El Tamiz

Ignora lo accesorio, atesora lo esencial

Desde la mazmorra - Disensión, divino tesoro

Nota: Ya sé que muchos estáis esperando como agua de mayo el siguiente vídeo de La vida privada de las estrellas, pero debido a la falta de tiempo este mes saldrá publicado la semana que viene. ¡Paciencia!

No estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo.

Evelyn Beatrice Hall (a veces atribuido a Voltaire).

Hace bastantes meses de la última entrega Desde la mazmorra, en la que hablé sobre ciencia básica y aplicada. Si no conoces esta serie muy infrecuente, es una especie de editorial: no voy a dar más que una opinión que, como tal, es absolutamente subjetiva. Además, dado que a veces soy un poco burro, seguramente es errónea, pero como también soy bocazas, pues aquí está – si no quieres leer verborrea y sermones “inspiradores” mejor abandonas el barco ahora que estás a tiempo. Mis pobres alumnos tienen que tragarse mis sermones de este tipo pero tú, afortunadamente, no.

Dicho esto, el artículo de von Laue ha servido de chispa para este editorial sobre diferencias de opinión y la importancia de cuidarlas y favorecerlas. Algunas de las ideas que voy a exponer son recurrentes en el blog, pero no puedo dejar de intentar expresarlas con más claridad y de manera diferente; sin embargo, escribo sobre esto ahora porque me da la impresión de que es algo que de un tiempo a esta parte es aún peor de lo que ha sido en los últimos años –aunque no tan malo como ha sido en otras épocas y lugares–.

Ya he hablado antes sobre cómo algunos de nuestros instintos, lejos de sernos útiles en la sociedad actual, son nuestros enemigos, como el de separar a la gente en grupos, identificarnos con uno de ellos y luego concluir que, evidentemente, pertenecemos al mejor grupo. Relacionado con esto está nuestra tendencia –porque puedo asegurar que yo la tengo constantemente– a los sentimientos negativos ante la discrepancia con nuestras opiniones. Antes de hablar de las consecuencias de este instinto, unido a otros factores en los que me hizo pensar von Laue, quiero pararme un momento en esta reacción absolutamente natural pero también, en mi opinión, dañina.

No voy a hablar aquí, por cierto, de un esfuerzo consciente para hacer esto. Sé que hay manuales de propaganda en los que se enseña explícitamente a hacer estas cosas –ataques ad hominem, hombres de paja, etc.–. Nos es muy fácil ver eso, pero yo quiero hablar de nosotros, de ti y de mí, y de nuestra tendencia a caer en lo mismo de manera inconsciente a pesar de nuestras buenas intenciones.

Creo que el proceso sucede más o menos así:

Supongamos que se nos plantea un problema: puede ser un dilema moral en el que debemos decidir cuál es el curso de acción, puede ser una situación que tenemos que analizar para determinar la verdad, o tal vez un estado de cosas en el que hay que tomar una decisión sobre cómo actuar del modo más inteligente. Da igual, siempre que haga falta analizar unos datos y llegar a una conclusión – eso sí, cuanto más importante nos parezca el problema y más involucrados emocionalmente estemos más fácil es caer en esto (la política es un ejemplo muy típico, aunque hay muchos otros).

Cuando llegamos a una conclusión de este tipo y nos encontramos con alguien que ha llegado a una conclusión distinta, naturalmente agradecemos que alguien pueda verter una luz diferente sobre el problema y enriquecer así nuestra información para poder, tal vez, volver a analizar el problema y tal vez rectific… ¡ah, no, lo siento! Por un momento he dejado de ser simio.

No, al encontrarnos con alguien que tiene una opinión diferente de la nuestra suelen pasarnos dos cosas diferentes pero relacionadas entre sí y con nuestra simiesca naturaleza: por un lado no concebimos cómo alguien puede pensar de manera tan absurda, cuando nuestro propio razonamiento es tan claro y evidente. Por otro, identificamos ideas con personas y a ellas con grupos y, por tanto, el conflicto entre conclusiones se convierte en uno personal, de modo que lo que debería ser algo enriquecedor se convierte a lo mejor en un fastidio y a lo peor en una enemistad.

Más en detalle, creo que la parte más primitiva de nuestro cerebro suele seguir los siguientes pasos generalmente inconscientes.Ya sé que soy pesado, pero aunque luego quiero hablar de otras cosas relacionadas con esto permite que me detenga en ello unos párrafos para tener una base sobre la que hablar de grupos, recompensas y castigos y comportamientos que promovemos y que no: ¡paciencia!

