El Tamiz

Ignora lo accesorio, atesora lo esencial

Conoce tus elementos - El hierro

Como sabéis los más viejos del lugar, la serie Conoce tus elementos recorre la tabla periódica tratando de mostrar los aspectos más interesantes y curiosos de cada elemento químico. Tras años de camino (¡y los que nos quedan!) y después de conocer el colorido manganeso de veinticinco protones, nos encontramos con el elemento de veintiséis protones, un viejo conocido, en el que espero que después del artículo de hoy pienses simplemente como el Rey: el hierro (Fe).

Sí, el hierro es un elemento cotidiano; hoy no voy a decir eso de “puede que no lo sepas, pero hoy has tocado hierro”, porque ya sabes perfectamente que sí, hoy con toda seguridad lo has tocado, ¡está por todas partes! Sin embargo, esta ubicuidad no debe hacernos olvidar lo maravilloso, casi mágico, de la presencia de hierro a nuestro alrededor… ¿de dónde ha salido todo este hierro?

Puede que ya conozcas la respuesta, especialmente si has leído La vida privada de las estrellas y, en particular, el artículo sobre las supernovas de tipo II, ya que es precisamente de ahí de donde proviene todo el hierro que tienes a tu alrededor. La energía que hace brillar a las estrellas e impide que su propia gravedad las colapse –en el caso de las grandes– es la de la fusión nuclear, mediante la que nuestro propio Sol, por ejemplo, consume núcleos de hidrógeno y produce helio y cantidades ingentes de energía.

La razón de esa producción de energía es, dicho mal y pronto, que la que contiene un núcleo de helio es menor que la de dos núcleos de hidrógeno separados: al formarse algo con menos energía que lo que había al principio, la energía sobrante se libera en forma de fotones muy energéticos y otras partículas, y como consecuencia, el Sol brilla. Algo parecido sucede, por ejemplo, cuando se fusionan núcleos de carbono para producir otros más pesados, como neón, aunque para eso hacen falta temperaturas y presiones mucho mayores que las existentes, ahora o en el futuro, en nuestra pequeña estrella – se producen núcleos más pesados cuya energía de enlace es menor que la de los núcleos atómicos originales antes de fusionarse, y el exceso de energía se libera.

Nebulosa del cangrejo

Nebulosa del cangrejo, resto de la supernova de tipo II SN 1054 (NASA/ESA).

Podríamos pensar en ello así: una estrella consume hidrógeno, como nosotros podríamos quemar madera para producir energía –no se trata de una combustión, claro, sino de fusión nuclear, pero bueno–. La fusión del hidrógeno es una fuente extraordinaria de energía, pero llega un momento en el que se acaba el hidrógeno –la madera–. La estrella entonces hace una especie de “reciclaje”: consume las cenizas de la primera reacción (el helio o en nuestra analogía, las cenizas de la madera), ya que aún se obtiene algo de energía de ello. A continuación, aunque la cosa sea más difícil de imaginar, la estrella consume las cenizas de las cenizas, ya que aún es posible obtener algo de energía en esa reacción, y luego las cenizas de las cenizas de las cenizas… pero llega un momento en el que ya no se puede ir más allá: se tienen las “cenizas últimas”, cenizas que ya no pueden reaccionar de ningún modo que proporcione energía, como si todo el jugo energético se hubiera exprimido ya completamente. Pero ¿qué son esas “cenizas últimas” de las que no se puede extraer ya más energía por fusión?

Hierro.

El hierro es el final del camino. Esta disminución de energía de enlace respecto a los núcleos sueltos se produce en todos los elementos hasta el hierro-56, que se produce como resultado final de la fusión del silicio, como describimos al hablar de las supernovas de tipo II; algo que sucede a temperaturas y presiones inimaginables en el interior de estrellas supermasivas. El siguiente paso natural sería la fusión de hierro-56 y helio-4 para producir zinc-60… pero el zinc tiene más energía de enlace por nucleón que el hierro, no menos. Esto no quiere decir que no puedan producirse elementos más pesados, como el propio zinc, o uranio, o plata y oro, sino que para lograrlo no sólo no se libera energía, sino que hace falta absorberla.

