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La Biografía de la Vida 44. La biota animal en el Cretácico I




En la entrada anterior de la serie la Biografía de la Vida se nos presentó el periodo Cretácico. Sabíamos algo de él, ya que en la entrada 42 descubrimos la conquista del aire por parte de los dinosaurios, suceso que aconteció en pleno Cretácico. También nos habíamos paseado por el campo de juego de las nuevas plantas angiospermas con sus recién estrenados coloridos de flores y frutos. Hoy vamos a continuar iniciándonos en la biota animal, cosa que completaremos con una breve reseña de todo lo que se mueve… a excepción de los mamíferos, a los que dejaremos para estudiarlos más en detalle en una siguiente entrada.

Comenzaremos en el mar.

Los microorganismos experimentaron grandes cambios a partir del Cretácico medio. Con seguridad, por las altas temperaturas de las aguas y, posiblemente, también motivado por los cambios en la química de los mares.

Por un lado, las aguas superficiales debían contener un porcentaje elevado de nutrientes, ya fuera por los arrastres terrestres producidos por las abundantes lluvias o como consecuencia del anegamiento de viejas tierras al subir el nivel de los mares. O también por el reflotamiento que se produjo de sedimentos marinos. En la entrada anterior de esta serie ya comentamos que en los mares cada vez más cálidos del Cretácico, se iba incrementando la concentración de sales en las aguas superficiales. Su mayor densidad hacía que descendieran a cotas inferiores, a pesar de su elevada temperatura. Como consecuencia de ello se producían afloramientos de agua “fría” de los fondos, lo que reflotaba sedimentos fértiles de las plataformas costeras que se habían ido acumulando tras millones de años de arrastres. Por otro lado, en las nuevas cortezas continentales se liberaba cada vez más hierro que se disolvía en las aguas oceánicas. El hierro es un nutriente esencial para las algas, por lo que se considera que este fenómeno pudo ser también decisivo en el auge de los microorganismos marinos.

Todo ello llevaría a un descontrolado crecimiento de la actividad biológica en las aguas superficiales, lo que unido a las elevadas concentraciones de nutrientes tuvo como consecuencia un importante agotamiento del oxígeno. En aquellos momentos la anoxia -baja presencia de oxígeno- se daba en extensas zonas oceánicas, y no sólo se debía a causas orgánicas sino también al influjo del clima.

Las condiciones de temperatura de las aguas oceánicas actuaban en favor de la anoxia. En la recalentada agua de la superficie se diluiría mal el oxígeno atmosférico por lo que difícilmente podría difundirse hasta las aguas más profundas. A ello se le unía el hecho ya comentado de que, en los templados trópicos, las aguas incrementaban la concentración de sal por la sobreevaporación, lo que favorecería el hundimiento de esas aguas pobres en oxígeno, extendiéndose la anoxia de la superficie a los fondos. Podríamos pensar que en una época de intensa pluviometría como era aquella, en las extensas zonas marinas donde las lluvias caían abundantes, frías y con oxígeno, se invertiría la situación anterior. Pero no era así, ya que el principal efecto que inducían las aguas frías y dulces de la lluvia se concretaba en la dilución de la salinidad en superficie. A pesar de que por convección las aguas enfriadas de la superficie tenderían a bajar al fondo más cálido, parece ser que este fenómeno era sobrepasado negativamente por la disminución de la densidad. Todo ello favorecía la estratificación de las primeras capas de agua, por lo que estas permanecería estáticas y sin producirse hundimiento de volúmenes que trasladaran oxígeno, aunque fuera escaso, a los niveles inferiores.

Se sabe que hace 94 millones de años tuvo lugar el momento en que la anoxia fue mayor. La precariedad del oxígeno en el agua provocó una gran mortandad de bacterias aeróbicas y por el contrario una proliferación de un tipo de arqueas menos termófilas que la mayoría de la población existente, un tipo de diminuto plancton marino, unicelular, con un metabolismo que no se apoyaba en el oxígeno molecular y que conseguía la energía a partir de la de los enlaces químicos de ciertos compuestos inorgánicos.[1]

La muerte de las bacterias aeróbicas tuvo como consecuencia una intensa deposición y enterramiento de materia orgánica sin descomponer, que en muchas regiones, como los mares de aguas poco profundas, formó grandes depósitos de calizas negras con un 80% de materia orgánica, que es la que da el color oscuro. Hasta el 80% de los compuestos orgánicos detectables en estos esquistos negros parecen haber sido productos de la degradación de los lípidos estructurales de las membranas de estas arqueas. También algunos de los compuestos orgánicos encontrados en estas calizas corresponden a biomarcadores de cocolitóforos, un tipo de algas muy especiales, como veremos a continuación.