Espero que entiendas que al describir este proceso mental por un lado exagero y por otro intento darle un poco de humor, pero también espero que te reconozcas a ti mismo en algunos pasos y, al menos, eches una sonrisa ante tus propias miserias. Si te sirve de consuelo esta descripción está basada, en gran medida y a pesar de las exageraciones, en mí mismo: más miserable que yo no lo hay.

El caso es que yo he analizado la situación que sea y he llegado a la conclusión A. Naturalmente sé que tengo buenas intenciones, soy objetivo e inteligente luego mi conclusión es, evidentemente, la correcta. ¡Si no lo pensara habría llegado a otra distinta!

Mi interlocutor, en cambio, ha llegado a la conclusión B, que es errónea y absurda. Se deduce que probablemente es poco inteligente o malintencionado. Dicho de otro modo, o no es capaz de alcanzar la conclusión correcta o bien tiene segundas intenciones porque a él o a su grupo –porque, naturalmente, pertenece a un grupo, los otros– le convienen. Por ejemplo, tal vez esta idea forme parte de un “paquete de ideas” al que se suscribe su grupo y él siente lealtad hacia el grupo, el paquete de ideas y, por tanto, a esta conclusión B en concreto a pesar de su evidente estupidez.

Tanto en un caso como en otro resulta claro que mi oponente –porque empiezo a verlo como tal– presenta deficiencias, o bien intelectuales o bien morales, y yo me siento superior a él. Lo cual no es sorprendente porque, por supuesto, soy superior a la media en inteligencia y bondad.

Por supuesto, trato de convencerlo de que mi posición es la correcta, porque quiero ganar. Sí, sí, quiero ganar – esto no es una cuestión de cuál es el curso de acción más conveniente o cuál es la verdad. Aunque yo diga que quiero llegar a la verdad, no es así: lo que quiero es demostrar que mi conclusión (porque la he hecho mía) es verdadera o correcta. En otras palabras, ganar.

Si no ganase, eso significaría que voy a perder. Pero no me gusta perder, especialmente ante alguien que sostiene una estupidez o una inmoralidad así. Y eso, estaría bueno, no lo voy a permitir. De modo que no razono de manera lógica, conjuntamente con el otro, para alcanzar la solución correcta: no sólo intento encontrar agujeros en su argumentación sino también cosas que parezcan agujeros aunque no lo sean.

También, por supuesto, intento restar validez a las ideas de mi adversario de cualquier modo posible. Por ejemplo, puedo señalar que pertenece a un grupo: los otros. Los otros pueden ser un partido político, una cultura, una religión o ausencia de ella, una tendencia filosófica o ideológica o los simpatizantes de un equipo de fútbol, porque da exactamente igual, ya que lo que importa es que son los otros, moral o intelectualmente inferiores a los nuestros. ¡Estaría bueno!

De modo que mi oponente es de los otros; pero los otros no tienen razón en alguna otra cosa y, por tanto, la opinión de mi interlocutor ahora mismo pierde validez por su conexión con ellos y sus errores, que pasaré a recordarle uno tras otro en vez de utilizar argumentos para desmontar sus conclusiones concretas en este asunto. Si tengo suerte mi ingenuo oponente se identificará con los otros (para él, que es un cenutrio, son los nuestros, y los nuestros son los otros, ¡qué barbaridad!), con lo que pasará a defender a su grupo en vez de a discutir el asunto en cuestión.

Naturalmente, la otra persona puede intentar hacer lo mismo conmigo: los otros son así de despreciables, y utilizan tácticas deshonestas de ese tipo. ¡Ya te dije que eran malos y/o ignorantes! Si así fuera le recordaré a mi adversario, por un lado, que no estamos hablando de esas otras cosas en las que mi tribu cometió errores o inmoralidades, sino de un asunto concreto. Al mismo tiempo le recordaré, porque se lo merece, que no esperaba menos de uno de los otros, dada la cantidad de cosas malas que han dicho o hecho antes: es un buen momento para recordárselas.

Finalmente, si no conseguimos alcanzar un acuerdo porque mi interlocutor es demasiado estúpido o inmoral para reconocer que la conclusión A es superior –y que yo soy, por supuesto, superior a él por haber llegado a ella y haber ganado– no me quedaré contento.