No voy a seguir hablando aquí de lo que sucede cuando se va acumulando hierro en el núcleo de la estrella porque no es el objetivo de esta entrada, pero sí me gustaría que la próxima vez que tuvieras un trozo de “aburrido” hierro en la mano se te venga a la cabeza la imagen de su origen: la ceniza nuclear última en el núcleo de una estrella diez veces más masiva que el Sol, el resto final que precede a una supernova, el suceso más violento que hemos observado jamás. Y, además, que recuerdes que ese hierro ha llegado hasta tu mano tras su dispersión por la galaxia a causa de la propia supernova, ya que nuestro minúsculo y patético Sol nunca sería capaz de producir un elemento tan especial.

Pero no sólo es especial por su condición de “cenizas últimas”, sino también por la enorme cantidad que existe en nuestro planeta. Incluso al fijarnos en el Universo en general, hay hierro en cantidades enormes; nuestras estimaciones realizadas mediante la espectroscopía al observar los elementos que constituyen la Vía Láctea nos indican que el hierro es, en masa, el sexto elemento más común de la Galaxia, precedido de hidrógeno, helio, oxígeno, carbono y neón. Evidentemente, la cantidad de hierro es irrisoria comparada con la de hidrógeno… pero la cosa cambia mucho al fijarnos en nuestro propio planeta.

La razón es que el hierro es muy pesado; hay otros átomos aún más grandes, por supuesto, pero el hierro es especial en esto porque combina una gran densidad con una gran abundancia, lo que supone que, en la formación de los planetas a partir de planetesimales, una gran proporción de la masa de los planetas más pequeños resultó ser de hierro. En los más grandes, como Júpiter, la masa llegó a ser tan grande que la gravedad fue capaz de mantener enormes cantidades de elementos ligeros, pero no así en los pequeños, como la Tierra: en ellos, la mayor parte de la masa era del elemento más pesado disponible en grandes cantidades: hierro.

Por eso, el hierro es el elemento más común en la Tierra con mucha diferencia. Es, como he dicho al principio, el Rey. Sin embargo, no es el más común a nuestro alrededor, ya que nosotros vivimos en una región especial de la Tierra: sobre su corteza, donde se concentran los elementos menos densos. El hierro es de tal densidad que la mayor parte se hundió desde el principio hacia el centro del planeta, y constituye, junto con el níquel, el núcleo de la Tierra. Es como si nuestro planeta fuese, en cierto sentido, una bola densísima de hierro-níquel con algunos detritus “pegados” alrededor debido a la gravedad –entre ellos, nosotros–.

En la corteza terrestre, como digo, hay otros elementos más comunes, pero el hierro sigue siendo uno de los más frecuentes: situado tras el oxígeno, el silicio y el aluminio, el hierro es el cuarto elemento más común de la corteza. Por lo tanto, es algo con lo que hemos convivido desde antes de tener conciencia de ser seres humanos, pero hay un problema, como tantas otras veces: es dificilísimo encontrarlo puro.

Al igual que otros muchos metales de transición, de la “zona media” de la tabla, el hierro tiene varios estados de oxidación posibles, es decir, puede ser más estable ganando o perdiendo diferente número de electrones. Los dos más comunes, con diferencia, son +2 y +3, es decir, que el hierro alcanza la estabilidad librándose de dos o tres electrones –si es que encuentra átomos a su alrededor dispuestos a aceptar esos electrones, por supuesto–. En la corteza terrestre, prácticamente todo el hierro existe combinado con oxígeno, en forma de óxidos de hierro. Los dos más comunes son el óxido de hierro (II), FeO, y el óxido de hierro (III), Fe2O3, también conocidos como óxido ferroso y óxido férrico respectivamente. En pocos lugares caminarás sobre suelos en los que no existan uno, otro o los dos en mayor o menor medida.