Regiones de sedimentación de calizas negras durante el Cretácico medio

Un inicio distinto, pero con un final parecido, es el que tuvo la actividad biológica en la franja específica de la superficie de los océanos. En un ambiente de aguas calientes, con toda la luz solar y una completa disponibilidad del oxígeno atmosférico, proliferó el plancton cuyos individuos fueron evolucionando hacia formas y estructuras semejantes a las de las morfologías modernas. Las algas diatomeas, que generalmente eran del tipo silíceo más que calcáreo, y los dinoflagelados, unos protistas normalmente unicelulares con flagelo, experimentaron una tremenda expansión poblacional.

En los mares comprendidos en la franja tropical norte, Tetis y parte del Atlántico Este, el rebosante microplancton se convirtió en petróleo y areniscas bituminosas a mediados del Cretácico, durante el intervalo comprendido entre hace 120 y 75 millones de años. El 60% de las reservas conocidas de petróleo se generaron en esta época: el Golfo Pérsico, norte de África, Golfo de México y Venezuela.

Relacionado con todo lo anterior está el hecho de la proliferación de microorganismos mineralizados durante todo este periodo. Casi a inicios del mismo se observa en la biomasa marina un marcado incremento de especímenes con esqueletos mineralizados. Es un fenómeno que recuerda lo que pasó durante los primeros años del Fanerozoico, durante la explosión cámbrica. En los inicios de aquel momento la respuesta biológica llevó a la evolución de los “pequeños fósiles con concha” (small shelly fossils). Ahora en el Cretácico el episodio se concreta con la aparición de nuevos foraminíferos (“los portadores de agujeros” por donde asomaban pseudópodos que utilizaban para capturar alimento y moverse), algas diatomeas y cocolitóforos, que con este raro nombre no dejan de ser otro tipo de algas que llevaban unas escamas de carbonato cálcico, los “cocolitos”.

Pequeños microorganismos del Cretácico que desarrollaron una mineralización (imágenes de wikimedia, dominio público, CC BY 2.5 Generic y CC BY-SA 3.0 Netherlands)

Pudiera ser que este incremento de microorganismos mineralizados fuera motivado por algo que ya ocurrió también en el Cámbrico. Las rocas que recién formaban la corteza oceánica presentaban una tendencia a la absorción del magnesio en contraposición a la del calcio, con la consecuencia de que más iones de este último quedarían libres disueltos en el agua. En aquel momento Pangea se estaba acabando de abrir siguiendo múltiples dorsales submarinas, en donde se generaba nueva corteza como consecuencia de la intensa exudación de magma que se vertía a través de ellas. Con seguridad ello llevó a un incremento de la concentración del calcio en las aguas a expensas de una disminución de la del magnesio. La calcita resultante de la cristalización de este extra de iones calcio es un mineral muy estable, y por tanto con larga vida en el escaparate para el que lo quiera aprovechar. La selección natural hizo el resto, ya que el hecho de desarrollar un esqueleto mineralizado prestaba al individuo que lo intentaba una serie de ventajas que no eran exclusivamente las relacionadas con la defensa y protección. También se favorecían las relaciones simbióticas al poder entrelazarse los exoesqueletos calcáreos mediante sus agujas, poros y desigualdades, a la par que por las mismas razones se disponían en ellos de un almacenamiento supletorio de materiales útiles. Y aún más ya que servía para controlar la flotabilidad al poder almacenar más o menos aire en sus porosidades. Su variada composición química les suministraba una adicional reserva intracelular de iones como podía ser el del litio, muy activo en los procesos metabólicos.

La superabundancia de estos microorganismos, unida a los altos niveles de los mares que dejaban grandes extensiones de aguas relativamente poco profundas a finales del Cretácico, favoreció la sedimentación de los restos minerales de cocolitóforos y compañía. El resultado han sido los gruesos depósitos de calizas marinas y de creta, una arcilla blanca de tipo calizo que se usa para fabricar la tiza para escribir en las pizarras escolares, y que dio nombre al periodo, como ya se comentó en la entrada anterior. La distribución de estos depósitos es muy extensa y variada. En el noroeste europeo se formaron los famosos acantilados blancos de Dover, en las costas meridionales de Inglaterra, así como similares formaciones en la costa francesa de Normadía.