Más significativa aún de las raíces emocionales del problema es esto: si mi interlocutor me demuestra, sin lugar a dudas, que tiene razón y yo no, me sentará como una patada en los morros. Antes de hablar con él yo estaba equivocado mientras que ahora sé la verdad: mi situación es mejor que antes y ha sido gracias a él. Pero en vez de sentir agradecimiento y alivio siento resquemor, porque he perdido.

Esto se exacerba cuando quien tiene la opinión A no soy yo, sino que somos muchos, y especialmente si quien tiene la opinión B es una única persona, al menos, ellos son la minoría y nosotros la mayoría. Cuando esto sucede no nos extrañamos lo más mínimo: es lógico que seamos más que ellos porque sólo un burro o un inmoral pensaría como ellos.

Dicho de otro modo, lo que satisface a esta parte tribal y primitiva de nuestro cerebro es el consenso y la coherencia en el grupo, un instinto perfectamente comprensible evolutivamente hablando. Esto, llevado al extremo, hace que en los totalitarismos –creo que no hace falta poner ejemplos– se persiga a quienes discrepan: puede hacérselos callar de manera más o menos sutil, forzarlos a callarse o aceptar las ideas de la mayoría o, en el peor de los casos, encarcelarlos o matarlos.

Sí, ya, ya sé que estoy hablando de casos horribles y poco frecuentes. Sé que en las sociedades democráticas hay menos de esto – pero también lo hay, aunque más suave, cuando alguien sostiene una idea con la que casi todos estamos en desacuerdo, y casi todos somos cómplices de ello.

En términos de recompensa/castigo, tanto individualmente en el ejemplo de mi oponente –quiero decir, interlocutor– como socialmente, ¿qué tendemos a recompensar y a castigar? Creo que la respuesta es evidente y, si no estás de acuerdo conmigo, seguramente es porque careces de la inteligencia o categoría moral necesaria para darte cuenta: recompensamos el acuerdo y castigamos el desacuerdo.

En el caso de la discusión individual la multitud de refuerzos negativos que doy a mi interlocutor es apabullante: expreso irritación, a veces decepción, me frustro, si lo convenzo de que tengo razón se lo restriego en las narices, si me convence él demuestro aún más frustración y tal vez rencor… una auténtica lluvia de refuerzos emocionales negativos.

Eso sí, si mi interlocutor está de acuerdo conmigo desde el principio, lo inundo en refuerzo positivo –lo mismo que él a mí–: nos reímos de la estupidez de los partidarios de la idea B, nos recordamos el uno al otro lo que ya sabemos, es decir, las bondades de la idea A y, por encima de todo, establecemos un vínculo emocional: nos convertimos en un pequeño nosotros.

Algo parecido hacemos como grupo de manera muy natural. Si alguien sostiene una idea poco popular, el refuerzo negativo no sólo se lo proporciono yo: se lo proporciona cada partidario de la idea A. Dado que somos muchos, al defensor de la idea B le llueven refuerzos negativos por todas partes.

¿Cuál es el mensaje del grupo, aunque sea inconsciente? El mensaje es: sométete.

Dicho con otras palabras, la disensión es emocionalmente difícil de mantener.

Soy consciente de que esto es una perogrullada como un piano de cola, pero también creo que no pensamos lo suficiente sobre ello y, sobre todo, no pensamos que es posible cambiarlo. No hablo del refuerzo positivo, por supuesto, sino del negativo.

Y sí, es posible cambiarlo.

Pero antes de cambiarlo creo que debemos plantearnos qué tipo de comportamiento queremos promover: el sometimiento a las ideas populares en cada momento o la aparición de disensiones. Cuanto más difícil emocionalmente es discrepar de las ideas mayoritarias, evidentemente, menos disensiones habrá y más armonía entre nuestras ideas. ¿Es eso lo que queremos?

Si miramos a la Ciencia, con mayúsculas, la respuesta en ese entorno es bastante clara: no, no es lo que queremos. Nuestro conocimiento científico avanza por la disensión constante. Sin que alguien salga de vez en cuando para cuestionar lo que creíamos saber nuestro conocimiento no avanza. El discrepante es nuestro motor y sin él seguiríamos estancados en lo que pensábamos saber hace milenios.

