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Historia de un ignorante, ma non troppo… Sinfonía número 3, de Brahms




Muchos compositores han venido ya a saludarnos desde las páginas de esta estulta serie musical. Han aparecido autores de más o menos todas las épocas y todas las nacionalidades, algunos de ellos poco conocidos, y otros de gran importancia. En general, creo que he dedicado un artículo, o varios, a todos los grandísimos compositores que han sido, al Olimpo de la Música (o al menos al “Olimpo Macluskeyano”, no sé si m’explico).

Mmmm… ¿A todos? Caramba, pues no, a todos no. Resulta que falta uno de los más grandes: Johannes Brahms. Cierto que hace ya tiempo dediqué un artículo a la orquestación que Arnold Schönberg hizo de su Cuarteto de Piano número 1, en el que todo el material original era, desde luego, del gran Johannes, pero la brillantísima orquestación de Schönberg quizá escondiera un poco el genio de Brahms. Así que aprovecharé este artículo de hoy para reparar esta injustificable ausencia en la serie, destripando con mi lenguaraz estilo una obra magna del compositor hamburgués.

Claro que… ¿qué obra magna en concreto? Porque, queridos lectores, ésa es una difícil decisión. Hablando sólo de composiciones para orquesta, cualquiera de sus cuatro sinfonías, de sus dos conciertos para piano o su concierto para violín, o su Réquiem alemán, por ejemplo, merecerían sin dudarlo la catalogación de “obra maestra”. Por no hablar de sus archiconocidas “Danzas Húngaras”, compuestas originalmente para piano a cuatro manos,[1] pero que una vez orquestadas son posiblemente de lo más popular del músico alemán, sobre todo la famosísima Danza Húngara número 5. Y de música de cámara, no digamos: Brahms está considerado como uno de los tres o cuatro más insignes compositores de música de cámara que en el mundo han sido. En una palabra: tenía para elegir entre doce o quince obras maestras brahmsianas… ¿cuál, entonces?

Bueno, pues entonces, a la hora de elegir, me decanto por su espectacular Sinfonía número 3 en fa mayor, Op. 90. Y el motivo es en este caso puramente biográfico: el disco con la grabación de la Tercera de Brahms de la Filarmónica de Viena dirigida por Karl Böhm fue uno de los primeros que adquirí para mi entonces mínima colección musical. Quizá fuera el cuarto o quinto disco que compré con mis menguados ahorros de adolescente, debido probablemente a que tuviera un importante descuento sobre su precio habitual, pues normalmente no podía comprar discos no rebajados, y menos aún si eran de la Deutsche Grammophon, como era el caso: no tenía dinero suficiente. Esta sinfonía me atrapó desde la primera vez que la escuché, lo reconozco. Muchos años más tarde, ahora que conozco bien todo el resto de obra sinfónica del maestro hamburgués, sé que cualquiera de sus otras obras es tan genial como ésta y que todas merecen un artículo, pero permitidme que aquí evoque nostálgicamente mi lejana adolescencia de descubrimientos musicales y que elija la Tercera, que me sigue teniendo atrapado, todo hay que decirlo. Seguro que os gusta (la sinfonía, digo, mis letras mal juntadas… ya lo veremos).

Johannes Brahms

Johannes Brahms nació en Hamburgo en 1833, en el seno de una familia humilde. Su padre, Johann Jakob, era músico, en concreto contrabajista, y fue él quien dio las primeras lecciones al pequeño Johannes. A partir de los siete años comenzó a dar clases de piano, y pronto destacó como un pianista aventajado. Pronto comenzó a dar recitales en público (el primero, con diez años), y siendo adolescente ganaba sus buenos dineros tocando el piano donde se terciara (cafés, teatros, incluso burdeles) o impartiendo clases, lo que mejoró notablemente la situación económica de la familia Brahms.

