El Tamiz

Ignora lo accesorio, atesora lo esencial

La teoría microbiana de las enfermedades (I)

Hoy volvemos a Hablando de…, la serie en la que hablamos más o menos de todo. Su objetivo es mostrar cómo todo está conectado de una manera u otra, de manera que cada artículo enlaza con el siguiente por algo que ambos tienen en común; los primeros 32 artículos de la serie están disponibles, además de en la web, en forma de dos libros, y probablemente algún día haya un tercero.

En los últimos artículos hemos hablado del café, bebida protagonista de la Cantata del café de Johann Sebastian Bach, cuya aproximación intelectual y científica a la música fue parecida a la de Vincenzo Galilei, padre de Galileo Galilei, quien a su vez fue padre de la paradoja de Galileo en la que se pone de manifiesto lo extraño del concepto de infinito, cuyo tratamiento matemático sufrió duras críticas por parte de Henri Poincaré, el precursor de la teoría del caos, uno de cuyos padres, Sir Robert May, fue Presidente de la Royal Society de Londres, sociedad formada a imagen de la Casa de Salomón descrita en el Nova Atlantis de Francis Bacon cuando científicos de las siguientes generaciones leyeron sus escritos, como le sucedió a Robert Boyle, cuyo trabajo en óptica fue bienintencionado pero muy inferior al de otros estudiosos de la naturaleza de la luz, cuyo carácter de onda electromagnética nunca hubiéramos descubierto sin la ayuda de Michael Faraday, que también propuso mejorar el alcantarillado de Londres pero no se le hizo caso porque no había sido aceptada aún la teoría microbiana de las enfermedades.

Pero hablando de la teoría microbiana de las enfermedades…

La palabra microbiano proviene de la combinación de las palabras griegas micro (pequeño) y bios (vida). Decir que las enfermedades infecciosas tienen origen microbiano, por lo tanto, es afirmar que son producidas por minúsculos organismos vivos – los microbios o gérmenes usando términos más bien antiguos. Hoy en día, naturalmente, tenemos bien claro que esto es así y que enfermedades como el cólera, la malaria o la peste están producidas por organismos diversos: virus, bacterias, tripanosomas, amebas, etc. Sin embargo esta teoría de la enfermedad, la teoría microbiana o teoría germinal de las enfermedades infecciosas es muy reciente y durante milenios pensábamos que las infecciones estaban producidas por otras causas.

De hecho, si ponemos esto en contexto, recuerda el artículo anterior sobre Faraday: el inglés hubiera tenido éxito en su empeño por limpiar el Támesis si los británicos hubieran tenido claro el origen microbiano de las enfermedades, pero esto no era así, ¡en 1855! Años después de que conociéramos aproximadamente el valor de la velocidad de la luz o la conexión entre electricidad y magnetismo y siglos después de que Newton enunciase su Ley de gravitación universal aún no sabíamos por qué morían millones de seres humanos de peste. Y esto a pesar de que, por interesante que sea la gravedad, el impacto sobre nuestra vida de la comprensión del origen de las enfermedades infecciosas es infinitamente mayor.

El problema, claro, es que es dificilísimo identificar el origen microscópico de las infecciones. La concepción más antigua era que las enfermedades estaban causadas generalmente por dos razones: o bien por un desequilibrio humoral o bien por el contagio (que no significa lo que ahora). Curiosamente estas dos ideas han estado enormemente extendidas por casi todas las culturas, lo cual no es casualidad, por supuesto – por una parte se debe a que parecen lógicas a primera vista, y por otra las traducciones de tratados de medicina de unos lugares han influido sobre los otros.

La menos científica de las dos ideas es la teoría humoral, que seguro que conoces aunque sea sólo de pasada. Aparece por todas partes, aunque su forma más conocida en Occidente es la propuesta por el médico griego Hipócrates de Cos, muchas veces llamado el padre de la medicina. Según Hipócrates en el cuerpo hay cuatro humores o líquidos: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra. Si los cuatro humores están en equilibrio el ser humano está sano, pero si no lo están porque hay demasiada sangre respecto al resto, o demasiada bilis negra, o lo que sea, entonces aparece la enfermedad.

