El Tamiz

Si no eres parte de la solución eres parte del precipitado

Premios Nobel - Química 1912 (Victor Grignard y Paul Sabatier)

Antes de seguir nuestro recorrido por los Premios Nobel de Química desde su nacimiento en 1901, permite que te recuerde los que hemos conocido hasta ahora, pues es posible que al ir acumulando galardones empiecen a bailarte los nombres y termines con un batiburrillo de datos que te haga perder la visión global.

Empezamos con Jacobus Henricus van ‘t Hoff, que ganó el Nobel por su explicación de la presión osmótica; luego conocimos a Hermann Emil Fisher, que sintetizó varios azúcares, purinas y péptidos y recibió el premio de 1902 por ello. Svante Arrhenius ganó el de 1903 al explicar la disociación de moléculas al disolverse en agua mediante su hipótesis electrolítica, y Sir William Ramsay obtuvo el de 1904 por su descubrimiento de los gases nobles. El de 1905 se lo llevó Adolf von Baeyer por ser el primero en obtener añil sintético, mientras que Henri Moissan se llevó el de 1906 por aislar el flúor. En 1907 lo ganó Eduard Buchner por ser capaz de producir una fermentación artificial –no celular–, y en 1908 Ernest Rutherford por su hipótesis de la desintegración radiactiva. Wilhelm Ostwald recibió el galardón de 1909 por parir la cinética química, mientras que Otto Wallach obtuvo el de 1910 por su trabajo con los derivados del isopreno, los aceites esenciales. Finalmente, en 1911 se lo llevó –en una entrega un tanto redundante– Marie Curie por su descubrimiento del radio y el polonio.

Estamos ya, por tanto, en 1912, a un paso de entrar en la Primera Guerra Mundial –luego verás por qué digo esto–. En esta ocasión volvemos a encontrarnos con un Nobel de Química relacionado con la química orgánica, que (como vengo repitiendo en muchos artículos de la serie) estaba sufriendo una expansión explosiva, destrozando a su paso cualquier noción de vitalismo científico que pudiera quedar, reduciendo los “misterios de la vida” a cenizas y otorgándonos un poder sobre las moléculas orgánicas que nunca habíamos tenido antes. ¿Cómo usaríamos ese poder?

Además, el premio de hoy es repartido: dos científicos independientes se llevaron la mitad del Nobel cada uno por investigaciones que no estaban directamente relacionadas. Sí tienen algo en común, como veremos en un momento, pero se trata de uno de esos premios en los que imagino que habría división de opiniones sobre quién debería llevárselo y se llegó a una decisión salomónica.

Finalmente, el de hoy no es un premio demasiado fascinante –al menos para mí–, de modo que no se tratará de un artículo largo. Y, como siempre, que me perdonen los químicos entre el público por las barbaridades que pueda decir en mi ignorancia. ¡No tengáis remilgos en corregirme, que modifico lo que haga falta!

Dicho todo esto, saboreemos juntos el Premio Nobel de Química de 1912, otorgado conjuntamente a dos científicos franceses. Por un lado a Victor Grignard, en palabras de la Real Academia Sueca de las Ciencias,

Por el descubrimiento del denominado reactivo de Grignard, que en los últimos años ha hecho progresar enormemente a la química orgánica.

Y, por otro lado, a Paul Sabatier,

Por su método de hidrogenar compuestos orgánicos en presencia de metales finamente pulverizados, mediante el que el progreso de la química orgánica ha avanzado enormemente en los últimos años.

Sí, sí, palabras repetitivas, lo siento, pero no son mías. En cualquier caso, como puedes ver hay un hilo conductor: el avance de la química orgánica (la otra conexión, fruto de la casualidad, es el hecho de que ambos galardonados fueran franceses). Ni el trabajo de Grignard ni el de Sabatier nos proporcionaron nuevo conocimiento teórico directamente, pero tras ellos los químicos orgánicos fueron capaces de lograr muchas cosas de las que antes eran incapaces. Pero vamos por partes.