En 1853, con 20 años de edad, durante una gira en la que era el acompañante de un famoso violinista húngaro, Eduard Reményi, conoció a dos de los músicos más influyentes del momento: uno, el gran violinista Joseph Joaquim, seguramente el músico que más influencia tuvo en la interpretación moderna del violín, y de paso en la composición de obras para violín; y el otro, Robert Schumann, gran músico[2] y editor de una reputada revista musical, la “Nueva Gaceta Musical” (Neue Zeitschrift für Musik). De ambos fue Johannes gran amigo durante toda su vida, en el caso de Schumann, hasta su muerte pocos años más tarde. Fue precisamente Robert Schumann quien dio a conocer al joven Brahms en las páginas de su revista, al dedicarle un entusiasta artículo; tanto apreció su música que llegó a decir de Johannes que era “El Elegido”. A raíz de aquel artículo, muchos quisieron conocer al joven Brahms, escucharle tocar, oír su música… aquello le agobió mucho más de lo que le ayudó y le hizo ser aún más autocrítico de lo que ya era… y lo era un rato.

Robert murió en 1856, y desde entonces Brahms mantuvo una intensa relación con su viuda, la pianista Clara Schumann. Entiéndase, Johannes y Clara fueron grandes amigos, confidentes y colegas… pero, que se sepa, nunca tuvieron un affaire, un lío, una aventura. Por lo que se ve, su amor fue siempre un puro y casto amor platónico… o quizás no. La verdad sobre cuál fue en realidad la naturaleza de la relación entre Brahms, que nunca contrajo matrimonio, y Clara, catorce años mayor que Johannes y madre de seis hijos, representa uno de los mayores misterios galantes de la historia de la música, quizá junto con la famosa carta a la “Amada Inmortal” de Beethoven. Ambos destruyeron buena parte de la correspondencia que se enviaron durante sus largos años de relación, y nunca comentaron nada “anormal” a sus amigos. El caso es que Brahms presentaba cada obra suya a Clara antes de estrenarla, la comentaban, la criticaban y normalmente aceptaba las sugerencias de la pianista sobre sus composiciones.

Tras ocho o diez años de ganarse la vida como músico ambulante, y de que su música no fuera reconocida como él deseaba en su Alemania natal, se autoexilió a Viena, seguramente la capital musical de la época, donde se dedicó en exclusiva a la composición, ganando en poco tiempo un renombre como gran compositor, lo que le permitió vivir desahogadamente el resto de sus días.

El estilo de Brahms siempre fue muy clásico dentro del Romanticismo. Efectivamente, como buen romántico que era, rendía culto a Beethoven, que siempre ejerció una importante influencia en su música… pero no sólo a Beethoven, sino al resto de grandes románticos (Schubert, Mendelssohn, el propio Schumann) y a los grandes clasicistas (Haydn, Mozart, etc). De hecho, muchos aficionados y críticos le catalogaron rápidamente como “el nuevo Beethoven”, lo que sin duda debió gustar al buen Johannes, pero también le amilanó. Perfeccionista y puntilloso como era, le daba pavor componer una gran obra sinfónica que pudiera ser comparada con las del gran Ludwig van, pues estaba convencido de no estar a la altura, así que se dedicaba a componer música de cámara, sonatas, canciones, piezas para cuatro manos (como las ya mentadas Danzas Húngaras), etc.

Esto cambió cuando compuso su “Réquiem Alemán”, obra que compuso, a pesar de ser agnóstico, tras la muerte de su madre.[3] El Réquiem Alemán es una obra orquestal y coral que tuvo un enorme éxito, lo que le hizo reconsiderar su miedo escénico ante la tantas veces postergada composición de una sinfonía, tanto le intimidaba la alargada sombra de Beethoven. Por fin, en 1876, a la provecta y completamente inusual edad de 43 años, Brahms estrenó por fin su Primera Sinfonía, que fue inmediatamente apodada “La Décima de Beethoven”, que tuvo también un éxito inmenso, y que le animó a componer otras sinfonías un poco menos “beethovenianas”. Un año después, en 1877, estrenó su Segunda Sinfonía, maravillosa igualmente, pero la Tercera de hoy tuvo que esperar seis años.

Fue compuesta en 1883, durante un idílico verano en Wiesbaden. No es que estuviera ocioso el músico hamburgués durante esos años: compuso en ese periodo sus dos mejores conciertos: el número 2 de piano y el de violín, la Obertura Trágica y la Obertura para un Festival Académico, entre otras obras. Pero la paz de su retiro en Wiesbaden, así como la compañía de sus buenos amigos y en especial de la joven y bella contralto Hermine Spies, a la sazón de 26 años de edad, con la que a sus 50 años mantenía una relación sentimental de índole muy diferente de la que mantenía con su amiga del alma Clara Schumann, le impulsaron a componer esta obra personalísima, maravillosa, que oiremos en un ratito. Su Cuarta y última sinfonía, otro prodigio, fue compuesta al año siguiente, en 1884, y ya no compuso más sinfonías hasta su fallecimiento en 1897. Le faltaba un mes para cumplir los 64 años de edad cuando falleció.

