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La Biografía de la Vida 54. Los Homo.




En la entrada anterior de esta serie sobre La Biografía de la Vida llegamos a conocer el devenir evolutivo de nuestros ancestros “humanos” más antiguos hasta que nos encontramos con un nuevo individuo que había incrementado su capacidad craneal en una cantidad significativa: el Homo habilis. Habíamos sembrado la duda de si en vez de homo correspondería catalogarle como australopiteco: Australopithecus habilis. También avisamos de nuestro amor por la ortodoxia, posición que se me antoja juiciosa para un simple aficionado de estos temas, así que en nuestro escrito seguirá siendo un Homo. Pero ¿quién fue este hombre nuevo?

Como comentamos en la entrada 51 de esta serie “Los últimos 5 millones de años”, hace 2,6 millones de años, como consecuencia de su deriva continental, se unían las dos Américas cerrando con ello el actual istmo de Panamá. Esta circunstancia consolidó el último drástico descenso de las temperaturas globales. Datadas aproximadamente en esta época se han encontrado en el yacimiento etíope de Gona las primeras herramientas líticas que fueron ideadas y fabricadas por un ser vivo. Muchos antropólogos opinan que este cambio climático tuvo que ser la espoleta del cambio cultural observado, la presión ambiental necesaria para provocar la emergencia de una nueva habilidad cerebral nunca imaginada. Por desgracia, los fósiles asociados en el mencionado yacimiento etíope no permiten deducir la autoría, quedando la duda de qué especie fue la que las talló.

Dibujo de artefactos líticos encontrados en el yacimiento de Gona (A partir del informe sobre el tema del profesor Shileshi Semaw,[1] fair use)

Realmente parece que el árbol de la evolución humana en aquellos lejanos años se nos complica. O se nos está aclarando, según queramos verlo, ya que recientemente se ha comunicado[2] la existencia de una posible y nueva especie Homo, que a la vista de la morfología del fósil analizado -una mandíbula encontrada en el yacimiento de Ladi-Geraru, en la región etíope de Afar-, sería la de un individuo intermedio entre el australopiteco y el habilis. Se movía por una verde sabana africana, semejante al actual Serengueti, hace 2,8 millones de años ¿suficientemente inteligente como para ser el artífice de las herramientas de Gona? No en vano Gona está a escasos 50 kilómetros del yacimiento de Ledi-Geraru.

Puede que más al sur pasara algo semejante. En septiembre de 2015 saltó una posible sorpresa en el mundo de los homos. En el yacimiento sudafricano de Dinaledi se han encontrado los restos de al menos 15 individuos, que se están catalogando como de una nueva especie: Homo naledi. Su estructura anatómica se encuentra, aproximadamente, entre la de los australopitecos y los hábilis. El gran interrogante es que aún no ha sido posible datar su antigüedad y, por tanto, queda todo sujeto a la controversia y a futuros estudios.[3]

Dejemos trabajar a los antropólogos y sigamos con la doctrina tradicional dando un paso más en nuestra historia.

Con una cronología posterior a la de las primeras herramientas líticas aparecen en el registro fósil vestigios de un hominino, que está ya clasificado como del género Homo, sustancialmente diferente a los australopitecos, aunque no en su aspecto exterior. Nos estamos refiriendo a una época que tradicionalmente se data en 1,9 millones de años, datación que quedó revisada en 2015 para adelantarla en el tiempo unos 400.000 años.[4] Estos hombres nos han aportado algo muy significativo: con ellos se han encontrado, por primera vez en yacimientos de una especie humana, toscas herramientas de piedra o hueso. Se trataría, por tanto, del primer emparejamiento fehaciente del hombre con su herramienta. Además de esta extraordinaria novedad, de sus restos óseos se deduce un cráneo más redondeado y con una capacidad que en algunos casos superaría los 600 centímetros cúbicos –un tercio mayor que en el australopiteco-. La cara se había vuelto más pequeña y menos prognata, consecuencia de haber disminuido el tamaño de sus muelas y mandíbulas. Sorprende que esto pudiera suceder en el mismo nicho vital que el de los australopitecos o los parántropos -con sus fuertes muelas y grueso esmalte- lo que es clara evidencia de un cambio de hábitos en la base de su alimentación: comían también carne. Los productos alimenticios eran cada vez más difíciles de conseguir en un mundo progresivamente más seco mientras que la carroña, restos de animales muertos por predadores superiores, se encontraba al alcance de la mano. ¿Por qué no aprovecharla? No eran unos refinados hombres del siglo XXI, sino unos hombres hechos a la dureza de la vida del Pleistoceno temprano.