François Auguste Victor Grignard había nacido en Cherburgo, en Francia, en 1871. El sistema educativo francés demostró su buen funcionamiento con él, ya que era hijo de un fabricante de velas en los astilleros de Cherburgo, pero gracias a las becas que recibió por su excelencia académica estudió en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Lyon y se doctoró allí en 1901.

Victor Grignard

Victor Grignard (1871-1935).

Grignard encontró en Lyon un mentor: Philippe Barbier, el padre de la química organometálica, la parte de la química orgánica en la que átomos metálicos desempeñan un papel fundamental. Barbier encauzó el trabajo de Grignard en ese campo, y se convirtió además en el director de tesis del jovenzuelo. Era la última década del siglo XIX, y Barbier estaba trabajando en algo muy concreto, en lo que involucró a su pupilo: en reemplazar el cinc con otro metal en la síntesis de compuestos orgánicos.

Desde mediados de siglo, los químicos orgánicos sabían que los compuestos orgánicos con un átomo de cinc, como el dimetilo de cinc (Zn(CH3)2) poseían una característica muy útil: el átomo metálico era capaz de atraer átomos de carbono circundantes, de moléculas relativamente cortas, y asociar unas moléculas a otras para formar otras más grandes. Así, era posible emplear estos compuestos del cinc para sintetizar en el laboratorio distintos compuestos orgánicos: alcoholes, cetonas, etc. Sin embargo, el cinc no era ideal para este propósito.

Estos compuestos del cinc no eran fáciles de obtener, y además ardían de manera espontánea en contacto con el aire. Las reacciones para sintetizar compuestos orgánicos usando los del cinc eran lentas y no producían grandes cantidades de producto. De una manera parecida al caso de Gustaf Dalén que estudiamos hace algunas semanas, la idea teórica estaba bastante bien, pero las dificultades prácticas la hacían inútil.

Muchos químicos, como el propio Philippe Barbier, estaban convencidos de que la solución al problema era utilizar un metal similar al cinc pero más abundante y más dispuesto a unirse al carbono –es decir, más ávido de electrones que el cinc, más electropositivo que él–. El principal candidato era un metal que había sido aislado a principios del mismo siglo XIX por Sir Humphry Davy: el magnesio. Existían muchos más compuestos de magnesio que de cinc, y la mayor reactividad de cinc con el carbono produciría mayores cantidades de producto en las reacciones.

A principios de la década de 1890 varios químicos descubrieron que, desgraciadamente, el magnesio no era tan estupendo como habían pensado. Por una parte, los compuestos orgánicos del magnesio resultaron ser casi todos sólidos y no líquidos como los del cinc. Por otra, como si todo fuera una confabulación del destino, estos sólidos ni siquiera eran solubles en prácticamente nada, y para rizar el rizo eran aún más inflamables que los de cinc. Sí era cierto que los derivados orgánicos del magnesio servían para producir cadenas de carbono más abundantemente que los de cinc, pero otra vez los detalles prácticos echaban todo por tierra.

Barbier intentó determinar entonces algunas reacciones que produjeran los compuestos de magnesio deseados no con antelación, sino justo cuando iban a usarse y según hacían falta para producir cadenas orgánicas. Así se solventaba un problema, ya que al no tener esos compuestos guardados en ninguna parte sino consumiéndolos según se producían se evitaba el peligro de la combustión espontánea. Sin embargo, Barbier no pudo encontrar ninguna reacción de ese tipo que fuera suficientemente fiable y eficaz. Finalmente, en 1898 tiró la toalla y dejó el problema en manos de su doctorando, Victor Grignard.

Lo que sucedió entonces no fue lo que pasaría en una película: no, Grignard no continuó avanzando en el camino de su mentor hasta alcanzar el éxito. Pronto se dio cuenta de que las dificultades que Barbier había encontrado no eran fáciles de superar, de modo que descartó esa línea de razonamiento y empezó de nuevo, intentando obtener los compuestos de magnesio con antelación. Para que eso sirviera de algo era necesario conseguir disolverlos y evitar la combustión espontánea.

