaces de deducir, a partir de sus usos y costumbres, el grado de abstracción y simbolismo desarrollado por los hombres que vivieron a lo largo de este millón y medio de años. Comenzando por lo más evidente: la observación de las herramientas.

Ya se había introducido la novedad tecnología achelense o Modo 2, como comentamos en la entrada anterior. Es fácil de imaginar que supuso un gran avance conceptual que, por las causa que fueran, se estancó durante muchos años. Habrá que esperar hasta hace casi 400.000 años para evidenciar un nuevo escalón tecnológico. Ya dijimos que fue en África donde por primera vez se inventa esta tecnología lítica, mientras que en Asia, datadas las evidencias más antiguas en hace un millón de años, prácticamente no se han encontrado más allá del meridiano 90º, en la India. Los hombres europeos no acceden a ella hasta hace unos 600.000 años. Y habrá que esperar unos milenios para contemplarla en todo su esplendor, puesto que ello se produjo a partir de hace tan sólo 300.000 años.

Nos deberíamos preguntar el porqué de este lento desarrollo, por qué los humanos no sintieron la necesidad de un desarrollo tecnológico más rápido. Posiblemente fuera debido a que a los módulos funcionales que soportan las inteligencias cerebrales básicas -tecnológica, ambiental y social- les costó conseguir una recíproca realimentación de sus operaciones, este proceso que nuestro cerebro sapiens domina. El antropólogo Mithen Steven, en su libro “Arqueología de la mente”, especula con que, en un principio, la tecnología no fue apreciada por los hombres como un elemento decisivo para su supervivencia, siendo contemplada más bien como una simple coyuntura de la vida, una entre tantas de las que se desarrollaban en el corto plazo, es decir, un poco más allá de lo que pueda pensar un chimpancé usando unas piedras para cascar las nueces de cada día.

Bifaz tallada con un percutor blando (Imagen: J.M. Benítez, wikimedia, CC BY-SA 2.5)

Las herramientas realizadas mediante esta nueva tecnología achelense seguían siendo cortantes, como las del Modo 1, pero con un diseño simétrico a ambos lados del filo y con relación a su eje principal. Es evidente que su realización exigiría unas capacidades de previsión más complejas que las que se precisaban para confeccionar las herramientas de Modo 1. Había que imaginar, al igual que hace un escultor, la herramienta final escondida en el material pétreo que se iba a trabajar, y había que escoger y trabajar la materia prima de acuerdo al tipo de uso que se le iba a dar. Las primeras herramientas que se han encontrado generalmente se trataban de hachas de mano de distintos tamaños, que servían para muchos y diversos propósitos. Con el paso del tiempo, hace ahora unos 300.000 años, van apareciendo lascas y otros utensilios especializados: rascadores, cuchillas, hachas de mano, puntas… algunos de los cuales eran un subproducto del tallado de la herramienta principal. A finales del periodo se observan incluso herramientas accesorias de materiales más blandos, como la madera o el hueso.

También se advierte una progresiva selección de las materias primas hacia piedras de grano más fino, como el sílex, y el comienzo de un incipiente uso de percutores blandos de madera o hueso, lo que permitiría, junto con la habilidad del artesano, el acabado de unas piezas con filos muy perfeccionados, la obtención de delicadas lascas y ampliar la diversidad de herramientas, cada una para un uso muy determinado.

A todos los anteriores avances en las tipologías y materias primas hay que unirle los más elaborados procesos de tallado. A lo largo del desarrollo del delicado trabajo tendrían que decidir cuál debía ser el primer paso y cuál el que le debía seguir. Decidir cómo modificar la secuencia si algo salía mal, o bien acertar en qué momento del proceso se debía utilizar una herramienta percutora más blanda -hueso o madera- para obtener el acabado fino final. Sus cerebros ya estarían preparados para algo tan humano como lo que se define como pensamiento recursivo, aquel en el que, como una ristra de cerezas, una idea principal incorpora otra secundaria que a la vez puede arrastrar a otras condicionadas. Y quizás cada una con un contexto distinto. La recursividad de los procesos mentales sería además aprovechada en el también humano pensamiento planificador: si hago esto deberé hacer lo otro, base en la definición de estrategias y en la toma de decisiones.

