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Biografía de lo Humano 14: Entre 1,8 millones y 250 mil años. I, los protagonistas




En esta entrada seguiremos el hilo de la historia que comenzó en la anterior de esta serie sobre la Biografía de lo Humano, en donde nos asomamos al salón de la casa de los Homo habilis para intentar entender hasta qué punto había empezado en ellos la racionalidad propia de los hombres. Llegamos a la conclusión de que podíamos observar en ellos los primeros hilos de un sentimiento de grupo; del manejo de las abstracciones del tiempo y espacio; de un lenguaje mixto elemental o de una mente en la que se iniciaba un inconsciente pensamiento recursivo. Poco aún… pero mucho. Hoy continuamos lo iniciado para contemplar lo que sucedió a lo largo de un espacio temporal entre hace 1,8 millones de años y la sutil frontera de la aparición en escena del primer Homo sapiens: lo más seguro, 200 mil años… quizás 150 mil… Pero elijamos por comodidad para este escrito 250 mil años.

El tema es extenso, y lo voy a dividir en tres entregas. En esta primera hablaremos de los personajes y su entorno grupal y geográfico, que a la postre les llevó a emigrar de África.

Así sería el paisaje africano hace un millón de años, el momento de nuestra historia (Wikimedia, Dominio Público)

A partir de los últimos coletazos de las especies habilis y rudolfensis la humanidad se adentró en un largo periodo, de más de un millón y medio de años, a lo largo del cual costó el que sucedieran cosas nuevas con respecto al tema que nos preocupa: la manifestación de lo que nos hizo humanos. Debo, sin embargo, hacer mención al hecho de que vamos a percibir dos fases muy distintas: una inicial muy larga, de la que no se tienen muchos datos y donde, además, estos nos dicen que no pasó mucho; y una final mucho más corta, cuyo inicio lo podemos imaginar en el difuso momento en que aparecen evidencias de un refinamiento tecnológico y de costumbres que antes nunca habían sido vistas. Esto sucedió quizás hace 400 o 300 mil años, o quizás 500 mil. Un poco antes de que Homo sapiens, nuestro tatarabuelo, apareciese en la escena africana. De todas formas, los restos fósiles, los que nos deben contar la historia y los usos de vida, no son exhaustivos ni concluyentes, estando lógicamente sujetos a interpretación.

A pesar de ello intentaremos mostrar el dibujo, boceto tal vez, de cómo la mente de aquellos homininos iba adoptando una mayor profundidad en sus abstracciones, aquellas que están relacionadas con el sentimiento de la individualidad y del significado del tiempo o el espacio. Y de cómo estas abstracciones -individuo, tiempo, espacio- no sólo iban afianzándose en sus particulares redes neuronales, sino que también se iban realimentando entre ellas, entrelazando sus capacidades, potenciando así la capacidad cognitiva del hombre. También intentaremos entender cómo todo ello debió influir en su elemental lenguaje, que al irse interiorizando influyó también en sus capacidades de pensamiento. El reforzamiento social con el cambio de usos, cultura y tecnología, iba preparando la eclosión del pensamiento intensamente abstracto y simbólico que definió mucho más tarde al Homo sapiens. Pero eso será el final de la historia.

En los primeros momentos del periodo, hace 1,8 millones de años, sobre la piel de África sobrevivían unos homininos radicalmente distintos a sus vecinos los Homo habilis, de los que ya sabemos su pequeña estatura y capacidad craneal que rondaba los 700 centímetros cúbicos. El nuevo actor se trataba de Homo ergaster, el “hombre trabajador”. A pesar de que su capacidad craneal estaba situada aún en el entorno de los 870 centímetros cúbicos, su elevada talla -estimada en unos 1,80 metros- y su “moderna” anatomía, nos recuerdan perfectamente a los individuos de la especie del hombre actual. Por los fósiles encontrados sabemos que habitaban una geografía muy concreta, que abarcaba lo que hoy conocemos como Kenya, Etiopía y Eritrea.

Reconstrucción forense del cráneo del Niño de Turkana, individuo de la especie ergaster (imagen: Cicero Moraes, CC BY 4.0)

Los antropólogos opinan que, al inicio del periodo que estamos analizando, los grupos sociales ergaster no debían ser muy numerosos, estando formados por un escaso número de individuos. Efectivamente, la densidad de población en aquellos momentos era muy baja. El antropólogo Juan Luis Arsuaga, Premio Príncipe de Asturias 1997 y codirector del yacimiento de Atapuerca, en su libro “Introducción a la prehistoria” la llega a estimar en unos 0,03 a 0,3 habitantes por kilómetro cuadrado. Como si en el territorio de España, hoy habitado por más de cuarenta millones de personas, vivieran solamente entre 15 y 150 mil. En estos grupos se debían mantener unos usos de alimentación y una cultura tecnológica similares a los de los habilis.

