El Tamiz

Si no eres parte de la solución eres parte del precipitado

La Royal Society

En Hablando de… recorremos el pasado saltando de asunto en asunto de manera aparentemente aleatoria, enlazando cada artículo con el siguiente y tratando de mostrar cómo absolutemnte todo está conectado de una manera u otra; los primeros veinte artículos de la serie están disponibles, además de en la web, en forma de libro y los siguientes doce van de camino a formar un segundo volumen, pero la cosa sigue su curso aquí. En los últimos artículos hemos hablado acerca de Thomas Henry Huxley, que utilizó para defender las ideas de Darwin un cráneo de Homo neanderthalensis, nombre científico según el sistema creado por Carl Linneo y empleado en su obra magna, el Systema Naturae, que acabó en el Index Librorum Prohibitorum, lo mismo que todas las obras de Giordano Bruno, prohibidas por el Papa Clemente VIII, quien en cambio tres años antes dio el beneplácito de la Iglesia al café, bebida protagonista de la Cantata del café de Johann Sebastian Bach, cuya aproximación intelectual y científica a la música fue parecida a la de Vincenzo Galilei, padre de Galileo Galilei, quien a su vez fue padre de la paradoja de Galileo en la que se pone de manifiesto lo extraño del concepto de infinito, cuyo tratamiento matemático sufrió duras críticas por parte de Henri Poincaré, el precursor de la teoría del caos, uno de cuyos padres, Sir Robert May, fue Presidente de la Royal Society de Londres. Pero hablando de la Royal Society…

El siglo XVII fue un momento crucial en la historia de la Ciencia: de hecho, en cierto sentido supuso su nacimiento tal y como la conocemos hoy día. Ya hemos hablado aquí mismo de Galileo Galilei y su papel como padre de la Física moderna, y podríamos hacer lo propio con muchos otros, como Robert Boyle, cuyo The Sceptical Chymist (El químico escéptico) tuvo una influencia parecida en Química. Sin embargo, figuras individuales aparte, la Ciencia con mayúscula no sería la misma tras el XVII por otra razón más: el nacimiento de las primeras sociedades científicas.

Aunque antes de esta época el conocimiento científico se dispersaba tarde o temprano, y los descubrimientos realizados por un científico solían acabar en manos de los demás, se trataba de un proceso lento, a veces involuntario y nada fiable. Era muy común que alguien descubriera una cosa y no quisiera que nadie más se enterase, o que simplemente no tuviera medios de comunicarse con otros que pudieran estar interesados en lo mismo que él. Además, como debería haber sido evidente a lo largo de los últimos capítulos de la serie, en muchos casos había miedo de expresar ideas que pudieran enfurecer a mentes cerradas.

Poco a poco, sin embargo, la cosa fue cambiando. Por un lado, se hizo evidente que era posible avanzar mucho más allá de lo que habían logrado los antiguos. Por otro, fue aumentando el número de personas familiarizadas con la ciencia, y vimos al hablar de Galileo que a mediados del XVII ya existía un público bien leído e interesado en comprar libros científicos; de ese público surgió un número cada vez mayor de científicos propiamente dichos –la mayoría, naturalmente, gente adinerada con mucho tiempo libre y curiosidad, pues no existían apenas recursos destinados a la ciencia–. El científico aislado, rodeado de gente recelosa por su ignorancia, se fue convirtiendo hasta cierto punto en una cosa del pasado.

De manera que, inevitablemente, los interesados en la ciencia empezaron a agruparse: de ese modo podían estar al tanto de los últimos descubrimientos, publicar y discutir sobre los suyos propios, debatir sobre lo divino y lo humano con personas de similares intereses a los suyos… era algo tan lógico que sucedió, con pocas décadas de diferencia, en multitud de países. Estos grupos de cientifistas (pues pocos eran científicos profesionales y se trataba más de una actitud ante el conocimiento que de otra cosa) solían surgir espontáneamente alrededor de algo – un científico de renombre, una institución, una filosofía científica determinada…

Francis Bacon

Francis Bacon (1561-1626).

En el caso de Gran Bretaña, la semilla que formaría su grupo cientifista particular fue la filosofía de la ciencia de Sir Francis Bacon, una figura tan enorme que merecerá su propio artículo. Dos obras de Bacon en particular, Novum Organum (Nuevo método), de 1620, y Nova Atlantis (La Nueva Atlantis), de 1623, producirían una tremenda impresión en toda Europa y especialmente entre los británicos.