¡Pero lo mismo pasa en todo lo demás! Antes de que la esclavitud fuera una noción aborrecible, masas de personas honestas e inteligentes la aceptaban sin el menor problema y quienes se oponían a ella eran los discrepantes. ¿Qué hicimos entonces, como sociedad, ante esa disensión? Tratar de machacar a los discrepantes, como solemos hacer – digo solemos no porque lo hiciéramos tú y yo, sino porque lo hicieron personas como tú y como yo, no sólo monstruos sin escrúpulos ni cerebro. Personas equivocadas, pero muchas de ellas juntas.

De modo que, en mi no tan humilde opinión, debemos atesorar la disensión como sociedad y como individuos. Esto no significa, por supuesto, que nos enfademos con quien está de acuerdo con nosotros ni que aplaudamos a los defensores de la esclavitud infantil, pero sí que pensemos en los pasos inconscientes de antes para corregirlos; y también que, siendo criaturas de emociones, incluso exageremos el lado opuesto de la emoción para compensar el innato.

Cuando hablas con alguien que tiene una opinión diametralmente opuesta a la tuya, sé consciente de que eres afortunado. La exposición a ideas diferentes te hace volver a analizar las tuyas: incluso si sigues pensando lo que pensabas antes, seguramente lo harás con más fundamento y habrás ordenado tus argumentos. Esta conversación es una oportunidad que tenéis cada uno gracias al otro.

Además de una oportunidad, discrepar es un privilegio: en muchas épocas y lugares –y en muchos lugares en la actualidad– la disensión no es ya castigada emocionalmente, sino prohibida. Poder entablar una discusión amigable con alguien sobre una idea en la que no estáis de acuerdo, utilizando argumentos y lógica, no debería parecernos algo mundano sino un logro de la especie humana –y mira que nos critico a menudo como especie–.

Voy a ir incluso más allá. En el caso más extremo, si discutes sobre algo realmente importante, algo en lo que el otro defiende lo que te parece una aberración, es infinitamente más importante y valioso el hecho de que podéis debatir tranquilamente sobre ello que quién pueda tener razón. Y cuanto menos popular sea la idea de uno de los dos, más valioso es el hecho de poder hablar sobre ello sin más.

En la discusión recuerda que quien gana no eres tú, ni es el otro: estáis realizando un proceso juntos. No sois dos bandos, sois un equipo tratando de alcanzar la conclusión correcta. Quien triunfa aquí es la razón, no los otros ni los nuestros. Para evitar eso no hay nada más fácil –ni más difícil emocionalmente– que no utilizar etiquetas gratuitamente, ni aglomerar ideas en paquetes monolíticos, ni recordar al otro que “vosotros” no decíais lo mismo cuando bla, bla… Si te encuentras a punto de actuar así, piensa en un simio golpeándose el pecho: tú eres el simio.

Igualmente, si los argumentos de tu interlocutor tienen tantos agujeros y tan superior es tu conclusión, no debería ser difícil hacerlo evidente sin recurrir a argucias, ataques ad hominem y cosas parecidas. Como ejemplo, imaginemos que cierta conclusión puede ser honesta y objetiva o el resultado de la parcialidad: entonces, parte de la base de que la posición del otro es honesta. ¿Por qué? Porque si no lo es debería ser aún más fácil desmontarla con argumentos objetivos que no cuestionen la integridad de la persona con la que hablas –con lo que no hace la menor falta recurrir a interpretaciones sobre su calidad moral– y, por otro lado, si la persona es realmente honesta al atacar los argumentos, y no a la persona, es posible seguir discutiendo de manera afable.

No está de más tampoco recordar, incluso explícitamente a tu interlocutor, que esto no es un conflicto entre personas sino un desacuerdo entre ideas: atacar una idea no es atacar a su defensor. Incluso si llegáis a un punto en el que no tiene sentido seguir, porque hay un desacuerdo que no puede resolverse, no pasa nada. ¡No pasa nada! El mundo es un lugar más rico, porque el resto de la gente tendrá fuentes de dos opiniones distintas en vez de ser alimentada con una única papilla incuestionada.

¿Quiere todo esto decir que no podemos considerar una idea absurda o sus consecuencias inmorales? ¡No, ni mucho menos! Las ideas, científicas o no, deben ser examinadas, diseccionadas, analizadas y sus puntos flacos encontrados y destripados sin la menor misericordia. Las ideas, no las personas que las defienden. Es posible que alguien sea malvado, deshonesto y estúpido, pero no sólo es posible sino que sucede todo el tiempo que personas inteligentes, honestas y sensibles defienden ideas terriblemente equivocadas que nos parecen inaceptables.

