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Historia de un ignorante, ma non troppo… Wesendonk Lieder, de Richard Wagner.




En esta apasionante (o así) serie musical toca hoy otro artículo corto de una obra corta. Sí, es cierto, corta (unos veinte minutos), aunque se trate de Wagner…

Richard Wagner es un compositor muy conocido, sobre todo por sus óperas, y del que casi todo el mundo tiene una opinión sobre él: o le encanta, o le odia. No hay término medio. Conozco gente que le odia (odia sus obras, más bien, aunque también hay gente, mucha gente, que le odia a él) hasta el punto de que si en el Concierto de abono que tiene comprado hay una sola obra de Wagner, se queda en casa. Y conozco a gente que se sabe de memoria[1] sus inacabables óperas de inevitable tema germánico. Los que saben de esto no se ponen de acuerdo; hay quien dice que es un pretencioso de maneras infumables, y quien dice que fue un adelantado a su tiempo y que no sería posible entender la música actual sin él… En fin, yo, que soy un ignorante, puedo permitirme nadar entre dos aguas, y asegurar que en mi opinión algunas piezas y obras concretas de Wagner son de lo mejorcito que se ha escrito nunca y que tuvo una palpable influencia en la música posterior, pero que la parte fundamental de su producción, sus óperas, son en general pesadas, aburridas y reiterativas hasta decir basta. Y largas, muy largas.

La obra de hoy no es una ópera, ni parte de una ópera (es muy normal encontrar discos de recopilaciones de óperas de Wagner con fragmentos escogidos de sus óperas, un intermezzo por aquí, una obertura por allá, la Cabalgata de las Walkyrias por acullá…), porque ya sabéis los pocos que seguís mis escritos que nunca pongo recopilaciones de nada, sino las obras completas, aunque tengan más de tres horas de duración, qué se le va a hacer… Se trata de un conjunto de cinco bellas canciones, denominadas Wesendonk Lieder (Canciones de Wesendonk), de unos pocos minutos cada una de ellas, que son realmente deliciosas.

Richard Wagner

Wilhelm Richard Wagner (Richard para los amigos) nació en Leipzig, en lo que entonces era el Reino de Sajonia, en 1813. Hijo de un modesto policía, quedó huérfano cuando sólo contaba seis meses de edad. Su madre casó rápidamente con Ludwig Geyer, muy aficionado al teatro, pasión que contagió a su hijastro.

Wagner siempre sospechó, sin poder probarlo, que Geyer era su verdadero padre, en lugar de su padre oficial; quizá deberíamos conocerle como Richard Geyer… Desde muy joven quiso ser dramaturgo, pero con quince años, tras haber escrito su primer drama, Leubald, Richard decidió que debería ponerle música, a pesar de que por entonces no sabía nada de música, y decidió dedicarse a ella, pero sin olvidar nunca sus ambiciones teatrales. Y bien que lo consiguió: gracias a la intervención de su hermano mayor, fue nombrado director musical en Wurzburgo en 1833, con sólo veinte años de edad, y poco después, lo mismo en el Teatro de la Opera de Magdeburgo.

Estos años compuso sus primeras (y casi desconocidas) óperas. Pero también estos años se reveló el carácter de Wagner. Fue durante toda su vida un personaje apasionado: en sus opiniones, en sus aventuras amorosas, en sus derroches, en su ambición y sus ideas musicales. Generaba, a su vez, grandes pasiones. Y también grandes deudas, pues rara vez se acordaba de pagar a sus prestamistas. Por ello anduvo toda su vida de ciudad en ciudad, de país en país, huyendo de sus acreedores o de la justicia. Cuando la cosa se ponía fea en Dresde (donde participó activamente en el alzamiento de Dresde de 1849, de claras influencias anarquistas, por lo que fue puesto en Busca y Captura), se largaba a París, luego a Zurich, a Venecia, y así toda su vida, de escándalo en escándalo, de mecenas en mecenas y de aventura en aventura, pasando de la opulencia a la miseria, y viceversa, en cuestión de semanas.

