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Historia de un ignorante, ma non troppo… Quinta Sinfonía, de Gustav Mahler




Tenéis razón. Mi ignorancia y mi inconsciencia son gigantescas… ¡Me voy a atrever con Mahler! Y eso aunque, a pesar de haber destripado ya a monstruos como BeethovenBach en esta dichosa serie musical, no me siento normalmente capaz de meterme también con el gran Mahler…

Pero hoy no podía dejar de hacerlo. Precisamente hoy, no. Porque hoy, 18 de mayo de 2011, es un día especial:  Se cumplen cien años del fallecimiento en Viena de Gustav Mahler. Lo normal es que hoy haya diferentes actividades en todo el mundo para conmemorar esta singular efemérides: homenajes, conciertos, actos diversos… Pero yo lo ignoro.

En cualquier caso, aquí queda mi humildísimo homenaje a tan venerado compositor en día tan señalado.

Va por ti, Gustav.

Mi respeto por la música de Gustav Mahler, efectivamente, casi llega a la veneración, más todavía que por el resto de grandes, como Bach, Mozart, Beethoven o Tchaikowsky. Su producción es relativamente corta, nueve sinfonías y pico, seis o siete ciclos de canciones, y poco más. Ninguna ópera, ninguna misa, ninguna sonata, un único quinteto de piano, obra de juventud, como música de cámara, ningún concierto para instrumento solista y orquesta… Muy poca cantidad. Pero… ¡Qué barbaridad de obras! Porque Gustav Mahler representa el culmen de la música sinfónica occidental. Toda la tradición sinfónica comenzada en la época clásica, sobre todo por Joseph Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart, cuya forma fue definida por Ludwig van Beethoven, y luego continuada, reformada y mejorada por Brahms, Mendelssohn, Schumann, Schubert, Bruckner, etc, más las novedades instrumentales y tonales de Franz Liszt y Richard Wagner, toda esa tradición se concentra, llega a su máximo, al cenit, en la figura gigantesca de Gustav Mahler.

Sin embargo, mi admiración por la música del divino Gustav es relativamente reciente… Tenía yo un compañero de fatigas a fines de los setenta, hombre muy inteligente, que un buen día nos aseguró que “el compositor que más le gustaba era Mahler”. No pregunté “¿Quién?” simplemente porque hacía algunos meses que había visto la película Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, y sabía que la música que obsesivamente sonaba en ella era de un tal Mahler. No me gustó la película, por muy obra de arte que fuera, que lo es, y desde entonces no la he vuelto a ver, así que mi opinión no ha cambiado. Su ambiente decadente, opresivo, casi moribundo, o mejor, moribundo del todo, no le gustó nada a mis veintitantos años y mis ganas de comerme el mundo. Poco después se publicó en la prensa una conocida entrevista a Alfonso Guerra, a la sazón número dos del recientemente salido de la clandestinidad PSOE, tras los cuarenta años de dictadura. Y a la pregunta de cuál era su compositor favorito, nuevamente respondió que Mahler.

Me dije… bueno, ya son varias referencias elogiosas… conozcamos a este tal Mahler, veamos de qué va. Y me compré un vinilo doble con una sinfonía suya, creo que la Sexta (Trágica), en cualquier caso una que fuera barata.

No le cogí el tranquillo. No la entendí, no me dijo gran cosa. ¡Era tan ignorante! Y arrumbé a Mahler al desván del olvido, con el sambenito de “este compositor no me gusta”. Años más tarde comencé a oír alguna obra suya más, le fui tomando cierto aprecio… hasta que escuché por primera vez una sinfonía suya en directo, en concreto la número 1, Titán. Y me convertí. Total y definitivamente. Para siempre. Ciertamente, es muy posible que para que sus obras te lleguen necesites tener una cierta edad. Son densas, complicadas, con infinidad de motivos diferentes, contrapuntos imposibles… pero son maravillosas. Y el directo ayuda, ayuda mucho. Espero que estéis de acuerdo conmigo.

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Elegir alguna sinfonía de Mahler en detrimento de las demás es poco menos que imposible. Su Quinta Sinfonía es quizá la sinfonía más conocida por el gran público, sobre todo por su papel estelar en “Muerte en Venecia”, pero es que quizá es también la más variada y donde en sus cinco movimientos encontramos un compendio de toda la temática típica del compositor, desde su fascinación por la muerte hasta el amor en estado puro, pasando por su gusto por la naturaleza y los paseos campestres, con pasajes atormentados, bucólicos, exaltados… Así que la Quinta ha sido mi elegida para el artículo de día tan señalado como hoy; bien podría haber tomado la Primera (Titán), la Segunda (Resurrección, que ya apareció brevemente por aquí para urgiros a adquirir entradas para escucharla en directo en Madrid y no perdérosla), la Sexta (Trágica), la espectacular y megalómana Octava (de los Mil), la apabullante Novena o cualquiera otra… pero será la maravillosa Quinta a quien le toque ser destripada hoy.

Ni mis conocimientos ni mi prosa podrán jamás hacer justicia a este gran compositor, lo sé. Lo intentaré, no obstante, y que no nos pase , ni a mí ni a vosotros, amables lectores. Y sobre todo, que no le pase a Mahler…

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Gustav Mahler

Gustav Mahler nació en 1860 en Kaliste, una pequeña localidad bohemia, hoy perteneciente a la República Checa y por entonces parte del Imperio Austrohúngaro, aunque su familia, de escasos recursos, se trasladó a la también bohemia ciudad de Jihlava cuando Mahler tenía unos pocos meses. De los catorce hermanos que, además de él, trajeron al mundo sus judíos padres (judío era, por lo tanto, él mismo), nueve fallecieron en la infancia, lo que tuvo una evidente repercusión en su personalidad. Aunque su padre, de haber vivido en nuestros días, estaría en chirona por maltratador de esposa e hijos, le permitió tomar clases de música, llegando a ingresar en el Conservatorio de Viena, donde tomó clases con Anton Bruckner.