Hematita

Hematita (DanielCD/CC 3.0 Attribution-Sharealike License).

Las dos rocas más frecuentes en las que se encuentran estos óxidos –y por lo tanto hierro en la corteza terrestre– son la hematita y la magnetita. La hematita es Fe2O3 cristalizado, y aunque la hay de varios colores, es abundante la de tonos rojizos, de ahí su nombre, cuya raíz proviene del griego para sangre, como en hematología. Se trata de una roca muy común, y en los lugares en los que hay altas concentraciones de hematita se extrae comercialmente para obtener hierro de ella.

La magnetita es también muy conocida; se trata en este caso de una combinación de los dos óxidos, FeO·Fe2O3, a veces escrita Fe3O4. Es bastante menos llamativa que la hematita, y seguramente ni siquiera nos hubiéramos fijado demasiado en ella si no fuera porque es la sustancia más magnética de la Tierra… tanto que el propio nombre de magnetismo proviene de ella; a su vez, parece que la magnetita se llama así por haberse descubierto sus propiedades por primera vez en la región de Magnesia, en Tesalia, Grecia (una región, por cierto, que ha dado nombre a bastantes cosas, como el magnesio).

Hematita

Magnetita y pirita (Archaeodontosaurus/CC 3.0 Attribution-Sharealike License).

Como he dicho antes, el problema no es encontrar hierro por ahí, sino conseguirlo puro. Su reactividad con el oxígeno es tan grande que casi siempre aparece combinado con él, lo cual nos impidió, a lo largo de una gran parte de nuestra existencia como especie, poder disfrutar de sus utilísimas propiedades. Afortunadamente para algunos, sí es posible encontrar hierro no oxidado en la Tierra, pero es extraordinariamente raro. Como recordarás si eres lector de los viejos, cuando recorrimos el Cinturón de Asteroides en El Sistema Solar hablamos acerca de los asteroides de tipo M o metálicos, no tan comunes como otros, pero importantísimos por su contenido en hierro-níquel. Como sucede con los demás tipos, de vez en cuando uno de estos asteroides intersecta la trayectoria de la Tierra; a veces se trata de un asteroide de tamaño suficiente para que una parte, aunque sea pequeña, alcance el suelo, y el resultado es espectacular. Imagino que, al encontrar uno de estos pedazos de hierro meteórico, completamente distintos de cualquier otro tipo de meteorito en apariencia, sería muy natural considerarlos un regalo de los dioses.

Hematita

Catorce toneladas de hierro-níquel: Meteorito de Willamette (Dante Alighieri/CC 3.0 Attribution-Sharealike License).

Hemos encontrado algunos restos arqueológicos de aleación de níquel-hierro creados a partir de meteoritos; algunos datan de cinco mil años antes de nuestra era, pero se trata de “regalos de los dioses”: casualidad pura y dura de haber encontrado el metal tal cual, sin la tecnología necesaria para separarlo del oxígeno de una roca ferrosa. Algunas puntas de lanza egipcias y sumerias de alrededor de 4 000 a.C. son también de origen meteórico, y tampoco aquí puedo detener mi imaginación. En la época, la mayor parte de las armas, escudos y armaduras eran de bronce. Imagino que, al atacar utilizando armas de hierro meteórico, cuya dureza es muchísimo mayor, y observar cómo el bronce se deformaba y no era capaz de detener las armas de hierro, este material debe de haber parecido mágico, y las armas, objetos maravillosos, especialmente por lo únicas que eran. Se piensa, de hecho, que el hierro-níquel meteórico era bastante más caro que el oro, y con toda la razón.

