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Historia de un ignorante, ma non troppo… Sinfonía número 5, de Jean Sibelius




Como soy un ignorante, de eso creo que no cabe duda alguna, hasta hace relativamente poco no conocía la obra del compositor finlandés Jean Sibelius. Bueno, sí que sabía quien era Sibelius y había escuchado alguna composición suya, sobre todo su poema sinfónico Finlandia, pero poco más. Fue entonces cuando en una conversación con un buen amigo mío, éste me desveló su admiración por la música de Sibelius, de quien me dijo que en su opinión era el mejor sinfonista del siglo XX, lo que, teniendo en cuenta que por allí circulaban monstruos como Prokofiev, Shostakovich o, no digamos, Gustav Mahler, me pareció exagerado. Sin embargo, como tengo a mi amigo por muy bien informado, de hecho bastante mejor que yo, me propuse conocer en más detalle la música de Sibelius, para así poder opinar la próxima vez con conocimiento de causa.

Así que compré a buen precio un pack con sus siete sinfonías, más el Concierto para violín y algunas obras sueltas más, las metí en un disco MP3 que me puse en el coche y las fui escuchando durante mis desplazamientos diarios entre casa y la oficina. Las escuché una vez… y otra… y otra más… Dí la vuelta al disco lo menos cinco o seis veces. Porque me gustaron. Bueno, más que gustarme, me impactaron, todas y cada una de ellas. Alternan momentos deliciosos con otros desasosegantes, temas tremendamente pegadizos, de esos que te cuesta quitar de la cabeza, porque resuenan una y otra vez, con “extrañas” disonancias que te arrancan súbitamente de la contemplación…

A cualquiera de sus siete sinfonías podría haber dedicado el artículo de hoy de esta longeva serie musical. Pero será la Quinta Sinfonía en mi bemol mayor la que será objeto de mis desvaríos. Que no os pase ná.

Jean Sibelius

Jean Sibelius

Jean Sibelius, cuyo nombre real era Johan Julius Christian Sibelius, nació en 1865 en Hämeenlinna, Finlandia, aunque en la época era el Gran Ducado de Finlandia, una región más o menos autónoma del gigantesco Imperio Ruso, del que obtuvo su independencia en 1917, junto con otros muchos territorios del Imperio, una vez que el zar fue depuesto como consecuencia de la sangría de hombres y recursos que significó la Gran Guerra.[1] Tras la revolución de febrero de 1917, el nuevo gobierno ruso se apresuró a firmar la paz de Brest-Litowsk con las “Potencias Centrales” (el Imperio AustroHúngaro y Alemania) y se aprestó a arreglar como pudo la situación… sólo unos meses después fue a su vez depuesto tras una nueva revolución, la Revolución de Octubre,[2] efectuada por los bolcheviques al mando de Valdimir Ulianov, Lenin, lo que fue seguido de una cruenta guerra civil entre los partidarios del viejo régimen y los revolucionarios “rojos”.

El resultado fue el advenimiento de la Unión Soviética, de la que el antiguo Gran Ducado de Finlandia se escapó porque había obtenido su independencia antes de la llegada de Lenin al poder. De todos modos también Finlandia tuvo su propia Guerra Civil en 1918, un episodio que sigue generando hoy en día en la tranquila y educada población finlandesa una mezcla de sentimientos entre la vergüenza y el horror…

En cualquier caso, la URSS de Stalin intentó hacerse nuevamente con su antigua provincia finlandesa, y en noviembre de 1939 declaró la guerra al pequeño país nórdico, tres meses después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Todo haría pensar que la “Guerra de Invierno” sería un paseo militar para los aguerridos ejércitos soviéticos, pero no fue así. En marzo de 1940 se firmó el fin de la estúpida guerra, en la que los finlandeses cedieron un 10% de su territorio a cambio de parar las hostilidades. Stalin lo presentó como una victoria, aunque obviamente no consiguió su objetivo: recuperar el lacustre país finés para la URSS, como antes lo fue del Imperio zarista. Finlandia continuó siendo independiente hasta el día de hoy.