Acantilados cretácicos de Dover (Wikimedia, CC BY-SA 2.0 Generic)

Por debajo de este rico mundo del plancton había otro biotopo lleno de vida. En este entorno se va a culminar lo que venía arrastrándose desde el vacío que provocó la crisis del Pérmico-Triásico y que se conoce como la Revolución Marina del Mesozoico ¿qué subyace en tal revolución?

En el mar se van a cambiar las morfologías y hábitos vitales de los animales de la fauna evolutiva del Paleozoico -estructura braquiópoda-, que a su vez había sustituido a la del Cámbrico -estructura trilobite-, dando lugar a lo que se conoce como la fauna evolutiva moderna -estructura molusco-. Y todo debido a que el nuevo escenario ambiental, que prácticamente había partido de cero tras la mencionada crisis, provocó una carrera armamentística entre los posibles predados que iban incrementando sus defensas minerales y los posibles predadores que cada vez disponían de herramientas más especializadas y potentes para la rotura de conchas. Se observa en este periodo, el Cretácico, un incremento desmesurado de ese tipo de predadores, los durófagos, abarcando todo el abanico animal marino desde invertebrados hasta vertebrados e incluso aves. Eso motivó también unas modificaciones en cierta fauna submarina que se concretaron en la desaparición o la emigración de las especies más desprotegidas, braquiópodos o crinoideos, hacia zonas más profundas.

Mientras los braquiópodos entraban en franca regresión, los ammonoideos cambiaban su aspecto hacia formas extrañas y se veían acompañados por los belemnites, otro tipo de molusco cefalópodo pero con una concha interna. Ambas familias duraron lo que duró este periodo, es decir, desaparecieron con la extinción masiva de la frontera cretácico/terciario.

Aparecen nuevos moluscos gasterópodos que se diferencian de sus antepasados porque son ferozmente carnívoros: perforaban conchas y succionaban la carne del pobre inquilino, y también tenían la capacidad de paralizar a sus presas con tóxicos, lo que les permitía “tragarse” pequeños peces.

Pero no eran los únicos predadores, ya que las poblaciones de crustáceos en el Cretácico estaban constituidas por verdaderos cangrejos y langostas que abrían las conchas de los moluscos forzándolas con sus pinzas. Sus presas  bivalvos “tomaron” serias decisiones para escapar de la quema: para escapar, o bien se enterraban cada vez más profundamente en las arenas, o bien desarrollaron conchas muy macizas o espinas para disuadirlos. ¡Algunos poseían valvas de casi 1,8 metros de longitud!

En los arrecifes había una seria competición. Los principales constructores de estas estructuras no eran los corales, que ya presentaban morfologías modernas: la mayoría de los arrecifes del Cretácico fueron formados por grandes moluscos bivalvos Hippuritoida que tenían una concha con forma de cono de hasta un metro de altura, con la que solían estar sujetos al sustrato, y la otra concha libre que hacía de tapa. Vivían en aguas someras agrupándose numerosos individuos, entre los que se consolidaban los sedimentos reforzando las colonias. Posiblemente esta cooperación fuera el resultado de una estrategia defensiva pasiva.

Arrecife fósil del Cretácico formado por moluscos Hippuritoida. En la parte inferior el fósil de uno de estos animales (Wikimedia, CC BY-SA 3.0 Unported)

Y entre el plancton flotante y los arrecifes y arenas del fondo, en las aguas intermedias comenzaron a ser comunes las rayas, los tiburones y los teleósteos, todos ellos de gran tamaño, que sustituyeron a los regresivos ictiosaurio y plesiosaurio. Realmente parece que en el mar se estaba reproduciendo el gigantismo que se observaba en tierra. Grandes tortugas de tres metros de longitud, unos teleósteos de hasta cuatro metros, los plesiosaurios con doce metros, los nuevos lagartos fluviales mosasauridos, que alcanzaron longitudes de 17 metros, …

Esqueleto de Mossasaurus hoffmannii. ¡Bonita boca! (Wikimedia, dominio público)

Nos vamos a tierra.