Como tantos otros avances tecnológicos, la obtención de hierro a partir de sus rocas era algo inevitable, y seguramente se logró en varios lugares y momentos. Al fin y al cabo, ya lo hacíamos con el estaño y el cobre desde unos cuantos milenios antes, aunque es bastante más fácil debido a la temperatura de fusión y reactividad de uno y otro. El estaño se funde a unos 250 °C y el cobre a 1100 °C, mientras que el hierro lo hace a unos 1400 °C. Además, la tecnología necesaria no sólo involucra la temperatura: sí, cuanto más caliente, más fácil fundirlo, pero cuanta más temperatura, más fácilmente se produce la reacción con el oxígeno del aire y, por tanto, la formación de óxidos de hierro, que es justo lo que no queremos.

El caso es que, en el Oriente Medio del primer y segundo milenios antes de nuestra era, las culturas que iban logrando obtener hierro ellas mismas, o que comerciaban para comprarlo, tenían una ventaja extraordinaria contra las demás. Exagerando, era como lograr armas de fuego en un mundo que utilizase flechas, o bombas nucleares en un mundo que utilizase granadas: un soldado pertrechado con armas y armadura de bronce no es oponente para otro igualmente entrenado que utilice armas y armadura de hierro –o, mejor dicho, de acero, de eso hablaremos en un momento–. Pero claro, como tantos otros avances militares, en un tiempo relativamente corto su conocimiento se extendió y acabamos todos “mejorando” en el sentido de “matándonos más eficazmente unos a otros”, como tantas otras veces. ¡Ay, monos cascarrabias con hierro al alcance de la mano!

Sin perdernos en la Historia, una vez más quiero hacer énfasis en lo especial del hierro: no es tan duro y resistente como otros metales, y desde luego no resiste la corrosión y oxidación demasiado bien. No, no es el metal más pesado, ni el más bello, ni el más duro… pero los metales que son superiores a él en esos aspectos son muchísimo menos abundantes. Sí, el equilibrio una vez más es lo que hace al hierro el rey: sin otros metales, probablemente hubiésemos construido una civilización tecnológica buscando alternativas. Podríamos haber llegado a donde estamos sin oro, sin plata, sin titanio o sin aluminio… pero no sin hierro. Somos una civilización del hierro más que de cualquier otra cosa. Y este metal maravilloso con el que hemos construido prácticamente todo, cuando está puro, tiene este aspecto:

Hierro puro

Hierro puro (Alchemist-hp/Free Art License).

Sin embargo, nadie en su sano juicio lo emplearía puro para construir armas o vigas. Para empezar, otros metales de los que hemos hablado en la serie, como el aluminio, se “protegen a sí mismos” al oxidarse: el óxido forma una fina capa en la superficie del metal y evita que el interior se siga oxidando. Sin embargo, el hierro es diferente: sus óxidos ocupan un volumen bastante mayor que el hierro puro, con lo que la parte oxidada se “hincha” a nivel microscópico, es mucho menos densa y acaba quebrándose y separándose del resto del metal. Como consecuencia, el interior queda expuesto a la intemperie y, a su vez, se oxida, con lo que lo mismo va sucediendo poco a poco hasta que se oxida el trozo entero. Esto le sucede también al acero, del que hablaremos en un momento, y ya vimos cómo evitarlo añadiendo otros metales a la aleación.

Cadena de hierro oxidado

Hierro oxidado (Marlith/CC 3.0 Attribution-Sharealike License).

Además, el hierro puro es un metal blando, tanto como el aluminio; sin embargo, basta añadir pequeñísimas cantidades de ciertas impurezas, especialmente de carbono, para que esto cambie radicalmente; tan sólo una concentración de carbono de diez partes por millón dobla su dureza, y con un 1-2% de puede lograr una resistencia con la que el hierro puro ni soñaría - pero en ese caso estamos hablando de una aleación que puede ser de muchos tipos diferentes o, mejor dicho, de la aleación, tal es su importancia: el acero.

Dicho mal y pronto, el acero es como es porque los átomos de carbono, al colarse en la estructura de hierro, hacen de “anclajes” que evitan que las irregularidades en la estructura metálica puedan deslizarse libremente y que el metal se separe en trozos con facilidad. Claro, si hay demasiadas impurezas la cosa tampoco funciona demasiado bien, ya que hay tantos “anclajes” y tan poco material en el que anclarse que el acero se deslavaza. ¡Equilibrio! Como hemos visto además a lo largo de la serie, al añadir otros metales (e incluso no metales, como silicio) al acero, pueden lograrse resistencias aún mayores y versiones ligeras pero extraordinariamente útiles de acero… pero al final es, básicamente, hierro y sus secuaces.