Todos estos acontecimientos los vivió Sibelius, súbdito del zar al nacer y durante buena parte de su vida, pero intenso nacionalista finlandés a pesar de que la familia de Johan era de origen sueco. Huérfano de padre a los tres años, su madre decidió enviarle a estudiar a una escuela no sueca ni rusa, sino finlandesa. La consecuencia fue que, a pesar de que el idioma que utilizó preferentemente durante toda su vida fue el mismo de su infancia, el sueco, se convirtió en un ferviente nacionalista finlandés, y hoy en día es un aclamado héroe nacional finés.

En su época estudiantil adoptó el nombre de Jean, la forma francesa de su propio nombre. En aquella época París era la capital mundial del arte y tener un nombre francés daba mucho más caché que llamarse Johan Julius Christian, dónde va a parar… con Jean se quedó toda su vida, y así es conocido en todas partes.

Aunque comenzó a estudiar Derecho, pronto decidió que lo que le interesaba era la música y marchó a Helsinki a estudiar en la Escuela de Música de Helsinki, centro que, por cierto, hoy lleva su nombre: Academia Sibelius. Completó sus estudios en Berlín y Viena gracias a sendas becas del gobierno del Gran Ducado finés. Allí se enamoró de dos de los grandes tótems de la música finisecular: Anton Bruckner y, sobre todo, Richard Wagner, aunque no mucho tiempo después renegó de este último, al considerar su música muy recargada, por lo que adoptó un estilo mucho más natural y sencillo, más influenciado por Tchaikowsky o Bruckner.

Rápidamente calaron en él las ideas nacionalistas finesas que abogaban por obtener la independencia del Imperio Ruso, y fruto de estas ideas fue su primera obra importante: Kullervo, una composición sobre ideas melódicas de clara inspiración finlandesa, de tono grave y sombrío, que tuvo un importante éxito en su estreno. Esto le acomodó y le permitió vivir de su música con cierto desahogo.

Casado con Aino Järnefelt en 1892, en 1903 construyó su casa en Järvenpäa, a unos 30 km de distancia de Helsinki, en pleno campo y a la orilla del lago Tuusula, uno de los miles de ellos que hacen que a Finlandia se la conozca como “La Tierra de los Mil Lagos”. Allí, en su casa de nombre “Ainola” vivió durante toda su vida, con su esposa Aino, hasta su fallecimiento en 1957, a los 92 años de edad. Aino aún le sobrevivió doce años más, y a su muerte las cinco hijas del matrimonio (habían tenido una hija más, que falleció en la niñez) donaron la propiedad al gobierno finlandés. Hoy es un museo dedicado a la memoria de Jean Sibelius.

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La clave de su producción musical son sus siete sinfonías que, a la manera de Beethoven, se van apoyando las unas sobre las anteriores para conformar un sólido edificio sinfónico, que hacen que Sibelius sea considerado, junto con Mahler,[3] el gran sinfonista del Siglo XX. Él siempre declaró que “si no puedo componer una sinfonía mejor que la anterior, ésa será la última”, y eso precisamente ocurrió con su Séptima Sinfonía: aunque le encargaron una Octava y le pagaron incluso un adelanto, nunca la terminó. Se sabe que trabajó en ella durante meses y que un buen día, harto de no progresar, organizó una pira en su casa y quemó todos sus apuntes, bocetos y partituras. Nadie tiene la menor idea de cómo hubiera sido esa sinfonía. Sibelius no quedó satisfecho con ella y la destruyó, así de simple.

Además, algunas otras composiciones suyas son asimismo muy conocidas, como es el caso de su archiconocido Valse Triste  o su Poema Sinfónico Finlandia, una especie de segundo himno nacional finlandés (y, desde luego, mucho más conocido fuera del país que el propio himno), o su Concierto para Violín y Orquesta. El caso es que sus sinfonías son todas ellas excelentes. Todas ellas están plenas de pasajes deliciosos, muy, muy pegadizos y excelentemente orquestados, junto con otras partes sorprendentes por el cambio del tono o la temática, y siempre inspirados en temas tradicionales fineses, en su folklore, su literatura o simplemente en la naturaleza del país nórdico.