No sé cuántos intentos realizó Grignard, pero dado que empezó a trabajar en el problema poco antes del cambio de siglo y su tesis doctoral, Sur les combinaisons organomagnésiennes mixtes, fue publicada en 1901, la verdad es que la cosa no se le dio del todo mal. El francés ideó un método ingenioso, simple y seguro de producir una disolución de compuestos orgánicos de magnesio que no ardía en contacto con el aire. La única condición era que el proceso debía producirse en ausencia de agua y oxígeno, ya que cualquiera de esas dos moléculas reaccionaba con el magnesio y mandaba todo a hacer gárgaras.

Primero, Grignard tomó éter (CH3-CH2-O-CH2-CH3), un disolvente orgánico conocido desde la Edad Media, y disolvió en él yoduro de metilo (CH3I). A continuación hizo gotear esta disolución sobre magnesio metálico, y cada gota iba reaccionando con él, haciendo desaparecer el metal poco a poco. El magnesio reaccionaba con el yoduro de metilo, “colándose” en la molécula para formar CH3-Mg-I. Y esta nueva molécula tenía dos propiedades fantásticas.

Por una parte, era perfectamente soluble en éter (el francés no había usado éter por casualidad), de modo que al observar la reacción de su producción se veía desaparecer el magnesio y al final se tenía simplemente un líquido, que no era otra cosa que éter con el CH3-Mg-I disuelto. Esta disolución no reaccionaba con el oxígeno del aire, con lo que era perfectamente seguro manipularla hasta emplearla para su objetivo final.

Por otro lado, el CH3-Mg-I era, como habían predicho los químicos de la última década del siglo XIX –incluido Philippe Barbier–, mucho más eficaz que los compuestos orgánicos del cinc para “encadenar” moléculas orgánicas. Al emplearlo era posible sintetizar grandes cantidades de moléculas bastante grandes de manera segura, rápida y barata.

Con el tiempo se desarrollaron otras moléculas similares a la original. Era posible emplear otros elementos halógenos además del yodo, como por ejemplo bromo o cloro; era también posible utilizar radicales distintos del CH3-, incluso bastante largos. Este tipo de reactivos terminaron llamándose reactivos de Grignard en general, y constan de un radical orgánico (el equivalente al CH3 original, y en general R) unido a un átomo de magnesio, y éste a su vez unido a un átomo de un elemento halógeno (el yodo original, y en general X), es decir, R-Mg-X.

A su vez, las reacciones mediante las que un reactivo de Grignard es capaz de asociar cadenas carbonadas unas a otras para producir otras más largas se denominaron reacciones de Grignard, y se convirtieron en uno de los pilares de la síntesis orgánica. Supongo que Barbier estaría orgulloso de su alumno.

Yo, por mi parte, no lo estoy tanto, pero no por la invención de este ingenioso método, sino por algo que sucedió tres años después de que Grignard recibiera el Nobel. Como sabes, en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, y Europa pronto se convirtió en un campo de batalla químico que causó muchos miles de muertes horribles. Hemos hablado aquí, hace bastante tiempo, de los horrores del gas mostaza, y el propio Victor Grignard durante la Gran Guerra diseñó métodos para detectarlo.

Fosgeno

Póster de advertencia contra el fosgeno del ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial. Traducción: Fosgeno. Huele como paja húmeda o maíz verde. Irritante pulmonar. Causa una sensación creciente de estar drogado. Gas incoloro.

Sin embargo, Grignard no sólo trabajó en la detección de gases tóxicos. Poco después de empezar la guerra, un equipo de químicos franceses liderados por él produjeron otro gas venenoso, denominado fosgeno o dicloruro de carbonilo (COCl2), que Francia utilizó en 1915 contra Alemania. Desde luego, los alemanes aprendieron la lección rápidamente y al final de la guerra habían producido aún más cantidad de fosgeno que los franceses. Este terrible gas incoloro mató unas 85 000 a lo largo de la Gran Guerra, del total de 100 000 muertas a causa de gases tóxicos. Al ver a Grignard, sonriente y bienhumorado, en este vídeo, me pregunto cómo se sentiría unos años después –no puedo imaginar que no sufriera ante las consecuencias de sus acciones y el dilema moral que tuvieron que suponer–.