Hipócrates, de Rubens
Hipócrates (ca. 460-370 a.C.), en un grabado de Rubens.

Hipócrates asoció además al exceso de cada uno de los cuatro humores una tendencia en la personalidad, y tan influyente fue el griego que las palabras que usamos hoy en día para muchos estados de ánimo e incluso personalidades siguen teniendo su origen en los cuatro humores. Así, una persona con demasiada sangre era sanguínea, una con demasiada flema flemática, el exceso de bilis –en griego, chole– producía un carácter colérico, y la bilis negra –en griego melan chole– provocaba melancolía o depresión.

Para rizar el rizo, la teoría humoral sostenía que la dieta hacía cambiar el equilibrio de los humores y, por tanto, podía no sólo provocar enfermedades o curarlas sino cambiar el carácter del individuo. Así, si alguien era naturalmente colérico –exceso de bilis– no era conveniente que comiera demasiado cordero, un alimento colérico, porque entonces se exacerbaba el problema. También era posible, por supuesto, disminuir un exceso – la sangre se extraía con sanguijuelas cuando había “demasiada”. No tengo ni idea de cómo se eliminaba un exceso de bilis negra de un modo similar, porque no creo que nadie supiera exactamente qué era.

Temperamentos según la teoría humoral
Los cuatro temperaementos según la teoría humoral en un tratado del XVIII. De arriba a abajo e izquierda a derecha: flemático, colérico, sanguíneo, melancólico.

El caso es que la teoría humoral se extendió a Roma, y Galeno estaba absolutamente convencido de ella. También fue fundamental en la medicina islámica medieval, y al-Qānūn fī al-Ṭibb, el Canon de medicina de Ibn Sīnā (Avicena) de 1025, habla largo y tendido sobre los cuatro humores. No son, por cierto, exactamente los fluidos corporales en los que pensamos hoy usando esas palabras; así, la flema contiene las mucosidades segregadas por diferentes mucosas, pero no se restringe a eso. Según Avicena, enormemente influido por Hipócrates,

De la mezcla de los cuatro en diferente cantidad, [Dios] creó los diferentes órganos; uno con más sangre, como el músculo, uno con más bilis negra como el hueso, otro con más flema como el cerebro, y otro con más bilis amarilla como el pulmón.

Aunque esta teoría no tiene sentido, su atractivo es enorme porque se alimenta de una debilidad de la mente humana: nos fascina, nos deja encandilados, la idea de equilibrio. Pensar que si tienes una enfermedad es porque tu cuerpo no está en equilibrio de algún modo, y que devolverlo a ese equilibrio natural curará la enfermedad es algo que nos proporciona –no sé por qué– una enorme satisfacción. Es como si, de forma irracional, “tuviera sentido”. De hecho esta concepción de equilibrio sigue estando presente en muchos textos pseudocientíficos, aunque ya no hablen de humores –porque es posible demostrar la falsedad de eso muy fácilmente– sino más bien de energías o cosas parecidas.

Canon de medicina de Avicena
Canon de medicina de Avicena, en una edición del siglo XVI ( Danieliness/ CC Attribution-Sharealike 3.0 License).

El problema de la teoría humoral es que no hace falta pensar mucho para darse cuenta de que no puede explicar todas las enfermedades. Por ejemplo, si en una ciudad hay mucha gente con una enfermedad con síntomas muy concretos y un viajero llega a ella para luego caer enfermo, ¿qué desequilibrio ha producido la enfermedad? Parece haber una conexión muy clara entre su llegada y el desarrollo de la enfermedad. Por eso, también desde muy antiguo, hubo una idea del contagio de las enfermedades; la palabra proviene del latín con (con) y tangere (tocar), es decir, algo así como con contacto. La teoría –de nombre engañoso, luego veremos por qué– podríamos llamarla teoría de contagio.

La concepción antigua era que este tipo de enfermedades eran causadas por una corrupción o impureza en el individuo, y al estar en contacto con él otros podían también contraer la misma corrupción del cuerpo. Por eso solía aislarse a muchos enfermos infecciosos. Incluso se consideraba que la impureza podía transmitirse a cosas no vivas, como la ropa, y que era necesario quemarla para evitar el contagio a otras personas – algo absurdo en cuanto a impureza, pero no en cuanto a la eficacia de la conducta, afortunadamente.