Acero fundido

Acero fundido saliendo de un horno eléctrico (dominio público).

No cabe duda de que los primeros usos del acero, según se iba descubriendo el secreto de su forja, fueron bélicos: así es, desgraciadamente, la naturaleza humana. Sin embargo, el acero ha sido mucho más benefactor que verdugo: sin él, nuestra sociedad no sería posible y, no, no estoy exagerando. El 95% del metal que utiliza cada año el ser humano es hierro aleado con carbono y otras cosas – es decir, acero. Sin él no habría industria, ni aviones, ni coches ni máquinas térmicas de casi ningún tipo, ni edificios de gran tamaño, ni prácticamente nada que caracterice nuestra sociedad industrializada. Nuestra especie no ha encontrado un aliado mejor para avanzar tecnológicamente. Y, antes de que frunzas el ceño, a mí tampoco me gustan muchas cosas de la sociedad que hemos creado, pero tampoco quiero volver a tiempos más oscuros, ni es justo culpar de nuestros errores a la herramienta – palabra, por supuesto, que proviene de nuestro metal favorito.

Pero este metal no sólo es esencial para mantener nuestra civilización, sino que sin él no podríamos vivir, ya que desempeña un papel fundamental en nuestra biología. Aquí, al contrario que en nuestra industria, no es un elemento estructural que empleemos en grandes cantidades, sino un especialista en cantidades pequeñas, pero un especialista vital –y no es una forma de hablar, sino una verdad literal–.

Existen multitud de proteínas que contienen átomos de hierro, pero sin duda la más conocida de todas es la hemoglobina. Esta proteína, presente en los glóbulos rojos de casi todos los vertebrados, es la encargada de atrapar oxígeno en los pulmones y llevarlo luego, a través de la sangre, a las células, para que éstas puedan realizar la respiración celular; también es capaz de transportar moléculas de otros gases, como dióxido de carbono o monóxido de nitrógeno.

Hemoglobina

Hemoglobina (Zephyris/CC 3.0 Attribution-Sharealike License).

Todo este “atrapar” y “soltar” moléculas de O2, NO o CO2 sucede, entre otras cosas, gracias a ese discreto pero versátil átomo de hierro presente en la hemoglobina, que puede sufrir reacciones de oxidación-reducción, tomar o ceder electrones y quedarse “pegado” a la molécula a transportar de que se trate. De manera que, dicho mal y pronto, si estás respirando ahora mismo es gracias al hierro. Cada día, el cuerpo humano emplea unos 20 miligramos de este elemento sólo para crear glóbulos rojos –aunque, todo hay que decirlo, parte de él es “reciclado” de glóbulos rojos muertos, con lo que no hace falta consumir todo eso cada día–.

Pero la hemoglobina no es más que uno de los lugares en los que encontrar hierro en nuestro organismo: un adulto en buen estado de salud y con una nutrición adecuada tiene alrededor de 4-5 gramos de hierro en su cuerpo, de los que la mitad está en la hemoglobina sanguínea. Las células lo emplean en muchas otras proteínas responsables de multitud de reacciones químicas sin las que no podrían vivir, una vez más gracias a la versatilidad del hierro en cuanto a oxidación y reducción se refiere.

Afortunadamente, dado que se trata de un metal tan útil para tantos seres vivos, animales y vegetales, es fácil obtenerlo en la dieta si ésta es suficientemente variada. El defecto de hierro lleva a sufrir un tipo de anemia, ya que sin él no puede formarse la suficiente hemoglobina y, sin ella, el transporte de oxígeno en sangre se ve limitado. Pero, por otro lado –y como pasa tantas veces– en la moderación está la virtud, ya que un exceso de hierro en el organismo también es un problema, ya que este metal puede llegar a ser tóxico.