En Nova Atlantis Bacon describe una sociedad utópica en la isla imaginaria de Bensalem. En esa isla maravillosa, ejemplo a seguir en todos los aspectos según Bacon, existía un lugar especial: la Casa de Salomón. Se trataba de un lugar dedicado a avanzar en el conocimiento del mundo, a utilizar los métodos inductivistas de Bacon para obtener nuevas leyes, a discutir libremente sobre el conocimiento científico y a enseñarlo a las nuevas generaciones:

Entenderéis, mis queridos amigos, que de entre todos los logros excelentes de ese rey hubo uno que superó a todos los demás. Fue la construcción e instauración de una Orden o Sociedad, que llamamos Casa de Salomón; la fundación más noble, pensamos, que ha existido sobre la Tierra; y la luz de este reino. Está dedicada al estudio de los trabajos y las criaturas de Dios.

Hoy en día, claro, la idea de un lugar dedicado a la enseñanza y la adquisición de nuevos conocimientos es algo evidente: es la concepción de la Universidad moderna. Pero esa concepción nace en el Nova Atlantis. Recuerda que la obra es una utopía, y en las utopías no se describen cosas que existen ya, sino ideales – y cuando los pioneros de la ciencia británicos de mediados del XVII leyeron Nova Atlantis se enamoraron de la Casa de Salomón, como no podría ser de otra manera.

Esto no quiere decir que no existieran universidades antes, por supuesto. Pero eran lugares donde guardar conocimiento y donde enseñarlo. Para alcanzar el concepto moderno de Universidad hacían falta dos cosas; por un lado, un cambio de mentalidad respecto al Medievo e incluso al Renacimiento. Ya hemos hablado de ese cambio de mentalidad al hacerlo de Galileo (aunque, desde luego, lo mismo sucedió con otros científicos de la primera mitad del XVII): la idea de que adquirir conocimiento no consiste en recuperar conocimientos pasados, sino que es posible superar a los antiguos y desentrañar los misterios del Universo mediante la experimentación y la razón.

Por otro lado –y aquí es donde Bacon fue fundamental como inspirador– era necesario comprender que un grupo de personas que discuten sobre lo que van descubriendo es muchísimo más eficaz que un científico aislado. Una Orden o Sociedad como la Casa de Salomón permitiría esa unión entre científicos, de modo que juntos pudieran hacer avanzar la ciencia a pasos agigantados. Desde luego, Bacon escribió una utopía y, como veremos luego, la naturaleza humana es como es, de modo que no todo sería tan maravilloso como describió él, pero el cambio de mentalidad fue profundísimo.

La generación de científicos que se formaron leyendo las obras de Bacon de jóvenes intentaron, en varias ocasiones y de diversas formas –algunas de ellas incompatibles con otras– llevar a la práctica la utopía de Bacon. Uno de ellos fue Samuel Hartlib, cuyo círculo –llamado Círculo de Hartlib– discutía fundamentalmente por correo e intentaba influir sobre la política educativa y científica del gobierno. Una de las propuestas de Hartlib, inspirada en una idea francesa muy similar, era crear Oficinas de Dirección en cada ciudad y pueblo; cualquiera podría ir a una de esas oficinas e informarse o informar sobre cualquier asunto que deseara. Sería posible obtener información sobre cualquier ciencia, sobre noticias recientes, demandas y ofertas de empleo… y las oficinas se comunicarían unas con otras para distribuir el conocimiento. Algo así como una Internet en cámara lenta, vamos.

Pero Hartlib no fue el único; en varias ocasiones, Robert Boyle habla en sus escritos del Invisible College, un grupo de científicos y cientifistas del que probablemente formaba parte Hartlib, y que discutían sobre infinidad de cosas relacionadas con las ciencias de un modo informal. Y Boyle, como veremos, terminaría formando parte del grupo que logró consolidar esta idea y llevarla a la práctica.

Gresham College

Gresham College, en un grabado del s. XVIII.

Sin embargo, el primer paso fundamental hacia una Casa de Salomón británica se dio en el Gresham College de Londres. Allí se impartían conferencias libres al público en general, algo que se sigue haciendo hoy día (unas 140 conferencias anuales). De un modo más o menos espontáneo, un grupo de científicos empezaron a reunirse hacia 1645 en casa de uno de ellos y posteriormente en el propio Gresham College. Sin embargo, se trataba de años dificilísimos para Gran Bretaña. Entre 1642 y 1651 se produjeron varias guerras civiles que asolaron el país e hicieron que muchos científicos tuvieran que mudarse de un lado a otro o perdieran sus puestos (e incluso sus vidas), ya que unos eran partidarios de Cromwell, otros eran monárquicos… de modo que el grupo de Gresham College no duró mucho.