Lo absurdo de las concepciones más primitivas sobre el contagio era que se pensaba que el origen último de esta corrupción estaba en el propio individuo: la corrupción era un castigo o una consecuencia de un defecto inherente al ser humano. Por lo tanto, en gran medida estas enfermedades se consideraban merecidas. Esta corrupción podía luego adquirirse al entrar en contacto con él, y al fin y al cabo era una vez más un castigo para el siguiente contagiado, que no debería tener contacto con alguien impuro. Esta conexión entre enfermedad y “pureza del individuo” era absurda pero fue aceptada durante siglos, al menos por los más ignorantes: la mayor parte de los médicos chinos, griegos o romanos no la aceptaban e intentaron explicar esto de un modo racional.

Lo que no sabían, por supuesto, era exactamente qué era eso que se transmitía de una persona a otra, ni cómo sucedía la transmisión. De hecho, si se pensaba con cuidado sobre el asunto y se examinaban casos de contagio diferentes, era también fácil llegar a la conclusión de que la propia palabra contagio no era muy afortunada. En muchos casos alguien adquiría una enfermedad de algún lugar o alguna persona sin tocar a nadie infectado – es decir, sin tangere. ¿Cómo era esto posible?

La explicación más aceptada como alternativa al contacto era la teoría miasmática, algo más moderna y más sofisticada que la de contagio o la humoral, porque está basada en la observación y el raciocinio. La teoría miasmática surgió en diversos lugares, en apariencia de forma independiente, como China y Roma, y como digo tiene bastante sentido –al menos, en ausencia de microscopios, y por entonces no los había–. Veamos por qué.

Muchos médicos se percataron de lo siguiente: era posible contraer una enfermedad estando simplemente cerca de una persona afectada, o en una zona en la que había muchos casos de la enfermedad. Además, muy a menudo se encontraba una correlación entre el número de enfermos de cierta dolencia –por ejemplo, el tifus– con la falta de higiene y el hacinamiento. Al unir ambas observaciones, la conclusión independiente en varios lugares fue que la suciedad, la putrefacción y cosas parecidas emitían un aire contaminado o miasma –del griego miasma, contaminación–, y este aire contaminado entraba en el cuerpo y producía un efecto similar sobre él: la putrefacción.

Miasma
Representación del cólera como miasma (dominio público).

Insisto en que, a pesar de ser errónea, la teoría miasmática no es absurda: al menos considera la idea de que la enfermedad puede ser consecuencia, no de un desequilibrio interno, sino de la entrada en el cuerpo de un agente patogénico externo, aunque no esté vivo. Una vez más, como en el caso de quemar la ropa de alguien infectado, la teoría miasmática llevó a comportamientos en muchos casos beneficiosos: mejorar las condiciones higiénicas, por ejemplo. De hecho este tipo de comportamientos daban gran apoyo a la teoría miasmática, ya que se comprobó que al mejorar las condiciones de higiene y disminuir el hacinamiento el número de enfermedades infecciosas en muchos casos disminuía.

El problema es, por supuesto, que la teoría miasmática no es correcta, y en muchos casos no ayudaba en absoluto a resolver el problema. Hace ya años hablamos en esta misma serie de la peste negra. Como recordarás si leíste el artículo, los médicos que atendían a enfermos en muchos lugares llevaban trajes especiales con máscaras de pájaro y filtros y especias en el pico – un ejemplo de aplicación de la teoría miasmática, ya que el filtro y las especias pretendían precisamente evitar que el miasma afectase al médico. La eficacia en este caso, como en muchos otros, era nula, claro.

Médico medieval vestido de pájaro
Grabado medieval de un médico vestido para tratar con enfermos infecciosos (Imagery from the History of Medicine).

Hablando de la peste, el médico almeriense del siglo XIV Ahmad ibn Jatima afirmaba en un tratado sobre la enfermedad:

La existencia de contagio es conocida por la experiencia, la investigación, la evidencia de los sentidos e informes fidedignos. Estos hechos constituyen un argumento de peso. El hecho de la infección se vuelve claro al investigador que nota cómo aquel que establece contacto con el afligido coge la enfermedad, mientras que aquel que no está en contacto permanece sano, y cómo la transmisión es afectada a través de prendas, vasijas y pendientes.