Al acabar el Conservatorio, se dedicó a dar clases de piano, dirigir pequeñas orquestas y lo que le iba saliendo, hasta que se presentó a un concurso compositivo con su cantata “Canción del Lamento” (Das klagende Lied). Tenía 20 años. El jurado, del que formaba parte Johannes Brahms, el gran clasicista, el máximo discípulo y seguidor de Beethoven, no apreció mucho las novedades que ya se pueden distinguir en esa obra, lo que desanimó a nuestro buen Gustav sobre lo de ganarse la vida componiendo. Se volcó, entonces, en la dirección de orquesta.

Desde 1880 fue teniendo diferentes empleos en teatros de ópera, empezando por el modestísimo de Bad Hall, una ciudad balneario tirolesa, pasando por Ljubljana, Praga, Leipzig, Budapest, Hamburgo, etc, cada vez más alto el rango del teatro y de la orquesta, hasta que en 1897 consiguió el premio gordo: fue nombrado Director Musical de la Ópera de Viena, lo más de lo más de los teatros de ópera del mundo mundial en la época, aunque para obtener el puesto tuvo que renunciar al judaísmo e ingresar con pompa y boato en la Iglesia Católica… qué cosas pasaban en la civilizada Europa hace nada.

Su carrera de director fue, sencillamente, espectacular. No sólo dirigió buena parte de las óperas del repertorio alemán, italiano y francés, sino que interpretó con nueva mirada una buena parte del repertorio clásico y romántico, reorquestando, además, algunas de las vacas sagradas que se creían intocables, como es la Novena Sinfonía de Beethoven, por ejemplo.[1] De hecho, muchas de interpretaciones modernas de la inmortal Novena se suelen hacer según la partitura arreglada por Mahler. En una palabra, consiguió el éxito y el reconocimiento de sus contemporáneos… como director. Dirigió en las más reputadas Salas de Concierto europeas o norteamericanas, consiguiendo éxitos sin precedentes. Pero, como compositor, apenas tuvo éxito alguno. Prácticamente todas sus sinfonías fueron estrenadas sin pena ni gloria; yo creo que le dejaban estrenarlas para dar gusto al súper-director y que no se enfadara, casi como una especie de recompensa por su trabajo. Sólo su Octava Sinfonía (“la de los Mil”) obtuvo un gran éxito en su estreno, el único éxito que el Mahler-compositor cosechó en toda su vida, mientras que el Mahler-director había logrado muchísimos de ellos…

Como director, Mahler era un auténtico dictador. Trabajador incansable, intransigente, maniático y detallista, obligaba a las orquestas a ensayar una y otra vez incluso las obras que conocían de memoria hasta dejarlas exactamente a su gusto, reorquestaba casi todas las obras que ejecutaba, obligó al público a ser respetuoso antes, durante y después del concierto (parece que en la época la concurrencia se comportaba en los conciertos como si estuviera en el circo o en los toros, jaleando e interrumpiendo en cualquier momento), exprimió a cantantes y músicos hasta quedar satisfecho… ¡Todos le odiaban! Pero, sin embargo, los resultados eran espectaculares, únicos, geniales, por lo que a la vez, le tenían un gran respeto. Ahora bien, todo esto impulsó vehementes ataques a su persona por parte de la prensa y ciertos sectores, donde le tildaban de autoritario, egocéntrico, exigente, etc, etc… y es que… es que… ¡además era judío!

Existía una poderosísima corriente antisemita en Alemania y Austria a fines del XIX y principios del XX. La Primera Guerra Mundial sirvió de atenuante forzoso durante unos años, pero ya sabemos en qué se convirtieron las corrientes antisemitas en los años treinta del Siglo XX. No bastaba que Mahler fuera el mejor, con diferencia, en comprender e interpretar las óperas del modelo por antonomasia del pangermanismo: Richard Wagner. Ni que sus programas fueran básicamente de música no solo germana, sino germanófila. Ni que fuera, sencillamente, el mejor director del mundo. No, no bastaba; la persecución, los ataques furibundos contra su persona no cesaban. El desafortunado Mahler decía a quien quisiera escucharle que “era tres veces extranjero: un bohemio entre austriacos, un austriaco entre alemanes y un judío ante todo el mundo”.

En cuanto al Mahler compositor, desde 1890 aproximadamente decidió dedicar los veranos a su propia música. Se retiraba al campo, donde daba largos paseos, hacía deporte y se encerraba cada día varias horas a componer, prohibiendo cualquier interrupción. Casi todas sus obras fueron compuestas de esta manera, en uno o varios veranos, pues durante la temporada musical estaba tan ajetreado que le era virtualmente imposible sacar un solo minuto para componer. Un dato: en sus diez años como director de la Hofoper de Viena dirigió nada menos que ¡648 representaciones de óperas!, de las que estrenó 33 y otras 55 fueron completamente rediseñadas… ¡Una media de 65 óperas dirigidas por año! El mejor director de nuestros días dimitiría inmediatamente si se le exigiera tan sólo la mitad de eso… Y estrenando, ojo. Todos los años varios estrenos: 33 óperas, ya digo, estrenó Mahler en Viena. Por no hablar de sinfonías y otras obras orquestales.

