El Tamiz

Ignora lo accesorio, atesora lo esencial

La viruela (II)

En la primera parte de este artículo hablamos sobre la viruela, causada por Variola virus, y nuestra terrible relación con la enfermedad en la Antigüedad y la Edad Media. Como vimos, desde las regiones densamente pobladas de Asia donde fue endémica desde hace milenios, la viruela se extendía de vez en cuando en una tremenda epidemia por otras regiones, matando a un tercio de la población antes de desaparecer durante unas décadas o un siglo. Posteriormente, tras el aumento de la densidad de población europea y la selección causada por repetidas epidemias, la viruela se convirtió en una constante de la vida: casi todos los niños asiáticos, africanos y europeos estaban expuestos a ella y algunos de ellos morían, pero del hachazo periódico el horror se convirtió en algo más cotidiano y más apagado.

Otras poblaciones, sin embargo, no habían sufrido esos hachazos, ya que como dijimos la separación entre ellas y las regiones de endemismo ancestral se había producido antes de la mutación de Variola virus para afectar al ser humano. El reencuentro entre unos y otros seres humanos era inevitable, y también terrible por muchas razones; la más devastadora de esas razones, la viruela.

Hoy hablaremos del terrible azote que esa enfermedad supuso para americanos y australianos y, por fin, del primer golpe del ser humano contra la enfermedad, que reduciría su mortalidad hasta la décima parte de su valor anterior. ¡Sí, por fin algo de optimismo! ¿Preparado?

Los primeros en llevar Variola virus a América como polizón fueron los españoles. La población indígena de las islas caribeñas fue la primera en sufrir los estragos de la viruela; es difícil saber exactamente qué porcentaje de la población murió a consecuencia de ella, pero con seguridad más de la tercera parte, ya que hemos visto que es una cifra que siempre se superó en las epidemias anteriores en Europa. La dificultad no sólo está en la falta de datos fidedignos, sino además porque los isleños se expusieron a la vez a muchas enfermedades infecciosas: el tifus, la viruela, el sarampión… vamos, un espanto.

La razón fundamental ya la vimos en la anterior entrega: por un lado, algunos microorganismos no habían mutado para afectar al ser humano antes de la migración a Oceanía y América. Por otro, la baja densidad de población en la mayor parte de América, así como la relativa escasez de grandes rutas comerciales (como las que unían Europa y Asia), hacían más difícil el endemismo y la propagación eficaz de epidemias.

Pero claro, todo cambió con la llegada de los europeos. Las islas caribeñas fueron diezmadas. Posteriormente los españoles llegaron a lo que hoy es México y entonces era el Imperio Azteca, y consigo llevaron un arma accidental, mucho más poderosa que cualquier mosquete o espada: Variola virus.

Conquista de Cortés
Ruta de Hernán Cortés (y la viruela) en su conquista de México [Yavidaxiu / CC Attribution 3.0 License].

Parece ser que la introducción concreta del virus en México se debió a una expedición de Pánfilo de Narváez. En 1519 el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, había mandado a Hernán Cortés a México, pero luego cambió de opinión y lo mandó volver. Cortés, sin embargo, se negó y continuó su expedición, de modo que Velázquez envió a Pánfilo de Narváez detrás de él para detenerlo.

Narváez desembarcó en Veracruz con novecientos hombres, y al menos uno de ellos estaba enfermo de viruela. Al parecer, en el combate con los hombres de Cortés algunos de ellos se contagiaron del virus, y a su vez ellos se lo contagiaron a los aztecas. Una vez la viruela arraigó entre la población, se produjo lo mismo que había sucedido siglos atrás en Europa: el horror. ¿Recuerdas el desolador testimonio de San Cipriano de Cartago en el siglo III? Aquí tienes uno de Fray Bernardino de Sahagún sobre la epidemia mexicana a la llegada de los españoles:

Antes que los españoles que están en Tlaxcala, viniesen a conquistara México dio una grande pestilencia de viruelas a todos los indios, en el mes que llamaban tepeilhuitl, que es al fin de Septiembre. Desta pestilencia murieron muchos indios; tenían todo el cuerpo y toda la cara y todos los miembros tan llenos y lastimados de viruelas que no se podían bullir ni menear de un lugar, ni volver de un lado a otro, y si alguno los meneaba daban voces. Esta pestilencia mata gentes sin número; muchas murieron de hambre porque no había quien pudiese hacer comidas; los que escaparon de esta pestilencia quedaron con las caras ahoyadas y algunos ojos quebrados. Duró la fuerza desta pestilencia sesenta días, y después que fue aflojando en México, fue hacia Chalco.

Viruela entre los aztecas
Ilustración del Libro XII de “Historia general de las cosas de Nueva España”, de Fray Bernardino de Sahagún [dominio público].

Desde México la viruela se fue extendiendo por casi todo el continente americano. Las regiones más afectadas fueron, naturalmente, las más pobladas y mejor comunicadas. De hecho, la enfermedad fue tan eficaz en su transmisión en algunas zonas que precedió a los recién llegados, y la gente empezó a morir de viruela antes siquiera de haber conocido la existencia de los conquistadores europeos.

El Imperio Inca, por ejemplo, tenía una red de carreteras bastante eficaz, con lo que Variola virus se extendió muy rápidamente por él. El mismo Emperador, Wayna Qhapaq (a la derecha en una ilustración de la época), probablemente contrajo la enfermedad en lo que hoy es Colombia y murió de ella en 1527. Algo similar le sucedió a millones de incas. La viruela no había realizado selección alguna en América durante milenios, pero se resarció en unas décadas, dejando a su paso una desolación atroz.

A más largo plazo tampoco se libraron las poblaciones más aisladas. Lo que hoy es Chile, por ejemplo, se encontraba separado del resto por los Andes y el Desierto de Atacama… pero pronto se establecieron rutas marítimas. En la década de 1560 la población nativa fue devastada por la viruela. La historia se repitió una y otra vez: tarde o temprano toda la población americana estuvo expuesta, directamente a través de los europeos o indirectamente a través de otros americanos infectados. De una u otra manera, las primeras oleadas fueron terroríficas. La muerte asoló el continente.

No sólo los españoles llevaron el virus al continente, por supuesto: cuando otros europeos, sobre todo portugueses, franceses y británicos, llegaron a América, llevaron consigo la viruela. Los británicos fueron especialmente terribles en ese aspecto; como vimos al hablar de la guerra biológica, tenemos documentación que muestra la infección intencionada de poblaciones nativas usando mantas de enfermos de viruela. Pero la muerte accidental fue una vez más la principal destructora de las poblaciones indígenas en el norte del continente en los siglos XVII y XVIII.

Enfermedad mortal entre los indios
“Enfermedad mortal entre los indios”, grabado de 1853 [dominio público].

Lo mismo sucedió, pero más tarde que en América, en Oceanía (más tarde porque los europeos la descubrieron después, claro). La enfermedad llegó a Australia muy probablemente con barcos británicos a finales del XVIII, y durante el siglo XIX arrasó otra vez un grupo que había quedado aislado del grueso de la población antes del desarrollo de Variola virus para afectar al ser humano. Los aborígenes australianos probablemente perdieron la mitad de su población a causa de la enfermedad.

Una vez toda la población humana, excepto algunos minúsculos enclaves aislados, estuvo expuesta a Variola virus y hubo pasado el terrible período epidémico, el destino hubiese sido el mismo en todas partes: la convivencia siniestra y cotidiana con una enfermedad infecciosa que mataba a la tercera parte de los niños. La vida, ya se sabe, es un valle de lágrimas, y no hay más que resignarse a lo que el destino nos tiene deparado…

No. El ser humano no iba a resignarse a nada. La muerte de millones de personas –insisto, sobre todo niños– era horrible, pero no inevitable. Esta “dura prueba” (en palabras de San Cipriano) no era nuestro destino, porque nuestro destino es el que creamos. Y había un arma que nos libraría de ella: no los amuletos del siniestro Sopona, ni las plegarias de San Cipriano, sino la fría y racional ciencia moderna. Pero vamos por partes.