Su esqueleto hace pensar que contaban ya con una arquitectura corporal propia de un andar vertical. Pero eso no quita para que su aspecto externo fuera aún bastante similar al de un australopitecino habituado a la vida arbórea, tal como ya se ha comentado. En esta nueva especie los machos ya no doblaban en peso y tamaño a las hembras, sino que, como en los actuales chimpancés, las sobrepasaban tan sólo en un 20%. Esta circunstancia se revela como muy importante, ya que indica que en sus grupos la presión evolutiva no hacía necesario el dimorfismo sexual. Y eso se debe traducir en que machos y hembras, en cierto sentido, ya debían colaborar en una sociedad familiar. Los machos adultos no dominantes no necesitan hacer una vida solitaria dentro de la manada como sucedía con los Australopithecus, por lo que es fácil imaginar que además se generarían en el grupo fuertes relaciones de parentesco, suscitándose menos tensión y menos peleas, más colaboración e incluso alianzas.

Todo parece indicar también que a la predominante comunicación gestual se le habría añadido una verbalización incipiente, ya que sus faringes comenzaban a colocarse en una posición profunda en el cuello. El análisis del relieve interior de los cráneos, copia del relieve del propio cerebro, indica ya la existencia de una incipiente área de Broca, uno de los centros neuronales de gestión del lenguaje. Los neurobiólogos saben muy bien que esta área cerebral también se activa durante la comunicación por gestos. ¿Pudo ser el lenguaje sonoro un valioso refinamiento del lenguaje gestual?

No obstante, para poder “fonar” perfectamente había que tener desarrollado un conjunto de órganos que físicamente lo permitieran. No sólo unas cuerdas vocales emisoras del sonido original, sino también una caja de resonancia muy versátil con la que articular y unir un abanico de sonidos y frecuencias diferentes. Esta caja la forman los conductos respiradores superiores, la boca, la lengua y los labios. Al bipedestar, y tomar por consiguiente la posición erguida, se forzó el giro del cráneo hacia un emplazamiento más elevado y vertical. Ello modificó la forma de la garganta, haciendo que la laringe adoptara una posición más baja, lo que supuso la clave que introdujo la versatilidad necesaria en la mencionada caja de resonancia. Este Homo había iniciado el camino que se culminó mucho más tarde, hace unos 150/100 mil años, momento en el que pudo surgir el lenguaje verbal articulado. Es en este momento cuando se observa, a través de los descubrimientos paleontológicos, algunos desarrollos culturales que parecen manifestaciones de un pensamiento abstracto más complejo. Necesitamos hablarnos interiormente para pensar.

Herramienta típica de la tecnología de modo 1 conocida como Olduvayense (Wikimedia, CC BY-SA 2.5 Generic)

Hasta ahora hemos estado hablando de un “nuevo hombre”, pero aún no hemos desvelado su “apellido”… aunque probablemente ya todos sabemos que nuestro personaje se trata de Homo habilis, precisamente llamado así por su aparente pericia para la confección de herramientas. Sus fósiles fueron encontrados por primera vez en Tanzania por el conocido matrimonio de antropólogos Mary y Louis Leakey. Su antigüedad rayaba los dos millones de años.

Quiero explicar por qué en el párrafo anterior he enfatizado con negritas la palabra “confección”: porque en esto estuvo la clave. Conocemos muchos animales que usan herramientas, pero no están elaboradas. Pajitas para “pescar” termitas, espinas para extraer insectos de las grietas de los troncos, piedras para abrir huesos, partir nueces o romper la cáscara de los huevos… pero no tenían que confeccionarlas, simplemente tomarlas de su entorno y usarlas, lo cual indica una habilidad que ciertamente se aproxima a lo consciente cerebral. Pero lo del Homo habilis se trataba de otra cosa muy distinta.