Wagner era un personaje excesivo en todo. Excesivo en pasión, en encanto, en ambición, en derroche… toda su vida lo fue. Es lo que ahora llamaríamos un artista total, que escribía los libretos de sus óperas, su música, diseñaba la escenografía y el atrezzo, etc. Se había casado con la actriz Christine Wilhelmine “Minna” Planer tan pronto como en 1834, con 21 años. Pero su matrimonio fue un continuo cúmulo de infidelidades y amoríos con otras personas… por parte de ambos.

Cuando estaba en Zurich, en 1852, conoció a Mathilde Wesendonck, esposa de un mercader de sedas, Otto Wesendonck. Gran admirador de la música de Wagner, Otto invitó a Richard a vivir en la casa de invitados de la magnífica residencia del matrimonio. Wagner aceptó la invitación y, fiel a su costumbre, se enamoró con pasión de su admiradora, Mathilde, que escribía poesía.

Mathilde Wesendonk. No extraña que Wagner perdiera la cabeza por ella.

Mathilde le correspondió de alguna manera, y este tórrido romance tuvo algunas consecuencias inmediatas en la producción musical de Richard Wagner, a saber:

Se olvidó (durante doce años) de su gran proyecto dramático-filosófico-musical-visual, el Anillo del Nibelungo, inmediatamente después de haber acabado de componer el Acto II de Sigfrido (faltaba de componer el tercero y último acto).

Compuso Tristán e Isolda, inspirándose en su amante Mathilde para la figura de Isolda,[2] la amante de Tristán y la protagonista femenina más importante y mejor caracterizada de toda la producción wagneriana.

Y por fin, también tomó cinco poemas de la bella poetisa Mathilde a los que puso música, dando origen a los Wesendonck Lieder o Canciones de Wesendonck a los que está dedicado el artículo de hoy.

Este romance terminó abruptamente en 1858, cuando Minna, la esposa de Wagner, se enteró por fin del affaire, y Wagner tuvo que dejar abruptamente Zurich para ir a Venecia. Su vida era una montaña rusa, tan pronto era considerado como un genio indiscutible como se quedaba en la ruina más absoluta, y tenía que huir de nuevo de sus acreedores.

En 1864 le llamó Luis II de Baviera, que acababa de ascender al trono bávaro con 18 años, ofreciéndole su protección y mecenazgo. Baviera era a la sazón un reino independiente, pues no se había producido aún la Unificación Alemana (la primera Unificación Alemana, pues la segunda tuvo lugar tras la caída del muro de Berlín, a principios de los noventa del siglo pasado), y Luis II era su rey. Un rey un poco particular, sensible, amante del arte hasta la exageración, y constructor de los famosos castillos bávaros, el de Herrenchiemsee, el de Linderhof y el más conocido, el espectacular de Neuschwanstein, cerca de Füssen, éste último un auténtico castillo de cuento de hadas e inspiración de los castillos de cuento de Disneylandia.

Luis II es conocido como “El Rey Loco”. Seguramente no estaba “loco” en el sentido de “esquizofrénico”, “oligofrénico” y cosas así (aunque su buen doctor le había diagnosticado esquizofrenia paranoide, nada menos), sino más bien que las cosas del gobierno del traían al pairo y prefería gastar los dineros del reino en construir bellos palacios para su disfrute personal (y el del turista de 100 años después), pagar buenas sumas por las obras de arte más sofisticadas y escuchar bellas composiciones musicales. Cosa que no gustaba nada, pero nada, a los ministros y demás fuerzas fácticas bávaras, como es de imaginar. Ni mucho menos a los banqueros que no cobraban nada de los dineros prestados.

