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El Universo Subprime – El fin… ¿justifica los medios? (I)




Cuando se trata, pues, de juzgar el interior de los hombres, y principalmente el de los príncipes, como no se puede recurrir a los tribunales, es preciso atenerse a los resultados; y así lo que importa es allanar todas las dificultades para mantener su autoridad, y los medios, sean los que fueren, parecerán siempre honrosos y no faltará quien los alabe.

El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo

Nicolás Maquiavelo

Nicolás Maquiavelo. Fuente: Wikipedia.

7 de noviembre de 1512, Lorenzo de Médici, recién restituido en el gobierno de Florencia, dicta el decreto que pone fin a la carrera diplomática de Nicolás Maquiavelo. Tras perder su cargo es acusado de conspiración y encarcelado hasta que, por mediación del pontífice León X, es liberado a condición de permanecer confinado en una pequeña propiedad de San Casciano. Aislado y denostado, Maquiavelo se entrega a una febril actividad literaria que culminaría con el alumbramiento, entre otras muchas, de sus dos obras cumbre: Discursos sobre la primera década de Tito Livio y El Príncipe, dos trabajos de difícil conciliación.

Lejos de la percepción que ha trascendido hasta nuestros días, los Discursos nos descubren la cara más amable de un Maquiavelo simpatizante de la república, a la que califica de mejor forma de gobierno siempre y cuando esté bien organizada. Sin embargo, es su obra más conocida, El Príncipe (precisamente dedicada a Lorenzo de Médici con la esperanza, no satisfecha, de recuperar su antiguo cargo), la que ha forjado la imagen actual del pensamiento político de Maquiavelo, rayano en lo perverso e incluso diabólico. En ella, haciendo gala de un pragmatismo carente de moralidad, Maquiavelo pasa revista a las estratagemas de las que un príncipe debe servirse para cumplir con un fin primordial: preservar su dominio a toda costa, sean cuales fueran los medios de los que haya de valerse.

Muchos críticos, entre ellos Rousseau, trataron de soslayar el aparente antagonismo entre ambas obras señalando que El Príncipe, en realidad, es una descripción irónica de la forma en la que se conducen los tiranos, sin que ello signifique que Maquiavelo la bendiga. Otros aducen que sólo es posible entender la obra a la luz de su tiempo, y hacen notar que se trata de una exhortación a los Médici para proceder sin demasiados miramientos a la unificación de Italia.

En cualquier caso, y haciendo uso del sentido que el término tiene en nuestros días, puede considerarse que los bancos centrales, al priorizar la consecución de sus objetivos sobre los medios para lograrlos, han actuado maquiavélicamente durante décadas. Hablaremos sobre ello en este artículo, pero antes de abordar tan peliagudo asunto retomaremos el hilo de la entrada anterior para continuar discutiendo la transparencia de los bancos centrales. Ya lo hicimos para el BCE (Banco Central Europeo), hoy le toca a la Fed (Reserva Federal).

Al igual que su homólogo europeo, la Fed tiene la obligación legal de actuar de modo transparente en el manejo de la economía, pero ¿qué entienden los norteamericanos por transparencia? A juzgar por el tipo de información que la autoridad monetaria estadounidense suministra, algo similar a lo que se piensa en Europa. Ocho veces al año, la Fed elabora el Beige Book[1], un informe que describe la situación económica actualizada al momento de su publicación; además, con carácter anual edita un informe que recoge detalles sobre su contabilidad y transacciones, así como las conclusiones del auditor externo[2]. Porque, en efecto, las cuentas de la Fed son auditadas por un auditor independiente contratado por la OIG (Oficina del Inspector General) de la Fed[3], un servicio que se encarga de supervisar la actividad del banco central y mejorar su eficacia mediante la puesta en práctica de controles internos. Además, semestralmente la OIG eleva al Congreso de los EE.UU. un informe sobre las operaciones que ha llevado a cabo y los resultados de las mismas[4]. Finalmente, las operaciones de la Fed son controladas por la GAO (Government Accountability Office), conocida también como el perro guardián o el arma de investigación del Congreso, una especie de tribunal de cuentas sometido al poder legislativo que verifica la eficacia de la Fed[5].

Ben Bernanke.

Ben Bernanke, Presidente de la Fed. Fuente: Wikipedia.

Y ni que decir tiene que tras cada reunión del Consejo de Gobernadores, Ben Bernanke comparece en rueda de prensa para describir la coyuntura económica, explicar las medidas de carácter monetario que se están adoptando y, de paso, al igual que Trichet en Europa, dejar caer alguna indirecta sobre lo que cabe esperar de la Fed en el corto plazo. Puesto que ya hablamos largo y tendido en el artículo anterior sobre el modo un tanto confuso con que los banqueros centrales se expresan, no nos detendremos en las declaraciones de Bernanke. Baste decir que sus palabras son tan vagas como las de Trichet[6], y por motivos idénticos, esto es, para contemporizar con las expectativas racionales.

Pues bien, precisamente por el temor a las expectativas racionales la política de comunicación es algo que los bancos centrales se toman muy en serio. Es obvio que solamente ellos conocen sus propias intenciones respecto a lo que hay que hacer con los tipos de interés, así que, ¿es mejor ocultar las medidas que piensan adoptar o comunicarlas? Y si se comunican, ¿cómo hacerlo sin comprometer demasiado su eficacia? ¿Conviene informar con toda transparencia o es más prudente proporcionar pistas que den a entender el camino que se va a seguir? Pero si tan sólo se dan pistas, ¿cómo asegurar que no se malinterpreten?