En contraposición, imaginemos ahora a nuestro primer Homo africano rumiando en su cerebro. Primero tuvo que percibir que el canto de una piedra rota cortaba, lo cual era fácil, pero además tuvo que darse cuenta de que esta propiedad cortante podía ser usada para más cosas que cortar el pie que la había pisado. Y esto, el buscar nuevas utilidades, ya es harina de otro costal, pues tiene un componente racional importante. Pero aún hay más. Nuestro hombre se percató de que algunas piedras daban mejores aristas y más duraderas que otras: tuvo que tomar decisiones para encontrar este “tecnologificable” material. Además, se dio cuenta de que algunas piedras eran mejores como herramientas secundarias: al hacerlas chocar con las que se les buscaba filo se conseguía el objetivo de una forma más rápida y limpia. La experiencia le dijo que si tomaba la piedra de una determinada manera y le daba el golpe en unas direcciones privilegiadas, todo iba sobre ruedas, y fue capaz de asimilar esta experiencia. Y, además, fue capaz de transmitir su técnica, que se conoce como tecnología de modo 1, a sus vecinos y parientes. A pesar de que pensamos que las herramientas del habilis eran de un solo uso (servían para cubrir las necesidades del momento) todo lo anterior sugiere que estos homos  estarían ya muy cerca de procesar en sus cerebros un razonamiento consciente.

Coetáneo de los habilis y los Paranthropus, el Homo rudolfensis habitaba también el este de África hace entre 2,4 y 1,8 millones de años. Sus fósiles indican unos individuos un poco más evolucionados que sus compañeros africanos, lo que parece que pudo ser así según los datos de su capacidad craneal, en el entorno de los 750 centímetros cúbicos. Sin embargo, el debate de su clasificación sigue completamente abierto, con la excitante cuestión de cómo debió ser la convivencia en el tiempo y en el espacio de tres especies diferentes de Homo. Desgraciadamente, ninguna de las tres pudo soportar la selección natural y se nos perdieron en el camino.

Quizás teniendo como antecesor a Homo habilis se pasó al también africano Homo ergaster, del que con el tiempo sus descendientes emigrarían a Eurasia muy tempranamente, quizás hace 1,8 millones de años. Posiblemente evolucionaron primero hacia el Homo georgicus en el Cáucaso y quizás a la par en Asia hacia el Homo erectus y en Europa, quizás a través de erectus, hacia el Homo antecessor.


Niño de Turkana, esqueleto fósil de un niño ergáster de unos 12 años datado en 1,6 millones de años (Wikimedia, CC BY-SA 3.0 Unported)

Pero volvamos al ergaster. Nos encontramos en Kenia, África, en el entorno de hace 1,8 millones de años. Eran individuos muy robustos, con una estructura corporal perfectamente adaptada a la marcha pedestre, muy parecida a la del Homo actual. Habituados ya a los terrenos abiertos y secos, tenían una talla elevada, hasta 1,80 metros de media, y un dimorfismo sexual poco acentuado. El volumen craneal, aunque era muy variable según los especímenes fósiles encontrados, experimenta con ellos un importante salto cuantitativo en cuanto a su tamaño, alcanzando los 850 centímetros cúbicos, unos dos tercios del de nuestros cerebros. Parafraseando al antropólogo Juan Luis Arsuaga en su libro “La especie elegida“: “…El Homo ergaster aparece ante nosotros como la más humana entre las especies primigenias del Homo“. Sin lugar a dudas nos encontramos ante unos individuos que eran muy parecidos a los hombres actuales. Desgraciadamente, también se extinguieron hace 1,4 millones de años.

Pero nos hicieron un magnífico regalo. El Homo ergaster había desarrollado una nueva tecnología conocida como cultura achelense, o industria de modo 2, que básicamente consistía en la fabricación y uso de utensilios de piedra de doble filo, como lo son las hachas, de todos los tamaños y con un acabado muy esmerado. Era un salto absolutamente cualitativo en la marcha del Homo, ya muy alejado de los habilis y no digamos de los olvidados australopitecos.

Herramientas de la cultura Achelense o tecnología de modo 2 (Wikimedia, dominio público)

En Asia encontramos a sus sucesores, los Homo erectus. Con una antigüedad considerable, entre 1,8 y 1,6 millones de años, tenemos los fósiles del hombre javanés de Sangiran o el cráneo encontrado en el yacimiento chino de Gongwangling.[5] Más moderno y muy conocido es el Hombre de Pekín cuyos fósiles lo sitúan en hace alrededor de medio millón de años. Se sabe que vivía en cobijos preparados para ello, como cuevas, en donde se han hallado cenizas y carbón vegetal asociados a alimentos, como huesos de animales y semillas quemadas. Es evidente que no les asustaba el fuego, controlaban su manejo y al menos lo usaban para cocinar. Un indicativo de esto último es el tamaño de sus molares, que eran pequeños en comparación a su masa corporal: masticaban una comida muy fácil. En sus asentamientos se han encontrado miles de instrumentos líticos y de hueso ya muy especializados, como tajadores, rascadores, cuchillos, martillos, yunques, cavadores y algunas puntas. Es evidente que ahora hablamos ya de un Homo inteligente. Y no nos olvidemos del también asiático pequeño Homo floresiensis, una evolución mucho más moderna del erectus (de hace 74.000 años), que se cree resultado del confinamiento geográfico de estos hombres en una isla.

