Falacias - El efecto invernadero I (el nombre)
En la serie Falacias tratamos de desmontar mitos e ideas falsas más o menos extendidas utilizando el razonamiento lógico cuando es posible. Por cierto, si no conoces esta serie y piensas que el nombre de “Falacias” es incorrecto porque esa palabra tiene un significado diferente en el DRAE, o bien crees que me las doy de iluminado y nadie cree estas cosas, te pido que leas la descripción de la serie antes de seguir.
Vamos a dedicar algunos artículos de la serie a hablar de cosas relacionadas con el denominado efecto invernadero y algunas ideas relacionadas con él que se oyen a menudo pero que son falsas. En el artículo de hoy nos dedicaremos precisamente al nombre de efecto invernadero, que es engañoso en sí mismo y se basa en una idea falsa… aunque, como pasa a menudo, es muy difícil cambiar el nombre de algo una vez que se ha arraigado, de modo que tendremos que acostumbrarnos a él — pero siendo conscientes del origen y la realidad de las cosas.
Al igual que en el caso del artículo anterior sobre los antibióticos y los virus, soy consciente de que la mayor parte de los “habituales” probablemente conocéis la verdad sobre la Falacia de hoy, pero como en aquel caso pretende servir por un lado de apoyo en las discusiones que podáis tener con gente que no sabe la verdad, y por otro para aquellos que aprendieron (normalmente en el colegio) la versión errónea y nunca han podido leer la explicación correcta.
De modo que la afirmación falsa de hoy es sencillamente ésta: El efecto invernadero se llama así porque se basa en el mismo principio físico que los invernaderos construidos por el ser humano — la opacidad de algunas sustancias a la radiación infrarroja.
Mentira cochina.
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