Como ya vimos en la entrega anterior, los principales bancos centrales han resuelto el primer dilema en favor de la comunicación. Lo contario, es decir, la negativa a suministrar cualquier tipo de información, es una actitud que quizás tuviera sentido hace cuarenta años, cuando la teoría de las expectativas racionales estaba recién salida del horno y el miedo a malograr una medida monetaria por anunciarla anticipadamente se imponía a la transparencia. Sin embargo, una vez vencidas las reticencias iniciales, imperó la doctrina de que es preferible sacrificar algo de eficacia en pos de mantener la confianza de empresas y consumidores en las instituciones monetarias. No olvidemos que el principal objetivo de los bancos centrales es promover la estabilidad económica, y tal meta sólo es alcanzable si actúan con la debida transparencia. Así lo han entendido la mayoría de ellos, que, lejos de perpetuar la dudosa maniobra de pillar por sorpresa al mercado, han estandarizado el hábito de proporcionar señales cualitativas directas[7] (esto es, expresiones del tipo “la política está en el lado acomodaticio” o “los tipos están aún por debajo de su nivel neutral”) sobre sus intenciones de mantener, subir o bajar los tipos de interés.

Y ciertamente no puede decirse que haya sido para mal. Muy al contrario, gracias a la puesta en práctica de esta clase de políticas informativas, los bancos centrales han aprendido una lección fundamental y, hasta cierto punto, sorprendente: la política monetaria es más efectiva si es predecible. Ahora bien, ¿acaso no esgrimíamos este mismo argumento para justificar la despolitización de los bancos centrales? En efecto, la originalidad del argumento no deriva de su novedad, sino de su aplicación a un nuevo contexto. En esta ocasión la política monetaria no aumenta su eficacia y predicción como consecuencia de desterrar el capricho y la ausencia de método con que los gobiernos la dirigían, sino a causa de la información que los bancos centrales adelantan sobre sus intenciones a corto plazo. Es decir, debido a un incremento de la transparencia, no a una contención de la discrecionalidad[8].

Y aquí precisamente radica la sorpresa: el temor a las expectativas racionales carecía de fundamento, o al menos (siendo más prudentes) su influencia no era tan determinante como se presumía. De hecho, pesados en una balanza, los beneficios de la transparencia compensaban, y aun superaban, a los perjuicios de las expectativas racionales. ¿Cómo era esto posible? ¿No habíamos quedado en que del anuncio anticipado de una medida monetaria sólo cabía esperar una merma en su eficacia? Pues…, definitivamente no. Y la explicación es simple: los árboles no dejaban ver el bosque. Durante mucho tiempo los economistas centraron tercamente su atención en estudiar los efectos negativos que la transparencia supuestamente ejercería sobre la eficacia de las medidas monetarias. Pero a ninguno se le ocurrió que pudiera tener aspectos beneficiosos. Era algo así como proscribir las radiografías para protegerse de los efectos adversos de los Rayos X sobre la salud, renunciando a ver el esqueleto como si tal cosa fuese irrelevante para la medicina o no condujera a nada positivo.

Por fortuna, desde que la teoría de las expectativas racionales fuera propuesta en 1961 por el economista británico John F. Muth, su evolución, y en especial la de la interpretación que de ella se hacía, han sido constantes. Desde el miedo cerval en sus inicios a revelar la más mínima información al público, hasta la situación actual de proporcionar pistas vagas aunque fácilmente interpretables por los economistas, se han ido sucediendo diferentes balances de ponderación secreto-transparencia, algunos de los cuales incluían técnicas de engaño maquiavélicamente refinadas y, en mi opinión, vergonzantes. Para comprender mejor dónde estamos ahora y por qué, conviene echar una ojeada al camino que se ha seguido hasta llegar aquí. Recorrámoslo brevemente.

Desde su entrada en escena, los bancos centrales han sido firmes partidarios de la conocida tesis que Maquiavelo defendiera en su obra El Príncipe[9], sintetizada en la famosa máxima “el fin justifica los medios“. Así pues, entendiendo que el secreto era el mejor medio de contrarrestar las expectativas racionales, no dudaron en usarlo para alcanzar sus objetivos. Básicamente, sostenían que no informar sobre la ejecución de una política monetaria era legítimo si con ello conseguían crear mayor bienestar en la sociedad, como por ejemplo reducir el desempleo[10]. La cuestión era que, dejando a un lado el asunto de la legitimidad de semejante planteamiento, las expectativas racionales no funcionaban como habían supuesto. Veámoslo considerando la relación inversa entre inflación y desempleo dada por Curva de Phillips: en el corto plazo, a mayor inflación menor desempleo, y viceversa[11].

Oferta monetaria en la zona euro.

Incremento de la oferta monetaria (M1: moneda en circulación, cheques de viaje y dinero en cuentas corrientes) en la zona euro. Llama la atención el fuerte incremento desde la década de los 90. Fuente: BCE.