Alma Mahler

Gustav Mahler tuvo muchos amoríos. Incluso hubo quien dijo, aunque seguramente era una vulgar calumnia dentro de la continua campaña anti-Mahler, que para que una joven soprano tuviera la oportunidad de debutar en los teatros que sucesivamente dirigió Mahler, debía antes ser amable con el director… El caso es que en noviembre de 1901 conoció a Alma Schindler, de la que se enamoró perdidamente (o quizá deberíamos decir que fue cazado por Alma Schindler, que le había echado el ojo desde hacía mucho tiempo). Ya hablé algo de la bella Alma en el artículo dedicado a La Sirenita de Zemlinsky, así que no voy a incidir mucho en ella, salvo para insistir en que, además de inteligente y ambiciosa,  era una autentica belleza. Se casaron en 1902, tras tres meses de noviazgo, a pesar de la diferencia de edad entre ellos: 19 años. Y es precisamente en 1902 cuando Mahler termina la composición de su Quinta Sinfonía, iniciada un año antes, y en ella se nota su estado de ánimo especialmente alegre y amoroso. En seguida vamos.

Mahler abandona por fin Viena en 1907, tras una serie de crisis personales y familiares, harto de soportar los permanentes ataques antisemitas, y navega a Estados Unidos, donde es contratado por el Metropolitan Opera House de Nueva York y posteriormente por la Filarmónica de Nueva York. En 1911, hace cien años, Mahler enferma y es diagnosticado de una grave endocarditis bacteriana. Sabiendo cerca su hora, solicita volver a Viena para fallecer allí. Embarcó hacia Europa, fue internado brevemente en el hospital de Neuilly, cerca de París, donde no mejoró, así que fue por fin trasladado en tren a Viena, donde falleció el 18 de mayo de 1911, a los 51 años de edad. Sí, de 1911, y sí, sólo 51 años. Hoy, 18 de mayo de 2011, se cumple el centenario de tan funesto evento.

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No tuvo Gustav Mahler mucho éxito como compositor en vida… como dije antes, sólo fue un éxito en su estreno su Octava Sinfonía, la de los Mil (que exige una orquesta gigantesca y un coro reforzado; de hecho suele ser interpretada por dos orquestas y dos o tres coros, pues una sola orquesta o un solo coro no suele tener la cantidad de componentes necesarios para la misión).[2] Sólo después de la Segunda Guerra Mundial los esfuerzos de directores de la talla de Bruno Walter, que llegó a conocerle personalmente, u Otto Kemplerer lo rescataron del olvido, y posteriormente Leonard Bernstein (quizá el más talentoso director del Siglo XX, posiblemente exceptuando al propio Mahler) y Bernard Haitink (director durante muchos años de la Royal Concertgebouw de Ámsterdam, y artífice de que sea considerada estos últimos años como la mejor orquesta del mundo), fueron quienes con sus interpretaciones le lanzaron al estrellato en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. Desde entonces todos los directores y las grandes orquestas interpretan de forma habitual las obras de Mahler. Por ejemplo, coincidiendo con el 150 aniversario de su nacimiento celebrado en 2010 y el centenario de su muerte, celebrado este mismo año 2011, la Orquesta Nacional de España ha programado, a lo largo de tres temporadas, la interpretación de la integral de las obras de Mahler, cosa que, por lo que sé, ha sido bastante habitual entre las grandes orquestas del mundo.

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Esta Quinta Sinfonía de hoy fue compuesta entre 1901 y 1902, en la casa campestre que Mahler había comprado en Maiernigg, Austria, para pasar su “descanso” veraniego paseando y componiendo.[3] Los tres primeros movimientos, que forman de alguna manera una unidad compositiva, la Primera Parte de la Sinfonía, fueron escritos en 1901, año en que tuvo serios problemas de salud que a punto estuvieron de costarle la vida, mientras que los otros dos, el famosísimo Adagietto y el Rondó final, lo fueron en 1902. Para cualquier oyente, incluso para uno ignorante como yo, es muy evidente la diferencia de entonación y temática de esa primera parte y el resto. El motivo es, al menos para mí, evidente: Alma Mahler. Qué enorme diferencia entre esa “Marcha Funeral” del primer movimiento y el juguetón y alegrísimo Finale… qué gran diferencia entre ese tormentoso tremendo segundo movimiento y el lírico Adagietto, posiblemente el mayor canto de amor escrito en el Siglo XX… Y ese portentoso rondó final, que no quieres que acabe nunca… Efectivamente, esta Sinfonía parece que fueran dos diferentes; una melancólica, triste y de gran agitación interior, y la otra de paz, calma, alegría y amor. El motivo es, como digo, su matrimonio con la bella Alma, a principios de 1902, cuando ya estaban compuestos los dos primeros movimientos y abocetado el tercero, mientras que los finales lo fueron cuando ya estaba casado con ella. Esto convirtió una sinfonía que estaba destinada desde  su concepción a “terminar mal” a una que ”termina bien“, si se me permite la expresión.[4]

El resultado es una sinfonía variadísima, la más “convencional” de Mahler, según dicen las crónicas, pero donde podemos asistir a muchísimas combinaciones instrumentales, desde esa Marcha Funeral del primer movimiento que casi es una composición para trompeta solista y orquesta, al Scherzo, que es virtualmente un movimiento de concierto para trompa y orquesta, o el Adagietto, para arpa y cuerda, o esas fulgurantes intervenciones solistas del corno inglés, del contrafagot, del timbal, de las flautas… Tengo un amigo que dice siempre que si le hubieran dado a Mozart cualquier sinfonía mahleriana hubiera compuesto veinte o treinta sinfonías diferentes usando la temática tan variada que allí aparece; pues si le hubieran dado la Quinta, ¡hubiera compuesto el doble!