En Europa encontramos a sus más antiguos descendientes en Dmanisi, situado en el Cáucaso, en la república de Georgia, conformando una nueva especie llamada Homo georgicus, cuyos fósiles se han datado en 1,8 millones de años. También en Europa y en los yacimientos burgaleses de Atapuerca, en España, se han encontrado fósiles de otra especie heredera de los erectus: el Homo antecessor. El primer vestigio se encontró en el nivel 6 de la cueva de la Gran Dolina y fue datado en 900.000 años. Más tarde en el nivel 9 de la Sima del Elefante aparecieron fósiles y utensilios de hace 1,3 millones de años.

Volvamos al ámbito africano. Allí continuó viviendo el Homo ergaster a pesar de sus migraciones. Entre él y Homo sapiens hay una diversidad de fósiles, a veces no muy abundantes, que nos conducen a la idea de una época con muchas especies humanas conviviendo en el planeta. Los restos encontrados se atribuyen a especies encuadradas bajo un grupo general que Richard Dawkins calificó como “homos arcaicos” nomenclatura que aún se usa. Sus anatomías no se consideran aún como la de los hombres sapiens modernos –nosotros- aunque sus capacidades craneales en algunos casos pudieron ser similares. Tienen hasta 600.000 años de antigüedad. Entre otros, podemos mencionar a Homo heildebergensis (África y Europa), Homo rhodesiensis (África), Homo neanderthalensis (Europa y Asia), el hombre de Denisova (Siberia) o el hombre del ciervo rojo (China).

A pesar de su evidente interés y popularidad no voy a profundizar en el mundo de los neandertales, ya que, aunque sabemos mucho de ellos (la paleoantropología ha estado históricamente muy centrada en Europa), no fue una especie especialmente particular desde el punto de vista evolutivo. En el blog hermano El Tamiz hace ya unos años nuestro admirado Pedro escribió una interesante entrada[6] sobre tan recios personajes. Animo a su lectura a todo aquel que tenga interés en el tema. Que serán muchos, no tengo dudas.

En la posterior entrada de esta serie que titularemos como “La aventura viajera del Homo” veremos un poco más de su historia. Aquí comentaremos algunas de sus relaciones deducidas a partir de los estudios de los genomas neánder, denisovano y sapiens moderno.[7] Se cree que los dos primeros tuvieron un ancestro común hace unos 650.000 años, cuya rama se habría desgajado de la que más tarde devendrían los Homo sapiens un poco antes, hace 800.000 años. Se sabe también que, a pesar de ser consideradas especies distintas, todas ellas se hibridaron y tuvieron descendencia fértil.[8] De forma que los hombres modernos de fuera de África llevamos en nuestro genoma entre un 1 y un 4% del de los neandertales, y los modernos papúes, melanesios y aborígenes australianos hasta un 4% adicional de genoma denisovano. Los encuentros se pudieron dar para los primeros, neandertales y sapiens, en una extensa zona geográfica centrada en el Próximo Oriente entre hace 65.000 y 47.000 años, y en el segundo caso, denisovanos y sapiens, más allá de la línea de Wallace (fosa marina entre Asia y Oceanía), cuando hombres denisovanos la cruzaron navegando para emparejarse con mujeres Homo sapiens.[9]