Sí, Sibelius es seguramente el otro “gran-gran” sinfonista de finales del siglo XIX y la primera mitad del XX, junto con Mahler, pero sin embargo ambos tenían opiniones profundamente divergentes sobre cómo verter sus ideas al papel pautado. Para Sibelius, una sinfonía debe circunscribirse a una serie de temas interrelacionados entre sí que presenten una idea concreta, y todo con una encomiable economía de medios. Mahler, en cambio, pensaba que una sinfonía debía ser como el mundo, debía contenerlo todo: lo amable y lo perverso, lo cómico y lo trágico, lo íntimo y lo grandilocuente, lo chabacano y lo sublime. Los que conozcáis la genial Tercera Sinfonía de Gustav Mahler podéis comprobar fácilmente allí esta visión mahleriana. En cambio la música de Sibelius casi parece una miniatura a su lado: melodías “orgánicas” que, como los organismos vivos, nacen, evolucionan y se encadenan para contar una historia y nada más que una historia. O eso me parece a mí.

Cuentan las crónicas que Mahler y Sibelius se conocieron y debatieron sobre esta diferencia de planteamiento. Incluso el propio Sibelius explicó, tras su reunión, que: “Le dije que admiraba la severidad estilística de las sinfonías, y la lógica profunda que creaba una conexión entre todos los motivos. La opinión de Mahler fue justamente la contraria: «No, una sinfonía debe ser un mundo, debe abarcarlo todo»…”[4]

Sibelius componía su música en un estilo claramente tonal, incluso clásico, en un momento en que Europa y el mundo entero estaban siendo barridos por la tormenta de las “Nuevas Formas Musicales” del dodecafonismo, el atonalismo, el serialismo y unos cuantos “ismos” más. Consecuentemente, hay críticos musicales que consideran a Sibelius un músico excepcional y otros, como Theodor Adorno, que le consideran una desgracia para la música, precisamente por negarse a componer de la “nueva forma”… ¡cosa que le agradecemos muchos! En efecto, el propio Sibelius, a quien francamente las críticas se la repampinflaban, decía: “No hagan mucho caso a lo que los críticos digan. Nunca se ha erigido ninguna estatua a un crítico…”.

En fin, la música de Sibelius nunca ha dejado de sonar en las Salas de Conciertos, mientras que la mayoría de música dodecafónica y compañía ha pasado prácticamente al olvido, quedando como una reliquia, un “experimento fallido”… Pero el caso es que donde Sibelius no ha dejado de sonar es en las salas británicas o nórdicas, donde tiene un reconocido prestigio, porque lo que es aquí en España…[5] yo apenas he escuchado en concierto alguna obra suelta, y ¡ninguna sinfonía!, que es la base de su obra compositiva.

Así que hoy escucharemos una de ellas… difícil elección, sin duda. Podría ser la magnífica Primera o la poderosa Segunda… o la deliciosa Séptima, que el propio Sibelius describió como la más lograda que había escrito nunca…[6]. Pero será la Quinta.

La Quinta Sinfonía en mi bemol mayor fue encargada por el gobierno del Gran Ducado finlandés para conmemorar su quincuagésimo aniversario. El 50 aniversario de Sibelius, no el del gobierno. Cosa realmente extraña para mi gusto, el que un gobierno encargue a un compositor una obra para celebrar el cumpleaños del propio compositor… quizá fuera una forma encubierta de subvencionarle, de pagarle por su próxima sinfonía, no lo sé,[7] pero el caso es que así lo cuenta la historia. Y como Jean Sibelius nació en 1865, lógicamente la Sinfonía debía estrenarse en 1915, 50 años después. De hecho la sinfonía se estrenó precisamente en Helsinki el 8 de diciembre de 1915, el día exacto de su cumpleaños, dirigida por el propio autor.

Diferentes expertos han analizado esta obra, estudiando su llamativa estructura circular, su peculiar uso de la forma sonata y varias otras características que están completamente fuera de mi alcance… Sobre todo porque esta sinfonía sufrió constantes revisiones durante los años siguientes, dando origen a una segunda versión (que no se conserva) y a una tercera y definitiva versión en 1919, que es la que normalmente se ejecuta en las salas de conciertos.