En fin, no voy a decir nada más aquí; ya iré comentando lo más relevante (a mi juicio; ojo, a mi juicio) de esta excepcional sinfonía, que vamos a seguir con, seguramente, la versión de referencia de esta obra (y una de las grabaciones cumbre de toda la historia de la música): la de Leonard Bernstein con la Filarmónica de Viena de 1972. Bernstein había grabado a principios de los sesenta la integral de Mahler con la New York Philarmonic; esta versión es más madura, más reposada, mejor para mi gusto. Y mejor grabada. Una autentica delicia.

Los videos son de fotos fijas de (supongo) temas acorde con lo que dice la música de cada movimiento, por ejemplo el primer movimiento, que es una Marcha Funeral, está ambientada en el cementerio judío de Praga, o el Adagietto está acompañado de fotos de Venecia (supongo que por lo de “Muerte en Venecia”, claro)… Aunque no entiendo muy bien qué hacen fotos de Capadocia, Turquía en el rondó final. El caso es que la música es maravillosa, que es lo importante. Digo yo. Cada movimiento está en un video, por lo que no hay problema alguno de partición.

Vamos ya con el primer movimiento, Trauermarsch (Marcha Funeral), con fotos del Cementerio Judío de Praga:

La trompeta solista es la auténtica protagonista de esta Marcha Funeral… esas cuatro notas iguales, ta-ta-ta-taaaaa, se oirán una y otra vez, no sólo interpretadas por la trompeta, evocando quizá una llamada a los muertos o al cortejo fúnebre, pero desde luego que llegando muy adentro a los oyentes.[5] Una elegante melodía de las cuerdas toma el relevo de la llamada, punteada de tanto en cuando por unos suaves redobles de la caja, marcando el paso de la marcha. Bernstein elige un ritmo pausado, muy acorde con la temática.

En el minuto 6:10 cambia la decoración. Tras una nueva intervención de la trompeta, el panorama cambia abruptamente, con una cantinela (siempre protagonizada por esa magnifica trompeta) mucho más agitada, con mucha más tensión, que se resuelve, cómo no, hacia el minuto 7:50, con las omnipresentes cuatro notas de la trompeta, que nos van llevando de nuevo al tema funeral inicial. Las intervenciones solistas de unos y otros instrumentos (trompa, violín, cello, trombón, oboe…) se suceden. Y las de la trompeta, claro.

La música se va desvaneciendo, hasta que en el minuto 11:00 sólo queda el timbal, en otra intervención solista en piano, que nos toca, cómo no, las cuatro notas machaconas que hemos oído ya multitud de veces. Y la melodía cambia nuevamente, dejándonos ahora unos espectaculares solos de trombón, luego de trompeta, de trompa… Este movimiento es la apoteosis del metal, protagonista absoluto del movimiento… bueno, no, de la obra entera. Y así hasta que la trompeta vuelve por sus fueros sobre el minuto 13:00, en que su ta-ta-ta-taaaaa se adueña de la melodía… y se va desvaneciendo lenta y tranquilamente, hasta el final del movimiento, en que los pizzicatos de la cuerda le acompañan… La trompeta entona, en piano, su canto final, pero sorpresivamente es la flauta quien se encarga de rematar el movimiento, que con finaliza por fin con un acorde en pizzicato de cellos y contrabajos que termina el movimiento y el video.

El segundo movimiento, Stürmich Bewegt, mit grosser Vehemenz (Movido y tormentoso, con la mayor vehemencia) está en el video siguiente. Un video de fotos de cuevas y grutas con estalactitas y estalagmitas. Pues vale.

El primer movimiento terminó de forma suave y calmada, por lo que la entrada poderosísima de la cuerda grave en este movimiento igual os ha hecho dar un respingo. A diferencia de la marcha funeral, más tranquila, este movimiento es mucho más tormentoso y agitado. Pero, no obstante, también tiene reminiscencias del anterior (recordad que los dos primeros movimientos forman la primera parte de la sinfonía), por ejemplo en el minuto 1:30, donde la cuerda grave ataca un pasaje calcadito del primer movimiento: una melodía elegante punteada siempre por cuatro notas que seguramente os suenan de algo, pero esta vez ejecutadas sucesivamente por casi todos los instrumentos: clarinetes, trombones, cuerda, flautas, oboes, trompas, fagotes…

En el minuto 3:40 vuelve la agitación, los metales vuelven por sus fueros… En el minuto 4.25 los contrabajos arrancan suavemente una nueva sección con una larga intervención. La melodía continúa, ahora con intervenciones del concertino solista, que van cambiando una vez más a un tono mucho más agitado, pero en seguida vuelve la melodía elegante con sus cuatro notas, hasta que el panorama cambia nuevamente en el minuto 7:55 la agitación vuelve de nuevo durante un buen rato.

No sé si os fijáis, pero en esta fase deben coexistir simultáneamente como veinte o más líneas melódicas diferentes para los distintos grupos orquestales. Mahler, según tengo entendido, llegó a disponer hasta treinta y tantas líneas diferentes simultáneas en alguna de sus obras. Primero, ser capaz de imaginar semejante estructura musical, con treinta melodías diferentes sonando a la vez y que todo encaje, que no haya disonancias, que los instrumentos estén compensados y no se “coman” unos a otros, en definitiva, que suenen bien, es algo que para mí es sobrenatural (y para casi todos los entendidos, también). Y segundo: para que un director sea capaz de ajustar la orquesta con semejante batiburrillo de temas sonando a la vez y que no se le desmanden los músicos, que sepa cuándo debe intervenir cada uno de ellos, debe ser un director excepcional, lo que nos dice el excelente director que Mahler debía ser; en su época no había nadie que fuera capaz de semejante hazaña. Desde luego que Bernstein lo es, y la Filarmónica de Viena, también. La sincronización de la orquesta en esta grabación es simplemente perfecta.