Ahora bien, aunque el grupo se disgregó, otros científicos reemplazaron a los que se iban y los “exiliados” intentaron reunirse en los lugares en los que acababan. De manera que, a lo largo de la década de 1645-1655, varios grupos diferentes se reunían en distintos lugares como Londres y Oxford. Aunque tenían algunas diferencias filosóficas menores, todos ellos compartían un fondo común: la discusión libre de la ciencia, la lectura de textos de Bacon y la motivación de adquirir conocimiento inductivo según el método de Sir Francis, y la independencia de la política y el principio de autoridad al discutir ese conocimiento.

Entre los muchos científicos involucrados en estos grupos –muy comúnmente en varios de ellos según se movían por el país– había nombres como los de los propios Robert Boyle y Samuel Hartlib que hemos mencionado antes, John Wilkins, Samuel Foster, John Wallis, Christopher Merret… En 1648, por ejemplo, cuando Wilkins y Wallis se encontraron en Oxford, formaron allí un grupo de este tipo. Lo menciono porque creo que el nombre es revelador en cuanto a la filosofía de estos baconianos: el Oxford Experimental Philosophy Group (Grupo de filosofía experimental de Oxford), uno de cuyos preceptos era dejar la política de lado.

Observa el mérito de ese principio en la época tremendamente politizada de la que estamos hablando: algunos de los miembros de estos grupos eran partidarios de un bando en la Guerra Civil, otros del contrario, y sin embargo eran capaces de debatir y apoyarse unos a otros, pues su visión iba mucho más allá del corto plazo y las ruindades humanas –aunque a veces cayeran en ellas, desde luego–.

Hacia 1658-1659, un número considerable de estos científicos terminó reuniéndose en Gresham College de nuevo, y formaron el grupo que terminaría consolidándose de verdad:

La mayor parte de estos caballeros de Oxford que vinieron a Londres en 1659 se reunían dos veces a la semana en Gresham College. Aquí se les unieron otros colegas […] Estas reuniones continuaron hasta que sus miembros fueron dispersados a consecuencia de los desastres de 1659, tras la dimisión de Richard Cromwell, cuando su lugar de reunión se convirtió en barracón para soldados. Pero, tras la restauración del Rey Carlos II en 1660, las reuniones se reanudaron y a ellas acudió un número aún mayor de personas.

Y es que eso es lo que hacía falta para asentar el grupo filosófico: estabilidad. Tras la muerte de Oliver Cromwell en 1658, aunque su hijo lo sucediera durante un par de años, su falta de apoyos hizo que los acontecimientos se precipitaran y que Carlos II recibiera la Corona el 29 de mayo de 1660. Esto supuso que algunos miembros de los grupos filosóficos que nos ocupan tuvieran problemas –los contrarios a la Corona, claro–, pero con los años, unos ayudaron a otros a recuperar sus puestos y, en general, no hubo consecuencias demasiado graves.

El 28 de noviembre de 1660, unos meses después de la restauración de la monarquía, un grupo de doce científicos se reunió en Gresham College, varios de ellos catedráticos allí (y algunos cuyos nombres reconocerás de grupos anteriores). En la reunión decidieron formar una sociedad filosófica, denominada con un alarde de originalidad Philosophical Society, con los mismos principios básicos que todos los anteriores, al modo de Orden o Sociedad de la Casa de Salomón. Quiero mencionar los nombres de este grupo de doce junto con sus campos de conocimiento y sus afiliaciones políticas para resaltar, por un lado, la variedad de intereses (lo que los unía era su concepción del modo de adquirir y compartir conocimiento) y, por otro lado, el hecho de que consideraban irrelevantes sus tremendas diferencias políticas.

Wilkins, Petty, Boyle y Brouncker

Cuatro de los doce pioneros: John Wilkins, William Petty, Robert Boyle y William Brouncker.

El grupo lo componían Robert Boyle, el padre de la Química y parlamentarista; William Brouncker, matemático y monárquico; Jonathan Goddard, médico, catedrático de Física de Gresham College, parlamentarista y uno de los doctores que atendieron a Oliver Cromwell durante su agonía y muerte; William Ball, astrónomo y abogado monárquico; Lawrence Rooke, matemático parlamentarista y catedrático de Geometría en Gresham College; Sir Robert Moray, librepensador y comerciante monárquico; Alexander Bruce, inventor escocés; Christopher Wren, astrónomo y arquitecto monárquico y ex-catedrático de Astronomía en Gresham College; Paul Neile, astrónomo monárquico; John Wilkins, del que hemos hablado antes y parlamentarista convencido; William Petty, economista y parlamentarista; y, finalmente, Abraham Hill, un acaudalado comerciante londinense interesado en la ciencia.