Hoy en día sabemos, desde luego, que compartir un pendiente con alguien afectado por la peste no tiene el menor peligro ni es posible que así se tansmita la enfermedad, pero una vez más al menos somos testigos de una actitud que pone énfasis en la experiencia y la “evidencia de los sentidos”. El caso es que, hasta la época de Faraday, las tres posibles explicaciones de las enfermedades eran la teoría humoral –que funcionaba muy mal para las infecciosas–, la de contagio y la miasmática. Recuerda que “contagio” no quiere decir aún lo que hoy en día significa: es literalmente la infección por entrar en contacto con una persona contaminada u objetos tocados a su vez por esa persona.

¿Por qué tardamos tanto tiempo en llegar más allá? Porque es muy difícil aplicar el empirismo al problema de las enfermedades infecciosas: la causa real, es decir, los microorganismos, no es detectable a simple vista, y la invención del microscopio es relativamente reciente. Además no hace falta sólo un microscopio, sino relacionar cosas aparentemente inconexas y darse cuenta de la relación causa-efecto entre ellas.

Hacía falta por lo tanto dar esos dos pasos: en primer lugar ser conscientes de la existencia de vida microscópica, y en segundo lugar identificar algunas de esas formas de vida con el origen de las enfermedades infecciosas.

El primero en detectar un microorganismo –no en relacionarlo con las enfermedades– fue el padre de la microbiología, el holandés Antonie Philips van Leeuwenhoek, a finales del siglo XVII. Van Leeuwenhoek no era un científico profesional, pero en un momento dado se despertó en él un interés por el trabajo en vidrio y la fabricación de lentes. En cuanto dispuso de lentes de bastante aumento y las asoció para formar un microscopio se dedicó a mirar todo lo que se le ponía delante – y nadie había conseguido la potencia de los microscopios de van Leeuwenhoek (unos 200 aumentos), ni nadie lo conseguiría durante décadas.

Antonie van Leeuwenhoek
Antonie van Leeuwenhoek (1632-1723).

Cuando el holandés miró una gota de agua del lago Delft cercano a su casa se encontró con criaturas microscópicas nadando en la gota: criaturas más o menos redondas con diminutos pelillos que vibraban para propulsarlas por el agua. Hoy en día sabemos que vio diversos protozoos, muchos de ellos ciliados, pero él denominó a estas criaturas invisibles al ojo humano animálculos (pequeños animales), un nombre menos afortunado que microorganismos pero bastante más poético. Van Leeuwenhoek miró con sus microscopios muchas otras cosas –entre ellas esperma, y vio los espermatozoides nadando en él– y se dio cuenta de que estos animálculos estaban por todas partes.

Espermatozoides humanos
Animálcul… quiero decir, espermatozoides humanos (dominio público).

Esta idea de que existían multitud de seres invisibles a nuestro alrededor, de tamaño diminuto, puede hoy en día resultar evidente pero a finales del XVII puedo asegurarte que no lo era. Van Leeuwenhoek comunicó sus descubrimientos a un amigo, el médico Reinier de Graaf, ya que él mismo no era, como he dicho antes, un científico profesional (era un mercader de telas) con lo que no publicaba cosas él mismo. De Graaf leía regularmente una de las publicaciones científicas más importantes del mundo, la Philosophical Transactions de la Royal Society británica, que imagino que no hace falta que te recuerde, y en un momento dado la revista publicó una descripción de las observaciones realizadas con un microscopio por un italiano.

De Graaf, consciente de que los microscopios de van Leeuwenhoek eran muchísimo más potentes que los descritos en la revista, escribió al editor y le habló de ellos y su superioridad a los del italiano aquel. La Royal Society se puso en contacto con el mercader de telas, y en 1673 publicó a su vez algunas de las observaciones del holandés sobre piojos, aguijones de abeja y mohos. Hasta ahí todo fantástico, y van Leeuwenhoek ganó prestigio.

Ahora bien, en un momento dado el mercader de telas tuvo la ocurrencia de mencionar la existencia de seres vivos microscópicos por todas partes, y a los científicos de la Royal Society les entró un ataque de risa. ¿Criaturas invisibles por todas partes? ¡Vamos, hombre!