En efecto, uno de los beneficios de aumentar el dinero en circulación (o como a menudo se escribe en los medios, inyectar liquidez en el mercado o, más técnicamente, incrementar la masa monetaria) es que incentiva el consumo. Es lógico, si los créditos son más baratos y los bolsillos están repletos, lo normal es que se gaste más. Para adaptarse al nuevo nivel de demanda, las empresas necesitan producir más bienes, lo que implica la contratación de más trabajadores y, por tanto, la reducción de la tasa de paro. Así pues, a corto plazo, las inyecciones de liquidez estimulan tanto el crecimiento económico (producción de bienes y servicios) como el empleo. Lástima que traigan consigo una indeseable compañera de viaje, la inflación, algo no muy del gusto de empresas ni consumidores. Las primeras, porque parte de sus beneficios son devorados por la inflación, y los segundos, porque cada vez pueden comprar menos bienes con el mismo dinero. En cualquier caso los bancos centrales mantienen una tasa de inflación que consideran beneficiosa para la economía por cuanto ayuda protegerla de posibles procesos deflacionistas. Además, en períodos de recesión, la inflación, siempre que sea moderada, puede ser bienvenida e incluso incentivada por las autoridades monetarias.

El inconveniente es que a las empresas no les gusta nada que parte de sus beneficios sean fagocitados por la inflación, de manera que si conocen de antemano que el banco central tiene en mente un determinado objetivo de inflación, acabarán subiendo los precios de sus productos en el mismo porcentaje para minimizar la pérdida de ingresos. Ni que decir tiene que este descortés comportamiento no agradaba a los banqueros centrales, que veían cómo sus bienintencionados estímulos económicos se convertían en aguas de borrajas. Así que… ¿cómo zanjaban la cuestión? Sencillo: no avisaban y punto.

Sin embargo, para su sorpresa, ¡los empresarios adivinaban sus intenciones y subían los precios igualmente! ¿Cómo era esto posible? Para contestar a esta pregunta me tomaré la libertad de recurrir una vez más al Ciclo de Trántor de Isaac Asimov, esta vez para poner de manifiesto una importante diferencia en vez de una sutil semejanza. Al contrario que la Segunda Fundación, única depositaria de la ciencia de la psicohistoria, sus homólogos en el mundo real, los bancos centrales, no atesoran en exclusiva el conocimiento de la macroeconomía, ni por tanto son los únicos que la emplean para analizar la coyuntura económica. El mundo empresarial, los sindicatos e incluso las asociaciones de consumidores muestrean periódicamente la economía para conocer su estado y forman racionalmente (usando los mismos modelos que los economistas de los bancos centrales) sus propias expectativas sobre inflación, crecimiento, desempleo y tipos de interés, en base a los cuales calculan las subidas de precios y salarios[12]. Por otro lado, los propios bancos centrales estaban obligados a publicar datos de inflación, desempleo y crecimiento, por lo que más tarde o más temprano ellos mismos se desenmascaraban. Así que, si bien era posible que en un primer momento tuvieran éxito con su silencio, lo cierto es que no tardaba mucho en difuminarse: el tiempo justo de que los agentes sociales registrasen los efectos de las medidas monetarias. El elemento sorpresa había dejado de ser útil, vencido por la susceptibilidad de empresarios y consumidores, que ahora esperaban rutinariamente los fatuos intentos por sorprender de las instituciones monetarias.

Pero la astucia y perseverancia de los banqueros centrales es legendaria (por banqueros, no por centrales), por lo que, lejos de dar su brazo a torcer, idearon un método más refinado y sutil de soslayar las dichosas expectativas racionales: allí dónde el secreto había sido derrotado, quizás el engaño triunfase. La idea era sencilla: si el secretismo generaba desconfianza y ésta a su vez minaba la eficacia de las políticas monetarias, ¿por qué no hacer público un falso objetivo de inflación? Así las empresas calcularían los aumentos de salarios y precios en función de él. Y una vez hubieran picado los incautos… ¡El banco central generaría secretamente más inflación (inyectaría más liquidez) de la que habían informado! ¿Y por qué no? ¿Acaso no seguía el fin justificando los medios? Si conseguían margen para estimular el crecimiento y el empleo a costa de una mentira piadosa, ¿cuál era el problema?

(…Aquí una incómoda pausa…, pero que muy incómoda…)

Crecimiento de la oferta monetaria en EE.UU.

Crecimiento de la oferta monetaria (M1: moneda en circulación, cheques de viaje y dinero en cuentas corrientes) en EE.UU. ¿A que es fácil situar la caída de Lehman Brothers en el eje horizontal? Fuente: shadowstats.com

Supongo que a muchos de vosotros os parecerá intolerable que tales líneas de pensamiento pudieran llevarse a la práctica. Sin embargo, los bancos centrales son a todas luces menos escrupulosos y, para ellos, el incentivo de engañar torna a ser casi irresistible si gracias a él consiguen materializar sus (honestos o deshonestos) objetivos. Tan importante es este incentivo que se han construido elaborados modelos teóricos para estudiarlo, siendo en parte éste el campo de la teoría conocida como incoherencia dinámica o temporal, que estudia, dicho mal y pronto, los incentivos que un agente tiene para engañar a otro en entornos de información asimétrica (un agente, el que miente, tiene más información que el otro).

