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Historia de un ignorante, ma non troppo… Concierto para Violonchelo y Orquesta, de Dvorak




A lo largo de esta ya larga serie musical hemos tenido artículos dedicados a muchos compositores y a muchos estilos musicales diferentes, incluyendo, desde luego, los conciertos para instrumento solista y orquesta. De hecho ya han aparecido por acá cinco o seis sublimes conciertos para piano y orquesta y otros dos o tres para violín y orquesta. Pero no sólo de violines y pianos vive el género concertante, también hay muchos conciertos para otros instrumentos y orquesta: flauta, clarinete, oboe, fagot, trompeta, trompa, arpa, guitarra y, por supuesto, también para el resto de instrumentos de cuerda, de cuerda frotada, en realidad, que no sean el violín: viola, cello e incluso de contrabajo.

Dicho esto, la realidad es que por cada concierto para uno cualquiera de estos instrumentos hay lo menos quince para violín o piano. La versatilidad de estos instrumentos los hace los reyes de los solistas que tocan con orquesta. ¿Quiere esto decir que los únicos conciertos que merecen la pena son los de piano o violín…? No, claro que no… ejem, si no, no estaríais leyendo este artículo. Pero lo cierto es que si a mí me preguntan por conciertos famosos de instrumentos que no sean los omnipresentes violín o piano, me vienen a las mientes apenas tres o cuatro: el de clarinete de Mozart (recordadme que tengo que traer aquí pronto a este espectacular concierto), el de flauta de Ibert y los de cello de Elgar, Shostakovich y Dvorak… y así, de saque, no se me ocurren más.

Eso sí, ¡qué conciertos son todos ellos! Éste de hoy, el Concierto para violonchelo y orquesta en si menor, Op. 104 de Antonin Dvorak es seguramente el Everest para los violonchelistas, y desde luego, hasta donde yo sé, el de todos conciertos de cello. Tanto es así que en la jerga de los músicos este concierto es simplemente “el Dvorak[1] Y eso que a su autor no parece que el cello le gustara mucho como instrumento solista…

Antonin Dvorak

Antonin Dvorak

Hace ya bastante tiempo que dediqué uno de mis enjundiosos (ejem) artículos a una obra del compositor checo Antonin Dvorak, en concreto a su estupenda Sinfonía número 8, Inglesa,[2] en una bella versión de Zubin Mehta.

Poco añadiré sobre la biografía de Antonin Dvorak, nacido a pocos kilómetros de Praga en 1841, entonces como ahora la capital de Bohemia, a la sazón perteneciente al Imperio Austro-Húngaro, y fallecido en 1904 en Praga, ciudad donde residió la mayor parte de su vida. Junto con Bedrich Smetana, de quien también hemos podido disfrutar aquí de su conjunto de poemas sinfónicos “Mi Patria”, del que forma parte el archiconocido “El Moldava”, fueron los adalides del nacionalismo checo en música.

Su primer éxito fue con las también muy conocidas “Danzas Eslavas”, compuestas a la manera de Brahms en sus Danzas Húngaras, lo que le hizo conocer al gran maestro hamburgués, quien, además de brindarle su amistad, le introdujo en los mejores círculos musicales del momento y le procuró el fichaje por el editor Nikolaus Simrock, de Berlín, posiblemente el más importante de su tiempo.

Seguramente su obra más conocida a nivel mundial es su celebérrima “Novena Sinfonía, del Nuevo Mundo”, que compuso durante su estancia de tres años en los Estados Unidos, en Nueva York, donde se hizo cargo de Conservatorio de la Ciudad. Allí conoció la música espiritual negra, que le impactó sobremanera, así como los ritmos de los aborígenes americanos, y el resultado es esta Sinfonía del Nuevo Mundo que seguramente es la primera gran obra musical compuesta sobre temas populares negros e indios. Dvorak manifestó antes incluso del estreno de su Novena Sinfonía que, aunque había de alguna manera bebido de las fuentes de la música india, en realidad no había copiado ni una sola nota. Es decir, aseguraba que toda la Sinfonía era original y que únicamente estaba escrita a la manera de las melodías del Nuevo Mundo. Sin embargo hay en ella ciertos temas que son claramente identificables y, por lo tanto, no tan originales como defendía Don Antonin. Particularmente a mí me da lo mismo: con temas copiados o no, ¡me encanta!