El Castillo de Neuschwanstein (El Nuevo Cisne de Piedra)

Bueno, pues Luis II era un absoluto admirador de Richard Wagner y se había enamorado de su música y… seguramente de su cuerpo también (Luis II era homosexual, aunque Wagner no parece que le correspondiera en absoluto) así que, conocedor de sus dificultades económicas, invitó a Richard a Munich, pagó sus cuantiosas deudas y le permitió vivir a cuerpo de rey a cargo del erario público, con tal de que se dedicara a su arte, a componer más y más música wagneriana.

Ni que decir tiene que nuestro Richard aprovechó la situación. ¡Vaya que si la aprovechó! Mucho más de lo imaginable: requería más y más dinero cada vez para “su arte”, más y más prerrogativas, y se inmiscuía más y más en la vida de la Corte, llegando a tener auténtica influencia en los asuntos de Estado, gracias a la fascinación artística y de la otra que generaba en Luis. Los cortesanos, escépticos al principio con su presencia, acabaron hasta las patillas de las excentricidades (y la capacidad de fundir la pasta) del vividor de Wagner. Allí, en Munich, consiguió estrenar por fin su Tristán e Isolda en 1865, dirigida por su eterno admirador Hans von Bülow.

Entonces, ese mismo año 1865, Cosima Liszt, hija ilegítima de Franz Liszt y esposa del mismo von Bülow que dirigió el  estreno del Tristán, dio a luz a su hija Isolda… que era hija de Wagner, no de Hans. Aunque a este último no le importó nada (tal era su devoción casi enfermiza por la música y la persona de Wagner) el escándalo fue mayúsculo. Los hastiados cortesanos vieron una oportunidad de oro para librarse del fullero de Wagner, y Luis II no tuvo más remedio, contra su voluntad, que despedirle de Munich, pero le proporcionó alojamiento cerca del Lago Lucerna y siguió atendiéndole financieramente durante mucho tiempo, incluso fue prácticamente él quien financió la construcción del famoso Teatro de la Ópera de Bayreuth, donde Wagner estrenó sus últimas obras y donde hoy en día se sigue rindiendo culto al maestro en el Festival Anual. En cuanto a Cosima, abandonó a von Bülow, se casó con Wagner en 1868, y fue quien por fin le dio estabilidad emocional (y tres hijos), a pesar de los 24 años de diferencia de edad entre ambos: vivieron felices hasta el fallecimiento de Richard Wagner, en Venecia, en 1883, con 70 años de edad.

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Su contribución a la música posterior fue enorme. La colorida orquestación, la exaltación, casi exacerbación de las emociones, el uso exhaustivo de las posibilidades tonales de las nuevas generaciones de instrumentos y su concepción de la ópera como “arte total” (él llamaba a sus óperas “dramas musicales”), donde él mismo escribía el libreto y la música, diseñaba la escenografía, realizaba la dirección escénica, etc, cambiaron para siempre el propio concepto de la música. Sus temas, prácticamente todos basados en sagas germánicas y de ambiente alemán medieval, cayeron en terreno abonado por el cada vez más intenso sentimiento de pangermanismo de la época, que acabó con la unificación alemana en 1870. Y se atrevió a representar en sus obras escenas con temáticas absolutamente proscritas hasta el momento, como es el caso de la Cabalgata de las Walkyrias, o la Bacanal de Tannhauser, sin ir más lejos. Un monstruo absoluto como Gustav Mahler llegó a decir que “Sólo existen Beethoven y Wagner; después de él, nadie”. No, querido Gustav, después de él, o mejor, por delante de él, tú mismo… pero ésa es otra historia y será contada en otro momento.[3]

Además, su genialidad, su arrolladora personalidad, y también su merecida fama de bon-vivant,[4] le granjearon admiración sin límites, como la de Hans von Bülow, que consintió en que su propia esposa tuviera un sonoro affaire con Wagner, pero también enemistades irreconciliables, como la de Gioachino Rossini o la de Giacomo Meyerbeer, por ejemplo. A mí, personalmente, sus óperas no me gustan mucho, las encuentro pesadas y reiterativas, a pesar de que de tanto en cuando te encuentras allí con temas geniales. Y como apenas compuso otra cosa que óperas en su vida…