Esta vez sí, el grupo se consolidó y, a diferencia de los anteriores, mantuvo su continuidad y, de hecho, en cierto sentido ese grupo sigue existiendo hoy en día. Hubo dos razones fundamentales. Por una parte, ya no había una guerra civil que dispersase a los miembros del grupo. Por otra, este grupo de doce contenía individuos que, aunque en las reuniones –dos a la semana– dejaran de lado sus inclinaciones políticas, eran terriblemente influyentes. Por ejemplo, he descrito a Sir Robert Moray como monárquico, pero no era simplemente un partidario de Carlos II: había sido uno de los consejeros más cercanos de Carlos desde el principio, había luchado con él y por él en Escocia y había terminado exiliado junto con él en París. Su lealtad e influencia eran tremendas.

Por lo tanto, cuando Carlos II volvió a Gran Bretaña en 1660, Sir Robert recuperó su posición como miembro del Privy Council, el Consejo de Estado de Carlos. Desde la primera reunión de la Philosophical Society, Sir Robert Moray mantuvo al Rey informado de las ideas del grupo y las reuniones periódicas y, más importante aún, lo convenció de la enorme importancia de apoyar una institución de librepensadores como ésa. No sé si fue por la gran influencia de Moray, su poder de persuasión o la clarividencia de Carlos II, pero en 1662 el Rey promulga un Estatuto Real por el que se constituye la sociedad como tal con el apoyo de la Corona:

Sabed que nos, por nuestra gracia especial y nuestro conocimiento certero y simple acción hemos ordenado, establecido, otorgado y declarado, y por la presente nos, nuestros herederos y sucesores ordenan, establecen, otorgan y declaran, que a partir de ahora y para siempre existirá una Sociedad, que constará de un Presidente, un Consejo y unos Miembros, que se llamará y denominará Royal Society.

En un segundo Estatuto Real de 1663 –en el que además se dan privilegios que no existían en el anterior, supongo que una vez más por acción de Sir Robert– se bautiza al grupo con un nombre más completo, The Royal Society of London for Improving Natural Knowledge (Real Sociedad de Londres para el avance del conocimiento natural.

Estatuto Real de la Royal Society

El primer Estatuto Real de la Royal Society, de 1662.

Podrías pensar que tanto apoyo real supondría la pérdida de independencia del utópico grupo, pero no fue así. A pesar del Royal por aquí y el Royal por allá, y del hecho de que el Rey diera permiso a la recién nacida Society para utilizar los leones de Inglaterra en su escudo de armas, los principios baconianos permanecieron, y los miembros de esta nueva “Casa de Salomón” fueron meridianamente claros en sus convicciones desde el principio. Su lema no deja ninguna duda: Nullius in verba (Por la palabra de nadie). Se trata de un rechazo de plano al principio de autoridad: las ideas deben sobrevivir o hundirse por sus propios méritos. Los miembros no aceptaban afirmaciones sin más, ni siquiera unos de otros, sino que sólo daban importancia a aquéllas que tenían una base empírica y racional.

Escudo de armas de la Royal Society

Escudo de armas de la Royal Society (también aparece en el Estatuto de arriba, en el margen izquierdo).

Desde el principio, las reuniones de la Royal Society (al principio en Gresham College y luego en otros lugares) no se limitaron a discutir cosas en abstracto. En noviembre de 1660 se nombró a Robert Hooke –al que tal vez conozcas por la ley de Hooke sobre la elasticidad– Comisario de Experimentos, y su trabajo era realizarlos él mismo o buscar a científicos que tuvieran experimentos relevantes e innovadores que mostrar al grupo.

No digo lo de innovadores por decir. En 1666, Robert Boyle dio cuenta, ante los miembros de la sociedad, de un experimento de transfusión de sangre entre dos perros, y un año más tarde Richard Lower realizaría la primera transfusión entre una oveja y un ser humano. Hooke, el Comisario de Experimentos y ayudante de Boyle durante un tiempo, había ayudado a Boyle a construir una bomba de aire poco tiempo antes, y su diseño y construcción lo inspiraron a realizar otro experimento de los que, vistos en la distancia, ponen los pelos de punta. En 1667 presentó a los atónitos ojos de sus colegas de la Society un experimento médico que hacía uso de esa bomba de aire: un perro con el tórax abierto, sin poder respirar utilizando el diafragma, con sendas bombas conectadas a los pulmones –una para introducir aire y otra para sacarlo–. Hooke mantuvo el perro con vida durante varias horas mediante este primitivo sistema de respiración mecánica –primitivo, pero conceptualmente parecido a los que se usan hoy día–. ¡Pero estamos hablando de 1667!