Iniciaremos el paseo de la mano de los insectos, con un apunte sobre los lepidópteros, mariposas y polillas, cuyo esplendor como animales succionadores dotados de una probóscide se manifiesta en esta época al calor del desarrollo de las angiospermas y sus flores. Sus raíces son más antiguas ya que se estima que este orden de insectos pudo surgir a finales del Pérmico o inicios del Triásico, quizás como especies relacionadas con las viejas “moscas escorpión“, de las que hablábamos en la entrada número 40 dedicada al Jurásico. Los primeros fósiles conocidos de los lepidópteros son de hace entre 130 y 110 millones de años y corresponden a un individuo de la especie Zygaena turolensis.[2]

De inicios del Cretácico son también los primeros insectos parásitos de los vertebrados de sangre caliente, antepasados de pulgas y piojos. Los fósiles más antiguos de estos animales son los de Tarwinia australis, con una antigüedad entre 122 y 112 millones de años. Aunque Tarwinia no tenía aún desarrollados los músculos de las patas que hacen de las pulgas actuales unas saltadoras olímpicas. Esta habilidad llegaría más tarde.

No nos podemos olvidar de los himenópteros, cuyo esplendor se dio durante el Cretácico. Las abejas y las hormigas emergieron a mediados del periodo coincidiendo con la aparición de las plantas con flores. Como ya sabíamos desde la entrada anterior, no nos extraña el comprobar cómo la aparición y la divergencia de las abejas, que se produjo hace unos 110 millones de años durante el Cretácico, haya coincidido con una de las radiaciones más notables dentro de las plantas, la de las angiospermas, acontecida en la misma época. Evidencia de un completo proceso de evolución armonizada entre insectos y plantas.

El fósil más antiguo de abeja que se conoce data de mediados del Cretácico, hace unos 100 millones de años, y corresponde a una Melittosphex burmensis que murió en una gota de ámbar. Se encontró en Birmania. En sus patas conserva dos caracteres ancestrales de transición entre otros grupos de himenópteros semejantes a las avispas y las más modernas abejas.[3]

Fósil conservado en ámbar de la abeja Melittosphex burmensis (Science, ver nota a pie de página número 3., fair use)

El comportamiento social en los insectos, con un complejo sistema de castas que realizan trabajos especializados, apareció varias veces, primero en las hormigas y avispas a mediados del Cretácico y después en las abejas a finales de este período. En las rocas calizas del monte Montsec, en la provincia española de Lérida, se han encontrado las termitas más antiguas conocidas. Allí también se ha encontrado el fósil de una termita en ámbar que claramente era una obrera y por lo tanto perteneciente a un grupo social, lo que representa el primer registro fósil de este tipo. Este yacimiento está datado en el Cretácico inferior.[4]

Hay una gran ventaja para estos insectos -termitas, hormigas y abejas- en el hecho de haber formado sociedades con organizaciones de alto nivel de complejidad. Gracias a estas estructuras sociales han llegado a la optimización de la reproducción, la defensa colectiva y la obtención y procesado del alimento que les ha llevado a un puesto clave en el dominio ecológico de nuestro planeta. Baste para calibrar este éxito el saber que el peso de todas las hormigas en el momento actual puede ser equivalente al peso de todos los humanos. El significado de esta conquista es tal que para el prestigioso genetista John Maynard Smith el paso de individuos solitarios a colonias es una de las ocho transiciones esenciales de la evolución. Ya comentamos en la entrada 23 de esta serie las teorías del biólogo evolutivo británico William D. Hamilton,con las que explica el porqué del comportamiento social de algunos insectos y que se resume en que es un sistema muy eficaz para transmitir el acervo genético de estas especies. Para quien esté interesado en este tema recomiendo la lectura del artículo del biólogo Ignacio Fernández Escudero “Evolución de la eusociabilidad en los insectos“.[5]