También en los Estados Unidos compuso su “Cuarteto Americano”, igualmente plagado de referencias a los espirituales del nuevo mundo, y allí compuso también este Concierto para Violonchelo y Orquesta de hoy… sólo que aquí no encontraréis ya ni cantos espirituales ni melodías “exóticas”: es nuevamente una obra plagada de temas bohemios, señalando quizás su gran nostalgia por su tierra. A pesar de estar muy bien considerado (y pagado) en su trabajo en Nueva York, tras apenas tres años volvió de nuevo a Europa, a su querida Praga, también para hacerse cargo de la dirección del Conservatorio praguense.

Falleció Antonin Dvorak de un derrame cerebral en 1904. Nos dejó nueve sinfonías,[3] un concierto para piano y orquesta, otro para violín y otro más para cello (éste de hoy), cinco poemas sinfónicos, óperas, muchas canciones (lieder, que es el plural de lied en alemán) y una interesante colección de música de cámara, sonatas para piano, etc.

Estatua en la tumba de Dvorak, en el cementerio de Vysehrad, obra de Ladislav Saloun

Estatua en la tumba de Dvorak, en el cementerio de Vysehrad, obra de Ladislav Saloun

Dvorak compuso su Concierto para Violonchelo y Orquesta entre 1894 y 1895, mientras estaba en Estados Unidos, para su amigo el violonchelista Hanus Wihan. Éste, junto con otros músicos, llevaba algún tiempo dando la lata a Dvorak para que compusiera un buen concierto de cello con el que poder demostrar su virtuosismo, pero Antonin se negaba una y otra vez. De hecho, había comenzado a componer treinta años antes, en 1865, otro concierto para violonchelo y orquesta (en clave de la mayor) para el violonchelista Ludovic Peer; cuando había compuesto la mayor parte de la partitura solista, pero no había iniciado la orquestación, Peer se llevó la partitura para estudiarla cuando comenzó un viaje fuera de Praga… y nunca más la devolvió.

No sé si por el despecho que le produjo esta actuación de Peer dejándole compuesto y sin partitura o bien porque lo pensara realmente, el caso es que no se cansaba de repetir que el cello era un pésimo instrumento solista, que no tenía cualidades para poder competir con la orquesta… Veamos qué decía el músico bohemio incluso tras componer este maravilloso concierto de hoy, cita convenientemente copiada de la Wikipedia:

El violonchelo es un instrumento hermoso, pero su lugar está en la música orquestal y de cámara. Como solista no es muy bueno. Su registro medio es bueno, es verdad, pero sus agudos rechinan y sus bajos reverberan. El mejor instrumento solista es y será siempre, después de todo, el violín. También he escrito un concierto para violonchelo, pero hasta el día de hoy me arrepiento de haberlo hecho, y nunca tuve la intención de escribir otro. No habría escrito ése de no ser por el profesor Wihan. Me insistió y recordó hasta que lo hice. ¡Hasta el día de hoy me arrepiento!

La verdad, pensando de esta forma, mucho debía estimar el músico bohemio a su amigo Hanus Wihan para componer un concierto para un instrumento que tan poco apreciaba… y nosotros debemos agradecer al profesor Wihan que casi obligara a Dvorak a componerlo. ¡Menudo concierto, amigos! Y más en la versión que escucharemos dentro de un momento, ya veréis. Aunque también debió tener algo que ver que uno de los profesores de su mismo conservatorio, Victor Herbert, estrenó su concierto de cello número 2 justamente en 1894; Dvorak asistió al estreno y lo escuchó al menos una vez más, y eso le inspiró para componer el suyo… seguramente constató allí que el cello no era un instrumento solista tan espantoso como él pensaba, y decidió acceder a la petición de Wihan de una vez por todas. Nuestro agradecimiento también al tal Herbert por componer y estrenar su concierto, del que, que yo sepa, nadie ha oído hablar (yo, desde luego, no), pero que sirvió como catalizador para que Dvorak se pusiera manos a la obra.