Bueno, el movimiento sigue su curso hasta que sobre el minuto 14:10 empieza la coda final, con intervenciones de flautas, arpas, el concertino solista, siempre punteando las omnipresentes cuatro notas, y tras un acorde de arpa, el movimiento termina, y con él el video, de forma similar al primero: con tres acordes en pizzicato de los contrabajos.

Una Trompa

Bien, tras este tumultuoso movimiento que no deja indiferente a nadie cambiamos completamente de registro; vamos ya a escuchar el tercer movimiento, Scherzo, que, como podréis comprobar inmediatamente, es prácticamente un concierto para trompa y orquesta.

En algunas ocasiones (la última, a Josep Pons dirigiendo a la Orquesta Nacional de España) he visto cómo el director solicita al primer trompa que abandone su puesto habitual entre el resto de trompas y las trompetas y se acerque a su izquierda, en el puesto donde se sitúan siempre los solistas… puedo asegurar que simplemente colocar en ese lugar al trompa encargado de la parte solista del Scherzo supone una diferencia brutal en el resultado… ¡cómo suena la trompa! No creo que Bernstein hiciera tal cosa en 1972, pero, en cualquier caso… ¡caramba, cómo suena la trompa! Veámoslo en este video con fotos de paisajes, lagos y cascadas de algún bonito sitio:

Para no dejarme mal, el movimiento comienza con una poderosa intervención de la trompa solista. Es un movimiento alegre, muy distinto en su tratamiento a los dos primeros, configurado por momentos como un vals vienés, con su ritmo de “dos por tres” tan típico de los valses… pero no esperéis encontrar un vals de Johann Strauss, no. Estamos escuchando a Mahler, el Danubio Azul no pintaría nada aquí.

Sobre el minuto 5:45 la trompa toma nuevamente el control de la melodía con una impresionante intervención solista, respondida por la cuerda grave, que va poco a poco desvaneciendo la melodía, para dar comienzo en el minuto 7:15 a un curioso pasaje de unos cuarenta segundos donde la cuerda tiene una larga intervención en pizzicato, contestada por un lejano fagot y luego el resto de la madera. En esta parte yo he visto cómo el director pedía a los músicos que tomaran los violines y violas como si fueran una guitarra… los cellos y contrabajos, no, claro.

Una nueva sección agitada aparece en el minuto 11:05, en la que aparecen curiosas intervenciones de la percusión, hasta que en el minuto 11:55 la trompa acaba con todo esto, volviendo a la melodía original del movimiento. La melodía se desarrolla con nuevas variaciones, siempre protagonizada por intervenciones puntuales de la trompa solista, deslizándose hacia su final… La coda comienza sobre el minuto 18:05, con agitación, hasta que un alarido final de la trompa nos lleva al final del movimiento, y del video con él.

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Vamos ya a escuchar la pieza más famosa de toda la producción mahleriana, el cuarto movimiento, el bellísimo Adagietto, apasionado himno de amor que Gustav le dedicó a su esposa Alma… y que sin embargo se asocia muchas veces a temáticas melancólicas o tristes (y mucho más después de su uso en la dichosa peli Muerte en Venecia, pues ésa, la tristeza, es la tónica general de la película). Por ejemplo, el propio Leonard Bernstein interpretó este mismo Adagietto en la catedral de San Patricio de Nueva York el día del entierro de Robert Kennedy, hermano de JFK y asesinado a tiros, como él, en 1968, cuando era candidato a la presidencia de EE.UU. El video es de fotos de Venecia; esta vez el autor del video no se ha quebrado nada la cabeza:

Se trata de un movimiento de unos once minutos para dos arpas y cuerda, cosa rarísima en la obra de Mahler y en la de casi todo autor de sinfonías desde Beethoven. El metal, la madera y la percusión, que tan activos ha estado en los movimientos anteriores, ahora asisten como meros espectadores a los prodigios que van a acontecer… Las arpas comienzan el movimiento, que debe ser interpretado lentamente, recreándose en cada nota (Mahler etiquetó el movimiento como “Sehr Langsam”, es decir, “Muy Lento”, algo querría decir…).

La melodía se desgrana en la introducción del movimiento, hasta que en el minuto 2:35 arranca el famoso, genial, maravilloso y perturbador tema central del Adagietto (y de las penas y esperanzas y desventuras que Visconti cuenta en su película cuyo nombre no diré más). No voy a comentar nada más. Por favor, escuchad este portentoso y apasionado canto de amor, oíd esta lírica declaración de los sentimientos de Gustav Mahler por su amada Alma. Y emocionaros con él como yo me emociono cada vez que lo escucho.

El movimiento termina, y con él el video, dejándonos en un estado de shock emocional… ¿Cómo poner broche a semejante obra, a este conjunto de maravillas que hemos oído hasta ahora? Difícil. Veamos cómo Mahler resuelve el dilema, porque he aquí el quinto y último movimiento de su Quinta Sinfonía, el Rondó-Finale (con fotos de Capadocia que ya dije que no sé muy bien qué pintan aquí, pero bueno):

Una llamada de trompa nos despierta del letargo: “¡Preparaos para lo que viene!”, parece decir, contestada por el fagot y el oboe y el corno inglés… Pues allá vamos.