De modo que el sueño de Bacon, en gran medida, se hizo realidad. ¿Puedes imaginar las maravillas que se observaban y discutían por parte de Hooke, Boyle, Bruce o Newton, mientras en otros lugares del planeta básicamente nos golpeábamos unos a otros con objetos contundentes? Entre 1670 y 1672, por ejemplo, Sir Isaac Newton estaba desarrollando su teoría óptica. En el 72 presentó su artículo New theory on light and colours (Nueva teoría sobre la luz y los colores) ante los miembros de la Society; en él describía, entre otras cosas, sus experimentos de refracción y dispersión. El mismo año realizó una demostración de uno de sus telescopios de refracción. Este artículo aparecería en el Philosophical Transactions del que hablaremos en un momento.

Dispersión de Newton

Diagrama de Newton sobre una doble dispersión en prismas ópticos en una carta a la Royal Society (1672).

Todo esto no quiere decir, naturalmente, que las cosas fueran exactamente como las imaginaba Bacon; Hooke y Newton, por ejemplo, no se tenían la menor simpatía. Puesto que no todas las discusiones se producían en persona, puesto que la Royal Society pedía artículos con demostraciones matemáticas que no era posible hacer de viva voz, tenemos documentación de sobra de las discusiones entre ambos, especialmente cuando Hooke se encargó de la correspondencia de la sociedad. La rivalidad Newton-Hooke fue considerable aunque, como veremos luego, no tanto como la Newton-Leibniz.

Sin embargo, aunque Bacon no lo hubiera predicho así, estas rivalidades no resultaron ser tan malas al fin y al cabo. La puesta en común de ideas, la competitividad y la propia ruindad –el deseo de humillar al rival, por ejemplo, y demostrar que no tiene razón–, con las riendas del Nullius in verba, que exigía una demostración razonada de los argumentos, espolearon a los científicos a logros que tal vez no hubieran logrado sin esa motivación. Newton era un tipo bastante arrogante, por ejemplo, y era capaz de trabajar años enteros en un problema para dar un ¡zas, en toda la boca! a quienes se atrevían a contradecirlo. De modo que, aunque no fuera sólo por el bien común sino también por soberbia, los debates de la Society hicieron avanzar enormemente la ciencia británica de finales del XVII.

Además, la Royal Society tenía como propósito divulgar la ciencia. En esto no todos habían estado de acuerdo al principio, ya que algunos científicos tenían una idea menos inclusiva y querían una especie de sociedad cerrada; afortunademente, ganaron quienes eran partidarios de educar al público en general. De manera que, desde sus comienzos, la Royal Society realizó publicaciones tanto de los nuevos descubrimientos de sus miembros como de las noticias relevantes a la ciencia que se iban produciendo.

El 6 de marzo de 1665 se publicó el primer número de Philosophical Transactions of the Royal Society (Transacciones Filosóficas de la Royal Society), la revista puramente científica más antigua del mundo y que sigue publicándose hoy en día. En las páginas del Philosophical Transactions publicaron entre otros miembros de la Society Newton, Maxwell, Faraday o Darwin. En el compendio de los artículos publicados en 1665 y 1666 aparece un título más largo que me encanta:

Philosophical Transactions

Transacciones filosóficas: donde se da cuenta de los proyectos, estudios y trabajos de los hombres ingeniosos de muchas partes importantes del mundo. Compendio de 1665-1666.

Además de la revista, la Royal Society también publicó libros desde el principio. En 1665 se publicó el primero, Micrographia, de Robert Hooke. El título completo es Micrographia: o algunas descripciones fisiológicas de cuerpos diminutos realizadas mediante lentes de aumento, con observaciones e investigaciones sobre ellos. En él, el genial Hooke describe sus observaciones de ojos de mosca, piojos, pulgas e incluso células vegetales. De hecho, se trata del primer texto en el que aparece la palabra célula o celdilla, por la similitud de esas estructuras con las celdas de los monjes.

Pulga

Dibujo de una pulga, un “desplegable” de Micrographia.