Podemos imaginar, por tanto, a nuestros ancestrales parientes perdidos por la extensa geografía -muy semejante a la que nos muestra la foto de más arriba-, viviendo un clima que no ayudaba, como explicaremos dentro de poco. Las condiciones meteorológicas adversas les espolearon para buscar nuevas oportunidades en terrenos que implicaban un tremendo interrogante: protagonizaron las primeras grandes migraciones fuera de África. Todo ello añadía un estrés adicional a las difíciles circunstancias que sin duda acompañarían los normales quehaceres de supervivencia de los individuos de aquellas pequeñas hordas, lo que suponía un plus adicional a la respuesta emocional de esos hombres, que veían así incentivado aún más su inconsciente sentido de cohesión de grupo.

Como les sucedía a los habilis, la vida dentro de las partidas era tan simple y todo tan vital que no habría una necesidad de diferenciarse como individuo frente a los vecinos del propio clan: se era “grupo”. Se cazaba o recolectaba para las necesidades del día, y seguramente todo sería compartido de forma natural e inconsciente. Quizás un jefe alfa, entre una masa de iguales, experimentaba una sutil emoción como individuo. A pesar de ello, todo parece sugerir que las relaciones sociales y familiares se fueron reforzando progresivamente, fundamentadas aún en que la unión hacía la fuerza a la hora de alimentarse o defenderse. Y fundamentadas también en la necesidad de prolongar el periodo de cuidados parentales, como ya comentábamos en una entrada anterior.

Pero también se tendrían que producir contactos entre clanes. El arqueólogo H. Martin Wobst postula teóricamente que, para asegurar la supervivencia generacional sin problemas derivados de la endogamia genética, las diferentes familias dispersas geográficamente debían convivir en un entorno de relación  grupal, en el que participarían unos 500 individuos.

Es por ello, y al igual que sucede en los hordas de primates actuales, que en estos macro círculos sociales se practicaría el intercambio de hembras entre los distintos grupos, condición imprescindible para el mantenimiento de la salud del acervo genético de los clanes, “costumbre social” que había ido pastoreando la evolución desde hacía muchos millones de años. Se cree que con las hembras ergasters se culminó lo que comentábamos en una entrada anterior al hablar de la anatomía femenina y sobre las dificultades para parir, dificultades que ya persistieron en las sucesivas especies Homo. También a partir de ergaster comenzó a dilatarse en el tiempo el periodo de desarrollo infantil y juvenil. Todo ello a la larga se manifestó crucial para el reforzamiento de los lazos sociales entre individuos. En esos esporádicos contactos entre grupos no sólo se intercambiarían a las posibles madres, sino que también se traspasarían usos y costumbres, entre otros, los avances tecnológicos de unos que, por imitación, serían aprendidos por los otros.

No obstante, la densidad poblacional era tan baja que quizás aún no fuera preciso distinguir conscientemente un grupo del del vecino, debilitándose el aliciente de buscar elementos diferenciales. Esto no debió ser una condición vital mientras no hubiera grandes diferencias tecnológicas entre sus culturas.

Hacia finales del periodo –hace unos 250 mil años- y según los antropólogos Leslie Aiello y Robin Dunbar, los grupos habrían aumentado de tamaño, de forma que pudieron alcanzar un volumen poblacional de hasta cien individuos. Podemos imaginar, por tanto, que la gestión de estos grupos más numerosos exigiría una cierta complejidad de comunicación entre los miembros. Unas más ricas relaciones sociales implicaban una operativa cerebral más rica.

Hasta aquí hemos hablado de las personas y de los grupos. Hemos imaginado más que constatado, usando como base nuestro moderno modelo de sentir la vida, y en base a ello hemos supuesto la conducta de los hombres que vivieron hace cientos de miles de años. Lo cual no deja de ser un alarde de la imaginación, ya que la mente de aquellos homos no tendría nada que ver con la nuestra: los módulos especializados de nuestros cerebros trabajan en perfecta coordinación, cosa que no sucedía en las estructuras mentales primitivas del ergaster. A pesar de ello, de los bonitos inputs que introduce nuestra mente novelesca, nos queda una baza adicional, real y contrastable: el conocimiento que podemos extraer, entre otras, de las evidencias de la rudimentaria tecnología lítica del momento.

Ya al comienzo de este largo periodo, en el entorno de hace 1,8 millones de años, se empieza a observar en África un cambio en la tecnología lítica, que madurará más tarde, hace unos 1,2 millones de años. Aparecen utensilios cortantes de doble cara, los bifaces, con un diseño simétrico a ambos lados del filo y con relación a su eje principal. Con el paso de mucho tiempo llegarán a presentar una variabilidad que permite pensar en una cierta especialización de usos: era lo que se conoce como tecnología achelense o de Modo 2.