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Johannes Brahms al final de su vida

Brahms siempre se mantuvo fiel al clasicismo: aunque su música está en realidad repleta de innovaciones, siempre se mantuvo dentro del esquema clásico. Este apego al clasicismo le situó de forma natural al frente de la facción conservadora en la llamada “Guerra de los Románticos”, que sacudió los cimientos musicales de la sociedad alemana en la segunda mitad del Siglo XIX.

Ya he hablado algo acerca de esta peculiar Guerra Romántica,[4] que, a imagen y semejanza de la “Querella de los Bufones” parisina de un Siglo antes,[5] se libró fundamentalmente con panfletos, libelos y declaraciones periodísticas más o menos subidas de tono: no se conocen casos de apuñalamientos o disparos al pecho provocados por las ígneas discusiones que tuvieron lugar, todo lo más gritos, silbidos y pateos en los estrenos de las obras de los autores de “la competencia”, pero sin duda tuvieron una gran influencia en el devenir posterior de la música alemana y la del resto del planeta.

Dos contendientes había en esta guerra. Por una parte, los “renovadores”, liderados por Franz Liszt, pero cuya punta de lanza era el excesivo en todos los aspectos Richard Wagner, que, agrupados en la “Nueva Escuela Alemana” (Neudeutsche Schule), abogaban por una furiosa renovación de las bases de la música alemana (y la de todo el mundo, claro), a base de usar instrumentos bizarros, permitir disonancias nunca vistas y alteraciones cromáticas contrarias a los fundamentos clásicos de la música,[6] así como abogaban porque la música debía ser programática: debería contar una historia, no tendría sentido componer música que expresara solamente algo tan inaprensible como sentimientos sin atenerse a un guión establecido.

Y por la otra parte, los “conservadores”, los clasicistas que abrazaban las formas compositivas de siempre, que adoraban (casi, casi de forma literal) a Beethoven, Schubert y Mendelssohn, los románticos “de toda la vida” que componían “música absoluta”, en la que primaba la expresión de los sentimientos abstractos, el mensaje directo al corazón, sin programa ni guión, de los que nuestro Johannes Brahms era el máximo adalid. Ríos de tinta corrieron, donde los defensores de cada parte defendían sus puntos de vista… aunque en realidad lo que hacían fundamentalmente era atacar a la parte contraria, mismamente como si fueran parlamentarios en el Congreso de los Diputados.

La “Guerra” duró algunos años, pero la verdad es que vista con cierta perspectiva, o sea, desde nuestra atalaya del Siglo XXI, ni los “conservadores” eran tan conservadores (el propio Brahms fue un innovador de tal calibre que el refundador de la música del Siglo XX, aunque para algunos como yo sea más bien el destructor, Arnold Schönberg, siempre le tuvo como uno de sus referentes y le profesaba un indisimulado culto), ni los “renovadores” eran tan renovadores: unos pocos años más tarde el dodecafonismo y demás corrientes “avanzadas” sí que renovaron el ambiente musical, por decirlo de alguna manera. Además, los grandes compositores de principios del Siglo XX, como Richard Strauss o, sobre todo, Gustav Mahler, hacen una fusión de ambas corrientes para crear la que posiblemente sea la música más rica desde el punto de vista temático y compositivo de todo el Romanticismo.[7]

Hans von Bülow, uno de los directores y críticos musicales más influyentes del momento, creó la expresión “La Santa Trinidad” o “Las tres B’s” para referirse a los que para él eran los tres principales compositores de la historia de la música: Bach, Beethoven y… Brahms. Su recién adquirido desprecio por la música “renovadora”, en especial por la de Wagner, después de haber sido un admirador incondicional suyo, quizás fue debido a que su esposa, Cósima Liszt, la hija de Franz Liszt, se separó de él para casarse con Richard Wagner, al que ella, más que amar, reverenciaba…