Desde muchísimo tiempo antes de que supiéramos la causa real de la viruela nos dimos cuenta de que quien la sufría una vez nunca más volvía a sufrirla. La razón real, aunque no la conociésemos en la Antigüedad, es que el ritmo de mutación de Variola virus es relativamente lento, y una vez el cuerpo ha producido los anticuerpos específicos para acabar con él, posteriores infecciones no prosperan, ya que el organismo acaba rápidamente con el virus. Dicho de otro modo, contraer la viruela era una mala noticia, pero superarla era una mucho mejor noticia que no haberla sufrido nunca, ya que aseguraba la supervivencia a la enfermedad en el futuro.

No estamos seguros de cuándo sucedió, pero en algún momento de la Edad Media (o tal vez antes, pero los textos no son muy claros), en la India y en China se empezó a hacer algo que parece terrible pero no lo es tanto: infectar intencionadamente a la población para aumentar la tasa de supervivencia frente a la viruela.

Esto, como digo, puede parecer una locura: si la viruela era algo tan terrible y mortal, ¿por qué asegurar el contagio en vez de aislar al individuo y confiar en que no contrajera la enfermedad? Pero hay que tener en cuenta dos cosas. Por un lado, en las regiones de las que estamos hablando la densidad de población era tal que era prácticamente seguro que cualquier niño estaría expuesto al virus y contraería la enfermedad. Lo que salvaba a algunas personas no era el no haber estado expuestas a Variola virus, sino que su sistema inmune conseguía, por las razones que fuesen, sobreponerse y vencer al agente patógeno.

Por lo tanto, este contagio intencionado no aumentaba considerablemente el número de enfermos. Pero ¿qué ventajas podría tener? La clave de la cuestión, que es la segunda razón de su uso, era que se trataba de una infección controlada. Había varias maneras de hacerlo, todas ellas con casi ningún rigor científico y muy ritualizadas. En China, por ejemplo, hacia el siglo XV empleaban un tubo de plata en el que introducían costras de heridas de un paciente de viruela: costras que se habían dejado secar unos días. Mediante el tubo se soplaba en el interior de un agujero de la nariz de un niño sano –el agujero derecho en los niños y el izquierdo en las niñas porque, ¡magia!–, introduciendo así el virus. En la India solían vestir a los niños con ropas de alguien que hubiese padecido la enfermedad.

Variolación en China
Ilustraciones de un tratado chino sobre la variolación [dominio público].

El niño desarrollaba la enfermedad y, si sobrevivía, era inmune a ella de ahí en adelante. Los chinos y los indios no conocían la razón de que hubiese un mayor porcentaje de supervivencia con esta exposición controlada, pero estoy seguro de que tú sí: las costras secas probablemente contenían una cantidad pequeña de virus activos, y es posible incluso que la mayor parte ya no lo fueran. De este modo, el cuerpo estaba expuesto al virus, pero en una forma algo menos virulenta que la proveniente de un paciente con el virus “fresco”, y era más probable que pudiera vencer a la infección.

Esta técnica recibió el nombre de variolación o variolización, y con el tiempo se desarrollaron otros muchos métodos alternativos al chino y el indio. Por ejemplo, era posible raspar las heridas de un enfermo, hacer una pequeña incisión en la piel de una persona sana y frotar la herida con restos de las pústulas del enfermo de viruela, idealmente alguien que ya estuviera casi curado de la enfermedad. Cuando se hacía bien, la variolación disminuía la tasa de mortandad de un tercio al 1-2%.