Pero no todo fueron buenas noticias para los insectos del Cretácico. Recordemos de la entrada 42 de esta serie que en estos momentos hacía su aparición el Archaeopteryx y sus amigos voladores. Su presencia en el rol de actores de la biosfera no fue una noticia agradable para todos. Unos pocos quedaron afectados de una manera muy negativa. Entre ellos destacamos a los insectos. Suponemos, y tenemos explicaciones para ello, que su tamaño iba parejo a la evolución de la concentración atmosférica del oxígeno. En el Jurásico sabemos también que este gas recuperó una senda alcista -que continuó en el Cretácico-, por lo que podríamos pensar que en este momento los insectos deberían haber vuelto a sus épocas de gigantismo glorioso. Pero no fue así. El registro fósil demuestra que por lo general disminuyeron de tamaño. Y esto fue así por la nueva destreza que apareció con los reptiles voladores, tipo pterosaurio, o con las nuevas aves. Por razón de competencia dentro de los mismos nichos o por razón de depredación, la selección natural hizo que los insectos voladores disminuyeran su tamaño para mejorar la maniobrabilidad del vuelo y por tanto abrir espacios a nuevas oportunidades, a pesar del impulso que recibían del oxígeno. Algo parecido sucedería más tarde durante los primeros millones de años de la siguiente era, el Cenozoico, el momento en que se produce la gran diversificación de las aves modernas y la aparición de los primeros mamíferos voladores, los murciélagos, que es cuando se constata en el registro fósil la desaparición de los insectos planeadores.

Y ahora dejemos los pequeños insectos y visitemos a los mayores del patio. En estos años los dinosaurios consolidan su dominio, siendo el Cretácico el periodo en el que alcanzaron mayor auge y desarrollo. En aquellos momentos coincidían una gran cantidad de especies con modos de vida y morfologías muy dispares, que han dado pie a kilómetros de publicaciones, por lo que sólo daremos una breve pincelada particular de cada uno de sus subgrupos de los que ya hablamos profundamente en la entrada número 41 sobre el Jurásico.

En los paisajes norteamericanos abundaban los ornitópodos, un infraorden de los ornitisquios, los “cadera de ave”. Los ornitópodos o “pies de ave” tenían un pie con tres dedos. Eran herbívoros y desarrollaron un sistema masticatorio y digestivo muy evolucionado, parejo al de las actuales vacas. Inicialmente eran bípedos, con una larga y fuerte cola que les servía de balancín durante la marcha, pero con el tiempo adoptaron el desplazarse a cuatro patas, posiblemente porque les resultaba más fácil el comer la vegetación del suelo.

El Edmontosaurus un ornitópodo del Cretácico (Wikimedia, GNU FDL 1.2)

En el sur, en Gondwana, era frecuente el Titanosaurus que era un dinosaurio de la infraorden saurópoda de los saurisquios, los ya conocidos “cadera de lagarto”. Era un cuadrúpedo herbívoro de cuello muy largo.

Debemos hacer también una pequeña mención a la otra infraorden saurísquida, la de los terópodos –los “pies de bestia”-, todos ellos carnívoros, para no olvidarnos de uno de los dinosaurios más afamados, el Tirannosaurius rex. Con sus enormes medidas, trece metros de longitud, cinco de alto y cinco toneladas de peso, era uno de los depredadores más sanguinarios de finales del Cretácico.

Debemos dejar ya a los dinosaurios, lo que hacemos con un cierto sentimiento de nostalgia, pues estos tremendos e importantes animales que impusieron su ley no sólo por la fuerza, sino por su capacidad de adaptación e inteligencia, sobrevivieron con éxito en un variado muestrario de hábitats y con un variado abanico de costumbres y formas de vida. Despidámonos de ellos dejando volar de nuevo la imaginación sobre un ¿por qué no? posible paisaje del Cretácico.

Representación artística de una escena cretácica (Imagen: José Miguel Pino, fair use)