Pero ¿quiénes somos nosotros para arrogarnos el derecho y la certeza, sin discusión previa, a calificar una idea como inaceptable? ¿Es que, como sociedad, sólo vamos a permitir discutir tranquilamente unas ideas y no otras?

Si una idea es realmente así de aberrante debería ser incluso más fácil desmontarla. ¿Qué miedo tenemos entonces?

No debemos además olvidar que muchas ideas generalmente aceptadas ahora fueron en un tiempo inaceptables o moralmente repugnantes para la inmensa mayoría de la humanidad. ¿Y si lo que ahora consideramos aberrante resulta ser cierto?

Ah, no, pensamos, envueltos en nuestro perenne sentimiento de superioridad. Eso pasó antes, cuando la humanidad no había alcanzado el nivel moral e intelectual de la actualidad. Ahora hemos llegado a la verdad y las cosas que consideramos inaceptables lo son sin lugar a dudas, con absoluta certeza.

Exactamente la misma certeza que hubieran mostrado un geocentrista, un defensor de la esclavitud o de la sumisión de la mujer al hombre hace unos cuantos siglos. La misma superioridad intelectual o moral. Pero claro, ellos estaban equivocados y nosotros no.

Sí, sí, ya termino con el sermón… creo que seremos una sociedad más rica, más sabia y más moral si atesoramos la disensión; si la agradecemos y la recompensamos. De ese modo tendremos muchísimas más ideas para encontrar las mejores y, por encima de todo, nos aseguraremos un suministro permanente de ideas nuevas de las que alimentarnos.

Gracias por leer hasta aquí. Es posible, por supuesto, que no estés de acuerdo conmigo, pero si es así no me sorprende: tú y los tuyos siempre habéis hecho lo mismo, despreciar la verdad y tergiversar las cosas. Sois todos iguales. Pero ya os llegará la hora, ya.

Desde la mazmorra

28 comentarios

De: Fernando
2013-03-27 17:22:23

¿Puedo decirte sin que te corrompas por adulación que eres el bloguero mas brutalmente honesto que haya leido jamas?. Ya muchas cosas de lo mencionado las había pensado por mi mismo y con otros, como la gran causa del éxito de la "civilización occidental" estaba en su movimiento, su permanente cambio a estados mejores, sobre todo en la ciencia. En la política y otros ambitos es ya mucho mas lento, mas aun asi es inexorable llegar a otro orden de cosas si no permitimos que el sistema se derrumbe. Me encanta la página he aprendido muchísimo con ella espero que sigas trabajando!


De: Brigo
2013-03-27 17:51:50

"recomensas y castigos" <-- falta una p

¿Te habrás quedado a gusto, no? :-D


De: Pedro
2013-03-27 17:55:27

Gracias, Brigo, corregido :)

¿Te habrás quedado a gusto, no? :-D

No me puedo quejar, pero no te creas, que esto ha sido controlándome, si me dejara llevar... ;)


De: Freddy
2013-03-27 18:54:34

Hay un "oersonas" a nueve párrafos del final.

Por cierto, no estoy de acuerdo :)


De: xx32
2013-03-27 19:03:37

"No está de más tampoco recordar, incluso explícitamente a tu interlocutor, que esto no es un conflicto entre oersonas sino un desacuerdo entre ideas: atacar una idea no es atacar a su defensor. Incluso si llegáis a un punto en el que no tiene sentido seguir, porque hay un desacuerdo que no puede resolverse, no pasa nada. ¡No pasa nada! El mundo es un lugar más rico, porque el resto de la gente tendrá fuentes de dos opiniones distintas en vez de ser alimentada con una única papilla incuestionada."
creo que quisiste decir "personas"


De: Pedro
2013-03-27 19:11:21

Freddy, corregido, merci :)

P. S. Por supuesto, ya sabía que habría personas incapaces de entenderlo. No sé qué tienes contra mí, pero bueno.


De: Santiago
2013-03-27 19:16:40

Estoy de acuerdo con buena parte del artículo. Sin embargo, no siempre es posible entablar discusiones productivas, hay ocasiones en que una persona recurre una y otra vez a errores argumentales y por mucho que se los marques sigue sin cambiar dichos argumentos.

Sé que en la mayoría de los casos es a causa de mi propia incapacidad para explicarle claramente al otro en que esta fallando, pero es difícil no llegar al insulto cuando por ejemplo luego de explicarle a la otra persona porque esta mal recurrir al argumento ad populum y darle el correspondiente enlace a Wikipedia, la otra persona sigue recurriendo a el una y otra vez.