Entenderemos mejor el alcance de la idea de la recursividad en el pensamiento del momento repitiendo el tipo de análisfis que dos entradas antes hacíamos al proceso de la tecnología olduvayense, pero aplicado ahora a la achelense. Desde el punto de vista de la capacidad de la memoria operacional a corto plazo, llegamos a la conclusión de que se había llegado a un nivel recursivo en el pensamiento, que engarzaba hasta 5 pasos de actividad consecutivos. Lo explicamos. A los tres pasos que veíamos en el modo olduvayense se le añade ahora (1) el hecho de que la talla se continúa a lo largo de una línea, que puede incluso conformar un círculo en el borde del canto, a lo que se le añade además (2) la reversibilidad de la estrategia de talla: tallar primero para extraer de la piedra madre el núcleo, ya tallado, que formará la herramienta, o al revés, extraer el núcleo y luego tallarlo, lo que dependería de las características del material bruto. Al manejar esta más potente capacidad de la memoria operativa a corto plazo, el hombre se encontraba ya bastante alejado de los 3 pasos del chimpancé y en camino de los 7+2 que se estiman en el hombre moderno. La importancia de este reforzamiento reside en que la recursividad no es sólo un elemento de la complejidad motora, sino también un elemento de la complejidad del lenguaje y, por tanto, del pensamiento. En el área cerebral de Broca pueden activarse las mismas zonas durante el proceso sintáctico durante el habla –ordenando fonemas- que en el proceso de manipulaciones motoras –ordenando movimientos-.

La selección cuidadosa de los materiales base; la especificidad y variedad de usos en las herramientas bifaces más modernas; el uso de herramientas auxiliares que no eran de piedra; la recursividad en la operativa… comparado todo con la simplicidad de utensilios y usos, y estos más generales, de las viejas olduvayenses, claramente indicaría un avance, una mayor complejidad en el uso de las tantas veces mencionadas abstracciones básicas en aquellos hombres.

En esta época no sólo reinaba la cultura lítica de Modo 2. A pesar de su evidente omnipresencia se conoce la existencia paralela de otras tecnologías más avanzadas. Así, podemos encontrarlas en el yacimiento arqueológico armenio de Nor Geghi 1, que tiene una antigüedad entre 200 y 400 mil años, en donde se superponen el uso de herramientas de piedra achelenses -Modo 2- junto a otras elaboradas con la técnica de tallado Levallois. Esta última técnica, que también se practicaba en África en la misma época, corresponde a una cultura lítica más elaborada, ya Modo 3, cuyo esplendor se dará unos doscientos mil años después con los neandertales. Gracias a este yacimiento podemos asistir al preciso momento en que los mismos hombres, en un mismo lugar y en un mismo tiempo, estaban experimentando y creando nuevas mejoras tecnológicas. Eran individuos del género Homo con un desarrollo mental capaz de innovar.

Como vemos, a lo largo de este extenso periodo los homos fueron alcanzando un cierto dominio en el manejo mental y en la materialización física de las abstracciones de tipo espacial o temporal. Permea sus herramientas. Aunque también lo podemos observar al mirar hacia las costumbres habitacionales del momento, las cuales incorporan detalles arquitectónicos y usos de espacios que permiten intuir un planteamiento de permanencia. Así, en la segunda mitad de este prolongado periodo se constata una progresiva consolidación de los asentamientos -comprendían ya lo que era “espacio”- con vocación de duración -comprendían lo que era “tiempo”-. A pesar de lo interesante que sería hacer un análisis de los asentamientos humanos, el tema se sale del objeto de esta serie, que se debe centrar en lo ya dicho: seguir la pista del uso de determinadas abstracciones básicas. En todo lo que sigue éste es nuestro único objetivo.

Aunque realmente la precariedad de las pruebas es importante.