Esto es aterrador, por supuesto. Yo no tengo hijos, pero si me dicen que van a hacer algo a mi hijo y básicamente van a tirar un dado de 50 caras y si sale el 1, mi hijo muere, me daría un patatús. ¡Pero piensa en la alternativa, que era aún más aterradora! En Asia la práctica se extendió mucho, ya que aunque hubiera sido por casualidad –y no sabemos cómo se descubrió por primera vez, pero es casi seguro que fue por casualidad–, la cosa mejoraba mucho la situación. No como una vacuna, pero del 30% al 2% hay un buen trecho.

La variolación no llegó a Europa hasta el siglo XVIII. Desde China, la técnica se había extendido hacia el oeste a través de las rutas comerciales, y era algo muy practicado en el Imperio Otomano. Un doctor de Estambul, llamado Emmanuel Timoni, dio cuenta de la variolación a la Royal Society en un informe de 1714 que fue publicado en la Philosophical Transactions, y lo mismo hizo otro doctor, James Pylarini, en 1716.

Pero mucho más influyente que los artículos de Timoni y Pylarini fue lo que sucedió justo entre la publicación de ambos artículos. En 1715 la mujer del embajador británico en Estambul, Lady Mary Wortley Montagu, contrajo la viruela. Su belleza, que había sido famosa en el Imperio Británico, fue mancillada por las terribles cicatrices, pero al menos Lady Montagu sobrevió. Su propio hermano había muerto en 1713 a causa de la viruela, y esto, junto con las secuelas que le dejó la infección, hicieron que Mary le tuviera un enorme pavor.

Lady Montagu e hijo
Lady Mary Montagu con su hijo Edward, variolado en 1718 [dominio público].

Pero Emmanuel Timoni atendía personalmente a los Montagu, y no sé si por él o directamente a través de sus contactos turcos, Lady Montagu conoció la existencia de la variolización en Estambul.

Naturalmente ya no había nada que hacer por sí misma: una vez superada la enfermedad, estaba inmunizada, cicatrices aparte. Pero Lady Montagu tenía un hijo que aún no había sufrido la enfermedad. Científica o no, la variolación funcionaba, y podía salvar la vida de su hijo, con lo que la aristócrata varioló a su hijo en el mismo Estambul gracias al doctor Charles Maitland.

En una de sus cartas, Lady Montagu describe el proceso de variolización en Estambul:

Hacen fiestas con este propósito [la variolación], y cuando se han juntado –típicamente quince o dieciséis personas– la anciana viene con una cáscara de nuez llena de la materia del mejor tipo de viruela y pregunta qué venas quieres que te abra. Inmediatamente abre las que le ofreces con una aguja grande, que no hace más daño que un arañazo común, e introduce en la vena tanto veneno como cabe en la punta de la aguja, y luego venda la pequeña herida con un trocito de cáscara, y de este modo abre cuatro o cinco venas.

Los pacientes, niños o jóvenes, juegan juntos el resto del día y permanecen en perfecta salud hasta el octavo día. Entonces les sube la fiebre y los mantiene en cama dos días, algunas veces tres. Muy pocas veces pasan de veinte o treinta en las caras [no entiendo si esto es temperatura o qué], que nunca quedan marcadas, y en ocho días están tan sanos como antes de la enfermedad.

Poco después de la vuelta de los Montagu a su patria, una epidemia de viruela mató a muchos niños en Gran Bretaña hacia 1721. El hijo de Lady Montagu nunca contrajo la enfermedad, y ante el peligro, Mary decidió hacer lo mismo con su hija de tres años. Aunque ya no estaba en Estambul, Montagu acudió de nuevo a Charles Maitland, que estaba entonces de vuelta en Gran Bretaña. No sólo eso, sino que habló del asunto públicamente y utilizó su influencia para convencer a la Princesa de Gales, Carolina de Ansbach, que luego sería reina como esposa de Jorge II, de que la variolación era de una enorme importancia para el interés general del Imperio.