Además de las minuciosas descripciones de los instrumentos y métodos empleados y de las maravillas que Hooke pudo ver con su microscopio, el inglés realiza ilustraciones fantásticas que, para sus contemporáneos, deben haber parecido casi de ciencia-ficción. No puedo imaginar la impresión de los lectores al pasar las páginas y leer sobre el mundo microscópico y poder incluso ver las criaturas diminutas examinadas por Hooke.

Micrographia

Ilustraciones de Micrographia.

El libro fue un auténtico éxito. Un político de la época, Samuel Pepys, escribió un diario detallado entre 1660 y 1669 en el que habla de multitud de cosas (y el diario es una excelente fuente de información de primera mano sobre la época). Cuando Pepys termina de leer Micrographia, lo describe en su diario como “el libro más ingenioso que he leído en mi vida”. La divulgación científica había despegado, y la Royal Society se convirtió en un auténtico faro para la sociedad británica.

Los elevados ideales del grupo, naturalmente, no siempre fueron mantenidos: hubo repetidos momentos de debilidad. La rivalidad entre científicos era, como hemos dicho antes, saludable, siempre que fuera abierta y no influyese en las discusiones objetivas. Sin embargo, en varias ocasiones no se siguieron las reglas. El caso más notorio fue el de Isaac Newton y su rivalidad con Gottfried Leibniz a causa del cálculo infinitesimal (ambos sostenían haberlo inventado). Hoy día pensamos que seguramente ambos lo hicieron de forma independiente, pero en la época se trató de una polémica terrible.

Newton vs Leibniz

Isaac Newton (1642-1727) y Gottfried Leibniz (1646-1716).

El asunto se fue volviendo más y más controvertido hasta que la Royal Society encargó un estudio objetivo para determinar quién era realmente el inventor del cálculo infinitesimal, algo perfectamente razonable, ¿verdad? En 1711 se publicó el informe, que era demoledor: sin ningún género de dudas, Sir Isaac Newton era el inventor y Leibniz lo había plagiado de manera ignominiosa. Poco tiempo después se descubrió, sin embargo, que el autor del informe no era otro que el propio Isaac Newton. Vergonzoso, y demuestra que las mentes admirables no siempre lo son moralmente.

Un ejemplo aún más evidente de traición al Nullius in verba fue la discusión, a finales del siglo XVIII, sobre los pararrayos. Algunos científicos eran partidarios de los pararrayos terminados en punta, inventados por Benjamin Franklin; otros pensaban que eran mejores los pararrayos romos, desarrollados por Benjamin Wilson.

De acuerdo con los principios de la Society sólo había una cosa relevante: ¿cuáles eran mejores, y cómo lo demostraba el proponente de una u otra idea de manera empírica y razonada? Sin embargo, pararrayos aparte, había una diferencia esencial entre Franklin y Wilson: el primero era estadounidense (y estamos hablando de los años inmediatamente posteriores a la Declaración de Independencia), y el segundo británico. Algunos partidarios de los pararrayos romos acusaron a los otros de ser pro-estadounidenses, de falta de patriotismo británico y cosas parecidas. Patético, ¿verdad? También se lo pareció al Presidente de la Royal Society, Sir John Pringle –que era, política aparte, amigo de Franklin–, de modo que Pringle dimitió de su puesto.

Sin embargo, a pesar de estos deslices y otros problemas (como la financiación, de la que hablaremos en un momento), la Royal Society mantuvo su posición como estandarte de la Ciencia en Gran Bretaña. Casi desde el principio sirvió ya de organismo asesor científico del gobierno británico –y lo sigue siendo hoy en día–, y al hablar del debate Huxley-Wilberforce vimos cómo en el siglo XIX seguía siendo un foro de discusión abierto y racional, a diferencia una vez más de otros lugares en los que nos mordíamos las orejas unos a otros cuando no estábamos de acuerdo.

En el siglo XIX se resolvió uno de los principales problemas de la Society: la financiación. Si te fijas en la lista de miembros originales, uno de ellos era un rico comerciante de Londres cuya contribución a la sociedad era básicamente monetaria, pues no tenía una gran formación científica. Y es que, durante casi dos siglos, la Royal Society recibió todo tipo de honores y parabienes del gobierno, pero ni un duro para financiarse, con lo que tuvo que buscarse las habichuelas.

Afortunadamente, había suficientes personas interesadas en la ciencia y con medios económicos para sostener la sociedad. El problema era el hecho de que, con el tiempo, el dinero se convirtió en una virtud tan importante como el conocimiento científico para formar parte de la Society. Desconozco por qué no se distinguió entonces entre miembros científicos y mecenas, lo cual hubiera sido mucho menos confuso, pero el resultado fue un aumento constante del número de miembros de la sociedad, de los cuales una pequeña parte eran científicos. A principios del XIX el número de miembros verdaderamente científicos de la Society era tan pequeño que los avances y publicaciones eran un tanto patéticos.