A la izquierda, croquis de la disposición de los restos de una cabaña de hace 380 mil años, en Terra Amata, Francia (imagen de la derecha: J.M. Benito, Dominio Público)

Uno de los emplazamientos más antiguos en el que se observan lo que podrían ser evidencias de un ordenamiento de habitáculos es el yacimiento francés de Soleilhac, de unos 800.000 años de antigüedad, en donde se ha encontrado un elemento constructivo que aparentemente podría ser una especie de muro. Asimismo, lo que parecen rastros de chozas -cuestionados por algunos antropólogos de renombre, como Bermúdez de Castro- de hace 380.000 años en el emplazamiento de Terra Amata (ver la figura anterior), junto a la ciudad francesa de Niza, que se interpreta como una cabaña temporal, posiblemente techada con ramas, con evidencias de la domesticación del fuego. O en los yacimientos españoles de Torralba, datados en hace 350.000 años, con lo que, algunos opinan, son zonas que corresponden a estancias dedicadas a la caza.

También podemos mencionar, finalmente, el yacimiento israelí de Gesher Benot Ya´Aqov, ocupado de forma ininterrumpida por los seres humanos entre hace 800 y 700 mil años, en donde se aprecia claramente una organización espacial según necesidades y usos. Había un área que se utilizaba para preparar y procesar la comida, otra para dormir y otra, alejada de las anteriores, que sería una especie de taller para la producción de artefactos líticos, con vestigios de lo que parecen fogatas controladas. La figura siguiente nos aclara estas disposiciones.

Yacimiento israelí de Gesher Benot Ya´Aqov: El trabajo aquí, la cocina allá. En el croquis superior, hoguera y área de trabajo, se muestra la concentración de piedras quemadas, en rojo. En el inferior, el área de comida, la concentración de piedras no quemadas, en azul. Ambos croquis representan el mismo espacio (imagen de The New Yor Times 22/12/2009, Fair Use)

¿Qué es lo que parece que vemos? Habitáculos fijos, compartimentados según usos, talleres alejados de lo habitacional, estancias de caza, uso del fuego… a partir de unos pocos datos, todos ellos fuera de África. Espacio, tiempo… La imaginación es libre.

La trascendencia del uso del fuego en la vida de los antiguos hombres fue muy grande, puesto que, en aquellas comunidades que lograron domesticarlo, se observa un salto cualitativo cultural. Son obvios los diversos caminos por los que el fuego se constituyó por méritos propios como un “avance tecnológico”: fuente de energía y luz, cocción de alimentos, defensa, preparación de armas y herramientas… Pero sin lugar a dudas quizás la mejor aportación para el Homo fue el efecto socializante que implicaba la convivencia junto a una protectora hoguera, sobre todo para aquellos hombres tan débiles en su entorno. Saber usar de forma controlada al fuego refleja una complejidad mental. El paleontólogo Eudald Carbonell, tal como expuso en la conferencia ”Evolución de la tecnología” en 2002 en la Fundación Juan March, o en esta entrevista, afirma que los primeros indicios que pudieran confirmar su domesticación por el hombre datan de hace un millón de años y su socialización en hace 500 mil.

El antropólogo británico Robin Dunbar propone que nuestro lenguaje evolucionó como una variante del chismorreo. En un grupo de unos 50 individuos hay hasta 1.225 posibles interrelaciones. A través de cada una de ellas fluye la información. Y la información era muy importante para la supervivencia de aquellos hombres. Se conseguían datos claves para la supervivencia y se abrían cauces de confianza. El chismorreo se constituyó como pieza fundamental en el intercambio de información. El hombre, y lo vemos en nosotros, es un inagotable sujeto activo y pasivo del chismorreo y, en torno a los fuegos que congregarían por la noche a los miembros del clan, la información banal o importante correría con gran fluidez.

Vayamos a las evidencias sobre el uso domesticado del fuego. Aunque son escasas y las más antiguas, discutidas, conocemos bastantes yacimientos en donde pudiera haberse utilizado el fuego. Los más antiguos se encuentran en los entornos del yacimiento de Koobi Fora, en Kenia, datados en unos 1,5 millones de años. En cuanto a su uso en el día a día del Homo, las investigaciones realizadas en la cueva de Qesem, en Israel, han demostrado la existencia de fogones en los que se manejaba el fuego de forma estable y continuada. Se han datado en hace unos 300.000 años. Lo mismo sucedía en las ya comentadas chozas del yacimiento de Terra Amata -380 mil años- o, aún antes -800 a 700 mil años-, en el también mencionado yacimiento israelí de Gesher Benot Ya´Aqov .