Un día tranquilo junto a una de las innumerables llanuras que habían quedado anegadas por la subida de las aguas durante el Cretácico. El cielo lleno de cirros aseguraba un día primaveral. Un bosque de coníferas llega junto a la orilla. A los pies de éstas unos helechos herbáceos exuberantes por la continua humedad en el subsuelo donde enraízan. Por la orilla merodea un “garra pesada”, un Baryonyx, que a pesar de su apariencia fiera y depredadora se alimenta sólo de pescado. Su paso no ha dejado indiferentes a los que estaban aún cargando las pilas bajo el débil sol de la mañana. Pero no parecen asustados, sólo curiosos ante la aparición del dinosaurio. La tortuga en último término escapará escondida entre las matas de los equisetos que crecen inhiestos, a sus espaldas. Bien pudiera ser una Salasemys pulcherrima o “tortuga preciosa de Salas” de los Infantes, Burgos, en donde se encontraron fósiles de sus “tataramuchosnietos”. Un pequeño cocodrilo Goniopholis, ya que sus mayores llegaban a los cuatro metros, apenas se inmuta en su descanso, varado en las aguas cálidas de la orilla, buena costumbre que continuará en la historia de la familia como hacen hoy en día sus primos del Nilo. En el centro de la imagen, en un segundo plano, un grupo de iguanodones se dirige a abrevar tras haber alimentado su cuerpo de tres toneladas con abundante follaje. Más al fondo un viejo y cansino Rebbachisaurus cruza el brazo de agua, parece que con morriña de su patria africana, de donde la licencia del dibujante, o del narrador, le ha sacado para ponerle sobre un paisaje castellano. En el cielo, una pareja de pterosaurios Ornithocheirus vuelan con dificultad. Debían haber recogido una ráfaga del embate, ya que eran bastante torpes y no les resultaba fácil levantar del suelo. Ahora planeaban desmañados con la urgencia de encontrar un lugar adecuado para posarse. No son los únicos en el cielo, que comparten con un Ichthyornis, el “ave pez”, muy parecido a una moderna gaviota. En primer plano aparece la sofisticación del Cretácico: las primeras flores primaverales de una angiosperma.

Por desgracia hay que despedirse de esta variada comunidad, sobre todo de los dinosaurios. Les quedaba poca historia que vivir, ya que la extinción de finales del periodo se llevó por delante a la mayoría para no aparecer nunca más. Sólo quedará el recuerdo de algunos de ellos en las aves.

Pero no adelantemos las malas noticias y hablemos ahora de estas últimas, las vitales aves impulsadas por un volcánico metabolismo de sangre caliente. Se diversificaron en un amplio abanico de formas a lo largo del Cretácico. Muchas mantuvieron las características primitivas, como el Archeaopteryx, con su larga cola ósea, garras y dientes y, evidentemente, alas. Los dientes se fueron perdiendo progresivamente así como se fue acortando la cola.

Pero pronto se fueron cubriendo las grandes etapas que llevarían a las aves hasta las formas modernas.

Esquema de evolución de la clase Aves. La anchura de las áreas da una idea aproximada de la magnitud de la diversidad en las subclases.

El primer linaje grande y diverso de aves de cola corta que evolucionó fue Enantiornithes, que significa “aves opuestas“, llamado así porque la construcción de sus huesos del hombro estaba invertida respecto a la de las aves modernas. Ocupó un amplio espectro de nichos ecológicos donde vivía, desde los limos hasta las arenas, sondeando en busca de pequeños animales, restos vegetales o incluso al acecho de peces, hasta las formas arborícolas y comedoras de semillas.

Más modernos en el camino evolutivo fueron los miembros de un orden de aves marinas, Hesperornithiformes, que se adaptaron tan bien a la pesca en ambientes marinos que perdieron la capacidad de volar y se hicieron básicamente acuáticos. Sus patas ocuparon una posición muy posterior de forma que les permitía un poderoso nado y buceo, aunque en tierra debían ser muy torpes. Allí se movían deslizándose, por lo que probablemente pasaban poco tiempo fuera del agua excepto para anidar. Algo semejante a los pingüinos actuales.

Representación artística de Hesperomis y de Ichthyornis, ambas aves del Cretácico ya extintas (Wikimedia, GNU FDL 1.2 y CC BY 3.0)

Por último tenemos a las Ichthyornis de las que conocemos numerosos especímenes y que desaparecieron hace unos 80 millones de años. Se les considera aves acuáticas del Cretácico que ocuparon nichos parecidos al de habitación de los actuales gaviotas o petreles. La estructura de sus alas y esternón son de apariencia muy actual por lo que se les debe suponer una gran habilidad voladora, lo que las situaría muy próximas a las aves modernas.

Tras ellas nos encontramos con las Neornithes que son ya las primeras aves modernas antecesoras de todas las actuales. Antes del fatídico episodio que veremos en la entrada siguiente y que fija la frontera geológica entre el Mesozoico y el nuevo Cenozoico, ya se habían desgajado de la rama las gallináceas y las anseriformes. De estos últimos se conoce un fósil encontrado en la península Antártica de Vegavis iaai que vivió hace unos 65 millones de años.