La ironía del asunto es que el peligro se debe precisamente a la versatilidad oxidativa del hierro. Si consumimos hierro que el cuerpo va a emplear como parte de proteínas, no hay problema, pero si existe demasiado hierro “sin usar”, es decir, iones Fe2+ o Fe3+ en la sangre, éstos pueden entrar en la célula y reaccionar allí con distintos compuestos, formando radicales libres que, a su vez, pueden producir daños genéticos y de otro tipo. En nuestro cuerpo existe un grupo de proteínas, llamadas transferrinas, encargadas precisamente de evitar este problema “atrapando” el exceso de hierro libre en la sangre, pero si hay tanto que se ven superadas, tenemos un problema.

Eso sí, una vez más somos afortunados: es muy difícil intoxicarse con hierro. La mayor parte de las intoxicaciones se producen cuando alguien consume suplementos de hierro destinados a un paciente con deficiencia del metal, cuando la otra persona no tiene defecto de hierro; esto sucede especialmente cuando es un niño quien consume suplementos que no necesita, ya que la toxicidad depende de la cantidad de hierro por cada kilogramo de masa.

De modo que ahí lo tienes: discreto, cotidiano, con el perfecto equilibrio entre propiedades útiles y abundancia extraordinaria, ceniza última de la fusión estelar, base de nuestra civilización y, con moderación, dador de vida. ¿No se merece que nos quitemos el sombrero?

En el próximo artículo de la serie, el elemento de veintisiete protones: el cobalto.

Ciencia, Conoce tus elementos, Química

29 comentarios

De: oalfonso
2011-05-19 21:17:49

Gracias por el artículo Pedro. ¿Podrías explicarnos como funciona un alto horno y las reacciones que suceden con el coque?


De: josell
2011-05-19 21:49:47

Esxelente articulo, como siempre.

Una pregunta: las civilizaciones que lograron obtener hierro de las rocas, ¿lo hicieron simplemente con mineria de escazo hierro puro o tenian tecnicas para separar el oxigeno del hierro? ¿como?


De: Conoce tus elementos – El hierro
2011-05-19 23:18:56

[...] Conoce tus elementos – El hierro eltamiz.com/2011/05/19/conoce-tus-elementos-el-hierro/  por mezvan hace 4 segundos [...]


De: xx32
2011-05-20 00:00:52

Fe > Cu


De: ferdus
2011-05-20 11:50:24

Al igual que oalfonso en el primer comentario, me encantaría saber como funcionan los altos hornos. ¿Cómo se añaden las impurezas?


De: Juan Carlos Giler
2011-05-20 15:59:49

Gran artículo, conociendo la historia del Rey.
¿Fe -> Ferrum?

Siempre pensé que el acero (las impurezas al hierro) se mezclaban como una sopa (ya saben: agua, zanahorias, brócoli, patatas, etc...)

Saludos


De: kemero
2011-05-20 19:15:22

oalfonso, como un tentenpie: http://es.wikipedia.org/wiki/Alto_horno

Gran artículo Pedro! En algún momento habría que explicar por que la magnetita es magnética, que pasa con esos oxígenos y hierros de mas (con respecto a la hematita) que generan un campo magnético.


De: Anónimo
2011-05-21 14:24:30

"Podríamos haber llegado a donde estamos sin oro, sin plata, sin titanio o sin aluminio…"
"Sin él no habría industria, ni aviones, ni coches"

Aviones comerciales de madera ya!!!


De: Josecb
2011-05-21 16:51:24

Buenas, tengo entendido que el acero de los buques hundidos antes de la segunda guerra mundial está muy cotizado porque todo el hierro que se ha obtenido desde entonces tiene trazas radiactivas y no sirve para construir instrumentos de precisión o satélites.

¿Es cierto?

En caso de ser así ¿por qué hoy en día no somos capaces de obtener hierro sin radiactividad?¿No es posible aislarlo del medio?