Pero volvamos a la pregunta. ¿Que cuál era el problema? Bueno, en esencia el mismo de antes: que durante el tiempo que durase el estímulo, los cándidos empresarios y consumidores, ignorantes del exceso de inflación generado por el banco central, verían (o mejor dicho, no verían) cómo su dinero perdía poder adquisitivo. Así, cabe interpretar que el crecimiento azuzado por el banco central es financiado con los ingresos de empresas y trabajadores, cuyo valor se reduce en la misma proporción que el de la liquidez inyectada en el mercado. Precisamente por eso suele decirse que la inflación es el impuesto de los idiotas[13], aunque como veremos luego, hay idiotas e idiotas. Sin embargo, hay que reconocer que el contraargumento que los banqueros centrales oponían  a estas consideraciones era poderoso. Vale, el dinero pierde valor, pero al mismo tiempo, ¿acaso las empresas no se benefician del exceso de demanda? ¿No venden más y  ganan más dinero? En cuanto a los trabajadores, ¿no consiguen salarios más altos? ¿Es que no les resulta más fácil cambiar a empleos mejores? Y los parados, ¿no es más factible que encuentren trabajo cuando la economía crece y, por tanto, se generan más empleos? Y todo ello considerando que en caso de recesión el uso de estímulos monetarios está sobradamente justificado.

Sí, poderoso e inapelable argumento… ¡pero sólo si al corto plazo nos atenemos!, porque si analizamos los datos de las últimas dos décadas se pone claramente de manifiesto que los trabajadores han ido perdiendo poder adquisitivo paulatinamente[14], lo cual puede explicarse solamente de una manera: los sueldos han crecido por debajo de la inflación. Y eso escuece bastante… y si no, que le pregunten a los mileuristas y submileuristas. Frente a esta acusación, ¿qué diría un banquero central? Pues muy posiblemente se lavará las manos señalando que la culpa de tan penosa circunstancia no es necesariamente de la inflación (que en las últimas décadas ha sido moderada y, al fin y al cabo, protege de la deflación y a corto plazo favorece el crecimiento y el empleo), sino del modo en que los empresarios la han aprovechado para apropiarse gradualmente de una fracción del salario de los trabajadores. Lo cierto es que sin la cobertura que el mundo empresarial recibe del banco central vía inflación, este escamoteo sistemático y progresivo del dinero que legítimamente corresponde al trabajador sería más difícil de llevar a cabo: psicológicamente es más soportable una subida salarial por debajo del nivel de inflación que una bajada en una situación de inflación cero, pese a que, a efectos prácticos, ambas representan la misma pérdida de poder adquisitivo. En resumen, las empresas se las ingenian para trasladar parte de su cuota de inflación a las familias. Definitivamente la inflación es el impuesto de los idiotas. ¿Os sentís aludidos…? Si es así… ¡Bienvenidos al club!

El resultado es que las familias se han empobrecido lenta pero inexorablemente durante los últimos quince años, en tanto que los altos ejecutivos se han enriquecido (sí, esos mismos señores que cobran sueldos exorbitantes por arruinar bancos y que, tras apañárselas para conseguir un rescate del Estado, se retiran al Caribe con una más que holgada indemnización). Solución: montar una empresa o no transigir con revisiones salariales por debajo del IPC, algo esto último que por desgracia los trabajadores no suelen estar en condiciones de imponer.

De todo esto se desprende que la inflación no parece ser un buen invento para los intereses de las familias. La solución pasa por hacer que los salarios (y el resto de precios) suban al mismo ritmo que la inflación, y puesto que los bancos centrales carecen de control directo sobre ellos, la pelota queda en el tejado de la patronal, siempre a favor de la contención salarial, y de los sindicatos, partidarios del mantener el poder adquisitivo. Pero, de lograrse el ansiado equilibrio, el argumento de los bancos centrales a favor de la inflación moderada con el fin de protegerse contra la deflación y estimular el crecimiento y el empleo en períodos recesivos no tendría por qué contar con una oposición demasiado beligerante. Porque, como seguramente añadiría sonriente nuestro banquero central, si bien es cierto que las familias se han empobrecido a lo largo de las dos o tres últimas décadas (las de predominio neocon, ¡qué casualidad!), no lo es menos que, a más largo plazo, digamos todo el siglo XX, en los países desarrollados su poder adquisitivo no ha hecho sino multiplicarse, lo cual es también rigurosamente cierto[15].

Así que, obviando la etapa neocon (total, treinta añitos no son nada), suponiendo un entorno de inflación moderada en el que no hubiera desfases significativos entre precios y salarios, y enfocando el problema desde el punto de vista de la transparencia y las políticas de comunicación de las instituciones monetarias, ¿algo que objetar a sus mentiras piadosas?

(…Aquí una pausa, incómoda, como de costumbre…)

.

…Pausa que alargaremos un poco hasta la publicación de la siguiente entrega, en la que acometeremos la respuesta a tan capciosa pregunta. Os invito, no obstante, a reflexionar sobre ella y a responder en los comentarios que tengáis a bien poner a pie de este artículo, para lo cual termino como empecé…

El fin… ¿justifica los medios?

(Este artículo forma parte de la serie El Universo Subprime. Si te ha gustado puedes seguir leyendo el siguiente artículo aquí)


NOTAS

[1] El Beige Book está disponible para su descarga pública en el sitio web de la Fed.

[2] A fecha de hoy, enero de 2010, el último informe anual publicado es el de 2008. En el apartado Federal Reserve System Audits, página 435 y siguientes, aparecen las conclusiones de la auditoría externa, llevada a cabo ese año por Deloitte & Touche LLP.

[3] Las OIGs (Oficinas del Inspector General) son servicios que forman parte de la mayoría de las agencias independientes y órganos gubernamentales y representativos de EE.UU. Su misión es evitar el fraude, investigar irregularidades, mejorar la eficacia y velar para que el funcionamiento de la organización de la que forman parte se atenga a la ley y a las normativas aplicables.