También se ha podido saber que las dos especies primitivas, neánder y denisovas, pudieron hibridarse entre ellos, e incluso con una cuarta especie asiática de hace 30.000 años, de la que sólo tenemos evidencias por fragmentos de su genoma.[10][11] Para añadir más información a lo que parece un intrincado mundo de especies humanas en aquel  momento, se ha publicado la existencia de una posible nueva especie asiática, de hace unos 60.000 años, emparentada con erectus y neandertales.[12] A todo ello podemos añadir una información muy interesante aparecida recientemente acerca de que el Homo antecessor de Atapuerca estaría sorprendentemente más relacionado genéticamente  con los homínidos de Denisova que con los neandertales. Por fin, para completar la lista de sorpresas, y no será la última, que últimamente abundan en el intricado arbusto de las especies humanas del Paleolítico euroasiático, volvemos a mirar al tesoro fósil de Atapuerca. En unos pocos metros cuadrados de un recóndito rincón conocido como la Sima de los Huesos se han encontrado restos fósiles de unos 28 individuos de todas las edades, con una antigüedad de 430.000 años. A pesar de coincidir en el tiempo con Homo heidelbergensis, y de ser así considerados por ahora, según recientes trabajos que han estudiado su ADN,[13] los homininos de la sima de los Huesos encajarían en la especie neandertal mejor que en la especie heidelbergense, la cual podría pasar a ser un eslabón más de los primeros. Sea como fuere, estas circunstancias parecen proponer una fecha más remota, quizás un millón de años, para el antecesor común de sapiens y nenadertales.[14]

Todo ello nos hace pensar que nos queda mucho por saber de las redes de evolución de los Homo‘s, y a medida que los antropólogos profundicen sus estudios sobre zonas geográficas hasta hoy poco investigadas, como puede ser Asia, y que la genética nos abra un mayor abanico de datos, iremos comprobando que la historia de los hombres del paleolítico superior[15] no fue ni mucho menos lineal, sino más compleja, con especies muy dinámicas y fuertemente entrelazadas geográfica y genéticamente.

El colofón, por ahora, de este camino evolutivo se alcanza con la especie Homo sapiens, cuyos individuos ya poseen características anatómicas semejantes a la de los hombres actuales, los sapiens sapiens. Sus fósiles más antiguos son los del yacimiento de Omo I, llamados Hombres de Kibish, encontrados en Etiopía, con 195.000 años de antigüedad; los restos de Herto también de Etiopía datados en hace 160.000 años y los fósiles de las cuevas del río Klasies en Sudáfrica, con 125.000 años. Es en esta especie, la sapiens, donde culminará el desarrollo de la habilidad que ha permitido al Homo dar su paso evolutivo final: el lenguaje plenamente articulado. Y, evidentemente, otras muchas habilidades más.

La foto de familia aún sometida a discusión, ¿cómo no? (imágenes de Wikimedia, dominio público, GNU FDL 1.2 y CC)

De él y de su historia de migraciones hablaremos en una posterior entrada. La inmediata siguiente a ésta la dedicaremos al análisis de lo que, según mi opinión, es la base que llevó a todas estas especies hacia la inteligencia y de cómo se fueron consiguiendo el cerebro, el dominio de las abstracciones y la simbología y las relaciones sociales. Hasta entonces.

  1. Ver este enlace. []
  2. Reportado en ScienceDaily de marzo de 2015 que podréis enlazar aquí. []
  3. La información completa la podéis obtener aquí. Y una nueva datación de estos homos enfriando las expectativas de su antigüedad en este otro artículo de 2017. []
  4. Como apareció en la revista Nature de marzo de 2015. []
  5. Más información en esta entrada del blog “reflexiones de un primate” de Bermúdez de Castro. []
  6. Que podéis encontrar en este enlace. []
  7. En este artículo de la reviste Nature de diciembre de 2010 se habla sobre la historia genética de los Denisovanos. []
  8. Ver la reseña de esta noticia en este enlace. []
  9. En este artículo de la revista Science de octubre de 2013 se habla de esta posible aventura marinera. []
  10. Podéis obtener más información del tema a través de este artículo de la revista Nature de noviembre de 2013. []
  11. Más acerca de este tema. En 2018 se ha reportado en la revista Nature el resultado de los análisis de unos pequeños trozos de hueso hallados en una cueva de Siberia. Corresponden a una joven menor de 13 años que murió hace unos 50.000 años. Su padre era denisovano (con algún gen neandertal) y su madre de esta última especie. []
  12. Publicado en la revista Physical Anthropology de febrero de 2015. []
  13. Publicados en la revista Science (junio 2014) o en la revista Nature (marzo 2016). []
  14. Como así lo propone Bermúdez de Castro en una entrada de su blog “Reflexiones de un primate”. []
  15. El Paleolítico superior es el tercero y último de los periodos en que está dividido el Paleolítico, la etapa inicial de la Edad de Piedra. Se extiende aproximadamente entre los años 40-30.000 antes del presente (AP) y el 12-10.000 AP. []

Sobre el autor:

jreguart ( )

 

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