De: Jefe Ryback
2011-05-21 23:33:28

8 El problema reside en que para fabricar acero hace falta insuflar cantidades enormes de aire en los hornos. Y ese aire está RELATIVAMENTE muy cargado de elementos radioactivos procedentes de la multitud de pruebas cona rmamento nuclear que se hicieron durante la segunda mitad del siglo pasado.

Es una cantidad de radiación muy baja como para ser un riesgo para la salud; pero sí que es un condicionante cuando deben construirse aparatos de medición de sensibilidad extrema.

PD: Por cierto, aprovecho mi primer comentario por estos lares para felicitar a todo el equipo que mantiene y llena de tanto y tan buen contenido esta página web. ¡Seguid así, sóis grandes!


De: Josell
2011-05-22 06:43:42

Aún prefiero el aluminio por su flexibilidad, ligereza y juventud (al no oxidarse fácilmente), pero el hierro no está mal. Buen trabajo, Pedro. Eres un excelente divulgador.


De: BELEN CRUZ
2011-05-24 13:48:11

Te adoro Pedro, es increíble cómo captas mi atención con esa forma tan divertida de explicar cosas complicadas,o que pasariamos por alto, hasta incluso hoy que no quería leer nada con mi dolor de cabeza he terminado empapandome el articulo... !y con una sonrisa!


De: Jerbbil
2011-05-26 10:19:56

Muy buenas,

Caray profe, cuánto desasnamiento concentrado en un solo artículo... creo que a día de hoy cualquier urbanita conoce que el hierro es importante, pero seguro que no TAN importante. Pero me ha quedado una dudita: los meteoritos aquellos de los que los antiguos (avispados ellos) sacaron material para hacer sus implacables armas, ¿eran solo hierro o hierro-níquel?

Y luego sólo un apunte ortográfico para que luego las ediciones impresas queden tan impecables como acostumbran: el verbo deslaVazar lleva ahí una "V", no una "B", en el párrafo en que explicas por qué los átomos de carbono confieren dureza al hierro.

¡Saludotes amplios!


De: Pedro
2011-05-26 17:58:15

Jerbbil, pues no era errata de tipografía, es que pensaba que se escribía así y nunca se me ocurrió consultar un diccionario... al final he aprendido algo, thank you :)


De: Macluskey
2011-05-26 23:23:47

@Jefe Ryback: Tienes toda la razón. Cuando se debe hacer un instrumento preciso de medición hecho de acero, pero preciso-preciso-que-te-pasas, entonces hay un problema: no se puede fabricar "acero de nuevas", por la razón que tú explicas.

Y entonces... ¿de dónde sacamos el acero para hacer esos (supongo que pocos) especialísimos instrumentos? Ni os lo imagináis...

¡De los barcos de la Flota alemana de la Primera Guerra Mundial!

Resulta que, como parte del Armisticio, y mientras se firmaban las condiciones finales de capitulación, los aliados exigieron a los buques de la Flota alemana que fueran "depositados" como "garantía" mientras se firmaba el asunto. Y así fue: toda la Flota del Kaiser fondeó en un puerto británico (Scapa Flow, en Escocia, si mal no recuerdo). Al cabo de cierto tiempo, viendo cómo se desarrollaban las cosas (fatal para los alemanes, que sólo el pasado año 2010 han acabado de pagar las indemnizaciones de guerra, de aquella guerra), las propias tripulaciones alemanas hundieron sus barcos para evitar que fueran "expropiados" y reconvertidos por los británicos.

Esos barcos hundidos (se sabe perfectamente cuáles eran y dónde están), construidos con buen acero alemán de antes de 1918, y preservados en el océano, no tienen ni gota de partículas radiactivas. Y hoy se usan para obtener ese acero tan especial imposible de obtener por otros medios.

¿A que mola?