El otro galardonado en 1912, Paul Sabatier, nació en Carcassonne ((Es en una expansión que no tienes: Científicos y Pirados.)) casi dos décadas antes que Grignard, en 1854. Al igual que su compatriota, Sabatier también tuvo un mentor excelso: Marcellin Berthelot, uno de los padres de la termoquímica y uno de los principales enemigos del vitalismo científico. Berthelot estaba convencido de que existían principios físicos universales, comunes a la materia orgánica e inorgánica, y que era posible convertir moléculas inorgánicas en otras orgánicas empleando la química –sí, ya lo sé, algo evidente hoy día, pero no por entonces–. A lo largo de su carrera sintetizó moléculas orgánicas a diestro y siniestro, dejando a los pobres vitalistas científicos con un palmo de narices.

Paul Sabatier

Paul Sabatier (1854-1941).

Sabatier había empezado su trabajo de investigación estudiando sulfatos metálicos y la termoquímica relacionada con ellos, además de la catálisis –de la que ya hemos hablado más en detalle al hacerlo de Wilhelm Ostwald–. Al caer bajo el ala de Berthelot, Sabatier combinó su interés en los catalizadores con el de su maestro en la síntesis orgánica, y se dedicó a tratar de emplearlos para sintetizar moléculas complejas.

El interés de Sabatier era diferente del de Grignard, y espero que los químicos de la sala no se ofendan ante mi explicación de esta diferencia. El anterior, como hemos visto, intentaba sintetizar moléculas más largas a partir de otras más cortas, empleando los reactivos de Grignard como “enlazadores” de eslabones de esas largas cadenas. Sin embargo, Sabatier pretendía algo diferente: a partir de una molécula orgánica de una longitud determinada, el discípulo de Berthelot trataba de sintetizar moléculas de igual longitud pero diferente estructura.

En particular, Sabatier estaba interesado en un proceso fundamental en química orgánica, denominado hidrogenación. Este proceso consiste, dicho mal y pronto, en añadir átomos de hidrógeno a la estructura de una molécula orgánica, “colándolos” entre los átomos de carbono, unidos a ellos. En el siguiente ejemplo puedes ver una molécula de ácido maleico que, al añadirle una molécula de H2 (formada por dos átomos de hidrógeno) se convierte en una molécula del mismo número de átomos de carbono pero con dos hidrógenos “extra”, ácido succínico. Los átomos de hidrógeno nuevos se han señalado en rojo:

Hidrogenación

Como otro ejemplo más sencillo, por ejemplo, el acetileno o etino (del que hablamos en el artículo de Dalén, pues era un combustible muy común en los faros) puede convertirse en eteno:

C2H2 + H2 -> C2H4

Ya sé que esto de añadir un par de átomos de hidrógeno a una molécula puede parecer una estupidez, pero el comportamiento de la molécula original y la molécula tras la hidrogenación puede ser absolutamente diferente; por poner un ejemplo, hay grasas vegetales que son líquidas a temperatura ambiente, pero sólidas a la misma temperatura si se hidrogenan, como es el caso de la margarina. Dado que utilizamos moléculas orgánicas para muchísimas cosas, ser capaz de hidrogenarlas –y deshidrogenarlas, por supuesto– puede añadir una miríada de nuevas moléculas a nuestro “arsenal”, lo cual convierte este proceso en algo de una importancia fundamental.