Porque, además de óperas, Wagner compuso algunas otras obras, pocas y mucho menos importantes, incluyendo algunos ciclos de canciones. Sólo estos Wesendonck Lieder despiertan hoy en día la atención del público (al menos, de cierto ignorante público, como es obvio, ¿no?), pero tuvieron de todos modos, mucha influencia en compositores posteriores, sobre todo Richard Strauss o Gustav Mahler, que cultivaron este género hasta llevarlo seguramente a su culmen.

En estas canciones de Wesendonck creo que Wagner nos muestra una faceta distinta de su alma: aquí no hay sagas, no hay héroes, no hay pangermanismo de ningún tipo: sólo los versos de su amante, a los que puso música. Vale, se trata de Wagner, así que no podemos esperar algo amable y pegadizo al estilo de Mozart, claro. Siguen teniendo una colorida orquestación, y un cierto dramatismo, pero nada que ver con el Anillo del Nibelungo, ni siquiera con Tristán y Mathilde… digo, Isolda.

El propio Wagner describió estos Lieder, o al menos un par de ellos, como “estudios” para su ópera Tristán e Isolda, aunque tienen vida propia. Con el poco sugerente título de “Cinco canciones para voz femenina”, fueron compuestos inicialmente para piano y voz… femenina, claro; el propio Wagner orquestó la última canción, Träume, para orquesta de cámara; fue Felix Mottl, director wagneriano por excelencia, quien orquestó todas las canciones para orquesta, versión que oiremos hoy. Los textos de Mathilde Wesendonck son muy afectados, muy románticos, muy a la mode de la época, describiendo grandes amores y grandes infortunios, muy de pedir cuentas al sol y de clamar a la luna y cosas así. A mí me recuerda lejanamente a Rubén Darío… los que hayáis leído poesía romántica entenderéis de qué hablo. De todos modos, los textos (que no voy a incluir aquí) los podéis encontrar en la Wikipedia española, en este enlace, por si queréis seguirlos con los videos.

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La versión que escucharemos es la de la soprano de color Jessye Norman,[5] acompañada por la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Sir Colin Davis.

Jessye Norman

Jessye Norman es un prodigio de la naturaleza. Alta y corpulenta, tiene una poderosa voz que, a pesar de ser una voz típica de soprano dramática, alcanza fácilmente tesituras de mezzosoprano. Es una voz ideal para cantar este tipo de canciones, con una fuerza tremenda cuando se requiere y, sin embargo, con una dulzura sureña muy peculiar en los pasajes más líricos, y todo ello alcanzando las notas agudas típicas de una soprano de rompe y rasga, mientras que simultáneamente es capaz de dar notas graves, del registro de mezzosoprano. El resultado es espectacular. Otra cosa es qué hubiera opinado Richard Wagner de que una cantante negra interpretara sus composiciones… Su racismo y, sobre todo, su antisemitismo, eran proverbiales (lo que de alguna manera era moneda común en la Alemania del Siglo XIX… y la del XX; del XXI, mejor no hablar). Si hubiera podido ver a Jessye Norman cantar sus canciones, le habría dado un cólico, fijo…. y después, le tiraría los tejos. ¡Menudo era Don Richard!

Cada una de las cinco canciones dura unos pocos minutos, tres o cuatro, salvo la tercera, que dura unos siete minutos. Están en dos videos, de los que el primero tiene las tres primeras canciones, y el segundo, las dos últimas. Ningún problema de partición, por tanto. Los videos son de fotos fijas de los castillos de Luis II de Baviera, que tanta admiración tuvo por Wagner y tanto le ayudó económicamente. Son sitios realmente fotogénicos a los que el video no le hace ninguna justicia, pero la música tiene una buena calidad, que es lo importante. No voy esta vez a comentar nada especial sobre las cosas que pasan en cada canción… son cortas y, con el texto a la vista, resulta muy evidente su tratamiento, así que os dejo que disfrutéis de ellas sin dar más la tabarra.