Yo lo que veo (mejor: lo que oigo) es, en primer lugar, que es una sinfonía corta (de algo más de media hora), cosa relativamente inusual en la época, donde prácticamente no había sinfonía que se preciase de menos de una hora,[8] que consta de sólo tres movimientos con una estructura bastante peculiar.

En YouTube se encuentran diferentes versiones de esta sinfonía, alguna de ellas excelente, como ésta grabación de Leonard Bernstein dirigiendo a “su” Filarmónica de Viena, que es muy conveniente para ver y oír a los músicos ejecutando la sinfonía, pero que resulta muy lenta para mi gusto, y encontraréis fácilmente otras grabaciones, por ejemplo una del super-prolífico Herbert von Karajan que, sinceramente, no me acaba de gustar.

Así que seguiremos la sinfonía escuchando al director letón Mariss Jansons dirigiendo a la Filarmónica de Oslo, en tres videos (uno por movimiento) con fotos fijas y buena calidad de sonido, que es lo que importa.

Vamos, pues, con el bellísimo primer movimiento (Tempo molto moderato).

Aparentemente este movimiento es la fusión de lo que iban a ser los dos primeros movimientos de la sinfonía. Una trompa solitaria pone una semilla, una semilla que pronto toma la madera, que crece y crece, hasta dividirse en dos líneas que se desarrollan en paralelo, mezclándose, complementándose perfectamente. Ambas melodías son muy potentes individualmente, pero combinadas generan una página bellísima, posiblemente la música más “orgánica” compuesta jamás por el máximo adalid de la música orgánica…[9] Sibelius quedó muy satisfecho con este movimiento, que en algunas ocasiones señaló como “el más bello que jamás había escrito”, o al menos, que había escrito hasta el momento. Y ya lo creo que es bello. ¡Bellísimo!

Y sin embargo… Sin embargo en ciertos pasajes se percibe una agitación primordial, una tensión premonitoria, como si se estuviese preparando una tormenta, un estallido que acabara con la placidez y la tranquilidad de los pasajes iniciales. Es lógico, pienso yo: con la que estaba cayendo en 1915 en Finlandia, en el Imperio Ruso y en toda Europa, ¿cómo permanecer impasible ante tanto sufrimiento sin sentido? No obstante, al final del movimiento una corriente de optimismo barre los turbios presagios y nos deja finalmente con buen ánimo ante el futuro. Y el movimiento finaliza con una breve fanfarria que despeja de una buena vez todos los posibles nubarrones.

Una vez finalizado este primer movimiento, hay que cambiar de video para escuchar el segundo movimiento (Andante mosso, quasi allegretto).

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Nota: Por alguna razón que desconozco, con este video concreto no funciona el enlace embebido en el artículo como sí lo hace en los otros dos videos, así que para oírlo no queda más remedio que Pulsar aquí. Se abrirá en pestaña o ventana nueva. Siento los inconvenientes.

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A primera vista esta segunda parte de la sinfonía es un movimiento anacrónico, obsoleto, superado, poco digno de un compositor de rompe y rasga del siglo XX. Se trata de un conjunto de variaciones sobre un tema sencillísimo, de tan solo cinco notas, con una sencilla melodía de contrapunto, al mejor estilo de los monstruos de la época clásica: Mozart o Haydn… Y sin embargo… Sin embargo es un bellísimo y personalísimo movimiento. Que poco tiene que ver con las páginas geniales de Mozart. Esta música[10] repite sin cesar las cinco notas con pequeñas variaciones de timbre, de altura, de ritmo, saltando de grupo instrumental en grupo instrumental… siempre reconocible pero siempre distinta. Sin embargo, no es éste un movimiento banal, ni está en modo alguno desprovisto de esa “tensión premonitoria” que también existe en los otros dos movimientos, tensión que afecta mucho al tema central del movimiento (alrededor del minuto 6:40 del video): el tema se ensombrece, vacila, duda, hasta que por fin se recupera con toda su brillantez… para acabar casi como una interrogación pendiente, pues, cuando uno está esperando la resolución triunfal del movimiento en un gran “Tacháaannn” final… pues no. La música simplemente se para, dejando el movimiento y sus variaciones inacabados, para así dar entrada al tercer movimiento tras la pausa reglamentaria, pues este tercer movimiento no está especificado que entre en “atacca”..