De hecho, no sólo Sabatier estaba interesado en la hidrogenación: una legión de químicos llevaba estudiándola desde hacía bastante tiempo. El problema era que emplear hidrógeno gaseoso (H2), como en el dibujo de arriba, produce reacciones de una lentitud tan grande que, a efectos prácticos, la cantidad de producto que se obtiene es despreciable. Durante años se habían venido usando otras fuentes de hidrógeno, como ácidos: al añadir un metal a un ácido se produce una reacción bastante violenta de este estilo:

Zn + H2S -> ZnS + H2

En este caso he puesto cinc y ácido sulfhídrico, pero el ácido y el metal pueden ser diferentes y el resultado similar. Berthelot, el propio maestro de Sabatier, había logrado la hidrogenación del benceno (C6H6) utilizando ácido yodhídrico (HI). Al calentar el ácido en un tubo herméticamente cerrado y añadir un metal, el metal se asociaba al ión yoduro y el hidrógeno se liberaba en gran cantidad, asociándose al benceno e hidrógenándolo en cantidades despampanantes. ¡Éxito!

¿Éxito? No.

Había dos problemas. El primero era que esa disolución terriblemente ácida y a gran temperatura era capaz de modificar la molécula resultante. El bueno de Marcellin, por ejemplo, quería hidrogenar el benceno y transformarlo en ciclohexano (C6H12), pero se había encontrado con que éste se transformaba, en las condiciones extremas del tubo, en metilciclopentano (CH3C5H9), un isómero del anterior, es decir, una molécula con los mismos átomos pero colocados de manera diferente. Y claro, en química orgánica la estructura de la molécula es tan importante como su composición, de modo que lo que se obtenía no era para nada lo que se pretendía obtener.

El segundo problema, creo, es obvio: ¿qué hacía falta para producir este tipo de hidrogenación mediante ácidos? Introducir en un tubo un ácido fuerte, un metal, calentarlo todo y luego dejar que se liberasen ingentes cantidades de hidrógeno gaseoso que aumentaban la presión hasta más de cien atmósferas. Como puedes imaginar, los accidentes eran constantes y a veces gravísimos. No, hacía falta otra manera.

Como otros químicos contemporáneos suyos, Paul Sabatier se planteó otra posibilidad: volver a la reacción con hidrógeno gaseoso normal y corriente, la reacción lenta que no producía suficiente cantidad de producto, y acelerarla usando un catalizador. Desde luego, la idea no es algo casi inconcebible, ni mucho menos, y el mérito de Sabatier no estuvo en tenerla, sino en llevarla a la práctica con éxito, algo que nadie más pudo hacer antes que él.

El francés descubrió, basándose en los trabajos anteriores de químicos como De Wilde y otro ganador de Nobel, Henri Moissan, que era posible lograr la hidrogenación del acetileno si entraba en juego un metal como “paso intermedio” de la reacción. Trabajando con Jean Baptiste Senderens, el caballero de amable mirada de más abajo, Sabatier calentó níquel pulverizado a una temperatura de unos 300 °C y a continuación soltó contra el níquel un chorro caliente que era una mezcla de dos gases: hidrógeno (H2) y etileno (C2H4).

Jean Baptiste Senderens

Jean-Baptiste Senderens (1856-1937).

El hidrógeno por sí mismo no reaccionaba apenas con el etileno, pero sí lo hacía gustosamente con el níquel, formando hidruro de níquel (II) (NiH2). A su vez, el hidruro de níquel reaccionaba rápidamente con el etileno, cediéndole el hidrógeno y volviendo a convertirse en níquel metálico, mientras que el etileno, al ganar dos átomos de hidrógeno extra, se convertía en etano (C2H6), es decir, se hidrogenaba.

Dado que el níquel volvía a ser él mismo tras la reacción, era posible utilizarlo una y otra vez sin perderlo: era un catalizador. Los dos franceses probaron con otros metales, como el cobalto y el cobre, y vieron que muchos de ellos hacían algo similar, aunque no todos favorecían la reacción de igual modo, desde luego; unos eran mejores catalizadores que otros.

Cuando Senderens y Sabatier hicieron algo parecido con acetileno (C2H2) lograron hidrogenarlo para convertirlo en etileno (C2H4), ¡pero el etileno habían logrado hidrogenarlo ya en la reacción que acabamos de ver! De modo que, en dos pasos, los dos investigadores podían pasar de acetileno a etano.