Aquí está el primer video, con las tres primeras canciones:

La primera canción es Der Engel (El ángel).

Sobre el minuto 3:20 comienza el Segundo Lied: Stehe still! (¡Deténte!).

Y en el minuto 7:30 termina este Segundo Lied y comienza el tercero, Im Treibhaus (En el invernadero).

Para ver (bueno, oír) las dos últimas canciones de la obra hay que cambiar de video:

Que empieza con la cuarta canción, Schmerzen (Penas).

Y en el minuto 2:30 comienza la última canción de estos Wesendonk Lieder: Träume (Sueños).

Y yastá. La poderosa voz de Jessye Norman va como anillo al dedo a estas canciones. Espero que os haya gustado.

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Hay bastantes grabaciones de esta obra, por diferentes cantantes y diferentes orquestas. Está, desde luego, la de Jessye Norman con la Sinfónica de Londres donde además están los magníficos “Cuatro Últimos Lieder” de Richard Strauss. Notable es también la versión de Christa Ludwig, con Otto Kemplerer y la Orquesta Philarmonia, pero hay donde elegir. También hay grabaciones (una, de la propia Jessye Norman) de la versión original con acompañamiento de piano. Como siempre, oír varias versiones y comparar entre ellas es muy gratificante y didáctico.

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En Spotify hay bastantes versiones, quizá quince o veinte. He seleccionado la de Christa Ludwig (voz pura de mezzosoprano, más oscura que la de la Norman, pero excelente también), con la Orquesta Philarmonia dirigida por Otto Kemplerer que antes comenté, cuyo enlace encontraréis aquí. Y también he seleccionado para vuestro disfrute la versión original para piano de estas Cinco canciones para voz femenina, con la misma Jessye Norman acompañada por Irwin Gage en el piano, cuyo enlace está aquí.

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No se programan mucho estos Wesendonck Lieder, una pena. Pero sí que aseguro que, siempre que la acústica del local sea la adecuada, oír esta obra (y cualesquiera otras) en directo es muchísimo más gratificante que hacerlo en un stereo, por bueno que sea. O sea, como siempre: en directo, mejor.

Disfrutad de la vida, mientras podáis. A ser posible, escuchando música.

  1. De acuerdo, exagero: no creo que haya nadie en el mundo que pueda conocer de memoria todas sus óperas. []
  2. La propia Mathilde aseguraba que “Yo soy Isolda”. Vaya Vd. a saber si él sería Tristán. []
  3. Ya tenía yo ganas de decir esto… de nuevo. []
  4. No sé por qué, pero a mí me parece que debía ser el Dalí de la época. []
  5. De color… negro, como dirían Les Luthiers. []

Sobre el autor:

Macluskey ( )

Macluskey es un informático de los tiempos heroicos, pero no ha dejado de trabajar en Informática y disfrutar con ella hasta la fecha. Y lo que el cuerpo aguante. Y además, le gusta la música...
 

{ 7 } Comentarios

  1. Gravatar lemurido | 04/04/2011 at 10:58 | Permalink

    Es que Wagner es muchas cosas y ha sido manipulado políticamente ( que se lo pregunten a Barenboim ) hace que incluso ahora pueda generar polémica .Es capaz de mezclar en un corto espacio de tiempo un inmenso lirismo e intimidad y un heroismo muy germánico . Yo creo que su operas pecan de largas que se podría decir lo mismo con menos duración y sobre todo con menos recursos ( en esto Verdi es insuperable, bueno vamos a quitar Aida que es propensa a excesos ) pero en esto creo que consiste las obras de Wagner . Sinceramente mi mas sentida enhorabuena por rescatar estas pequeñas joyas de este autor tan contradictorio en su vida .