El concierto tiene una estructura clásica de tres movimientos con el tempo clásico adecuado: Allegro-Adagio-Allegro, y una duración aproximada de 40 minutos. Y también tiene su propia historia:

Antonin Dvorak estuvo en su juventud profundamente enamorado de Josefina Cermakova, de una familia acomodada de la nobleza media, que finalmente prefirió casarse con un miembro de la aristocracia para mejorar su status. A ella le dedicó una canción, Lass’ mich allein,[4] que se convirtió en la favorita de Josefina.

En 1873, tras años de dar tumbos de trabajo en trabajo, como buen músico en la época, Dvorak consiguió el fin la plaza de organista en la Iglesia de San Adalberto de Praga, lo que le dio la estabilidad financiera y el prestigio que le permitió casarse no ya con Josefina, que había fundado su propia familia, sino con su hermana, Anna Cermakova, lo que convirtió a su gran amor platónico en su cuñada.

Cuando compuso este concierto allá en Nueva York, Dvorak, quizás porque tuviera noticias de que su salud se estaba resquebrajando, incluyó como homenaje a su querida cuñada las notas de esta canción en el segundo movimiento, formando parte del segundo tema del movimiento, justo después de un pasaje muy agitado.

Una vez regresó a Europa, a mediados de 1895, supo que Josefina había fallecido finalmente, y entonces el músico bohemio agregó en el final del tercer y último movimiento, justo antes de la coda final, las notas de la canción preferida de Josefina pero esta vez con enorme tristeza, en un lamento por la muerte de su amada.

En fin, vamos ya a deleitarnos con este sensacional concierto en una sensacional versión: la que la Orquesta de Radiotelevisión Española dirigida por Miguel Ángel Gómez Martínez, hizo del concierto en noviembre de 1983, y con nada menos que el grandísimo Mstislav Rostropovich en el cello solista. Ya comenté en el artículo de la Sonata Arpeggione de Schubert que, para mí y para muchos críticos y amantes de la música, el mejor violonchelista de la historia había sido Rostropovich, con permiso de Pau Casals y sin desmerecer a otros grandes cellistas como Jacqueline du Pré o Yo-Yo-Ma, pero es que Rostropovich era capaz de hacer cantar al cello como nadie. Si los bajos “retumban” y los agudos “rechinan”, según pensaba Dvorak, es porque no había escuchado al gran Mstislav tocando el cello… Dotado de unos dedos larguísimos, podía alcanzar notas vedadas para otros violonchelistas con manos más normalitas. Nacido en 1927 en Bakú, capital de Azerbaiyán, aunque entonces era parte de la URSS, y poseedor de las órdenes de Lenin, de la de Stalin y no sé cuántas más órdenes de mérito soviéticas, Rostropovich fue sin embargo crítico con el régimen y tuvo que emigrar a Occidente en 1974, donde también obtuvo multitud de reconocimientos y premios.

Esta vez el sonido no es enlatado, sino que podremos admirar al gran Mstislav ejecutando en directo “su” concierto, el que más le gustaba y el que más se programaba para él. Como curiosidad, contaré que el día de la presentación de Doña Letizia como futura Princesa de Asturias, la familia real española, incluyendo a Don Felipe y a la propia Doña Letizia, acudió al Teatro Real de Madrid para escuchar un concierto en el que, entre otras obras, Mstislav Rostropovich ejecutó un maravilloso “Dvorak” con la Orquesta Sinfónica de Madrid dirigida por Jesús López Cobos. En este concierto de hoy, dado en el Teatro Real de Madrid en una época en la que servía sólo de Sala de Conciertos, pues sus interiores estaban en estado casi ruinoso y no servía para representar óperas, también están como espectadoras la Reina Doña Sofía y las infantas. Y es que Doña Sofía compartió una gran amistad con el músico azerbayano (aunque por aquel entonces aún era soviético) hasta su muerte en 2007.