A finales de 1900 Sabatier y Senderens lograron lo que el gran Berthelot no había podido hacer: hidrogenar benceno y convertirlo en ciclohexano, todo ello con níquel a menos de 200 °C y un chorro de hidrógeno y benceno. A partir de ahí, la hidrogenación industrial estaba al alcance de la mano y el número de moléculas orgánicas a nuestra disposición se multiplicó. Por cierto, en el vídeo anterior de Grignard (tomado el día de entrega del Nobel el 10 de diciembre de 1912) aparecía el propio Sabatier, pero puedes verlo centrado en él aquí.

Puede parecer que esto es historia antigua, pero la NASA está estudiando la hidrogenación de Sabatier para utilizarla en la Estación Espacial Internacional, “reciclando” el dióxido de carbono espirado por los astronautas. Al hidrogenar el dióxido de carbono y “robarle” el oxígeno para formar agua, se tiene algo así:

CO2 + 4H2 -> CH4 + 2H2O

El dióxido de carbono está claro de donde lo sacamos, pero ¿y el hidrógeno? Pues el hidrógeno, casualmente, es un producto de otra reacción esencial en la estación, ya que el oxígeno que respiran los astronautas se produce allí mismo mediante la electrólisis del agua, que rompe la molécula de agua de este modo:

2H2O -> 2H2 + O2

Pero claro, para electrolizar el agua nos hace falta agua… que sacamos de la reacción anterior a partir del dióxido de carbono y el hidrógeno. Es un ciclo del que va saliendo metano (que podríamos emplear para otras cosas o deshidrogenarlo y soltar el carbono) y en el que hace falta introducir, por un lado, energía –en forma de electricidad en la electrólisis– y por otro, carbono –en forma de alimento para los astronautas–, pero que es mucho más eficaz que lo que hacemos ahora mismo.

De modo que, como ves, cada uno a su manera –Grignard alargando las cadenas, Sabatier modificándolas–, y sin un cambio de paradigma espectacular ni nada parecido, estos dos franceses suministraron a la química orgánica una cantidad de munición (es decir, de moléculas nuevas) extraordinaria. Simplemente me gustaría que lo de la “munición” hubiera sido sólo de manera figurada… ¡ay, Victor, Victor!

Como siempre, os dejo con el discurso de entrega del Nobel, pronunciado el 10 de diciembre de 1912 por el Presidente de la Real Academia Sueca de las Ciencias, H. G. Söderbaum:

Su Majestad, Sus Altezas Reales, damas y caballeros.

El objetivo del científico es, o debería ser, extender los límites del conocimiento humano. Sin embargo, se abren muchos caminos ante él y puede dedicarse a su campo de trabajo de diversas maneras. Si desarrolla teorías o hipótesis fértiles, podría abrir nuevas vías al pensamiento humano; si descubre hechos antes desconocidos podría enriquecer nuestro conocimiento, y si inventa nuevos aparatos tecnológicos y nuevos métodos podría forjar nuevas armas para el arsenal de la Ciencia. Este último camino no es el menos importante.

Es cierto que alguien como Scheele, en su época, con unos recursos sorprendentemente limitados a su disposición, logró obtener resultados que asombraron al mundo y lo cubrieron de gloria inmortal. Pero esto es parte de la historia de la Ciencia, y pertenece a una época superada hace mucho tiempo; algo así no puede suceder de nuevo, del mismo modo que un pueblo no puede revivir su juventud, ni un individuo su niñez.

Las ciencias naturales avanzan a un ritmo muy rápido, y nos enfrentamos constantemente a nuevos problemas cada vez más complejos, donde los recursos técnicos del pasado no son suficientes, y donde es indispensable inventar nuevos medios tecnológicos para progresar.

Ha sido teniendo en cuenta todo esto que la Real Academia de las Ciencias ha decidido otorgar el Premio Nobel de Química de 1912 a los inventores de sendos métodos de trabajo novedosos, cada uno de ellos excelente en su propio campo. La mitad del premio corresponde a Victor Grignard, Catedrático en la Universidad de Nancy, por la invención del reactivo que lleva su nombre, y la otra mitad a Paul Sabatier, Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Toulouse, por su método de hidrogenar compuestos orgánicos en presencia de metales finamente divididos.