  2. Gravatar Macluskey | 04/04/2011 at 06:05 | Permalink

    Pues sí… Las inacabables óperas de Wagner le han traído muy mala fama, pero no cabe duda de que la música actual no sería lo que es sin él (para bien o para mal, eh?). Pero en estas pequeñas canciones da lo mejor de sí mismo. A mí me encantan.

    Gracias por tu comentario.

  3. Gravatar OboeCrack | 06/04/2011 at 12:57 | Permalink

    Gracias Mac por otro artículo más. Avísame cuando pongan la Octava de Mahler. Wagner lo conozco poco, solo las oberturas de sus óperas, sí en plan recopilatorio. No sabía que Neuschwanstein es El Nuevo Cisne de Piedra! En armonía el famoso acorde de Tristán lo estuvimos analizando durante 5 clases!! El otro dia me acordé porque hay un programa en Radio Clásica en el que ponen obras y las analizan a la vez y comentaban dicho acorde. Sinceramente una ópera tiene que ser muy buena muy buena para que me atraiga. Quién sabe si más adelante en mi vida me gustará más. Lo importante es cada día descubrir algo nuevo para seguir aprendiendo, y en eso, querido Mac, eres de gran ayuda. Saludos

  4. Gravatar Macluskey | 06/04/2011 at 01:57 | Permalink

    @Oboecrack: Gracias por el cumplido!!

    Estoy contigo con lo de las óperas… Yo sí que he visto alguna en directo y oído bastantes… lo normal es que tras ciertos fragmentos maravillosos vengan otros mucho menos interesantes. Por ejemplo, Turandot, de Puccini. Es una obra que no me acaba de llenar. Y de pronto… ¡el Nessun Dorma! quizá el aria operística más famosa de todas.

    Para mi gusto, mi ignorante gusto, la mejor ópera es Rigoletto, de Verdi. No tiene desperdicio. No hace mucho la han puesto en La 2, en una versión de no recuerdo qué director italiano, grabada en escenarios reales (en Mantua) y en directo, con la orquesta dirigida por Zubin Mehta y Plácido Domingo como Rigoletto (en papel de barítono, no de tenor… lo bordó). Disfruté como un enano, y más porque en La 2 no hay publicidad…

    En fin.

  5. Gravatar Macluskey | 06/04/2011 at 02:00 | Permalink

    Ah!, y para la Octava de Mahler hay que esperar… supongo que la programarán la temporada que viene, que empieza en octubre y termina en junio de 2012… no te preocupes. Cuando sepa cuándo es, lo que será probablemente a finales de mayo o principios de junio, te aviso.

    Saludos

  6. Gravatar Fer.SB | 02/12/2017 at 01:46 | Permalink

    Enhorabuena por su comentario. Son pocos los que “nadan entre dos aguas” como dice usted, lo que me parece un juicio muy sensato. He encontrado esta página por casualidad y me encanta. Usted para nada es un ignorante, es un erudito humilde, con sentido común y buen gusto (en mi opinión) y eso lo honra. De nuevo enhorabuena.

  7. Gravatar Macluskey | 03/12/2017 at 01:54 | Permalink

    Gracias por tu comentario, Fer.SB.

    Y no, digas lo que digas, amigo mío, soy un perfecto ignorante musical. No sé leer una partitura, ni distingo una clave de otra, ni sé tocar ningún instrumento más allá de la botella de anís del Mono en Navidad… Pero eso sí, qué se le va a hacer, digo lo que pienso sin ambages, porque ¡para eso soy un ignorante!

    Saludos

{ 1 } Trackback

  1. [...] que ha hecho, en ocasiones, que sea el propio compositor quien invente algún instrumento. Richard Wagner, por ejemplo, fue uno de esos casos poco comunes; creó las llamadas “tubas [...]

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