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En fin, Brahms supone un hito importantísimo en la historia de la música, y su Tercera Sinfonía marca, a su vez, un hito compositivo en su producción; Hans Richter, el director que la estrenó en Viena en el mismo año 1883 en que fue compuesta, la denominó la “Heroica” de Brahms, en referencia a la Tercera de Beethoven, la “Heroica” de verdad, que marcó un antes y un después en la música beethoveniana. La sinfonía tuvo un éxito notable en su estreno, pues en muy pocos meses se representó en todos los escenarios más importantes del mundo de la época, incluidos los americanos. Tanto es así que el ya citado director Hans von Bülow programó un concierto en febrero de 1884 cuya primera parte era esta Tercera de Brahms, y la segunda parte… ¡la Tercera de Brahms! Eso sí que es friki, amigos.

Lo mismo que la Heroica original comienza con dos aldabonazos, dos tutti de la orquesta que simulan dos golpes encima de la mesa, como diciendo: “Basta ya: se terminó el clasicismo, sea bienvenido el Romanticismo” (o algo así), esta Tercera de Brahms comienza también con tres notas ascendentes ejecutadas por toda la orquesta, con especial relevancia de los metales… Permitidme que explique brevemente lo que significan estos tres acordes.

Son, efectivamente, tres acordes de las notas Fa, La bemol y Fa, pero de la octava siguiente, o sea, más aguda. Y ese lema característico de la obra, esas tres notas, tal cual o alteradas, intercambiadas o con diversas variaciones, están presentes durante todo el primer movimiento y aparecen también en el movimiento final. En la nomenclatura alemana de las notas musicales, estas tres notas serían F-A-F, y Brahms las utilizó casi como un grito de guerra: ¡Frei aber Froh!,[8] es decir: “¡Libre, pero Feliz!”. Ese año Brahms había alcanzado su máxima madurez como compositor, no tenía problemas económicos, su vida sentimental iba sobre ruedas, tenía amigos con los que se sentía feliz y que le apoyaban, incluyendo, cómo no, a su íntima Clara Schumann… y le traían al pairo los ataques de los wagnerianos irredentos, muy activos a pesar de que el propio Wagner había fallecido ese mismo año. Tan activos estaban que un grupo de ellos acudió al estreno de esta Sinfonía y pateó y silbó al final, provocando un incidente con los enfervorizados seguidores clasicistas de Brahms que a poco acaba de mala manera…

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A pesar de ser la sinfonía más corta de las cuatro que compuso Brahms, unos cuarenta minutos en total, no se trata esta Tercera de una sinfonía sencilla de ejecutar. De hecho, se programa relativamente poco porque, según he leído, a pesar de no ser en sí misma una partitura endiabladamente difícil como otras, es una pesadilla para orquesta y director coordinar los diferentes grupos orquestales para conseguir reflejar el intimismo tan personal que rebosa por cada poro de la obra… pero cuando lo consiguen (y las buenas orquestas y los buenos directores obviamente lo consiguen), es una delicia escucharla.

Vamos, pues, a ello, siguiendo una excelente versión: la de la Filarmónica de Viena dirigida por Leonard Bernstein, en un video en el que está toda la sinfonía completa y en el que se puede observar cómo el maestro dirige y los profesores ejecutan la partitura de Brahms: nada de fotos fijas esta vez. Está grabado este concierto en la MusikvereinSaal vienesa, que a muchos os sonará porque es donde se ejecuta cada primero de enero el tradicional concierto de Año Nuevo… un marco extraordinario. Quizá haya algún problema de sincronización entre audio y video en algún momento, pero el sonido, lo que más importa, es extraordinario: la Filarmónica de Viena siempre suena bien, y dirigida por un monstruo como lo era el gran Leonard Bernstein, fallecido en 1990, aún mejor.

El primer movimiento es un Allegro con brio, que comienza con el lema, las tres notas antes citadas del grito compulsivo de Brahms, ¡Frei aber Froh! Los metales y la cuerda son los encargados de llevar este primer tema, majestuoso, muy “heroico”, pero en seguida la madera: clarinetes, flauta, fagotes y oboes, mezclados con enorme maestría, se hacen con el segundo tema, lírico, casi pastoril, creando un sonido realmente único, en el que no se sabe muy bien qué instrumento es el que toca qué, de bien empastados que están, o al menos a mí me lo parece. Mérito de la partitura, pero sobre todo de director y orquesta.