La cosa se volvió un tanto absurda; en 1700 la Royal Society tenía 100 miembros, pero en 1850 el número había aumentado hasta 750, de los que una sexta parte habían publicado algo en la Philosophical Transactions. Ese mismo año se resolvió el problema con la recepción de un estipendio anual de mil libras de dinero público (una cantidad que fue aumentando progresivamente con el tiempo), con lo que la presión para aumentar el número de miembros disminuyó y las cosas volvieron a su cauce.

Sin embargo, aunque pueda parecer que mi pasión por la Society me ciega –y reconozco que su existencia, como la de otras academias científicas de la época, como la francesa, me parece un logro de la humanidad–, creo que a lo largo de ese camino se produjo un error que ahora es muy difícil de atajar. Al principio, la pertenencia a la Society no requería ser un científico de renombre, sino que había una mezcla de diversos niveles. Cada participante en las reuniones aprendía de los otros y, a veces, enseñaba a los demás. En parte, claro, esto era porque la profesionalización en la ciencia no había alcanzado los niveles actuales.

Pero, con el tiempo, la diferencia entre los “científicos” y los “no científicos” se fue haciendo más y más grande, hasta llegar a los absurdos de principios del XIX que he mencionado antes. La solución, en mi opinión, no es la óptima: ahora la Royal Society está compuesta por científicos profesionales, como la mayor parte de las academias científicas del mundo. Y esta separación entre científicos y legos me parece un craso error, aunque no sea éste el artículo en el que soltar una diatriba sobre este asunto; baste decir que, en mi opinión, parte del encanto de la Royal Society original se ha perdido con el tiempo, tal vez de manera inevitable.

Royal Society

Sede actual de la Royal Society, en Carlton House Terrace 6-9, Londres (Kaihsu Tai / CC Attribution-Sharealike 3.0 License).

El caso es que, gracias a esta Casa de Salomón y otras como ella en otros países, la ciencia moderna ganó una de sus características fundamentales, tan importante como la creación de los métodos científicos, tanto como la primacía de la observación y el razonamiento: la idea de que la ciencia es un proceso colectivo. La obsesión de la Royal Society por las conferencias, las publicaciones, la discusión pública de ideas encontradas, la puesta en común, incluso la rivalidad abierta entre científicos… todo excepto el aislamiento.

Y todo empezó cuando los jóvenes científicos que se formaban en el primer tercio del XVII leyeron asombrados las obras de Francis Bacon y cambiaron su manera de hacer ciencia. Pero hablando de Francis Bacon…

Para saber más (esp/ing cuando es posible):

Ciencia, Hablando de...

14 comentarios

De: Angel
2012-07-11 16:07:32

¡Que gran artículo! Yo estoy leyendo ahora el Ciclo Barroco de Neal Stephenson que trata, entre otra miriada de temas, sobre los primeros años de la Royal Society. Por ahí aparecen Newton, Leibnitz, Hooke y la mayoría de los que nombras en el artículo. ¡Y describe el experimento del perro!


De: Nim3R
2012-07-11 19:23:40

Me temo que eres un utópico seguidor de la idea de la Casa de Salomón de Bacon xD. La razón por la que creo que el primer grupo era tan variado es porque muy poca gente podía permitirse reunirse a debatir sobre ciencia y filosofía. Un grupo reducido te permite unir un grupo así haciendo a todos los miembros partícipes y útiles. Esta primera Royal Society tiene un gran encanto pero creo que se hace inviable para grupos muy numerosos. Yo creo que la evolución lógica es exactamente lo que tu haces. Acercar la ciencia a todos para que la podamos entender y tenemos opciones de participar a base de comentarios. Esta puede que sea la nueva Casa de Salomón.


De: inquieto
2012-07-11 20:18:05

Un par de erratas.

..y se trataba más de una actitud ante el conocimiento qe de otra cosa).. -falta una u-

...Oxford Experimental Philosophy Group (Grupo de filosofía experimental de Oxford, uno de cuyos preceptos era dejar la política de lado.... -hay que cerrar el parentesis-

saludos


De: Pedro
2012-07-11 20:41:02

Nim3R, ¿se me nota mucho? :)

inquieto, corregidas ambas, thank you!


De: Juan Carlos
2012-07-11 21:21:39

Excelente artículo.