El padre de Carolina había muerto de viruela cuando ella tenía sólo tres años, y ella misma había estado a punto de morir por la enfermedad (no decía en broma antes que era algo cotidiano, aunque terrible). Por esta razón o simplemente por la labia de Montagu, la princesa accedió a realizar pruebas públicas. En primer lugar se ofreció la variolación a varios reos de muerte (que nunca habían sufrido la viruela, claro): podían elegir entre ser ejecutados como era menester, o someterse a la variolización. Esto podía suponer la muerte, claro, pero si sobrevivían serían liberados. El proceso sería realizado por el médico real, Claude Amyand, pero bajo la supervisión de Maitland.

Carolina, Princesa de Gales
Carolina, Princesa de Gales en 1716 [dominio público].

Los siete aceptaron (como hubiéramos hecho tú y yo, supongo). Los siete sobrevivieron, dado que como dije antes el porcentaje de muerte por variolación era mucho menor que por viruela a todo motor. De modo que el gobierno fue un paso más allá: variolizó a seis niños huérfanos, ya que no hacía falta el permiso de los padres, ¡porque no existían! Los niños sobrevivieron, y la Princesa de Gales variolizó entonces a sus propios hijos. La variolación se hizo muy popular y empezó a realizarse en muchas familias.

Del Reino Unido, la variolación se extendió al resto de Europa. Al principio los médicos eran reticentes a aceptarla, en parte por considerar peligroso e incluso inmoral infectar a sabiendas a personas de viruela, y en parte porque se trataba de una técnica sin explicación científica alguna. Pero, como más o menos funcionaba –luego vemos a qué me refiero con lo de “más o menos”–, al final acababan cediendo.

Pero la variolación, como puedes imaginar con el conocimiento del siglo XXI, tenía varios problemas, además del evidente que ya hemos mencionado (la posibilidad de morir al recibirla). Uno de ellos era que, al realizarla en algún lugar en el que no hubiera habido casos de viruela en cierto tiempo, podía desencadenar una epidemia; el problema era que tal vez el enfermo hubiera recibido la enfermedad “debilitada” (lo que quiera que eso significase, porque nadie lo sabía), pero él podía infectar a otros con la enfermedad “fresca” y entonces empezaba el horror. En algunos lugares llegó a prohibirse la variolización tras varios episodios en los que algún variolado contagiaba a varias personas y empezaba una oleada de infecciones.

Variolación
Brazo de un niño variolado al cabo de dos semanas [dominio público].

Otro problema era que el índice de mortalidad entre los niños tratados mediante la variolación era muy variable: algunos doctores conseguían medias del 0,5%, mientras que otros se acercaban más al 2%. Había muchos factores que influían en esto: de qué persona y en qué etapa de la enfermedad se obtenía la muestra, cómo se contagiaba el niño (qué tipo de heridas, etc.), qué tratamiento seguía luego… era muy difícil saber si un niño sobreviviría o no, aunque la probabilidad siempre fuese menor que al sufrir la viruela normal.

Para terminar de fastidiar las cosas, y de un modo inevitable dado el carácter no científico de todo el proceso, muchos doctores intentaban aumentar la probabilidad de supervivencia haciendo todo tipo de cosas: sangrar al paciente con sanguijuelas en preparación para la variolación, dejándolo sin comer durante días para purificar la sangre… cosas que, por supuesto, no sólo no ayudaban, sino que en muchos casos condenaban al niño a morir, ya que en esas condiciones su sistema inmune no lograba vencer la infección intencionada.

Uno de los niños que sufrió estas dietas y sangrados infames en 1756, con ocho años de edad, fue Edward Jenner. Tras la infección hecha por un farmacéutico de Wooton, el pequeño Edward permaneció varias semanas en un granero con otros niños variolados, para no contagiar a nadie más. Afortunadamente para él, y también para nosotros, Jenner fue de los que sobrevivió a la variolización… pero la variolización, como veremos en unos días, no lo sobrevivió a él.