De: Persi
2013-03-27 19:39:50

Un artículo entretenido, con algún que otro déjà vu mientras lo leia.
No discrepo en ningún punto en concreto...


De: Alfonso
2013-03-27 21:53:24

¡Pero que asco me dais los racionales! Siempre dando argumentos en lugar de seguir lo que todo el mundo decente piensa. Que sepas que te voy a poner dos velas negras para que te enteres.


De: xurxo
2013-03-27 23:28:33

Despues de años leyendo y sin comentar, no puedo contenerme. Se me ha puesto la piel de gallina al recordar innumerables situaciones en el pasado y presente...

Gracias, Pedro.


De: marcel
2013-03-28 07:39:40

Estoy de acuerdo que en ciencia es necesario la discusión para avanzar, pero se me ocurren muchos ejemplos donde un gobierno debe de verse forzado a castigar y "prohibir"otros puntos de vista. Puede que resulte horrible pensarlo, pero como gobernante, y no siempre teniendo toda la información, a veces sería necesario mantener un grado de fuerza que evite las disenciones. Yo lo pienso mucho, pueden decirme que la libertad de ideas debe ser mantenida siempre, pero tampoco ni siempre se sabe cual es la idea correcta a defender y no queda más camino que apagar otras,.. no se, primero ponerse en el lugar del tipo que toma las decisiones..


De: Argus
2013-03-28 12:38:23

El otro día discutía con un devoto de la astrología. Para argumentar que los planetas y las estrellas influyen en nuestra vida, decía que las mareas son causadas por la luna y el sol y me recordaba (encima con cara de pillo) que nuestro cuerpo es agua en un 80%. Se notaba en su cara que se veía vencedor tras semejante argumentazo. ¿Qué hacer ante esto? Esta sandez debería darme igual. Pero de alguna forma no me daba igual. Me dolía. Me dolía que alguien fuese tan "tonto" ¿Por qué? No lo sé. Necesitamos que se nos escuche y encima (esto ya es la leche) que se nos comprenda para sentirnos bien. Somos así de rarunos.

Y lo de menos son las ideas que creemos ciertas, porque ¿y si un día la ciencia prueba que dos planetas en línea con la tierra producen ciertos cambios neuronales el día del nacimiento? El quid de la cuestión no es el resultado en sí, sino el método seguido para llegar a él. ¿Cómo convencer a alguien de que el método de la astrología no prueba nada? Es más ¿para qué convencerle? ¿Acaso nos esforzaríamos por hacer razonar a alguien que piensa que la luna es la cabeza de un muñeco de nieve que se la llevó el viento? Asombrosamente esto no duele tanto; es incluso gracioso. Nos molestan los tontos, no los locos.

...somos así de rarunos.


De: Inquieto
2013-03-28 15:49:46

Cosas semejantes he pensado mil veces (supongo que todos).

Hablas de la importancia de poder tener discusiones tranquilas, productivas.
Lo que me parece más importante de todo esto, es que realmente no conocemos 'las normas' (vease falacias, lógica) para llevar una discusión tranquila y sin argumentos erróneos, o si las conocemos, no lo tenemos suficientemente interiorizado como para utilizarlo en el día a día. Siempre he pensado que es la principal falla del sistema educativo, y de la sociedad en general, si tuvieramos estas 'normas' tan sencillas interiorizadas, resolveríamos muchos conflictos, llegaríamos antes a conclusiones acertadas (?), etc.

Totalmente de acuerdo en que hace falta un cambio de chip a nivel global: una discusión no es una batalla entre dos, es un proceso, en el cual si los dos siguen las mismas normas, ambos tienen que llegar a lo óptimo. A veces me encuentro en alguna discusión, y me doy cuenta de esto a la mitad, pienso 'mierda, ya me he metido en mi trinchera a defender mi posición contra la del otro, cuando sé que yo no soy propietario de ninguna posición, que lo ideal sería que fuera cambiando de posición, ya que es improbable que esté en la absolutamente correcta, etc...Pero en el fragor de la batalla piensas: es igual, ahora ya acabo, y esta batalla la gano yo.

Saludos!


De: Angel
2013-03-28 16:34:00

Totalmente de acuerdo contigo, Pedro. Me quito el sombrero por un exposición tan clara.