A medida que las nuevas tecnologías y avances culturales permitían la colonización de zonas más frías y de clima continental, en donde este presenta un marcado carácter estacional, se tuvieron que resolver situaciones cada vez más complejas. El fuego ayudaría, pero la gestión de la caza y el abastecimiento se complicaban, ya que se tenían que ajustar a los ciclos climáticos anuales, lo que suponía que aquellos hombres debían imaginarlos como realidades naturales que seguían pautas temporales. El objetivo era vital, ya que debían ser lo más exitosos posibles a la hora de guardar en época de abundancia con el objeto de poder tener abastecimientos en las épocas difíciles. Podemos pensar que esto, al menos, ya sucedería con los habitantes de los múltiples entornos de estancia en los yacimientos de Atapuerca, en España, zona de climas extremos si los hay. Y remarcamos que estamos hablando de que esto era el medio ambiente habitual de Homo antecesor hace 800.000 años.

Con relación a la caza, recordemos que alrededor de ella se mueven diversas facetas del carácter humano. Desde la componente evidente de socialización, en todo momento, hasta el manejo de los conceptos de tiempo y espacio, necesarios para planificar la actividad. Incluso se precisaba de una habilidad de recursividad mental que permitiera imaginar cuales iban a ser las futuras pautas de conducta de los animales que están esperando o que están acechando.

Las referencias que tenemos sobre la caza son suficientes como para percibir un manejo habitual y eficaz del sentido de lo temporal y de lo espacial. Esto era ya evidente hacia mediados del periodo, cuando el “aquí y ahora” de los habilis se habría superado.

A lo largo de la época que estamos analizando se van observando datos que permiten imaginar avances en los métodos de caza. No obstante, seguimos advirtiendo una continuidad en las tácticas de subsistencia, ya que se alternaban las prácticas de carroñeo con las de la caza. Todo dependería de las circunstancias medioambientales del momento, aunque prácticamente se constata el mismo procedimiento en Europa, África o en Levante mediterráneo. Es muy significativo el que en los asentamientos no se aprecian por lo general grandes acumulaciones de restos de un mismo tipo de animal, lo cual hace pensar que la caza era a la búsqueda, sobre una base oportunista y no demasiada planificada, como van a exigir las futuras estrategias basadas en la preparación de trampas y enceladas.

Lanza de Schöningen número IV, aún en su yacimiento (Wikimedia, CC BY-SA 3.0 de)

Los yacimientos sorianos de Torralba y Hambrona, de los que hemos hablado un poco antes, son considerados como auténticos cementerios de elefantes por su abundancia en fósiles de estos animales, además de los de otras especies. Está datado en hace unos 350.000 años, y es muy claro que no es el resultado de la acción humana, aunque en sus proximidades se han encontrado asentamientos que posiblemente eran estaciones de caza, despiece o carroñeo. Quizás el hombre aprovechaba el momento en que estos grandes animales se atascaran en los vecinos pantanos para darles caza. Era, en definitiva, un lugar común para la relación social y ejercitar los conocimientos medioambientales orientados a la supervivencia. Un buen campo de prácticas para desarrollar e interrelacionar la inteligencia social y la del conocimiento de la naturaleza.

También sabemos de utensilios para la caza. En las proximidades de la ciudad alemana de Schöningen se han descubierto en un yacimiento de hace 400.000 años ocho lanzas de madera, relacionadas con restos de mamíferos. Son un claro testimonio de que ya en aquella época se practicaba -hombres heidelbergensis- la caza a cierta distancia. Su longitud media es de dos metros y su fabricación denota conocimientos técnicos elaborados como, por ejemplo, que el centro de gravedad está en el tercio anterior de las lanzas, muy semejante a tal como se fabrican las jabalinas actuales. En este yacimiento se han encontrado miles de restos óseos de caballos, ciervos o bisontes cazados por nuestros antepasados.

Con eso acabamos con el mundo de la caza. Ahora creo que va a ser bueno recopilar.

En la entrada anterior nos tocó hablar de las especies Homo, sus individuos, anatomías, grupos y migraciones. En ésta, aunque extensa, se han dado unas breves pinceladas de la tecnología y las herramientas, de la habitación, el fuego y la caza. Se comenzó, por tanto, con cuatro facetas muy cercanas a la esencia del hombre de la segunda mitad del Paleolítico inferior, para continuar con cuatro componentes de su cultura más vital.

