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Lo que se preguntan sus alumnos de 3º de la ESO – XXV: ¿Por qué no nos podemos chupar el codo?




La entrada de hoy va a ser muy escueta. Siguiendo el orden de la lista de preguntas a la que hemos de tratar de dar respuesta, hemos llegado a una de ellas a la que no soy capaz de cogerle el puntillo del interés, interés que indudablemente debe tener cuando fue escogida como una pregunta interesante realizada por un alumno de 3º de la ESO, o al menos interesante para él . Es como si me dijeran: “explica el porqué no puedes aplaudir -en realidad sería por analogía “orejear”- con las orejas”.

Pero nuestro compromiso es responder a todas las preguntas efectuadas por los chicos y chicas según se han visto propuestas en el blog del profesor Lorenzo Hernández. Así que allá vamos…

Una imagen vale más que cien palabras (Imagen de la red, CC BY)

Quizás la duda, posiblemente planteada en un momento de esos “… y ahora yo qué digo”, queda enmascarada por el hecho de haber utilizado el verbo “chupar” en vez de el de “morder”. Porque la simple verdad es que SÍ podemos chuparnos el codo, como vemos en la imagen anterior. Todo depende, lógicamente, de las proporciones anatómicas de nuestro esqueleto y de nuestras habilidades. Veamos un poco cómo es esta métrica con la ayuda del croquis de más abajo.

Para poder llegar con la boca al codo deberemos flexionar la articulación proximal del húmero -el hueso del brazo- para elevarlo hasta que esté posicionado lo más próximo a la boca. Conviene rotar la articulación glenohumeral -que simplemente es la del hombro, pero como queremos dar altura “científica” a la entrada, ahí queda lo de glenohumeral- para presentar la cara interna del codo hacia la cara, que quedará en la posición marcada como punto B en el esquema del esqueleto humano que presentamos más abajo.

Una vez conseguida esta flexión y torsión habrá que aproximar la boca a este punto B, lo cual lo tendremos que realizar basculando la cabeza mediante la flexión delantero-lateral del conjunto de vértebras cervicales. Si se consigue, la boca habrá sido posicionada en el punto A del esquema. Quedaría por tanto aproximar el punto A al punto B, o viceversa. Lo cual se puede hacer de dos maneras: [1] Forzando la flexión cervical y prognatando el eje mandibular o, “ítem más”, [2] añadiendo a lo anterior, si no fuera suficiente, la proyección de la lengua fuera de la boca.

Estudio métrico de la posibilidad de acercar la boca al codo (imagen modificada a partir de la web, fair use)

La lengua es un órgano muscular que queda anclado a la oquedad bucofaríngea en varios puntos, siendo el más trascendental para el caso que nos ocupa el frenillo sublingual, también conocido como frenulum linguae. Hay una parte sustancial de la población, llamémosle X, que tiene este frenillo muy corto (diversas imágenes aquí), lo cual hace que las personas de este subconjunto poblacional se vean impedidas de llegar a lamerse el codo por sus propios medios. No obstante, hay referencias fidedignas del siglo XVII y posteriores que aseguran que la Santa Inquisición lo conseguía fácilmente usando unas simples tenacillas. Por el contrario, el resto de la humanidad, el conjunto (1-X), no debería tener problemas excesivos para prolongar la lengua fuera de la boca de forma sustancial y así, por asimilación al oso hormiguero y su apéndice de hasta medio metro de longitud, poder aliviar el hormigueo o picazón en la cúspide del codo. Lo que puede llegar a ser interesante cuando uno es manco, porque si no lo es seguramente es más sencillo rascarse con la otra mano…

No entro en la disquisición relativa al caso de “morderse” el codo, ya que es fácil deducir que esto no es posible dado el evidente problema anatómico que nos lo impide. Baste observar el anterior croquis del esqueleto como para deducir que la operación exigiría evidentemente otra operación… en este caso quirúrgica. Que consistiría en girar 180º el húmero intercambiando sus articulaciones distales, de forma que la del codo, punto C del croquis, quedara enfrentada al eje longitudinal de la boca, lo que facilitaría en gran medida el que nos pudiéramos introducir el codo en la cavidad bucal. No entro en otro tipo de alternativas mucho más traumáticas -y seguramente imposibles-, como la de alterar los procesos de metabolización del colágeno, lo que proporcionaría al húmero una “plasticidad” fuera de lo normal. Es evidente que estas soluciones no son recomendables por las evidentes contraindicaciones y molestias que ocasionaría y que somos capaces de imaginar.

Además, y ahí va la necesaria e inevitable píldora evolutiva, si no nos podemos morder el codo de forma natural es porque con ello, presumiblemente, ninguno de nuestros antepasados se hubiera alimentado mejor, ni hubieran huido con más sagacidad de los predadores y otras amenazas, ni hubieran procreado su descendencia con mayor abundancia. A todos los que lo consiguieron se los comió un león o cualquier otro bicho similar mientras perdían el tiempo mordiéndose el codo. No cuentan en el cómputo todos aquellos que también fueron depredados mientras se rascaban el codo porque les había picado un tábano. Los estructurales y los no coyunturales no están hoy aquí.

Con esto creo que queda contestada la inquietud de nuestro alumno o alumna de 3º de la ESO, después de haberlo intentado hacer con la misma jocosidad con la que imagino la planteó en su momento.

¡Ah! Y feliz Día de los Inocentes.

 

 


Sobre el autor:

jreguart ( )

 

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