Microscopios de van Leeuwenhoek
Diagramas de algunos microscopios de van Leeuwenhoek.

Afortunadamente los miembros de la Society podían ser un poco arrogantes, pero no estúpidos. En 1677 enviaron una especie de comité formado por personas fiables y de prestigio, algunos de ellos miembros de la sociedad, para que van Leeuwenhoek les mostrase estos organismos. Me hubiera encantado ver la cara de los miembros del comité al ver protozoos nadando en el agua o espermatozoides, pero sólo puedo imaginar su expresión de sorpresa; el caso es que confirmaron el descubrimiento –absolutamente revolucionario– del holandés, y el mundo fue consciente de la presencia de los microorganismos, si bien aún no de su conexión con las enfermedades infecciosas.

El primero, que yo sepa, en realizar la conexión entre los animálculos de van Leeuwenhoek y las enfermedades fue un médico francés, Nicolas Andry de Bois-Regard. Poco tiempo después de la publicación de las observaciones del holandés, Andry se dedicó a realizar sus propias observaciones, pero no por curiosidad en general, sino específicamente para su aplicación en medicina. En 1700 Andry publicó De la génération des vers dans les corps de l’homme (Sobre la generación de gusanos en el cuerpo del hombre), donde sugería que muchas enfermedades, como la viruela, estaban causadas por la entrada y proliferación de gusanos microscópicos en el cuerpo.

Gusanos ilustrados de Andry
Ilustraciones de Andry en De la génération… de “gusanos” microscópicos.

El francés llamaba gusanos a casi todos los seres microscópicos, un término nada afortunado –menos aún que animálculos, seguramente–. Aunque desconozco la razón, sospecho que era una mezcla de cosas. Por un lado, como médico Andry estaba acostumbrado a tratar enfermedades en las que sí estaba clara la causa: las enfermedades parasitarias en las que el parásito no es microscópico, muchas veces gusanos. Ahora bien, si resultaba ahora que existía una miríada de seres microscópicos, muchos de ellos con apariencia similar a un gusano, ¿no era lógico pensar que algunos de estos fueran parásitos y provocaran enfermedades como las de los gusanos macroscópicos?

Aunque Andry nunca pudo identificar un ser concreto que provocase una enfermedad determinada, creo que su sugerencia probablemente influyó en otros, y desde luego el francés no iba desencaminado. Pero, aunque parezca mentira, absolutamente nada nuevo sucedió durante más de un siglo. El XVIII no supuso, desconozco por qué, ningún avance en microbiología. Hubo que esperar hasta el primer tercio del XIX para que alguien descubriese algo nuevo en este campo.

El responsable fue un italiano, Agostino Bassi, y el descubrimiento se debió a su interés en los gusanos de seda, Bombyx mori. Una enfermedad llamada en italiano moscardino y en castellano muscardina estaba matándolos a espuertas en Italia y Francia, y Bassi se dedicó –microscopio en mano, afortunadamente– a determinar la causa. El italiano consiguió algo que nadie había logrado antes: examinando las cepas infectadas y sanas determinó que en las infectadas había cosas vivas de tamaño microscópico que no existían en las sanas.

Bassi publicó en 1835 Del mal del segno, calcinaccio o moscardino, donde explicaba la causa microscópica de la muscardina –que es, por cierto, un hongo que se contagia a través de esporas microscópicas–. Poco después amplió esta idea al ser humano, y se planteó un origen microbiano de muchas enfermedades. Aunque sus ideas no fueron aceptadas de manera general, muchos otros científicos fueron influidos por ellas. Entre ellos un francés del que volveremos a hablar luego, Louis Pasteur: si recuerdas su artículo en esta serie, curiosamente él también estudió enfermedades infecciosas de los gusanos de seda, en su caso franceses. Pasteur tenía en su despacho un retrato de Bassi, que fue una gran influencia sobre él.

No sé si fue la influencia de Bassi, pero a partir de mediados del XIX la cosa se aceleró muchísimo. Sospecho que hay varias causas, además del italiano. Por una parte la mejora en los microscopios y en el rigor del trabajo de laboratorio; por otra la aparición en Europa de enfermedades desconocidas antes, como el cólera –del que hablaremos en un momento y barrió Londres varias veces en época de Faraday–, y finalmente por la mayor comunicación entre científicos gracias a la mejora en el transporte y las comunicaciones.