Había leído sobre Newton, pero nunca sobre su pedantería, claro que eso no le quita en nada su inteligencia, pero bueno. Tenía entendido (lo leí en algún lado, lamentablemente no recuerdo donde) que finalmente fue Leibniz el inventor del cálculo ¿que opinas de eso?

Una errata: "absolutemnte"

Saludos


De: Nim3R
2012-07-11 22:42:07

Un poco xD pero siempre es sano ser utópico. ¿Por cierto has cambiado el lema de El Tamiz o soy yo?


De: rodrigo
2012-07-11 23:02:23

como siempre, un gran artículo, gracias por tanto deleite ... y el nuevo slogan le viene genial al sitio.


De: La Royal Society
2012-07-12 04:01:05

[...] "CRITEO-300x250", 300, 250); 1 meneos La Royal Society eltamiz.com/2012/07/11/la-royal-society/  por Pancar hace [...]


De: Alnair
2012-07-12 10:51:10

Bueno, el carácter abierto de la primitiva Royal Society lo continuan ahora las multiples sociedades científicas amateurs especializadas, como las astronómicas, ornitológicas, etc.


De:
2012-07-13 13:46:10

Había leído sobre Newton, pero nunca sobre su pedantería, claro que eso no le quita en nada su inteligencia, pero bueno. Tenía entendido (lo leí en algún lado, lamentablemente no recuerdo donde) que finalmente fue Leibniz el inventor del cálculo ¿que opinas de eso?

Según tenía entendido no se sabe quien fue el inventor del cálculo, se les considera autores a los dos. Eso sí, el cálculo infinitesimal actual se parece más al de Leibniz que al de Newton.

Tirando de wiki pone que Newton lo descubrió antes, pero Leibniz lo publicó primero. Pero los estudios indican que lo descubrieron ambos de forma independiente.


De: josecb
2012-07-13 13:51:00

Había leído sobre Newton, pero nunca sobre su pedantería, claro que eso no le quita en nada su inteligencia, pero bueno. Tenía entendido (lo leí en algún lado, lamentablemente no recuerdo donde) que finalmente fue Leibniz el inventor del cálculo ¿que opinas de eso?

Según tenía entendido no se sabe quien fue el inventor del cálculo, se les considera autores a los dos. Eso sí, el cálculo infinitesimal actual se parece más al de Leibniz que al de Newton.

Tirando de wiki pone que Newton lo descubrió antes, pero Leibniz lo publicó primero. Pero los estudios indican que lo descubrieron ambos de forma independiente.

Un poco xD pero siempre es sano ser utópico. ¿Por cierto has cambiado el lema de El Tamiz o soy yo?

Se suele cambiar cada cierto tiempo cuando sale algún artículo nuevo pero siempre se vuelve al clásico "antes simplista que incomprensible".


De: Antonio
2012-07-13 15:58:58

Me encanta el artículo Pedro, este blog tuyo sería una magnífica casa de Salomón.


De: Josell
2012-07-19 08:06:13

Aunque Newton no era el ser humano ideal, yo no lo consideraría pedante, sino arrogante. Los pedantes son personas que presumen tener un conocimiento que ignoran o no comprenden bien... Y lo vemos todos los días en internet. Incluso algunos blogs de ciencia se han inclinado más por ideologías particulares, que por la ciencia. Afrtunadamente tenemos a Pedro, que da el buen ejemplo :-)

Por cierto, para quien no sepa, Salomón fue un rey judío, hijo de David, que fue famoso por pedirle a Dios sólo una cosa (podía pedir cualquier cosa), pidió sabiduría. Pero era más bien sabiduría para ser rey, no científico.

Un ejemplo de la Biblia de la sabiduría de Salomón: Hubo un caso en que una mujer aplastó accidentalmente a su bebé mientras dormía, y ésta robó el bebé sano de otra mujer... Ambas fueron a juicio, y Salomón juzgó que el bebé debía ser partido por la mitad y dar una mitad para cada mujer (pero no sucedió). Obviamente la madre biológica fue quien se preocupó más, y así supo el rey quien era la madre. Y la puta fue ejecutada...

Curiosamente comenzó a simpatizar con ideas paganas e importar dioses ajenos, y según la tradición, está quemándose en el infierno.


De: Venger
2013-09-23 13:07

En España ¿cuántas sociedades científicas tenemos? No lo sé, pero yo soy asiduo a la web de la fundación Juan March, la cual recomiendo, sobre todo sus audios de las conferencias. Las hay muy variadas y desde los años setenta. Os dejo el link: http://www.march.es/conferencias/anteriores/?l=1 Saludos a todos los tamiceros

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