Herramienta bifaz achelense (wikimedia, Dominio Público)

De ella hablaremos mucho más en la entrada siguiente. Ahora sólo quiero apoyarme en esta técnica lítica como sugeridora de las capacidades cerebrales de sus artesanos. La especificidad y variedad de usos en las herramientas bifaces más modernas, comparada con la simplicidad de usos, y estos más generales, de las viejas olduvayenses, indicaría un salto en el desarrollo de la inteligencia simbólica y tecnológica de aquellos hombres.

Podemos imaginar cómo el cerebro del Homo ergaster debió ir reforzando sus áreas corticales frontal y parietal, que ya dijimos en una anterior entrada que contienen zonas especializadas en los controles motores y de apreciación de situación en el espacio. Aquellos primitivos hombres y sus sucesores experimentaron una constante evolución hacia la posesión de cada vez más potentes habilidades que les permitieran planificar la secuencia a seguir en la manipulación de la piedra, con el objeto de crear, de manera lo más eficiente posible, varias herramientas a la vez. Con la curiosidad fisiológica añadida de que estas zonas cerebrales que se estaban potenciando son muy parejas a las que en el hombre moderno intervienen en la articulación del lenguaje. Esta evolución fue heredada y mejorada en las especies posteriores a ergaster, como fueron los más modernos Homo erectus o el Homo heidelbergensis, con capacidades craneales que superarían por primera vez en la historia humana el volumen del litro, especies que perfeccionaron la tecnología achelense.

Es fácil intuir, por tanto, cómo el Modo 2 supuso un gran avance conceptual a pesar de que no evolucionara en muchos años, ya que hay que esperar hasta hace 150.000 años para evidenciar un cambio tecnológico posterior, que además vemos muy disperso en el tiempo y la geografía. Así que el cerebro creció mientras la tecnología se estancaba. Esto demuestra una vez más que la evolución de la maquinaria cerebral no fue la única causa en donde se apalancó la evolución de la maquinaria cultural. Posiblemente la explicación del desfase geográfico-temporal en la expresión de nuevas tecnologías venga explicado y matizado por las migraciones, a través de las cuales se iban trasladando geográficamente las nuevas técnicas a sociedades menos desarrolladas culturalmente.

Sabemos que algunos grupos de aquellas pequeñas y dispersas sociedades africanas abandonaron sus habituales hábitats en el continente. El antropólogo Eudald Carbonell, otro de los codirectores del yacimiento de Atapuerca, junto con varios colegas, propone en su libro “Planeta humano” la hipótesis de que pudo ser precisamente la presión tecnológica uno de los motivos que impulsara las primeras salidas de África por parte de Homo: aquellos grupos que no habían aprendido las habilidades necesarias para confeccionar las herramientas con las más avanzadas tecnologías del momento fueron empujados fuera de sus nichos habituales por los que sí las tenían. Una emigración más del más débil empujado por el más fuerte.

Al comienzo del periodo que estamos analizando, hace unos 1,8 millones de años, se debió iniciar lo que creemos fue la primera aventura de individuos del genero Homo fuera de su tierra natal: África. Gracias al descubrimiento de fósiles de Homo georgicus, los cuales tenían una capacidad craneal de 680 centímetros cúbicos, sabemos que estos primeros viajeros llegaron por esa época al Cáucaso y que, posiblemente, unos 100.000 años más tarde otra rama ergaster se dirigió hacia Asia colonizando su territorio más al este. Allí evolucionó hacia la nueva especie Homo erectus, con capacidades craneales que con el tiempo sobrepasaron el litro, y con un rebote posterior hacia Europa, en donde encontramos a Homo antecesor con cráneos también de más de un litro.

¿Por qué emigraron? ¿Se dieron unas circunstancias climáticas durante las cuales los recursos menguaron? A pesar de que la población era escasa en aquellos momentos, como ya hemos comentado, y por tanto debía haber espacio para todos, las condiciones climáticas pudieron ser un vector importante para iniciar un cambio de asentamientos.

El clima en los momentos iniciales del periodo seguía siendo seco y se mantenía la senda de descenso general de temperaturas que se había intensificado hacía 4 millones de años con el cierre del istmo de Panamá. Hace 1,8 millones de años estaba aconteciendo el periodo de glaciación Donau. Durante las fases glaciales del Pleistoceno, el norte de los continentes americano y europeo se cubrían con un extenso y grueso manto de hielo, lo que se reflejaba en un estado de sequedad atmosférica y un descenso del nivel del agua del mar. El norte de África se aridificó, mientras que en Europa y Asia se estrechaba la franja “habitable” bajo la presión de los hielos del norte. Entre ambos territorios -África y Eurasia- se abrieron nuevos pasos donde antes dominaba el mar.