Vamos, pues, con este tercer y último movimiento (Allegro molto)

Comienza el movimiento de una forma muy agitada… la cuerda en pleno interviene tremolando, es decir, generando un sonido entrecortado (en trémolos) que aumenta esa sensación de agitación… hasta que al cabo de un minuto y medio aproximadamente entra, tras la llamada de un timbal, uno de los temas más potentes que conozco, basado, según Sibelius, en la llamada de los cisnes que escuchaba en sus excursiones campestres alrededor de su casa. Con semejante “temazo” un Mahler, un Bruckner o un Wagner generarían al menos quince minutos de geniales variaciones… pues Sibelius no. Siempre fiel a su estilo “orgánico”, al cabo de no más de un par de minutos el tema muere para dejar paso al agitado pasaje inicial… que se transforma y se convierte en el tema de los cisnes, pero evolucionado… y de pronto el plácido y triunfal tema en los metales se convierte paulatinamente en una llamada desesperada, casi aterrorizada. El cambio es sutil, pero indudablemente nos hace pasar de la tranquilidad y la placidez a la congoja y el sufrimiento… hasta que por fin el movimiento se resuelve de una forma muy llamativa: la música termina en un acorde general de la orquesta al que sigue un silencio ciertamente largo… seguido de un nuevo acorde y otro silencio igual de largo… y así tres veces más, hasta que en el quinto acorde el timbal da una llamada de atención y entonces, por fin, el sexto acorde cierra, ahora sí, la monumental sinfonía.

Curioso final… esos seis acordes separados por pausas larguísimas, completamente inesperadas tras el transcurso de la sinfonía. Tras el dramático clímax anterior, da la sensación de que se ha interrumpido un gran discurso de forma abrupta, dejando una incertidumbre interior… que queda sin respuesta, dejando sobre la mesa un nuevo interrogante que sigue sin respuesta… y otro más, hasta que los dos acordes finales, que forman un clásico final de cadencia dominante-tónica, resuelven brillantemente por fin la obra.

Lo que he leído sobre este tema “de los cisnes” y sobre este tercer movimiento en sí habla de un movimiento “triunfal”, “espiritual”, “enigmático”, “misterioso” y no sé qué más. A mí ese cambio final en los metales me desasosiega mucho, me produce una sensación de congoja que no sé explicar. Sabiendo que Sibelius compuso el tema y luego lo revisó mientras tenía lugar lo más crudo de la Primera Guerra Mundial, primero, y luego la propia Guerra Civil Finlandesa… pues me hace pensar que algo tendrá que ver. El Gran Ducado de Finlandia no participó “directamente” en la Gran Guerra, pero al formar parte del Imperio Ruso de una u otra forma se vio muy afectada por ella. Primero, porque el ejército ruso incrementó su presencia en la región para fortificar la línea costera, con el fin de evitar un posible aunque poco probable desembarco aliado. Y sobre todo, porque el bloqueo del Báltico llevado a cabo por los unos y los otros[11] llevó rápidamente el desabastecimiento y la hambruna al pueblo finés. Y de ahí al caos y la revolución no había más que un paso.

El propio Sibelius hubo de abandonar su bucólica residencia campestre al ser asaltada por las tropas rusas, y refugiarse en Helsinki, donde pasó las mismas privaciones que el resto de sus compatriotas. Siendo como era un hombre alto y robusto, llegó a perder cerca de veinte kilos de peso. Y.. ¿todo esto no le influyó lo más mínimo al componer la música en que estaba trabajando?

Suposiciones mías, vale, pero creo que es bastante lógico que las cada vez peores noticias que le llegaran desde las trincheras y de sus propios vecinos sufriendo la escasez, y las escaseces que él mismo sufrió debieron afectarle lo suficiente como para meter estos pasajes casi fúnebres en la sinfonía, que, de todos modos, termina “bien”.