El movimiento sigue su curso… mejor que lo oigáis y lo disfrutéis como se merece, hasta que en el minuto 16:40 termina el movimiento de forma tranquila, y, tras limpiarse el sudor, Bernstein ataca unos segundos después el Segundo Movimiento: Andante.

Este segundo movimiento es de carácter muy diferente del primero: una sencilla melodía, pero alegre y gozosa, sin apenas tensión dramática, nos infunde tranquilidad de espíritu. El tema va saltando de hito en hito y de instrumento en instrumento: madera, violas, cellos, etc, hasta que de pronto clarinetes y fagotes arrancan un tema nervioso que presagia… nada, porque de pronto el tema inicial irrumpe de nuevo y vuelve la tranquilidad.

En el minuto 26:50 finaliza, también de forma tranquila, este tranquilo movimiento, y tras la pausa de rigor la orquesta ataca el movimiento más famoso de la sinfonía y posiblemente el más famoso de toda la producción de Brahms (quizá a excepción de la Danza Húngara número 5), el Tercer Movimiento: Poco allegretto.

Lo primero que sorprende, siendo como es ésta una sinfonía clásica con la estructura clásica de cuatro movimientos, es que este tercer movimiento no sea un scherzo de tempo rápido, sino que sea un movimiento contenido, de tempo moderado, un “poco allegretto” como es. En una palabra, no es un “chiste” musical,[9] ni una broma ni un divertimento, sino un movimiento bastante serio, con su famosísimo tema principal, tan pegadizo que podría ser el de un lied, una canción. Si os dais cuenta, se trata de un tema sencillísimo, de tan sólo tres notas que son contestadas con otras tres más,[10] estructura que se repite una y otra vez, pero cambiando, metamorfoseándose continuamente, dando una sensación de fluir suavemente, de movimiento continuo… y todo con apenas seis notas. Brahms demuestra aquí como pocas veces su genialidad. El tema es confiado inicialmente a los cellos punteados por el resto de la cuerda, y luego va saltando de grupo en grupo orquestal, con especial relevancia de los clarinetes cuando les toca su turno. Son siete minutos de perfección musical, en los que la música tiene momentos plenos de gracia mezclados con otros de intensa concentración introspectiva… una delicia para los sentidos.

Por fin termina el movimiento en un acorde que va desapareciendo lentamente en el minuto 34:15, dando entrada inmediatamente al Cuarto Movimiento: Allegro. Se trata de un movimiento que comienza aparentemente con la misma tranquilidad, hasta que un poderoso “berrido” de los trombones rompe la placidez inicial y da entrada a un tema agitado, apasionado, incluso, por qué no, heroico, como diría Hans Richter… Se puede escuchar de nuevo en varios momentos de este movimiento final el lema distintivo del primer movimiento, el conjunto F-A-F (Fa-La bemol-Fa; el del “Frei aber Froh”) ejecutado por las trompas, los clarinetes, la cuerda…

Y sin embargo, al igual que ocurrió en los tres movimientos anteriores, tras unos nueve minutos de temas que se suceden, el movimiento no termina “en punta”, con el típico crescendo y el tutti en fortísimo de la orquesta en pleno, el típico “Chaaaan-CHAAAAAAAANNNNNN” que puede encontrarse en prácticamente todas las obras sinfónicas románticas, sino que termina suavemente, con el tema final que se desvanece lentamente hasta su desaparición. Para que luego dijeran que Brahms no innovaba.

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Hay muchísimas versiones grabadas de esta Tercera de Brahms, desde luego que más de un centenar. Todos los grandes directores y todas las grandes orquestas la han grabado, muchas veces en el marco de la integral sinfónica de Brahms (total, son sólo cuatro sinfonías). Karajan, Bernstein, Böhm, Mutti, Abbado, Rattle… Hay muchas versiones excelentes donde elegir. Por citar al proverbial botón de la muestra, aquí podéis encontrar a Leonard Bernstein dirigiendo a la Filarmónica de Viena, los mismos protagonistas del video que hemos visto, o si queréis más, aquí tenéis muy bien de precio una cajita con las cuatro sinfonías completas de Brahms por la Filarmónica de Berlín dirigida por Simon Rattle.