[4] El último informe realizado a fecha de hoy, enero de 2010, es el correspondiente al semestre entre abril y septiembre de 2009, accesible en el propio sitio web de la Fed.

[5] Según el informe anual de la Fed, página 437. Para su consulta mirar nota 2.

[6] A modo de ejemplo, en su comparecencia del 21 de julio de 2009 ante el Comité Financiero de la Cámara de Representantes, Bernanke afirmó que “una política altamente acomodaticia resultará adecuada para un extenso período de tiempo a pesar de que se aprecian mejoras en los mercados financieros y en las perspectivas económicas”.

[7] En el documento Publishing central bank interest rate forecasts, publicado el 25 de enero de 2008 por el Banco de Reserva Federal de San Francisco, se discuten los diferentes tipos de políticas de comunicación que pueden seguir los bancos centrales, poniendo el énfasis en los pros y contras de publicar proyecciones de tipos de interés. Seguimos aquí la misma nomenclatura que se usa en este documento para nombrar las diversas políticas de comunicación, que son, a saber:

  • No proporcionar información alguna.
  • Señales indirectas. La más típica es el balance de riesgos, que puede estar en equilibrio (no son esperables cambios en los tipos de interés), inclinado por las presiones inflacionistas (cabrían esperar subidas de tipos para contener la inflación) o por la debilidad económica (posiblemente se bajen los tipos).
  • Señales directas cualitativas. Son las que la Fed o el BCE emplean actualmente haciendo uso de expresiones algo más explícitas para los economistas: “política monetaria en el lado acomodaticio”, “tipos por debajo de su nivel neutral”, etc.
  • Señales directas cuantitativas. Publicación de una estimación de las variaciones de tipos de interés esperadas por el banco central.

[8] La discrecionalidad con que los gobiernos gestionaban la política monetaria fue teóricamente resuelta dotando de autonomía a los bancos centrales.

[9] En Google Books tienen disponible un curioso ejemplar de El Príncipe que data de 1821. El texto del encabezamiento del artículo ha sido extraído del capítulo XVIII, titulado Si los príncipes deben ser fieles a sus tratados… toda una declaración de intenciones.

[10] Hay otras motivaciones menos altruistas, como crear inflación en connivencia con los gobiernos para reducir la deuda externa.

[11] Es preciso aclarar que esto sólo ocurre si el banco central sorprende a ciudadanos y empresas e inyecta liquidez en el mercado sin avisar. Además hay que tener en cuenta que este efecto sólo se consigue a corto plazo, ya que en el largo plazo los agentes sociales, en virtud de las expectativas racionales, se percatan del exceso de inflación y suben precios y salarios para adaptarse a él, alcanzándose de nuevo una situación de equilibrio en la que la tasa de desempleo no depende de las intervenciones del banco central. Así mismo, es importante recalcar que, si bien un exceso de inflación puede tener efectos beneficiosos sobre el paro a corto plazo, en el largo plazo sus efectos se pagan, no siendo aconsejable el mantenimiento de altos índices de inflación. Para una mayor información sobre la Curva de Phillips aconsejo leer el documento Fluctuaciones a corto plazo en el modelo keynesiano, escrito por James Costain, del Servicio de Estudios de la División de Investigación del Banco de España. Agradezco a Kartoffel la referencia a los interesantes y divertidos textos de James Costain.

[12] Aunque en este artículo distinguimos entre precios y salarios, puede considerarse que el salario es, en realidad, el precio de la fuerza laboral, o en otras palabras, el precio que los trabajadores ponen a su trabajo.

[13] Los economistas, para no ofender a nadie, prefieren hablar de impuesto inflacionario. Paul Krugman y Robin Wells lo describen en la página 397 de su libro Introducción a la macroeconomía.

[14] Según datos de la Encuesta de Estructura Salarial del INE (Instituto Nacional de Estadística), el salario medio anual de un español en 1995 era de 16.762 €. En 2006, última vez que se llevó a cabo la estadística, era de 19.680 €. Teniendo en cuenta los efectos de la inflación, para mantener el poder adquisitivo que un español tenía en 1995, el salario en 2006 tendría que situarse en torno a los 24.000 €. Esto significa que el período de tiempo transcurrido entre 1995 y 2006 los españoles habían sufrido una pérdida de poder adquisitivo de algo menos de 5.000 €. Fuente: Adiós, clase media, adiós, El País, 31 de marzo de 2009.

[15] En EE.UU. la renta de una familia media se ha multiplicado por siete. En 1900 era de unos 6.000 $ anuales, mientras que en 2000 ascendía a 44.000 $. Esto quiere decir que a principios del siglo XX una familia norteamericana sólo tenía capacidad para comprar un 14,5% de los productos y servicios que hubieran podido adquirir a finales de siglo. Fuente: Página 188 de Introducción a la macroeconomía, de Paul Krugman y Robin Wells. Por otro lado, según Angus Maddison, profesor emérito de la Universidad de Groningen, tomando como referencia el valor (la capacidad de compra) de un dólar estadounidense de 1990, en 1900 el PIB per cápita anual en España era de 1.786 $, mientras que en 2000 era de 15.622 $. Dado que la renta per cápita es aproximadamente igual al PIB per cápita, se infiere que el poder adquisitivo en España se ha multiplicado por ocho. Fuente: Statistics on World Population, GDP and Per Capita GDP, 1-2006 AD, de Angus Maddison.