Comienza nuevamente como una pieza para trompa y orquesta, aunque pronto es el corno inglés quien parece tomar el relevo… hasta el minuto 1:20, en que de pronto se produce una de esas maravillas musicales que nos dejan alelados: los cellos arrancan una poderosa melodía, que es contestada en canon por los segundos violines ocho segundos más tarde, y otros diez después, por las violas, una breve intervención del contrafagot da entrada a los primeros violines, a los que seguirán los contrabajos… Visualmente, ver ejecutar estos treinta y pocos segundos de maravilla ya merecen la sinfonía entera: ¡Es precioso! Por cierto, el movimiento está etiquetado por Mahler como “Allegro-Allegro giocoso-Frisch, es decir, sucesivamente Allegro, Allegro jocoso, Fresco… Alegre, lo es; Jocoso, también, por momentos, y Fresco, ya lo creo que sí.

En el minuto 3:35 un cornetazo del corno inglés da entrada a una nueva sección. El tema va pasando por los diferentes instrumentos, hasta que en el minuto 6:00 la música se vuelve más solemne, más militar, aunque rápidamente el ambiente festivo se impone nuevo… las intervenciones de oboes y corno inglés dan un ambiente de fiesta popular, pero pronto trombones y trompas nos devuelven al tema original… es delicioso.

La música sigue… en el minuto 11:10 parece tranquilizarse, volverse más íntima, con contrapuntos espectaculares entre los diversos grupos, pero es un espejismo que dura apenas un minuto, pues en el minuto 12:17 exactamente entra una extrañísima cantinela de apenas seis o siete notas a cargo de flautas y oboes que es la precursora de lo que se prepara: la coda final, el Final del Finale, grandioso, solemne, espectacular… No tengo palabras: Oídlo, por favor.

¿Qué decir después de esto? Yo, nada. Todavía estoy enjugándome las lágrimas… Como decía Herbert von Karajan, este final te obliga a contener el aliento, así que ya podéis respirar.

En fin, no queríamos que se acabara (al menos yo no quería), pero se acabó. Espero que esta Quinta de Mahler os haya alegrado el día, como me lo alegra a mí cada vez que la escucho… Y más un 18 de mayo como hoy, de tantos recuerdos mahlerianos. Hace ya cien años que falleció, pero Mahler está en 2011 más vivo que nunca. De hecho, ya ha superado a Beethoven como el autor más interpertado en las Salas de Conciertos de todo el mundo. Y somos legión quienes le agradecemos fervorosamente haber vivido y haber compuesto su música.

¡Gracias, Gustav, estés donde estés!

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Ni que decir tiene que existen muchísimas grabaciones de las sinfonías de Mahler, y de la Quinta en concreto, aún más. Recomendar la versión de Bernstein con la Filarmónica de Viena que hemos escuchado es obvio, es una de las de referencia, indudablemente. Pero hay otras excepcionales también, por ejemplo la de Herbert von Karajan con la Filarmónica de Berlín (Karajan bordaba la música alemana del Siglo XX; eso era lo suyo, no el barroco). Y no puedo por menos que recomendar una auténtica sorpresa: la grabación que el venezolano Gustavo Dudamel, director titular de la Joven Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, hizo con esa misma orquesta venezolana hace tres o cuatro años… es una interpretación fresquísima, y sin embargo de una gran majestuosidad, una delicia de escuchar.

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En Spotify, como podéis suponer, hay un montón de versiones de todo pelaje. He seleccionado la misma que habéis escuchado, una de las mejores grabadas nunca, la de 1972 de Leonard Bernstein con la Wiener Philarmoniker, cuyo enlace podéis encontrar aquí, y otra también de referencia, la de Bernard Haitink con la Concertgebouw de Ámsterdam que encontraréis aquí, pero para aquellos que deseen una visión más moderna y quizás más fresca, menos grandilocuente, recomiendo la magnífica versión de Gustavo Dudamel con “su” Joven Orquesta Simón Bolívar, cuyo enlace encontraréis aquí. Como hay muchas para elegir, escuchar una u otra y comparar entre ellas y decidir por nosotros mismos lo que nos gusta y lo que no de cada una es una auténtica delicia que Spotify permite.

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Y bueno, aquí hoy sí que me voy a poner pesado. Os aseguro que escuchar una sinfonía de Mahler en directo no es nada, pero nada en absoluto comparable a escuchar una grabación extraordinaria en un stereo estupendo. Nada comparable. Nada. La cantidad inmensa de melodías que el genio de Mahler hace sonar simultáneamente en contrapuntos inverosímiles son difícilmente identificables cuando la música es enlatada. No lo sé explicar, pero… ¡Ah, Mahler en directo es el no va más!

Disfrutad de la vida, mientras podáis. A ser posible, escuchando música. Y en un día como hoy, por favor, que al menos un poquito sea de Mahler.