Una última cosa antes de escuchar el concierto: No tiene cadenzas. Como sabéis, desde los tiempos de Mozart es habitual (y lo sigue siendo), que en todo concierto para instrumento solista haya al menos una cadenza, y con mucha frecuencia dos o tres, es decir, pasajes en los que la orquesta descansa y es el solista quien interpreta un pasaje relativamente largo, de quizás un par de minutos o tres, en los que expresar su virtuosismo. Inicialmente estas cadenzas eran improvisadas o, al menos, compuestas por cada solista en base a la clave general del concierto y a sus habilidades compositivas e interpretativas (en la partitura el compositor marcaba algo así como “Aquí, cuarto y mitad de cadenza, por favor”, y el solista se las apañaba como podía), pero ya desde Beethoven el compositor escribía también las cadenzas… supongo que para evitar que algún solista chapucero destrozara su concierto. Se dice, incluso, que algunos intérpretes hacían cadenzas larguísimas, sin ninguna relación con la obra original, prácticamente una obra completa dentro de otra obra, llenas de virtuosismos técnicos que no iban a ningún lado, y que esto irritaba de tal modo a los compositores que decidieron imponer la cadenza en lugar de dejarla al arbitrio del solista de turno.

Pues el caso es que este concierto no tiene cadenzas en ninguno de sus movimientos, y eso que, tras revisar la partitura, Hanus Wihan solicitó vehementemente al autor la inclusión de dos, al final del primero y del último movimiento, para poder lucirse comme il faut. Dvorak se negó en redondo, hasta tal punto que sólo consintió en que se publicara el concierto si le prometían que nadie, ni siquiera Wihan, incluiría una cadenza en ningún punto. Posiblemente su mala opinión del cello como instrumento solista le hizo desistir de componer una cadenza para cello solo, pero no se sabe con exactitud el motivo, aunque en el caso del tercer movimiento seguramente no quería que una cadenza final arruinara su homenaje a su amada cuñada. Dvorak especificó que el tema de su canción Lass’ mich allein incrustada en este movimiento debía terminar suavemente, como un aliento que se va apagando, hasta que un crescendo da paso a la coda final de la orquesta, que termina de forma tormentosa el movimiento y el concierto.

En fin, vamos ya a ver y oír a Rostropovich ejecutando el Everest de los conciertos de cello. Advierto que el sonido tiene un cierto siseo, posiblemente debido al video VHS donde debió ser grabado originalmente. Se pueden encontrar con facilidad en youtube otros conciertos también ejecutados por Rostropovich, pero en éste la realización es simplemente excelente: Puede verse durante casi todo el tiempo cómo el maestro ejecuta la obra, digitando con absoluta perfección cada nota. Es un auténtico placer verle manejar los dedos para extraer esas notas imposibles del cello. Una maravilla.

El concierto comienza con una alocución del locutor especializado en música clásica de Radio Televisión Española: José Luis Pérez de Arteaga. Introduce el concierto y presenta al director, un jovencísimo Miguel Ángel Gómez Martínez, y, desde luego, al solista, al gran Mstislav Rostropovich en lo mejor de su arte.

El primer movimiento es un Allegro, que comienza lógicamente tras sentarse solista y orquesta (no, el director no se sienta). Primero comienza con una larga introducción orquestal de casi dos minutos, hasta la gloriosa entrada del cello entonando el tema principal del movimiento… pero ya me callo, ya. No voy a estropear con mi cháchara tan magnífica obra de arte.

En el minuto 16:00 comienza el segundo Movimiento: Adagio ma non troppo, y en el minuto 28:30 comienza el tercer y último movimiento: Finale: Allegro moderato-Andante-Allegro vivo.

El concierto termina, el público aplaude y grita “Bravo”, y Pérez de Artega nos dice que vamos a escuchar una entrevista a Rostropovich… pero no, el video se acaba ahí y no podemos escuchar al maestro.

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Todo solista del cello que se precie ha grabado este espectacular concierto, algunos de ellos varias veces. Pero yo me quedo con Rostropovich, qué queréis…Así que os recomiendo el mismo disco que yo tengo y que es para mí de lo mejorcito en que se haya grabado el “Dvorak”: el de la Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert von Karajan con, naturalmente, Mstislav Rostropovich a los mandos del cello. Para qué buscar más.

En Spotify es muy sencillo encontrar este concierto… pero no sé qué demonios me pasa con Spotify que no soy capaz de identificarme con mi usuario, así que tendréis que buscar el concierto, que encontraréis bastantes versiones donde elegir.