Procede ya ir cerrando con el último párrafo de esta variada entrada, en la que nos hemos encontrado con las tremendas vicisitudes sufridas por los microorganismo planctónicos en un momento en que los gasterópodos fueron casi tan feroces como los gigantes marinos que atravesaban las aguas. Luego hemos visitado a los insectos cuando aparecieron las abejas que amablemente nos han dado pie para introducir las costumbres sociales de algunos de estos ubicuos animales. Tras un breve repaso a los tres órdenes base de los dinosaurios cretácicos, hemos acabado descendiendo los también tres últimos escalones que siguieron las aves antes de convertirse en las más de 10.000 especies de hoy en día. Les quedaba pasar la frontera del terror cósmico. Pero esto último será objeto de una nueva entrada. Antes, en la siguiente, completaremos el viaje por la biota del Cretácico hablando de los mamíferos. Hasta entonces.

  1. Más información al respecto en esta publicación de PNAS de diciembre de 2000. []
  2. Más información en este boletín de la Sociedad Entomológica Aragonesa de 1999. []
  3. Más información al respecto en esta publicación de la revista Science de octubre de 2006. []
  4. En este enlace a la revista Journal of Paleontology de mayo de 1995 podéis encontrar la información completa del tema. []
  5. En este enlace tenéis el artículo mencionado. []

Sobre el autor:

jreguart ( )

 

{ 4 } Comentarios

  1. Gravatar Laertes | 04/01/2015 at 01:04 | Permalink

    Sigue siendo fascinante esta serie. Como lo es la larga historia de los acantilados de Dover que inspira todo tipo de creaciones como Cliffs of Dover de Eric Johnson:

    https://www.youtube.com/watch?v=15eu7ar5EKM

    Y otras cosas también:

    http://es.wikipedia.org/wiki/IL-2_Sturmovik:_Cliffs_of_Dover

  2. Gravatar jreguart | 04/01/2015 at 06:35 | Permalink

    Hola Laertes,

    seguimos con nuestra historia. Gracias por tus aportaciones. El punteo de Eric Johnson rememora la suave lluvia de foraminíferos, cocolitóforos y diatomeas hacia los fondos marinos para regalarnos con los años una apabullante, sinuosa y compacta sinfonía blanca. Dover.

    La imaginación es libre. La belleza surge de cualquier lado. Incluso de los amigos ocultos. La música es un buena resumen, compendio de buenas vibraciones y sensaciones. Y si no, que nos lo diga Mac. O el gran Gustavo. Mientras sigamos disfrutando con las historias de la Vida.

  3. Gravatar alpial | 24/04/2015 at 01:13 | Permalink

    ” se iba incrementando la concentración de sales en las aguas superficiales. Su mayor densidad hacía que descendieran a cotas inferiores, a pesar de su elevada temperatura. Como consecuencia de ello se producían afloramientos de agua “fría” de los fondos”. perdona mi ignorancia ,¿ pero este principio es algo parecido a las fuerzas convectivas o algo así ?

  4. Gravatar jreguart | 24/04/2015 at 10:25 | Permalink

    Hola Alpial,

    por lo que yo interpreto de los sabios que nos aclaran lo que pasa a nuestro alrededor, de los que yo he bebido, el tema que comentas no es de carácter convectivo ya que, en principio, el motor del movimiento de las aguas no fue la temperatura sino la gravedad: aguas más densas son más pesadas y ocupan capas más profundas, moviendo las aguas que allí se encontraban que son desplazadas a la superficie. En el caso que hablamos las aguas que subían eran más frías que las que bajaban. Piensa que estamos hablando de mares superficiales y posiblemente de estrechas franjas de mar en donde los efectos convectivos no tenían tiempo para completar su trabajo. Quiero decir que aunque se producirían movimientos energéticos tendentes a igualar las temperaturas, los movimientos gravitatorios debían ser más rápidos.

    Repito aquí un comentario que hice en otra entrada. Para ampliar la satisfacción de tus curiosidades climáticas y sus consecuencias en el planeta a lo largo de su historia, te recomiendo el libro del profesor Antón Uriarte “Historia del clima de la Tierra”. Lo puedes conseguir en este enlace http://www.herbogeminis.com/IMG/pdf/historia_del_clima_de_la_tierra_anton_uriarte.pdf

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