  1. Aseguraba Mahler que ese arreglo sería el que el propio Beethoven hubiera hecho de tener a su alcance una moderna orquesta como las que había a principios de siglo. []
  2. Por cierto, a mí, particularmente, la Sinfonía de los Mil, que me encanta, es no obstante la que menos me dice de toda la producción mahleriana… []
  3. Mahler revisó esta sinfonía en múltiples ocasiones después de 1902, y hasta su muerte en 1911. Es, de alguna manera, “La Gioconda” de Mahler, en perpetua revisión, lo que indica lo especial que era para él esta obra sublime. []
  4. Su siguiente sinfonía, la Sexta, “Trágica”, termina, definitivamente, mal, te deja chafado, y aunque fue la primera, no fue la única en “terminar mal”… []
  5. A algunos quizá os suene lejanamente esta llamada… Es muy similar, probablemente un homenaje, al principio de la Quinta de Beethoven, esas cuatro notas, las tres primeras cortas e iguales y la cuarta larga, seguidas de un silencio para volver a comenzar que, seguramente, son las más famosas de la historia de la música. No sólo Beethoven era el ídolo de Mahler, sino que ésta era su Quinta Sinfonía, así que homenajeó a la otra y famosísima Quinta. []

Sobre el autor:

Macluskey ( )

Macluskey es un informático de los tiempos heroicos, pero no ha dejado de trabajar en Informática y disfrutar con ella hasta la fecha. Y lo que el cuerpo aguante. Y además, le gusta la música...
 

{ 10 } Comentarios

  1. Gravatar OboeCrack | 18/05/2011 at 08:10 | Permalink

    Prime! Jajaja Tiene truco, me aviso Mac del artículo. En primer lugar como siempre decir que me ha encantado. La verdad es que sólo leo el texto, no tengo tiempo de escucharla ahora en exámenes. No sé si lo he dicho antes, pero a mí personalmente me costaría describir como haces tú en texto como va la sinfonía. Ej. “Una llamada de trompa nos despierta del letargo: “¡Preparaos para lo que viene!”, parece decir, contestada por el fagot y el oboe y el corno inglés… Pues allá vamos.” Genial, sin duda. Ese comienzo colorístico es de mis favoritos. Tal y como lo describes queda igual que si lo escuchara en mi cabeza (estoy ahora mismo en un ordenador sin altavoces). Supongo que será ponerse como todo. Habrá que ir a ver la Octava. Yo, por mí, iría todos los fines de semana al auditorio. Pero bueno, hay que ser positivo, este año he ido por lo menos cuatro veces. Gracias, por cierto el artículo de Monedas de Euro que descubrí ayer te recomienda en las monedas de Austria al mencionar a Mozart, jaja. Es muy interesante también. Quizá algún día yo también escriba algo productivo en el cedazo. Me tienes que contar tus inicios.

  2. Gravatar Macluskey | 18/05/2011 at 10:29 | Permalink

    @Oboiecrack: ¿Mis inicios? ¿Como escritor (si es que a juntar estas letras se le puede llamar “escritor”) o como informático?

    Pues lo tienes fácil: Aquí: (http://eltamiz.com/elcedazo/series/historia-de-un-viejo-informatico/) están ambas cosas. Pero no te distraigas, que son como ciento cincuenta mil palabras, y aprobar es lo primero.

    El finde del 3,4,5 de junio toca Josep Pons la Tercera de Mahler. La repanocha de Sinfonía, por cierto. Pero es la última del ciclode la ONE. Todavía toca la Sinfónica de Madrid el jueves 16 de junio, la Inacabada de Schubert y la Novena Sinfonía de Bruckner, dirigidas por López Cobos. Promete ser un fin de temporada apoteósico, ya veremos cómo se les da.

    Gracias por tu comentario. Y escucha cuando puedas a la Wiener Philarmoniker dirigida por Bernstein tocando esta Quinta… Es sublime.

    Saludos

  3. Gravatar Angel | 20/05/2011 at 01:45 | Permalink

    Una pregunta, para la que probablemente no haya respuesta, ¿por qué estas geniales composiciones pasaron sin pena ni gloria en su momento? ¿Simplemente no encajaban con los gustos de la época? ¿Era música demasiado compleja?

  4. Gravatar Macluskey | 20/05/2011 at 02:29 | Permalink

    @Angel: No sé muy bien la respuesta, pero por ahí andan los tiros. Escucha a Brahms, el tótem del clasicismo de la época. Por ejemplo su maravillosa Tercera Sinfonía. Las líneas melódicas son claras, los contrapuntos, sencillos. La temática, clásica, predecible. Allegro-Andante-Scherzo-Allegro. Siempre igual…

    Escucha después la Marcha Fúnebre de esta misma Sinfonía, que encima es de las más “tradicionales” de D. Gustav (imagina si escuchas la Segunda, o la Novena…). Primero, una Marcha Fúnebre. ¡Menuda forma de empezar una sinfonía, cuando lo normal es comenzarla con un buen Allegro que capte la atención del público! Después: complejísima. Es fácil reconocer ocho o diez líneas melódicas simultáneas; más adelante habrá incluso quince o veinte. Luego, el tratamiento de los fortíssimos y los pianíssimos. Impredecibles. De pronto una melodía suave y tranquila es interrumpida por un clarinazo del metal en fortissimo que te levanta del asiento… y cuando debería de desarrollar el tema, lo termina abruptamente y empieza otro nuevo (eso pasa clarísimamente en el movimiento final de la Sinfonía núm. 2, Resurrección). Etc. Etc.

    No, no me extraña que resultara extraño en la época, de la misma manera que pocos años antes los pintores “impresionistas” fueran desdeñados por los clasicistas, acostumbrados a Courbet, Delacroix y compañía. El propio nombre “impresionista” se acuñó como despectivo en su momento, tomando el nombre del cuadro “Impresión, Sol naciente” de Monet en la primera expocición de estos artistas marginales. Entonces nadie los entendió. Sólo su hermano le compraba los cuadros a Van Gogh, a nadie le gustaban… Touluse-Lautrec formaba parte del lumpen, etc.

    Pero los tiempos iban cambiando. Llegó Schönberg, hizo de la atonalidad una religión cuando inventó el dodecafonismo, y el que más el que menos volvió sus ojos a Mahler y a sus innovaciones no tan radicales. Kemplerer, Haitink, Bernstein, etc lo fueron descubriendo tras la Segunda Guerra Mundial.

