El Tamiz

Ignora lo accesorio, atesora lo esencial

Charla en la UCM

Esta breve entrada es solo para demostraros que no solo estoy vivo, sino vivito y coleando, aunque no escriba (por ahora). Ayer y hoy he dado un par de charlas sobre mecánica cuántica en la Facultad de Ciencias Físicas de la Universidad Complutense de Madrid, como parte de sus seminarios para la asignatura Fundamentos de Física II, gracias a la amable invitación de Vicente, uno de los profesores de la asignatura.

Charla en la UCM

Hay pocas cosas más agradables que charlar sobre Física con gente inteligente, así que me he divertido mucho, como siempre que doy una charla. Además, todo ha sido agradabilísimo: los anfitriones me han tratado como un rey, y los alumnos han sido encantadores. Luego la gente se queja de la “juventud de hoy en día”, jajaja… los de ayer y hoy eran inquisitivos, educados, críticos, inteligentes… una vergüenza, vamos.

Total, que me lo he pasado teta. La guinda del pastel ha sido el alumno (a quien no pregunté su nombre porque soy imbécil, perdóname si lees esto) que ha venido al final a decirme que está haciendo Ciencias Físicas, en parte, por mi culpa y la de El Tamiz. Si ves esto, como te dije en ese momento, no hay nada más emocionante que nadie pudiera decirle a un profesor. Solo por ese comentario daría diez conferencias.

Así que escribir, por ahora, no escribo, pero de vez en cuando intentaré asomar la cabeza para que no penséis que me ha pasado algo. Aprovecho para agradecer a Amparo, a Vicente y al resto de mis anfitriones que me hayan permitido pasar un rato tan agradable a su lado.

Os aseguro que si algo parecido se repite y es público, os hablaré de ello antes, y no después de haber pasado, pero en este caso no tenía sentido porque era un acto cerrado.

Estado de cosas

Esta breve entrada es sólo para poneros al tanto de cómo están las cosas, pero sobre todo para aseguraros que estoy bien. Ya me he recuperado de mi enfermedad y estoy como una rosa.

También, por supuesto, para pedir disculpas por la sequía total de artículos. Lo entenderé perfectamente si alguno cancela su mecenazgo, porque no es que antes recibierais mucho, pero ahora… en fin. Ni siquiera puedo dar una explicación demasiado coherente, pero lo intentaré.

No os voy a aburrir con las cosas que han pasado últimamente: primero estuve enfermo yo, luego mi madre –que aún sigue mal–, y finalmente han pasado algunas cosas más que se han llevado gran parte de mi atención y mis energías. Y el problema es que no consigo encontrar ni el tiempo para escribir con sosiego, ni sobre todo la energía necesaria para la inspiración. Me está costando horrores.

Pero no os preocupéis, que ni abandono ni nada parecido… simplemente, hasta que mi mente vuelva a su cauce normal, me tomaré las cosas con calma (“¿Más?”, dirá alguno). Estoy escribiendo el siguiente artículo sobre los Premios Nobel, pero no quiero obligarme a acabarlo esta semana, sino cuando esté. Al menos, dentro de no mucho tiempo llegarán las vacaciones y espero tener tiempo para asentarme y escribir más…

¡Gracias por la paciencia!

Conoce tus elementos - El estroncio

Nota: Como sigo malo y no puedo escribir mucho, combinaremos febrero y marzo en un único número de compilación, de modo que no os preocupéis cuando no llegue febrero. ¡Lo siento!

Seguimos hoy nuestro viaje por la tabla periódica en Conoce tus elementos. En la última entrega de la serie hablamos sobre el elemento químico de 37 protones, el rubidio. Hoy lo haremos, por tanto, del elemento de 38 protones, otro metal muy reactivo: el estroncio.

Se trata de uno de esos elementos que cumplen una propiedad para ser descubiertos pronto, pero no la otra: es muy abundante en la corteza terrestre, pero no se encuentra puro jamás. Por lo tanto, es uno de esos “elementos escondidos”, con los que hemos convivido durante toda nuestra existencia en el planeta sin saber que estaban ahí. De hecho, como veremos luego, lo de convivir no es una manera de hablar: el estroncio es una parte de tu propio cuerpo.

Los Discorsi de Galileo - Primer día (V)

Hoy continuamos con la traducción comentada de los Discorsi de Galileo, el libro que estableció varias de las bases de la física moderna y sirvió de trampolín a Newton. Si llegas aquí de nuevas, lo mejor es que empieces desde el principio.

Habíamos dejado a Salviati, Sagredo y Simplicio discutiendo sobre el infinito: infinitos volúmenes infinitamente pequeños constituyendo los espacios interiores de la materia, con vacíos diminutos e innumerables manteniéndola unida –una noción falsa, pero fascinante–.

El obstáculo en la discusión es el propio concepto de infinito, que antes del italiano no había recibido demasiada atención en Occidente. Pero Galileo se dedica a examinarlo con el detalle del que es capaz en el siglo XVII. Ojo, porque hoy hace falta cierto grado de visión espacial y algo de geometría, pero no te preocupes porque iremos de la mano con figuras auxiliares que los lectores originales no tenían.