Y en Spotify es muy sencillo encontrar esta sinfonía… pero ya comenté que algo me ocurre con Spotify últimamente, pues no soy capaz de identificarme correctamente, así que tendréis que buscar la sinfonía por vuestra cuenta.

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No sé si os habéis dado cuenta de cómo los profesores van leyendo la partitura mientras esperan que el director les dé la entrada de cada parte, y cómo suben o bajan la intensidad de su interpretación al dictado de las manos de Bernstein. Pero en un video es imposible fijarse en todos los detalles. En directo sí es posible hacerlo, o al menos fijarse en lo que a cada cual le parece más interesante en cada momento. No tiene punto de comparación escuchar una obra musical de cualquier tipo en directo que enlatada. Porque, además, en directo suena mucho mejor. De veras.

Disfrutad de la vida, mientras podáis. A ser posible, escuchando música.

  1. Había que comer, no lo olvidemos, y las partituras para cuatro manos se vendían muy bien para que los profesores tocaran la pieza junto con el alumno o la alumna, o para que dos hermanos distrajeran una velada familiar, etc. []
  2. Otro que tampoco ha aparecido todavía en esta serie. []
  3. Se trata de un Réquiem en el que el texto latino tradicional de la Missa pro difuntis fue sustituido por textos de la Biblia luterana seleccionados pro el propio Brahms. []
  4. Por ejemplo, en el artículo dedicado a Los Preludios, de Liszt. []
  5. También hablé de la Querella de los Bufones en los artículos sobre las Indias Galantes, de Rameau y del Stabat Mater, de Pergolesi. []
  6. Sí, vale, lo reconozco, esto lo he copiado de algún sitio: malamente entiendo yo algo de todo esto, ya lo sabéis. []
  7. Gustav Mahler siempre decía que los dos grandes compositores de todos los tiempos, a los que admiraba, eran Beethoven y Wagner. Agua y aceite. []
  8. Pronunciar: “FRAI ABER FRO”. En alemán, el diptongo “EI” se pronuncia siempre “AI”; por eso mismo, por ejemplo Einstein se pronuncia en realidad “AINSTAIN”. Con acento teutónico, eso sí. []
  9. “Scherzo” significa “chiste” en italiano. []
  10. O sea: “Taa-ra-ráaaa Taa-ra-rá”, no sé si me explico. ;) []

Sobre el autor:

Macluskey ( )

Macluskey es un informático de los tiempos heroicos, pero no ha dejado de trabajar en Informática y disfrutar con ella hasta la fecha. Y lo que el cuerpo aguante. Y además, le gusta la música...
 

{ 2 } Comentarios

  1. Gravatar Oscar | 06/06/2014 at 04:28 | Permalink

    Sr. Macluskey :

    Hoy me he encontrado gratamente con sus artículos de su serie “historias de un viejo informático”, los que he comenzado a leer. Me han emocionado mucho ya que he recorrido un camino muy similar en Argentina, habiéndome iniciado en la informática en los años 60 con los equipos IBM de registro unitario (026,077,407 etc) , siguiendo con 360, asembler, RPG, COBOL, Century 100, Neat/3, etc. De allí en mas un largo camino en la profesión, principalmente y, análogamente a lo que Ud. menciona, en entidades financieras.

    He recorrido los títulos de sus publicaciones y son conocimientos y recuerdos comunes que disfrutaré con su lectura.

    Mis felicitaciones por haberlo plasmado. Saludos cordiales.

  2. Gravatar Ignacio Arbalejo | 24/07/2014 at 05:55 | Permalink

    Recupero tu contacto de un comentario a mi blog para alabar esta entrada. La Tercera de Brahms fue también para mí uno de mis primeros discos, comprado en la Metralleta. La versión que tengo es del asequible sello Naxos pero tengo que decir que no lo redescubrí hasta que escuché a Brahms en directo como dios manda. Desde entonces, soy devoto. Tengo hasta las partituras de las cuatro sinfonías para seguirlas mientras las escucho. Y, sí, Brahms está justamente en esa Santísima Trinidad de las ‘Bes’. Por cierto, creo que tiene, no sé si en la Tercera o en la Cuarta, un momentos de tres compases en los que, yo creo, homenajea a Beethoven. Si lo encuentro, te lo digo.

    Un saludo

    Nacho Arbalejo

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