Aunque no descubriese ser vivo alguno, otro pionero en este campo fue un austríaco, Ignaz Semmelweis, que trabajaba como ginecólogo en el Allgemeines Krankenhaus de Viena a mediados de siglo. En aquella época era relativamente frecuente que las mujeres que daban a luz contrajeran fiebres puerperales, cuyo nombre proviene precisamente de puerperus (dar a luz) , una infección muy peligrosa. Muchas de ellas morían, y nadie sabía la causa de la enfermedad. Había sido poco común hasta principios del XIX, pero a partir de 1820 más o menos el número de casos se disparó en Viena.

Semmelweis estaba especialmente preocupado por esto ya que en el hospital había partos en dos lugares: uno era el departamento de ginecología donde enseñaba a estudiantes de medicina. El otro era el lugar donde estudiaban las futuras comadronas. En el ala de ginecología morían ocho veces más mujeres que en el ala de las comadronas. ¡Era ocho veces más probable morir en un parto en el que había médicos que en uno en el que no los había!

Ignaz Semmelweis
Ignaz Semmelweis (1818-1865).

El ginecólogo quedó muy afectado por esto, e intentó encontrar la causa de un modo empírico. ¿Qué había realmente de diferente entre los doctores y las comadronas? La respuesta fue accidental. Un colega de Semmelweis se hizo un corte accidental durante una autopsia, con el bisturí que estaba empleando en el cadáver, y murió pocos días después de septicemia.

Semmelweis miró los horarios y se dio cuenta de una diferencia muy clara entre comadronas y médicos: los médicos residentes realizaban autopsias por la mañana antes de pasar consulta en ginecología. Las comadronas, por supuesto, no. ¿Podría esto ser la causa de las fiebres puerperales? Semmelweis hizo que todos los médicos y alumnos de su ala se lavaran las manos con una disolución de sosa y cloro entre pacientes y tras las autopsias. En un mes la tasa de mortalidad por fiebre puerperal en su ala había bajado del 18% al 3%.

¿Es posible que los médicos no se lavaran las manos antes de atender un parto? Hombre, hasta cierto punto: probablemente sí lo hacían, pero no con un antiséptico ni con mucho cuidado. Recuerda que ni siquiera el propio Semmelweis sabía realmente qué producía la fiebre: era algún tipo de contaminación entre mujeres o con los cadáveres de las autopsias, pero aún no se sabía cuál. Lo que sí se sabía era que hacía falta la desinfección usando cloro o sosa, y la solución era bastante fácil.

De hecho la cosa resultaba, mirando hacia atrás, evidente. La anatomía patológica, y con ella las autopsias, llegaron al Allgemeines Krankenhaus en 1824. La obligación de lavarse las manos con antisépticos ordenada por Semmelweis se produjo en 1847. Observa el número de muertes por fiebres puerperales a lo largo del tiempo, comparada además con la del hospital de Dublín –en el que no había departamento de anatomía patológica– en un gráfico basado en el realizado por el propio Semmelweis para intentar convencer a la comunidad médica del origen de la fiebre:

Fiebres puerperales
Gráfico comparativo entre Dublín y Viena, con las dos fechas relevantes marcadas (dominio público).

La primera fecha importante es 1823, cuando arranca en Viena la anatomía patológica y, con ella, las autopsias. La segunda es el momento en 1847 en el que los médicos del hospital vienés empiezan a lavarse con cloro antes de atender a cada paciente de ginecología. Más claro, agua. Aunque Semmelweis no sabía qué era el responsable de la infección, sí sabía que existía algún tipo de corrupción que era transmisible del cadáver a la madre, o entre una madre y otra. Sigue siendo una teoría de contagio, pero puedes ver que el nivel del análisis empírico es ya fruto de una ciencia madura, y la solución estaba muy clara.