En la siguiente entrada cerraremos el tríptico dedicado a los hombres que vivieron “entre 1,8 millones de años y la sutil frontera con el primer Homo sapiens“. Y lo haremos tratando de temas más abstractos, de sus simbologías. Y, por supuesto, entre ellas la más paradigmática: el lenguaje. Estamos ya preparados. Allí nos encontramos.


Sobre el autor:

jreguart ( )

 

{ 2 } Comentarios

  1. Gravatar renzo | 04/07/2016 at 07:00 | Permalink

    “Incluso se precisaba de una habilidad de recursividad mental que permitiera imaginar cuales iban a ser las futuras pautas de conducta de los animales que están esperando o que están acechando”. los leones en la sabana africana se puede pensar que operan del mismo modo ; sería interesante analizarlo o hacer un paralelo con la mente de esos homos y estos astutos depredadores actuales …… y lo otro que te quería comentar es algo que siempre me he preguntado : cuando estos homos seguían a los animales en sus largos recorridos buscando agua y tierras fértiles es porque habían perdido estas capacidades de encontrarlos o se habrían atrofiado estas mismas ? , ya que al contar con una proto mente la cual iba sustituyendo esos instintos que no deben ser más que complejos receptores que son vitales para los animales en la búsqueda de alimento …. y así llegamos hoy usando la tecnología con casi el mismo sentido ? . entre las necesidades que inventamos ( unas muy valiosas) y las capacidades primitivas que perdemos por atrofia . ganamos grandes cosas y al mismo tiempo perdemos otras valiosísimas . …… esta entrada me hizo pensar en estas cosas . y felicitaciones por supuesto , seguimos atentamente todas tus entradas .

  2. Gravatar jreguart | 04/07/2016 at 10:10 | Permalink

    Hola Renzo,

    quién sabe lo que debía pasar por la cabeza de aquellos humanos. Conjeturarlo con nuestros parámetros mentales de seres pensantes del siglo XXI es muy arriesgado. Quizás las estrategias de caza se asemejaran en cierta medida a la de los grandes felinos. Hoy sabemos que los leones cazan pero no le hacen ascos a un buen animal muerto cuando el hambre aprieta. Actitud que parece ser era la que mantenían los homos por aquella época. Carroñeros y cazadores. Piensa que lo más probable fuera que aún no tuvieran las habilidades mentales como para pensar siquiera en que se podría mantener la carne cazada para tiempos peores. Así que debían seguir la pista de los animales vivos allí a donde fueran. Que sin lugar a dudas serían las zonas mejores para encontrar su alimento. Y por tanto las mejores zonas también para las labores recolectoras del homo. Sin lugar a dudas los homo no habían perdido ninguna habilidad para la caza y la recolección. Quienes las hemos perdidos somos los hombres de la ciudad. Pero los bosquimanos del Kalahari viven muy bien en sus territorios y los indios amazónicos igual en las selvas profundas. Territorios en donde lo menos que nos puede pasar a los urbanitas es que nos muramos junto a una cantidad ingente de recursos alimenticios. Los hombres seguían a los animales porque allí estaba su despensa del día a día en zonas donde había cosas abundantes para recolectar. Era el aquí y ahora del grupo. La tecnología del aquí y ahora, la realidad de su medio en el aquí y ahora y la supervivencia del grupo no mucho más allá del aquí y ahora de la alimentación y abrigo básicos. Ni se les habría ocurrido aún que la tecnología podían ligarla con el medio ambiente para conseguir un futuro más largo y mejor para el grupo, un grupo más fuerte en donde mejoraría sin duda la tecnología y el uso de la naturaleza. No habían integrado sus tres inteligencias básicas. Por eso iban a la zaga de la solución del momento… aquellos animales con los que solucionaban las cornadas del hambre. Que no fue poco. Gracias a ello pensamos que comenzaron a propagarse por el planeta.

    Y gracias por tus felicitaciones. La verdad es que he disfrutado mucho preparando esta serie. Con este disfrute me doy más que por satisfecho. Aunque vuestras complacencias son como la guinda en mi pastel personal. La aventura continúa.

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