Sobre el autor:

Mazinger (Mazinger )

Mazinger es una especie de cuadradote cabreado (véase foto al lado) que ha encontrado en El Cedazo una magnífica excusa para dar rienda suelta a su vena literaria. El tema es lo de menos con tal de entretenerse y aprender algo nuevo por el camino.
 

{ 13 } Comentarios

  1. Gravatar Macluskey | 25/01/2010 at 11:44 | Permalink

    ¡Qué puedo decir…!

    Ya he reflexionado sobre el particular y… no creo que “el fin justifique los medios” en ningún caso. Y me da a mí la sensación de que soy parte de una minoría…

    Ya ven, mismamente, el estupi-debate que está teniendo lugar en España acerca de dónde ubicar un cementerio nuclear. COmo decía una viñeta de alguien que no recuerdo (lo siento): “Con el debate acerca del cementerio nuclear, hay algo en lo que todos están de acuerdo: Que no sea aquí!”. Pero eso sí, nadie renuncia a que, al dar al botoncito, la luz se encienda… el día que le demos y no se encienda, veremos qué dirán los mismos que hoy están tan furibundamente en contra (algunos de los cuales estaban furibundamente a favor hace tres días, pero bueno).

    Y con las cosas de la economía pasa lo mismo, me temo. El personal pasa de saber nada de nada: sólo quiere su soma diario, en forma de Gran Hermano, la Noria o el Fúrbo, y tener calderilla en el bolsillo para salir a cenar los sábados… y que le dejen de pamplinas.

    ¡Cómo odio la demagogia! (aunque acabo de hacer una poca…).

    Mazinger: Un artículo de lo mejorcito que he leído sobre economía en toda mi vida (como toda la serie, por cierto). ¿Te extrañaría si te dijera que estoy impaciente por leer la segunda parte? ;)

    Saludos

  2. Gravatar Gurb | 26/01/2010 at 12:57 | Permalink

    Macluskey:

    Aunque me aparto mucho del tema de este artículo, sobre la energía nuclear en nuestro país habría mucho sobre lo que debatir. Tal como funciona casi todo en este país, sobre todo en temas científico-técnicos como tu bien conoces, yo no estoy nada tranquilo con la energía nuclear. No digo que no exista una tecnología segura, pero con el nivel de chapuza-precariedad-desmotivación-falta de medios-poca formación de muchos profesionales por aquí, la supuesta seguridad tecnológica se tambalea.

    Mira la sucesión de acontecimientos (chapuzas) de la última fuga “reconocida” en Ascó: http://www.elpais.com/articulo/sociedad/fuga/Asco/llego/lejos/elpepisoc/20080615elpepisoc_2/Tes

    Y lo que este artículo no menciona, pero si te molestas en repasar cronológicamente las hemerotecas verás que es así, es que todo salió a la luz por las denuncias de grupos ecologistas. Los organismos oficiales siempre fueron a remolque de los acontecimientos denunciados. Y no digamos nada de las empresas implicadas, que no dijeron ni mu hasta que ya no pudieron ocultarlo.

    Ante todo esto, yo creo que los miedos a lo nuclear son legítimos en España (y en Ucrania, claro). Pero también está claro que muchos de esos miedos son por desconocimiento e ignorancia.

    Como anécdota: pocos saben que desde 1963 hasta 1976 existió y estuvo en funcionamiento un reactor nuclear de uranio en plena ciudad de Barcelona. En el campus de la UPC concretamente. Y desde 1976 hasta 1992, aunque no funcionó, siguió cargado con su combustible nuclear de fisión. Al ladito del campo del Barça, oiga. Una fuga un domingo por la tarde habría sido tremendo. También hubo otro en Bilbao, pues.

    No he podido encontrar nada tan completo en Castellano, pero para los que entiendan Catalán pueden conocer la historia del reactor nuclear Argos: http://upcommons.upc.edu/revistes/bitstream/2099/713/1/politica_nuclear.pdf De todas formas buscando en Google “reactor nuclear argos” aparecen más referencias.

    Prometo comentar algo sobre el artículo cuando lo haya leido.

    Saludos

  3. Gravatar Macluskey | 26/01/2010 at 05:21 | Permalink

    @Gurb: Ojo, que yo ni me posiciono a favor ni en contra de la energía nuclear, porque poco entiendo yo de eso. Mi (quizá desafortunado) comentario lo traje a colación acerca de si la población en general piensa que “el fin justifica los medios“, como un ejemplo que machaconamente nos está contando estos días toda la grey periodística, como si no hubiera cosas más importantes de qué hablar…

    Y, para terminar el off-topic, en Madrid, en la Ciudad Universitaria (en la Fundación Juán Vigón, hoy CIEMAT) ha funcionado también un reactor nuclear desde los años 60, y tuvo un hermoso escape allá por los años 70… que se ocultó, claro, porque, al fin y al cabo, el fin justificaba los medios :)

    Saludos

  4. Gravatar Pedro | 26/01/2010 at 07:58 | Permalink

    Jejeje… Gurb, como alcalde de un pueblo: “Cementerio nuclear, sí, ¡pero sólo si lo gestionan los daneses!” ;)

  5. Gravatar Naeros | 26/01/2010 at 10:47 | Permalink

    Yo soy de los que piensan que el fin no justifica los medios, pero que estoy de acuerdo en que a veces es fácil dudar al respecto con temas de gran calado.