Sin embargo hubo una reacción enormemente negativa, entre muchos médicos, a aceptar las conclusiones de Semmelweis – ¡los médicos eran limpios, y era insultante que los acusara de ser los portadores de una enfermedad por no lavarse! De hecho en muchos lugares siguieron muriendo mujeres por esta causa a pesar de que el austríaco había dejado muy clara la solución. Parecía que, simplemente, no estábamos listos para aceptarlo.

Hoy en día, por cierto, conocemos perfectamente al responsable de aquellas muertes: es una bacteria llamada Streptococcus pyogenes, un estreptococo que causa muchas otras infecciones. Aunque parezca mentira sigue muriendo gente por su causa, a pesar de la penicilina y otros antibióticos, pero al menos en los partos los ginecólogos ya no contagian a las madres tras realizar autopsias. Más vale tarde que nunca.

Streptococcus_pyogenes
Streptococcus_pyogenes, el causante de las fiebres puerperales (dominio público).

Y, como digo, todo fue tarde: nos resistíamos a aceptar un modo diferente de pensar al anterior. Esto se haría evidente unos años más tarde cuando el cólera hizo estragos en Londres a pesar de las admoniciones de Michael Faraday para no soltar aguas fecales en el Támesis. Pero de eso y del descubrimiento, por fin, del origen microbiano de las enfermedades, hablaremos en la segunda parte del artículo. ¡Hasta entonces!

Biología, Hablando de, Medicina

11 comentarios

De: WxYtV
2013-12-19 21:36

Casi todas las imágenes de esta página no se visualizan correctamente.

Borrar este comentario cuando se haya solucionado.

Un saludo.

De:
2013-12-19 22:05

Hola: Quiero avisar que no se pueden ver las imagenes

De:
2013-12-19 22:07

Buenas noches...

como de costumbre, muy buen artículo. Disfruto mucho con ellos. Enhorabuena!

Donde hablas de las imágenes ampliadas de hongos y aguijones de abejas, se te ha colado "aveja" con uve.

Saludos!

Pobrecito hablador

De: Ramiro
2013-12-19 22:12

Interesantísimo artículo como siempre. Sin embargo he tenido un pequeño problema, las imágenes no se muestran (comprobado en distintos navegadores). Solo lo hace la del grabado del médico vestido para tratar a los enfermos infecciosos que ya apareció en el artículo de la peste negra. Y una pequeña errata: "aveja".

De: Pedro
2013-12-19 22:34

Blaaah, soy un cenutrio y tenía los permisos mal. Acabo de corregirlo, ¡gracias a todos! De paso he corregido la aveja :)

De: Guille
2013-12-21 15:17

Me pregunto qué significa en España "contagiar" actualmente, ya que no he podido detectar ninguna diferencia entre las aclaraciones que hizo Pedro sobre lo que significaba "contagio" en esas épocas y el uso que le damos hoy en día en Argentina.

Un excelente artículo sobre un importante tema de la historia de la Ciencia. Un gran saludo, Pedro.

De: Julian
2013-12-24 11:51

Buen artículo! Me encanta el dibujo de los cuatro temperamentos. ¿Me querrías decir de dónde procede? ¿Es de dominio púlico? ¿Lo puedo usar libremente en un artículo para una revista? Grácias!

De: Pedro
2013-12-24 13:15

@Guille, significa seguramente lo mismo que en Argentina. El matiz no está en que una enfermedad pase de una persona a otra, sino en qué es lo que se transmite y cómo: ahora el término no implica contacto, ni el paso de una corrupción.

@Julián, es un grabado de un libro del siglo XVIII, con lo que es de dominio público y lo puedes usar como quieras. Más info: [http://en.wikipedia.org/wiki/File:Lavater1792.jpg] (http://en.wikipedia.org/wiki/File:Lavater1792.jpg)

De: Luis
2013-12-26 13:31

Enhorabuena, Pedro. Un placer como siempre. ¡Qué interesante...!

De: mjosferreiro
2014-01-03 13:33

Me encantaron los dos artículos tanto el 1 como el 2. de hecho voy a colgar las 2 páginas en el aula virtual de mi clase para que lo lean mis alumnos/as de 3º y 4º de ESO

De: Corinne Abarai
2015-02-20 04:54

Cuáles son las fuentes de información de este artículo? Es que realizo mi tesis y me interesa saber de dónde sacar más información.

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