Al hilo de esto, justamente la semana pasada lei un libro muy relacionado con mucho de lo cuentas al principio: "El arte de tener razón", de Schopenhauer. Muy recomendable, y escrito con mucha mala leche. Otro libro que analiza la importancia de las sociedades abiertas a la discrepancia es "The begining of infinity", de David Deutsch. Trata muchos otros temas, siempre desde un punto de vista muy interesante. Y por último, sobre los peligros del pensamiento "en manada", no os perdais la película alemana "La Ola".

No puedo evitar terminar con una cita del primer libro que he mencionado:
"no discutir con el primero que salga al paso, sino sólo con aquéllos a quienes conocemos y de los cuales sabemos que poseen la inteligencia suficiente como para no comportarse absurdamente, y que se avergonzarían si así lo hiciesen; que discuten con razones y no con demostraciones de fuerza, y que atienden a razones y son consecuentes con ellas; y en definitiva, con quienes sean capaces de valorar la verdad, de escuchar con agrado los buenos argumentos incluso de labios del adversario y que posean la suficiente ecuanimidad como para admitir que no tienen razón cuando la otra parte la tiene."


De: Argus
2013-03-28 16:53:30

Exactamente Angel, tu comentario me ha recordado una de mis citas favoritas: Nunca discutas con un estúpido; primero te hará bajar a su nivel y allí te ganará por experiencia :-D


De: Javier
2013-03-29 11:00:42

Estoy de acuerdo con "Inquieto" en que en la sociedad se podría promover la disensión a través de la educación. Si algo eché en falta durante mis años de estudiante fueron la falta de presentaciones en público (y de debates aunque estudié una ingeniería considero que las capacidades para debatir son esenciales tanto en ingenieros como en estudiantes de carreras más orientadas a letras..).
Durante los años que estudié sólo realicé 2 presentaciones de trabajo en público, una de ellas fue mi proyecto fin de carrera, y ahora es cuando me doy cuenta la falta de saber expresar mis ideas y opiniones correctamente para que mi compañero de charla sea capaz de entenderme. Claro que esto no me resulta difícil si mi interlocutor está al mismo nivel que yo y comparte todos los conocimientos que yo tengo, pero y si no es así y tengo que dar explicaciones más mundanas....

Me gustó mucho esta entrada Pedro!!

Un saludo.


De: Macluskey
2013-03-29 14:54:40

Cómo eres, amigo Pedro... O sea, que ahora... ¿vamos a tener que discutir amigablemente con aquellos con quienes no estamos de acuerdo?

Pues vaya. Doscientos millones de años de evolución, y ahora resulta que... ¡no tengo razón! ;)

Te habrás quedado agustito, amigo...


De: Andres Restrepo
2013-03-31 07:34:08

Excelente Post, casi tan bueno o mejor que tu serie :) muchas gracias.


De: josecb
2013-03-31 17:35:42

Hace tiempo, cuando era un adolescente tenía también esa mentalidad de "cómo puede haber alguien tan ignorante que no sea capaz de entender mis argumentos". Realmente no lo pensaba así, pero algo de condescendencia sí que había. Las clases de lógica y argumentación de filosofía no ayudaron precisamente a rebajar esa visión, ya que solo me hacían ver lo buenos que eran mis argumentos.

Luego más tarde en la universidad, cursé una asignatura de ética de las de libre configuración a la que iba prácticamente por obligación. Sin embargo me encontré con que, aparte de que no tenía mucho ver con la ética, tenía uno de los mejores profesores de filosofía que jamás he tenido el gusto de conocer. Se alejaba de los autores conocidos y comparando la profundidad de esos pensamientos con los clásicos de toda la vida, estos últimos casi parecía una filosofía un poco ingenua.

De entre ellos surgió un autor (Max Weber, este sí que es más conocido) bastante relacionado con este tema que hablaba sobre por qué no siempre es posible obtener algo útil de un debate (casi se podría decir que es la excepción). No ya sólo cuando alguno de los participantes se obstina en imponer su visión por medio de falacias, sino incluso cuando ambos utilizan argumentos totalmente válidos y racionales. En un debate puede ocurrir (más bien, suele ocurrir) que ambos "bandos" tengan argumentos igualmente racionales defendiendo sus posturas, por lo que jamás se llega a un consenso, en lo que Weber llamaba la "lucha de Voluntades".

Ya no se defiende la propia idea por la razón, porque son igualmente racionales los argumentos de la opuesta, sino por pura voluntad irracional.