Casi podemos imaginar al fondo una horda de ergaster, inconscientes migrantes al olor de la comida. Seguirían a los Lexodonta atlantica, los abuelos de estos modernos elefantes, que vivieron en África durante el pleistoceno (Imagen de la red. Fair Use)

Parece por tanto plausible que el clima del momento, cada vez más frío y, por tanto, menos húmedo, hubiera ido agostando los lugares habituales africanos donde vivían los Homo ergaster, de forma que paulatinamente se tuvieron que desplazar por una amplia franja geográfica más septentrional, pero de características parecidas a las de costumbre, desde África hasta Asia, siguiendo las manadas de grandes animales herbívoros, que a la vez se veían también empujados por la búsqueda de vegetales nutricionalmente parecidos o sustitutivos de los habituales. Se sabe que, una vez fuera de África, el movimiento por Asia se hizo de forma muy rápida, ya que en pocos miles de años habían llegado hasta la isla de Java. Podemos imaginar un esquema teórico de desplazamiento por el que, si se duplicaba cada 40 años el número de individuos de un clan, lo que les obligaba a dividir el grupo y crear un nuevo asentamiento, supongamos, cien kilómetros más allá -la abundancia de alimentos mandaba-, en mil años habrían avanzado 2.500 kilómetros. La distancia que hay en línea recta entre El Cairo y la isla de Java. Evidentemente, ellos no fueron en avión.

El “cerebro” había emigrado a Eurasia, y con él la tecnología Modo 1, pero ahí no encontró en el corto plazo las condiciones de contorno adecuadas como para generar un cambio tecnológico, como sí sabemos que sucedió en África con la invención de la tecnología lítica Modo 2, cuyas evidencias iniciales ya hemos comentado que son de hace 1,8 millones de años. En Oriente Medio y Asia se datan las primeras muestras observadas de esta tecnología en hace unos 1,5 millones de años. Pudiera ser que se transmitiera desde África por mera imitación e intercambio cultural.

Pero para que llegara a Europa posiblemente se necesitó de una nueva emigración africana, hace unos 600.000 años. Otras especies africanas Homo diferentes a ergaster, posiblemente sus descendientes, como fueron Homo heidelbergensis u Homo rhodesiensis, con capacidades craneales modernas, exportaron la tecnología achelense de Modo 2 a los continentes septentrionales. Creemos que de las especies que iniciaron esta última migración proceden Homo neandertalensis y el homínido de Denisova, y posiblemente también otras especies humanas que a día de hoy aún no conocemos, pero cuyas sombras apreciamos veladas en los estudios genéticos que se están realizando últimamente a partir de ADN extraído de fósiles de la época. Podemos asegurar que el mundo de la antropología no se sorprendería si se encontraran nuevos e inéditos restos fósiles de estos misteriosos humanos, que incluso pudieran cambiar las ideas actuales sobre los árboles de relaciones interespecies. Como un ejemplo de ello apuntamos lo que parece indicar un último estudio (2016) sobre el ADN nuclear de los fósiles encontrados en la Sima de los Huesos del yacimiento de Atapuerca: quizás los neandertales no son los hijos de los heidelbergenses europeos sino al revés.

Como vemos, en la última parte del periodo que estamos analizando, y sin lugar a dudas en épocas posteriores, los viejos continentes estaban poblados por varias especies del género Homo, las cuales convivían unas junto a las otras. Lo cual a los hombres de hoy en día, en su totalidad sapiens, nos produce una especie de hormigueo existencial… ¿cómo serían las sociedades modernas si compartiéramos planeta con otros hombres con los que difícilmente pudiéramos reproducirnos en nuestros emparejamientos, al ser individuos de otras especies? Inquietante, ¿verdad? Aunque tarde o temprano se llegaría de nuevo e irremisiblemente a un estado de especie única, ya que, como muy bien saben los etólogos, cuando dos especies compiten en el mismo territorio por los mismos recursos, sobrevive la mejor preparada y desaparece la otra. Técnicamente se conoce como el principio de exclusión competitiva. Exactamente es lo que parece que pasó con sapiens y neanthertalensis hace unos 25.000 años.

Pido excusas por esta última digresión, que espero os haya hecho meditar y que me ha servido para dar punto final a la entrada de hoy. En la siguiente seguiremos inmersos en el mismo periodo temporal para adentrarnos en el conocimiento de la cultura de los personajes que nos han presentado en ésta. Por lo tanto, la historia continúa.


Sobre el autor:

jreguart ( )

 

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