Los dos métodos receptores de sendos premios pertenecen ambos al campo de la síntesis orgánica, cuyo propósito es la producción artificial de compuestos orgánicos, es decir, derivados del carbono como elemento básico, existan o no esos derivados en esa forma exacta en el reino animal o vegetal. Esta rama de la Química es bastante nueva; suele considerarse que nació con el descubrimiento realizado en 1828 por Friedrich Wöhler, discípulo de Berzelius [hablamos de este descubrimiento y el disgusto que produjo en el propio Wöhler al hacerlo de Eduard Buchner].

Desde estos humildes comienzos, desde una observación aislada, la síntesis orgánica se ha desarrollado, especialmente durante el último medio siglo, hastaconvertirse en algo de una importancia nunca soñada, no sólo para la propia Química sino también para las aplicaciones de la química en la vida cotidiana. No es una exageración afirmar que aquellas ramas de la industria que se basan en el uso de métodos de síntesis orgánica han proporcionado trabajo a millones de personas y han creado riqueza equivalente a miles de millones de libras.

Por esta razón, puede considerarse que los descubrimientos que abren el camino a nuevos desarrollos en esta esfera “han otorgado los más grandes beneficios a la humanidad”, independientemente de que estas palabras se interpreten de manera amplia o en un sentido más limitado, por no decir literal.

El método del profesor Grignard es la culminación de una serie de investigaciones realizadas con una habilidad técnica notable, que revelaron que el magnesio metálico, en presencia de éter, reacciona con derivados orgánicos de cloro, bromo y yodo, formando compuestos orgánicos de magnesio que son solubles en éter. Estos compuestos, a su vez, reaccionan rápidamente con un gran número de sustancias orgánicas, de modo que el carbono se combina con más carbono, es decir, produce una auténtica síntesis orgánica.

La importancia del método de Grignard para la química orgánica reside en el número de virtudes esenciales que posee, principalmente la simplicidad del proceso y, por tanto, el ahorro de tiempo; el bajo coste de los materiales empleados; su muy satisfactorio rendimiento y, por encima de todo, su gran número de aplicaciones. Desde este último punto de vista, no se conoce un método de síntesis orgánica superior al de Grignard, y de hecho apenas existe una esfera de la química orgánica que se encuentre fuera de su influencia.

Los servicios que este método ha proporcionado a la Ciencia son grandes, pero no lo son menos los que podemos esperar que proporcione en el futuro. ¿Lograremos algún día, por ejemplo, producir alcaloides o bases orgánicas vegetales artificiales, tan importantes en medicina pero tan difíciles de preparar y, por tanto, tan costosos? Si lo conseguimos, no cabe duda de que será únicamente con ayuda del reactivo de Grignard.

Profesor Grignard. Cualquiera que haya estado involucrado en la química orgánica durante los últimos años sabe lo mucho que ha contribuido usted al avance de esta rama de la ciencia. El número de investigaciones importantísimas que han sido posibles gracias al reactivo inventado por usted y que lleva su nombre es ya impresionante, y sigue creciendo día a día. Su método ha hecho retroceder considerablemente las fronteras de nuestro conocimiento, de nuestra capacidad de observación; y no sólo eso, además está abriendo nuevas posibilidades de conquista para la ciencia.

Por lo tanto, es con auténtica satisfacción y con la certeza de actuar completamente de acuerdo con los deseos del mundo científico que la Real Academia Sueca de las Ciencias le ha otorgado el Premio Nobel de Química de este año, y tengo el honor de rogarle que lo acepte de manos de Su Majestad el Rey, que ha accedido graciosamente a presentárselo.

El nuevo método que ha sido nombrado en honor a su inventor, el Profesor Sabatier, consiste en la reducción de compuestos orgánicos bajo la acción de metales finamente pulverizados - níquel, cobalto, cobre, hierro o platino. Este método consiste en lo siguiente: se calienta un óxido de uno de estos metales hasta 300 °C en una corriente de hidrógeno gaseoso. Una vez el metal se ha reducido de este modo, se disminuye la temperatura y se mezcla el vapor de la sustancia orgánica a reducir con el hidrógeno gaseoso.