    Et… voilà! Cien años más tarde, es el compositor más interpretado, más que Beethoven, que Mozart, que Bach. Y todo con una producción mínima, de no más de quince o veinte obras.

    ¿Se nota que me gusta Mahler? :)

  5. Gravatar Juan Carlos Giler | 20/05/2011 at 03:03 | Permalink

    Una pregunta mas bien básica, como corolario de la anterior…. ¿Cuando la música clásica comienza a ser clásica?

    No se…. siempre pensé que era cuando el autor fallecía….. ¿Que piensan ustedes?

    Saludos

  6. Gravatar J | 23/05/2011 at 12:46 | Permalink

    Un profesor me dio una vez una explicación a ese fenómeno. No era profesor de música, arte, literatura… sino de ¡economía! Hay dos efectos, uno artístico y otro económico:

    1) Artístico: los genios de cualquier arte son los que hacen algo nuevo. Si hacen lo mismo que ya hay, lo harán bien, pero no serán genios. Para ser genio no hay que estar a la última, hay que estar más allá de lo último, ser “lo siguiente” (por cierto, que otro profesor me decía básicamente lo mismo sobre los grandes proyectos científicos).

    2) Económico: mientras están vivos, pueden seguir pintando más, componiendo más, escribiendo más… así que simplemente por la ley de la oferta y la demanda, lo que pintan/componen/escriben vale poco. Cuando se muere es cuando hay escasez y el precio sube.

    Claro que esas dos frases no explican la fama de muchos artistas históricos. Van Gogh se moría de hambre, pero se cuenta que Picasso llegó a pagar un armario entregándole al ebanista el boceto del mueble (firmado, claro). Mahler no fue reconocido, pero los Rolling Stones llenan el aforo cada vez que tocan. Quevedo vivió muchas veces ahogado por las deudas, pero Tom Clancy no pasa hambre precisamente.

    En fin, creo que es más complicado de lo que parece…

    (Por cierto, aun no he tenido tiempo de escuchas las obras del artículo)

  7. Gravatar OboeCrack | 07/06/2011 at 10:21 | Permalink

    ¿Fotos apologéticas en tus otros artículos?

    Eso es porque sabías que tarde o temprano acabarías haciendo un artículo sobre esta sinfonía, sino no me lo explico.

    http://eltamiz.com/elcedazo/wp-content/uploads/2009/05/amazon-mahler-5.jpg

  8. Gravatar Macluskey | 08/06/2011 at 09:03 | Permalink

    Ja, ja, ja… ¡Puede que tengas razón!!

    Efectivamente usé hace eones (dos añitos ya) una captura de amazon para ilustrar alguna cosa muuuy importante en mi “Historia de viejo informático”… y como soy “hincha” de Mahler, elegí algo de él. Y la Quinta era una elección muy probable. ¡No iba a elegir las Canciones a los Niños Muertos!!!

    En fin, parece que el destino estaba escrito en algún sitio.

    Muy aguda observación!

  9. Gravatar Robert | 19/10/2013 at 01:44 | Permalink

    Todo un placer escuchar tan increible sinfonía. Hoy calculo que pasaron ya 102 años y algo más en realidad de la muerte de Gustav Mahler, y su vigencia sigue marcando “época” por lo menos entre los mahlerianos. Gracias por sus comentarios y por este espacio y si aun es posible para usted, hacer un especial de mi favorita; la 4ta.

  10. Gravatar Macluskey | 19/10/2013 at 09:43 | Permalink

    Ay, la Cuarta… Qué maravilla de sinfonía, tan “campestre”, tan bucólica y tan alegre. Una preciosidad.

    Claro que… ¿Y la Segunda, la Resurrección? ¿La Sexta, la Trágica? ¿Y la Titán, la majestuosa Primera? ¿Y la Octava, la de los Mil, que escuchada en directo es simplemente uno de los espectáculos que uno no debería perderse en la vida? Por no hablar de la Séptima, o la tristísima pero bellísima Novena, o del Canto de la Tierra…

    Y me dejo para el final la Tercera, probablemente la obra más larga que se programa normalmente en el repertorio de las orquestas del mundo, con sus casi dos horas de perfección y ese Adagio tranquilo final que parece que al gran Gustav le daba pena terminar, porque parece que acaba y sigue, y sigue… y cuando acaba por fin, al que te da pena es a ti. Y que quizás sea la que más me gusta a mí, si es que teng oque decantarme por una.

    Hace poco me preguntaba un amigo lego en música pero deseoso de conocer más, esa pregunta tan habitual de “Quién es el mejor compositor de todos los tiempos”. Claro, esto es como si te preguntan que “quién es el mejor pintor de la historia” o “el mejor futbolista” o “el mejor actor”, etc, etc.

    Dicho lo cual, en mi modesta opinión, le dije que, al igual que Velázquez es la culminación de un atradición de cinco siglos de pintura figurativa, para mí Mahler es la culminación de otros cinco siglos de música modal o tonal… tras él, se produjo la ruptura schönbergiana, el dodecafonismo y los mil “-ismos” que yo creo que no son sino un reconocimiento tácito de muchos compositores de principios del Siglo XX de que “ya que no podemos hacer mejor música tonal que la don Gustav, probemos con otra cosa”

    ¿Se nota que me gusta Mahler? ;)

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  1. [...] movimientos, tres partes así concebidas por el propio Mahler, resultando desde mi propia “miopía auditiva” como visiones pintadas desde distintas [...]

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