    Por otro lado, no me gusta nada cuando se manejan medias para hablar de sueldos (como en la nota sobre el poder adquisitivo). La media no creo que sea útil para analizar un conjunto de datos tan disperso como los salarios, donde el sueldo de unos ejecutivos rápidamente la desvía y desvirtúa sin más conocimientos sobre el dato. Incluso dando la desviación típica me parecería un estadístico a coger con pinzas…

  6. Gravatar Mazinger | 26/01/2010 at 02:53 | Permalink

    Mac, muchas gracias por tu valoración, pero… ¿no te habrás pasado un poco? ;-) Creo que tu entusiasta apreciación se debe en parte a que en estos artículos se tratan temas de los que se habla más bien poco y que, en cierto modo, nos son dados y los aceptamos sin cuestionarlos demasiado. Puede que ese sea el mérito de esta serie, si es que alguno se le puede atribuir. En cualquier caso, gracias.

    Una de las cosas que me gustan de El Cedazo es que a pié de los artículos se acaba hablando de cosas diferentes del contenido, aunque sugeridas por él. Al margen de estar a favor o en contra de la energía nuclear, lo que está claro es que somos responsables de los residuos generados por las centrales que están en funcionamiento, así que habrá que buscarles emplazamiento seguro. Y no es el oceano el lugar adecuado, como en tiempos demostró Cousteau… Es un debate complicado. Un ayuntamiento lo puedo querer, pero los vecinos se sienten perjudicados… Y no sé si será buena idea tener distribuidos por el territorio diversos cementerios nucleares en vez de llevarlo todo a un sitio lo bastante alejado y bien controlado. Sí, se diversifica el riesgo, pero aumentan los probabilidades de fugas. En fin, qué se yo. Tendré que releer la serie de Belerofot.

  7. Gravatar Pedro | 26/01/2010 at 05:10 | Permalink

    Naeros, ¿no suele usarse la mediana en los salarios, por más representativa que la media en este caso?

  8. Gravatar Naeros | 26/01/2010 at 09:07 | Permalink

    Yo la preferiría, o la moda, para hacerse una idea más realista al respecto. El problema en estos casos es dar con una buena representación del conjunto de datos y en concreto el de los salarios es complejo. A veces, por ejemplo, se incluyen las pensiones en la media y, evidentemente, la tiran para abajo. Por ejemplo, si en 1995 (el caso del artículo) la cantidad de gente trabajando a media jornada era mucho menor, es normal que la media sea mayor comparativamente. ¿Refleja un cambio en el nivel adquisitivo? Pues no estoy seguro de que sea tan fácil de deducir.

  9. Gravatar Naeros | 26/01/2010 at 09:08 | Permalink

    Por cierto, quiero aclarar que para nada pretendo hacer de esto una crítica al artículo de Mazinger puesto que estoy convencido de que maneja simplemente los datos que tiene disponibles. La “culpa” es de quien publica esos datos y no unos mejores.

  10. Gravatar Mazinger | 27/01/2010 at 12:11 | Permalink

    Hola a todos.

    Respecto al “uso indiscriminado” de las medias creo que tenéis más razón que un santo. De hecho, aunque carezco de pruebas, creo que si se publicaran estadísticas salariales basadas en modas, a más de un gobierno se le caería la cara de vergüenza (si es que la tienen, claro). Los gobiernos, los medios de comunicación (que se arriman siempre al sol que más les calienta), son expertos en maquillar estadísticas, darles la vuelta y presentarlas del modo que más interese. Creo que en un artículo de Pedro ya se habló sobre este tema. Lo cierto es que se podría dedicar un artículo entero, si no una serie, al tema.

    En cualquier caso el uso de medias en economía es la norma, y dicen los economistas que por sencillez. Generalmente “se acepta” que un incremento en el PIB per cápita beneficia a la mayoría, pero lo cierto es que un PIB per cápita más alto no asegura en absoluta una mejor distribución del mismo. Puede que esta asunción sea cierta en los países democráticos occidentales si se comparan períodos largos de tiempo, y con reservas como se ve en la nota 14, pero no así en otros bajo el control de dictadores o que arrastran una corrupción importante.

    El PIB como medida de “la felicidad” de una sociedad está más que cuestionado, no sólo por lo que acabo de decir, que a lo postre es a lo que se refería Naeros, sino también porque se valora el progreso y el bienestar en base a activos exclusivamente materiales. La ONU lleva un par de décadas desarrollando un índice alternativo al PIB para medir el bienestar humano: el IDH (Índice de Desarrollo Humano). Se trata de un índice que además del crecimiento económico, tiene en cuenta el nivel de alfabetización y la esperanza de vida. A modo de anécdota, con este indicador EE.UU. queda en el puesto 15º (según PIB, EE.UU. es el 1º).

    Un par de enlaces para quien esté interesado:

    http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%8Dndice_de_desarrollo_humano

    http://hdr.undp.org/es/informes/mundial/idh2007-2008/capitulos/espanol/

  11. Gravatar Kartoffel | 27/01/2010 at 10:47 | Permalink

    Me alegra aparecer en las referencias; no obstante, creo que no recuerdo haber enlazado ese PDF xD (muy chulo, eso sí).

    Sobre el declive de los salarios reales en España durante las últimas décadas, he de decir que… bueno, no voy a decir mucho porque conozco realmente poco del tema. Diría que es algo más cercano a la micro que a la macro.