Para saber más:

Ciencia, Hablando de, Medicina

11 comentarios

De: Cristóbal Camarero
2014-12-10 22:07

Muy pocas veces pasan de veinte o treinta en las caras [no entiendo si esto es temperatura o qué] ¿Quizás pústulas?

De: Federico
2014-12-11 00:51

Pedro, muy buen artículo, como siempre.

En la carta de Lady Montagu, cuando habla de que nunca superan las 20 o 30 en la cara, ¿no se refiere a erupciones?

Saludos y felicitaciones por el blog.

De: Dani
2014-12-11 00:59

Genial, como siempre !

Preguntas en la cita de Lady Montagu si los nümeros son grados o no. Yo diría que son pústulas o variolas, ya que no aparecen más de 20 o 30 en la cara y no suelen dejar marca (cicatriz).

De: Peká
2014-12-11 02:29

"Entonces les sube la fiebre y los mantiene en cama dos días, algunas veces tres. Muy pocas veces pasan de veinte o treinta en las caras [no entiendo si esto es temperatura o qué], que nunca quedan marcadas, y en ocho días están tan sanos como antes de la enfermedad."

Creo que se refiere al número de pústulas en la cara. Dice que salen pocas (20 o 30 son pocas, según parece) y que no dejan cicatriz. Me da a mí, vamos.

De: Karlos
2014-12-11 09:14

Muy pocos tienen tus conocimientos unidos a tu capacidad comunicativa y, por suerte para nosotros, lo haces "en abierto".

Gracias.

De: Argus
2014-12-11 09:54

Pese a quien le pese, y reconozco que a mí un poco sí me pesa, estamos en un caso en que ciencia y magia van de la mano. Sin una de las dos no habríamos acabado con la viruela, pero especialmente sin magia no habríamos siquiera empezado a controlarla. ¿A cuántos médicos se le ocurriría restregar costras de enfermo en alguien sano? La respuesta cambia notablemente si en lugar de médicos decimos chamanes. Magia 1 - Ciencia 0.

La ciencia no es nada sin postulados y los postulados son... pues magia, sí. Creo que cualquier gran científico lleva dentro un chamán, escondido, secreto y negado hasta la muerte, pero chamán al fin y al cabo que le sugiere los postulados y las hipótesis. Por otra parte, los chamanes llevan igualmente un científico dentro que observa que nadie se infecta dos veces y saca sus propias conclusiones.

De: Roger Balsach
2014-12-11 15:35

"Variolación Brazo de un niño variolado al cabo de dos semanas [dominio público]."

Supongo que esto debe ser una foto, pero por alguna razón no está visible (al menos para mi).

Excelente artículo :D Roger ;)

De: Toni Torres
2014-12-11 18:16

Genial post, me da de pensar como llegarían al accidente que dió paso a la variolación. Algo muy curioso. Enhorabuena

De: Oscar Ferro
2014-12-16 18:31

¡Muy buen artículo, Pedro! La verdad que no conocía lo de la variolación. Había leído alguna vez de una aristócrata inglesa que ponía en peligro a sus hijos para inmunizarlos, pero pensé que se trataba de las primeras vacunaciones.

De: Ivan
2014-12-25 12:03

Muy buen articulo, como siempre! algo que nunca entendi es si los europeos contagiaron enfermedades a los americanos, ¿Por que no paso a la inversa tambien?. ¿Acaso no existia en America virus a los que los europeos no hayan estado expuestos?

De: Marisela
2016-11-28 20:41

Gran aporte, lo único discutible en él es cuando utilizas el término Aztecas, ellos dejaron de ser Aztecas cuando su Dios Huitzilopochtli se los ordenó, desde ese momento son llamados Mexicas. ¡Saludos! p.d. Me leeré todo tu blog :D

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