De: josecb
2011-06-04 17:50:24

@jefe

Gracias por responder, yo aún así me pregunto, teniendo en cuenta la radiación natural por Radón ¿No se supone que los aceros de la primera guerra mundial también deberían tener trazas radiactivas? ¿O tiene una vida media tan baja que desaparece rápidamente?


De: edu
2011-07-22 18:58:58

Ja, ja..
Me ha encantado la frase:
"nuestro minúsculo y patético Sol nunca sería capaz de producir un elemento tan especial"
En fin, que me he enganchado a esta serie, y eso que empecé a leerla hace poco y ya la he repasado completamente hasta el elemento 26, y ahora... ¿cuánto tocará esperar por el 27?
Genial serie
Saludos


De: cff47
2011-07-27 00:02:21

se acabó la serie??
ya van 2 meses y ni un artículo. espero que continue por que me muero de ganas de llegar algún día a elementos como el Uranio o el Radio. aunque yo se que no sería tan pronto. por cierto felicito a pedro por hacer interesantes estos "aburridos" elementos, de hecho en clases nadie les pone mente. aquí si


De: Pedro
2011-07-27 00:08:48

cff47, mira los artículos anteriores y posteriores y verás que casi todas las series se repiten en un orden. Puedes ver en qué momento del "ciclo" estamos y, así, cuántos artículos quedan hasta el siguiente de Conoce tus elementos. La serie no ha muerto, no te preocupes :)


De: serxio
2011-10-16 11:27:56

He tenido la suerte de poder ver y tocar ese Meteorito de Willamette de la foto. Fue algo muy emocionante, si teneis la ocasión de viajar a Nueva York os recomiendo visitarlo en el museo de historia natural


De: Eso que llamamos Lógica (VI) La escurridiza Implicación Lógica. | El Cedazo
2012-02-07 22:01:14

[...] Ahora que ya sabemos cómo es la tabla de verdad (y la fórmula, claro) de la implicación lógica, incluso la de la doble implicación, nos será muy sencillo saber cómo discernir si una frase condicional (o sea, una implicación) es cierta o no. Basta con fijarse si simultáneamente el antecedente p es cierto y el consecuente q falso. O sea, que se cumple . Si esto ocurre, hemos encontrado un contraejemplo, y la implicación es falsa. Pero si no hemos encontrado un contraejemplo, en todos los otros casos, es cierta. Por raro que nos suene. Cierta como que el hierro tiene 26 electrones… [...]


De: carlos
2012-08-03 07:09:59

Platicando con un amigo de piedras, metales etc recorde que en una parte cerca de donde vivo hay unas piedras que parecian tener oxido y partes brillosas, grisaseas en fin varios colores y traia un iman y lo tire al suelo y atrajo a las piedras sueltas y tierra, triture algunas ya que son facilmente triturables y absolutamente todo se artae a el iman, como puedo saber que cantidad de hierro contiene o que otros compuestos puede tener


De: Conoce tus elementos – El cinc | El Tamiz
2012-08-30 10:51:41

[...] últimas entregas de la serie hemos estudiado cuatro de los metales más importantes para nosotros: hierro, cobalto, níquel y cobre –ĺos elementos con 26, 27, 28 y 29 protones [...]


De: estefani
2012-08-30 20:53:50

esto es una pichera jajajaajaj


De: estefani
2012-08-30 20:54:05

esto es una pichera jajajaajaj


De: estefani
2012-08-30 20:54:22

esto es una pichera jajajaajaj


De: yaneth
2013-08-11 23:01:54

me dice cuales son articulos de hierro xf


De: Alfonso
2013-11-30 16:08

Soy estudiante de ciencias ambientales, concretamente estoy estudiando ahora una asignatura que se llama "recursos geológicos", hablan mucho de la importancia de los metales y quería ver imágenes de los metales puros. Mi más sincera enhorabuena por la serie "conoce tus elementos", me está sirviendo de mucho!

De: anonimo
2015-12-08 16:16

vale, esta informacion es buena , pero no pone lo que necesito , sin embargo es muy buena y espero que alguien le sirva

gracias (de todos modos)

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