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Ver el video del concierto es mucho mejor que cualquier grabación con una imagen fija, pues se puede disfrutar del maestro ejecutando tan difícil partitura y permite unos primeros planos que lógicamente en la Sala no son posibles (o al menos no son tan fáciles de conseguir). Sin embargo, el sonido no tiene nada que ver con la realidad (y menos hoy, que tiene bastante siseo), y eso que TVE cuida muchísimo los conciertos que graba y ofrece por la 2 los sábados a las ocho de la mañana (horario que ya dice mucho de cuál es la audiencia de estos conciertos). Aseguro una vez más, en fin, que en directo suena mucho mejor.

Disfrutad de la vida, mientras podáis. A ser posible, escuchando música.

  1. Por cierto, Dvorak se escribe con acentos y tildes varias en sus letras, adminículos que me voy a ahorrar, y se pronuncia algo así como “Borshak”, bueno, no, “Vorshak”, marcando bien la Uve, para los pocos que aún seáis capaces de distinguir una uve de una be… []
  2. El sobrenombre de “Inglesa” no es porque esta sinfonía presente temas típicos ingleses, ni porque parezca inglesa en absoluto, ni siquiera por haber sido compuesta en Inglaterra, y eso que Dvorak viajó allí una decena de veces… no, es una sinfonía checa –o mejor, bohemia- plagada de temas checos como casi todas las de Dvorak, pero se editó en Londres porque el compositor había regañado con su editor berlinés de toda la vida. De ahí lo de “Inglesa”. Curioso. []
  3. Sí, Dvorak es uno más de los compositores que sufrieron la maldición del 9, pues su novena sinfonía fue también la definitiva, maldición inaugurada por Beethoven y que sufrieron también, entre otros, Schubert, Bruckner, Vaughan Williams y, según cómo se mire, Gustav Mahler. []
  4. Déjame en paz, en español. []

Sobre el autor:

Macluskey ( )

Macluskey es un informático de los tiempos heroicos, pero no ha dejado de trabajar en Informática y disfrutar con ella hasta la fecha. Y lo que el cuerpo aguante. Y además, le gusta la música...
 

{ 6 } Comentarios

  1. Gravatar Roger Balsach | 24/07/2014 at 02:21 | Permalink

    Que oportuno :D Justamente estoy tocando una versión de este concierto para orquestra de cambra (contrabajo, 2 cellos, viola, 2 violines 3os, 3 violines 2os y 2 violines 1os) sin solista claro.

    Me encanta este concierto y me gusta Dvorak, lastima de esa opinión que tiene de nosotros, los cellistas… Aunque la verdad razón no le falta :D

    Roger ;)

  2. Gravatar Macluskey | 25/07/2014 at 02:46 | Permalink

    Roger, cómo me gustaría saber tocar el cello… ¡o cualquier otro instrumento!

    Pero con lo torpe que soy, no daría ni una, seguro.

    ahora bien, hay algo que no entiendo: ¿vais a tocar un concierto de cello solista y orquesta… sin solista? Supongo que los dos cellos tomarán la parte del solista, pero no deja de sorprenderme.

    En fin, mucho éxito en vuestro estreno.

    Saludos

  3. Gravatar Roger Balsach | 25/07/2014 at 08:46 | Permalink

    Jaja, es algo parecido, entre todos vamos tocando varias partes que le tocarian al solista, pero es una versión escrita para orquestras de niños pequeños, y que nosotros usamos porque tenemos más de 15 obras “cortitas” y solo nos han dejado ensayar dos dias antes del concierto, creo que ni Rostropovich sería capaz de prepararse este concierto en dos dias XD

    Roger ;)

  4. Gravatar ElHombrePancho | 06/08/2014 at 06:37 | Permalink

    Justamente acabo de encontrar una versión bastante interesante de la sinfonía nº9 de Dvorak, la dejo aquí para vuestro disfrute:

    https://www.youtube.com/watch?v=g10DqPbbUuw

  5. Gravatar Macluskey | 07/08/2014 at 07:00 | Permalink

    Sí, sí que es “interesante…” ;)

    Qué pena que sólo dure dos minutos!! La sinfonía completa dura unos cincuenta.

    Saludos

  6. Gravatar franco | 26/03/2015 at 01:32 | Permalink

    Macluskey : impecable como siempre , solo felicitarte , voy a presentar reclamos formales si dejas de escribir …..aaaah lo olvidaba , debiste haber tenido en la puna de la lengua el concierto de Laló , imperdonable.

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