    En teoría, existe un trade-off entre el nivel salarial y el nivel de empleo determinado por la MPL, aunque luego se ve complicado por un montón de factores variables en el tiempo y en el espacio. De alguna manera, si los salarios reales son más bajos, los empresarios contratarán más gente al serles más barato y viceversa. Si la productividad se incrementa (la MPL se mueve), entonces o aumenta el empleo o aumentan los salarios (o una combinación de ambos). En España, durante la expansión, la productividad no aumentó mucho¹, lo que junto a la expansión del empleo diría que explica el descenso de los salarios reales. Pero ya digo que estas conclusiones son con teoría muy básica (y limitada) y que yo buscaría un análisis más ‘profesional’

    Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con la macro o con el Banco Central? En principio, sólo cíclicamente (a corto plazo, no a largo). No obstante, hay algún resultado [1] según el que una tasa de inflación moderada pero positiva maximiza el empleo a largo plazo. Es decir, que el NAIRU (la curva de Phillips a largo plazo) no es una línea vertical sino que tiene un barriguilla con una inflación baja y positiva, debido en parte a la ilusión monetaria que comenta Mazinger en el post.

    [1] George A. Akerlof, William T. Dickens, George L. Perry, Robert J. Gordon, N. Gregory Mankiw, The Macroeconomics of Low Inflation, Brookings Papers on Economic Activity, Vol. 1996, No. 1 (1996), pp. 1-76. http://www.jstor.org/stable/2534646

    ¹ Me pregunto cuánto de este fenómeno se debe al hecho de que los sectores con mayor expansión fueran sectores con baja productividad (siendo la construcción el ejemplo clásico), lo que desplazaría la media a la baja. De hecho, en una recesión se da el efecto estadístico de que la productividad pega un salto (se suele destruir más empleo de baja cualificación que de alta, más temporal – baja productividad, generalmente – que indefinido, etc)

  12. Gravatar Mazinger | 28/01/2010 at 12:44 | Permalink

    @Kartoffel

    Te recuerdo que fuiste nombrado solemnemente “Proveedor Oficial de El Universo Subprime”, así que no te extrañe aparecer en los créditos. No obstante tienes razón en que el enlace que aquí referencio no me lo proporcionaste directamente, pero lo he sacado del mismo sitio web (y pertenece al mismo autor, James Costain) en la que estaba el que pusiste, y posiblemente no hubiera llegado a ese sitio web si no es por el enlace. Y por cierto, el que pusiste aparecerá referenciado en la siguiente entrega, así que ya estás avisado de que vuelves a aparecer en los créditos. ;-) De bien nacido es ser agradecido.

    Y por cierto, quizás debiera haber aparecido J en los créditos, ya que él me inspiró la idea de hablar sobre “el impuesto de los idiotas” a raíz de uno de los comentarios que puso en una entrega anterior. J, date por “acreditado” por favor.

    Como siempre un comentario con sustancia, Kartoffel. A ver si puedo estar a la altura en mi contestación.

    “Sobre el declive de los salarios reales en España [...] Diría que es algo más cercano a la micro que a la macro.”

    En parte a esto me refiero cuando digo en el artículo “Frente a esta acusación, ¿qué diría un banquero central? Pues muy posiblemente se lavará las manos señalando que la culpa de tan penosa circunstancia no es necesariamente de la inflación [...] sino del modo en que los empresarios la han aprovechado para apropiarse gradualmente de una fracción del salario de los trabajadores”. En otras palabras, no es un problema macro (propio de banqueros centrales) sino micro (de empresarios y mercados). Admito, no obstante, que podría haber sido más explícito, pero ten en cuenta que el artículo va dirigido a gente que quizás no sepa cual es el campo de la macroeconomía ni de la microeconomía, por lo que prefiero pecar de simple.

    Y ojo, digo que solo en parte es un problema micro porque la inflación a la que me estoy refiriendo en el artículo es la que los bancos centrales generan o han generado “a conciencia”, usando la política monetaria como instrumento, y no tanto a las variaciones de precios por perturbaciones en la oferta (subidas de precios de materias primas por malas cosechas o desastres naturales, por ejemplo). En este sentido interpreto que el contexto es macro.

    Por otro lado, creo que la idea que barajas en tu análisis es razonable, pero eso no invalida el hecho de que la inflación es aprovechada por las empresas para ajustar los salarios a largo plazo.

    “¿qué tiene que ver esto con la macro o con el Banco Central? En principio, sólo cíclicamente (a corto plazo, no a largo)…”

    De acuerdo, como la relación entre inflación y desempleo, de hecho fíjate que el artículo está salpicado de la expresión “a corto plazo” por todas partes.

    “No obstante, hay algún resultado según el que una tasa de inflación moderada pero positiva maximiza el empleo a largo plazo.”

    Lo desconocía. Ahora mismo voy a devorar ese texto. :-)

    P.D. ¡Escribe una serie ya, hombre! Si se nota que tienes ganas… ;-)

  13. Gravatar Vanessa | 25/03/2013 at 05:48 | Permalink

    Hola, he descubierto esta serie recientemente y estoy intentando acceder a los textos que recomendais de Costain (me falta bastante nivel, a ver si así suplo mis carencias o me lio más) Pero los enlaces no funcionan y no he podido encontrarlo con el título y nombre de autor. ¿Sabéis dónde podría encontrarlos?

    Gracias

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