Esto me hizo abrir los ojos ya que muchos de los debates estériles lo son por otro motivo. El resto lo son por caer en un debate sobre semántica.

Desde entonces soy mucho más cauto a la hora de debatir y cuando veo que va a acabar en algo así intento cambiar de tema.

Pero es que ya no es solo eso, es lo que comentas de que al fin y al cabo los debates son para intentar descubrir una verdad más perfecta que la que tenías al principio, no para "ganarlos o perderlos".


De: Rantamplan
2013-04-02 13:18:41

Mis dos céntimos sobre este asunto:

Yo hace mucho tiempo tomé un par de decisiones:


  • la primera es discernir de forma consciente lo que es importante de lo que no. Esto es variable para cada persona, pero desde que lo hago he descubierto que hay MUY POQUITAS cosas importantes: Mi pareja, mi familia, mis amigos, la salud, mis objetivos personales y el trabajo (en menor medida y tan solo por que hacen lo anterior "más fácil").


  • La segunda es que en no tratándose de las cosas importantes, prefiero ser feliz que tener razón.


Esto me lleva (entre otras muchas cosas, pero digo esta por que está relacionada con el artículo) a que procuro no discutir, yo expongo mis ideas, escucho los argumentos de los demás, intento rebatirlos, acepto las críticas y si en la primera exposición no hemos llegado a "algo" que se parezca a un punto de acuerdo o un conato de transmisión de ideas... adiós muy buenas, cambiamos de tema y a correr, incluso si eso implica dar la razón al otro en algo que yo considero un absurdo.


De: Angel
2013-04-02 18:29:30

Rantamplan: es como el chiste que suele contar un amigo mio:


  • Y usted, ¿como ha llegado a tener una vida tan larga y prospera?

  • No discutiendo.

  • ¡Hombre! ¡Por eso no será!

  • Pues no será por eso...


De: Oldman
2013-04-02 20:13:54

Sois unos pelotas (chupamedias, le dicen por ahí...). Y además no habeis entendido nada. ¡Disensión divino tesoro! Y nada de si boana, ok boy, tienes razón Pedro. Y lo mejor el chiste de Angel. Saludos.


De: Sergio B
2013-04-03 11:05:53

En mi opinión, siempre es interesante (ojo a que me meto en temas semánticos) un dialogo interesante, en el que se comprueben, compartan y comparen argumentos, pero una discusión es mucho mas sencilla de conseguir. Yo suelo discutir por pura diversión y normalmente suelo tomar mi posición según sea la de mi interlocutor, la opuesta obviamente, sino nos daríamos palmaditas y ya esta. En ningún momento me parece de gran importancia convencer a la otra persona o que me convenzan.

No veo ningún sentido al apego a las ideas, al final una persona no es sus ideas, conoce ideas y según como las conozca y como sea esa persona hará que se sienta mas inclinado por una o por otras, pero eso puede cambiar, a las ideas les va ha dar igual. Yo siempre he pensado (en temas mas morales) que uno no puede decir que cree en A si no se ve con la capacidad de convencer a alguien de que B es cierto. Si solo te parece que A es cierto, ¿que merito tiene seguirlo? Hasta un robot lo haría. Como he estado leyendo a Asimov estos días me ha venido a la cabeza "Los robots hacen deducciones lógicas, no razonan".


De: Roberto
2013-04-03 11:48:54

Saludos:

Resulte curioso que un elogio de la disensión convoque tal consenso.

Me encanta esta web.


De: Rantamplan
2013-04-03 13:52:45

XDDDDD

Muy bueno Angel,

Si, puede aplicarse a mi persona ;).


De: Antonio
2013-04-03 14:22:38

Si tuviera hijos estos serían afortunados de tener a un profesor como tú.

¡Gracias Pedro!


De: AP
2013-04-06 11:21:03

Por supuesto que todos estamos de acuerdo... Pues si se ve que es el punto de vista más razonable y de mayor bondad, alguien que no estuviera de acuerdo sería alguien ignorante o malintencionado... Ejem...


De: Jordi Vilà Lladó
2013-04-07 14:38:56

Esta muy bien que se acerque la ciencia a los profanos como yo de forma amena,con videos etc.
Recivir correos de este tipo se agradece porque son condensados y comprensibles y ademas los recives poco a poco sin agobios.
Por mi parte solo decir que arriba el Tamiz abajo las religiones,correo basura y demas porquerias.
Un saludo a todo el equipo de TAMIZ


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