Grabaciones de esta sinfonía hay bastantes, aunque generalmente las versiones de las orquestas nórdicas, preferentemente finlandesas, suelen ser mejores que las del resto del globo. Seguramente por la misma razón por la que quienes mejor interpretan a Don Manuel de Falla sean las orquestas españolas y a Beethoven, las alemanas. Digo yo. Además, en YouTube, Spotify, etc. están en todo o en parte muchas de ellas, así que se pueden escuchar varias versiones para determinar cuál es la que más nos gusta antes de comprarla… De todos modos, muchos críticos consideran que la mejor versión es la de Osmo Vänskä dirigiendo la Orquesta Sinfónica de Lahti. Pero, como siempre, para gustos los colores…

Como ya dije, nunca he tenido ocasión de escuchar esta sinfonía en directo, pero aun así estoy completamente seguro de que en directo suena mucho mejor.

Además, amigos lectores, tened en cuenta las penosas circunstancias por las que están pasando la mayoría de Orquestas de la piel de toro… y muchas de por ahí fuera. Si sois amantes de la música clásica (o sinfónica, o como queráis llamarla), considerad seriamente la idea de comprar entradas para los conciertos y de esta forma no sólo realizaros individualmente, sino poner vuestro pequeño granito de arena para que estas orquestas no desaparezcan. ¡Y para que los músicos cobren! Pensadlo, por favor.

Disfrutad de la vida, mientras podáis. A ser posible, escuchando música.

  1. La Primera Guerra Mundial. []
  2. Parece como si ésta fuera la única Revolución rusa, pero hubo unas cuantas antes de ella. []
  3. Más bien por debajo de Mahler, en mi modesto entender. []
  4. Cita extraída de la Wikipedia, así que debe ser cierta… ¿no? []
  5. Y creo que lo mismo pasa en el mundo no anglosajón o nórdico. []
  6. Curiosa sinfonía, la Séptima, en la que lleva a máximo su concepto sobre la música orgánica al componerla en un solo movimiento en vez de los tres o cuatro habituales. []
  7. Hay que recordar que si Sibelius pudo estudiar en el extranjero fue gracias a becas del gobierno y que, dadas sus nacionalistas convicciones políticas, continuaran protegiéndolo durante toda su vida. []
  8. En realidad todas las sinfonías de Sibelius son bastante cortas, pues casi ninguna llega a los cuarenta minutos. []
  9. Música “orgánica” es aquella que, a partir de un tema más o menos largo se va desarrollando y creciendo hasta su culminación final… como esta obra, sin ir más lejos. []
  10. “Orgánica.” []
  11. Los hunos y los hotros, como diría años después Don Miguel de Unamuno. []

Sobre el autor:

Macluskey ( )

Macluskey es un informático de los tiempos heroicos, pero no ha dejado de trabajar en Informática y disfrutar con ella hasta la fecha. Y lo que el cuerpo aguante. Y además, le gusta la música...
 

{ 1 } Comentarios

  1. Gravatar OboeCrack | 31/12/2014 at 12:30 | Permalink

    Yo tuve el placer de escucharla hará cosa de un año, por la Sinfónica de Chamartín, no es la ONE pero no sonaba mal, aunque un mal día de uno de los trompas “jodió” el tercer mov. En cambio oboístas y corno inglés de 10.

    Sibelius es muy íntimo, poco a poco se va abriendo camino, sin necesidad de pedir permiso, sin darte cuenta ha captado toda tu atención con apenas recursos orquestales. Sobre todo el segundo movimiento. El primero molan los acordes que son los que suenan en el Finale cuando lo abres (programa de edición musical). La que tengo yo es la de Leif Segerstam del sello Brilliant. Pero me encanta la de Esa-Pekka Salonen.

    El tema tras el toque de timbal, ese pa-pa-pa-pa-paaam bestial, es potentísimo. Otra parte favorita es sobre el minuto 5 cuando las cuerdas tocan haciendo saltar el arco sobre la cuerda (¿recibe esto algún nombre?) y el tema corre a cargo de las flautas. El final de metales es angustioso pero no es triste, ¿hay rayo de esperanza al final?

    Las guerras y crisis son terribles, pero siempre sale lo mejor de cada uno en las adversidades (lo digo porque es cierto aunque haya tenido la suerte de no padecer ninguna guerra).

    Un saludo y feliz año.

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