Este método es muy simple y cómodo, y su rendimiento muy bueno. Además de estas ventajas, es completamente seguro, lo que lo distingue afortunadamente del método de reacción usado anteriormente, que muy a menudo producía explosiones, algunas de ellas muy graves.

El método de reducción de Sabatier ha sido empleado extensamente no sólo por su propio inventor y sus discípulos sino también por muchos otros, y ha abierto nuevos campos de investigación; también ha proporcionado un importante servicio a muchos científicos en varios países, y les ha permitido obtener resultados esenciales que habrían sido imposibles con los métodos antiguos. Además, varios químicos han introducido modificaciones al método para distintos propósitos, lo que ha aumentado enormemente sus posibles usos.

De entre los resultados más interesantes obtenidos mediante el método de Sabatier me limitaré a recordar cómo el Profesor Sabatier, aplicando su reactivo en distintas condiciones experimentales al carburo de hidrógeno llamado acetileno, consiguió producir homólogos superiores de los hidrocarburos idénticos a los contenidos en el petróleo natural de diferentes orígenes, como el americano, ruso o gallego, un fenómeno en el que se basó para desarrollar una teoría general que explicase el origen de los distintos aceites minerales.

Profesor Sabatier. En uno de sus trabajos, que conozco bien desde hace varios años, dice usted que “en el estudio de los fenómenos del mundo físico, independientemente de qué fenómenos se trate, la base de cualquier sistema debe ser la observación precisa, estricta y libre de cualquier idea previa”. Estas memorables palabras pueden parecer a algunos una obviedad, pero el mensaje que contienen a menudo es ignorado; no es posible, por tanto, repetirlas demasiado.

Usted no sólo ha expresado esta doctrina en sus libros: la ha aplicado a lo largo de su carrera científica. Gracias a esta aplicación constante de sus principios ha logrado resultados cuyo valor –y podemos decir esto con seguridad– se mantendrá en el tiempo.

Me resulta un deber muy agradable felicitarlo en nombre de la Real Academia Sueca de las Ciencias por sus brillantes logros científicos, y en particular por su método general de hidrogenar compuestos orgánicos en presencia de metales reducidos y de catalizadores, un método que, en la esfera de la química orgánica, ha hecho posible en los últimos años un enorme progreso, además de abrir tantos campos nuevos a la ciencia.

Es por el descubrimiento de este brillante método que la Academia le concede, con gran satisfacción, su honor más elevado.

En la siguiente entrega de la serie, el Premio Nobel de Física de 1913.

Ciencia, Premios Nobel, Química

6 comentarios

De: Juan Carlos
2012-09-27 17:38:22

Excelente redacción, he escuchado que los alimentos hidrogenados (margarinas por ejemplo) no son buenas para la salud. ¿Que hay de cierto en esto?

Errata: "hastaconvertirse", "mató unas 85 000 (personas?) a lo largo de la Gran Guerra, del total de 100 000 muertas (muertes?)"

Saludos


De: AntonioE
2012-09-27 17:43:31

Científicos y pirados. Qué bueno. :D. En todo caso, no puede ser más absurda que la expansión de la catapulta...
Gracias.


De: yo
2012-09-27 21:39:49

"esto de añadir un par de átomos de carbono a una molécula puede parecer una estupidez, "

¿No debería poner hidrogeno?
Saludos


De: Pedro
2012-09-27 22:11:20

Corregido, gracias :)


De: hidrargyro
2012-09-28 12:15:17

Muy entretenido Pedro!
Una pequeña errata:
"Existían muchos más compuestos de magnesio que de cinc, y la mayor reactividad de cinc con el carbono produciría mayores cantidades de producto en las reacciones"

No seria mayor reactividad del magnesio?

Saludos!


De: Ignacio
2012-12-12 18:22:49

Me ha encantado :)


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