El Tamiz

Si no eres parte de la solución eres parte del precipitado

Galileo Galilei (I)

Como sabéis los viejos del lugar, Hablando de… es la serie caótico-histórica de El Tamiz. Inspirada en la serie de televisión Connections, de James Burke, explora el pasado de una forma desordenada, enlazando cada artículo con el siguiente y tratando de mostrar como todo está conectado de una manera u otra; los primeros veinte artículos de la serie están disponibles, además de en la web, en forma de libro, ¡y ya vamos por el decimotercero del que será el segundo volumen! En los últimos artículos hemos hablado acerca del ascensor espacial, propuesto por primera vez por Konstantin Tsiolkovsky, partidario (como casi todos sus contemporáneos) de la eugenesia, promovida por Sir Francis Galton tras ser inspirado por el debate Huxley-Wilberforce sobre la evolución, en el que participó el “bulldog de Darwin”, Thomas Henry Huxley, que utilizó para defender las ideas de su amigo un cráneo de Homo neanderthalensis, nombre científico según el sistema creado por Carl Linneo y empleado en su obra magna, el Systema Naturae, que acabó en el Index Librorum Prohibitorum, lo mismo que todas las obras de Giordano Bruno, prohibidas por el Papa Clemente VIII, quien en cambio tres años antes dio el beneplácito de la Iglesia al café, bebida protagonista de la Cantata del café de Johann Sebastian Bach, cuya aproximación intelectual y científica a la música fue parecida a la de Vincenzo Galilei, padre de Galileo Galilei. Pero hablando de Galileo Galilei…

Galileo Galilei

Galileo Galilei (1564-1642).

[Nota: Como me pasa tantas veces, he empezado a escribir, a meter citas y fragmentos de libros, a divagar… y el caso es que me ha salido tal ladrillo que he decidido partirlo en dos trozos; si aguantáis éste, el segundo llegará la semana que viene, para dar tiempo a oxigenar las neuronas]

Siempre es difícil estar seguros de cómo hubieran sido las cosas de no haberse combinado los factores como lo hicieron, pero me parece bastante razonable pensar que, sin la influencia de Vincenzo Galilei, su hijo no se hubiera convertido en el enorme, ¡enorme!, científico que fue. No es que fuera la criatura de su padre –una figura como la de Galileo no es la criatura de nadie–, pero es inevitable ver a Vincenzo en algunas de las concepciones científicas de su hijo.

En la época de Vincenzo –el siglo XVI–, la Ciencia moderna no existía aún. Sí existía la Filosofía Natural, y los científicos –aunque no hicieran ciencia en el sentido moderno del término– se preguntaban razonadamente sobre lo que veían, pero faltaban varios factores para que la Ciencia madurase y, por fin, floreciese como lo haría a partir del XVII. Uno de esos factores era la formalización matemática de las leyes y el estudio cuantitativo en los experimentos, cosas que hoy nos parecen de cajón pero que por entonces no lo eran en absoluto.

No, la manera típica de hacer ciencia era cualitativa, especulativa y más bien “borrosa”, con la excepción notable de la geometría en la Astronomía ya desde el tiempo de los griegos. Los experimentos de acústica de Vincenzo Galilei fueron realmente excepcionales; no porque demostrase que existe una relación entre la tensión en una cuerda y el tono del sonido emitido, sino porque se preocupó de tomar medidas cuantitativas de los pesos que colgaba, para encontrar así una relación numérica entre causa y efecto. Al establecer esa relación numérica –la frecuencia era proporcional al cuadrado de la tensión de la cuerda– Vincenzo nos proporcionó la primera ley no lineal de la Historia de la Ciencia, pero también fue uno de los que inició el camino hacia una ciencia cuidadosa, cuantitativa, preocupada por la precisión y el establecimiento de leyes específicas; quien culminó ese trabajo y, tal vez exagerando un poco, hizo florecer la Filosofía Natural en la Ciencia en el sentido moderno fue su hijo, pero indudablemente bajo la influencia de las ideas de su padre.

De hecho, el joven Galileo, sin la influencia paterna, seguramente nunca se hubiera dedicado a hacer ciencia. Nacido en 1564 en Pisa –en lo que era entonces el Ducado de Florencia–, el muchacho estuvo a punto de ingresar en el sacerdocio, ya que era un devoto cristiano (ironías de la vida, tal y como le irían las cosas después), pero su padre lo convenció para que estudiara en la Universidad de Pisa. Allí estudió medicina, matemáticas en general, geometría y perspectiva en particular, así como astronomía. Por entonces, como he dicho antes, la astronomía y las matemáticas estaban ya íntimamente unidas, y era esa disciplina la única en la que esto sucedía.

Estamos por entonces, claro está, en pleno Renacimiento, con lo que la especialización extrema, y muchas veces absurda, no había surgido aún; el joven Galileo estudia Arte, pinta, se hace amigo de diferentes artistas y desarrolla su lado más creativo. Como en el caso de algunos otros genios –no todos–, es como si se le diera bien todo aquello que le interesara, aunque su verdadera pasión eran las matemáticas. En 1589, con veinticinco años, se convierte en profesor de Matemáticas en la Universidad de Pisa, y todo le iría estupendamente bien hasta 1616. Tras su paso por Pisa recala en la Universidad de Padua, y su genio florece.

Ese genio es tan inmenso, y abarca cosas tan diferentes, que sería imposible aquí describir todos los logros del divino italiano; como suele suceder aquí, mi idea es darte un conocimiento básico, mostrar cosas que no se suelen mostrar directamente (como citas de textos del pisano) y, sobre todo, despertar en ti el interés por conocer más sobre Galileo, sobre el que se han escrito muchos, muchos libros. Pero no puedo evitar dar algunas pinceladas sobre lo que, a mi entender, son las bases de ese genio singular sin el que nuestra Física no sería como es hoy; si no consigo emocionarte mientras lees las palabras del pisano, aunque sea un poquito, me como el sombrero.

Las diferencias esenciales entre Galileo y la mayor parte de sus coetáneos –probablemente influido por su padre– son, por un lado, el énfasis en la precisión, la comprobación empírica de hipótesis y la elaboración de leyes matemáticas comprobables mediante la medición de variables rigurosamente definidas; y, por otra, la utilización de instrumentos de medida para realizar observaciones de esas variables. Para Galileo, no basta con realizar afirmaciones más o menos vagas sobre la naturaleza del Universo – cualquier asunto puede ser atacado empleando las matemáticas y, si no es así, el problema no ha sido analizado de la manera correcta. En su primera época, Galileo pone esta filosofía en acción, y más adelante la expresa explícitamente en varias de sus obras. Por ejemplo, en Il Saggiatore, de 1623, afirma:

La Filosofía [se refiere a la Filosofía Natural, lo que hoy llamaríamos Ciencia] está escrita en este gran libro –me refiero al Universo– que permanece abierto continuamente a nuestra mirada, pero no puede ser comprendido si uno no entiende primero el lenguaje en el que está escrito y aprende a interpretar sus caracteres. Está escrito en el lenguaje de las Matemáticas, y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las que no es humanamente posible entender una sola palabra de él; sin éstas, uno deambula sin rumbo por un laberinto.

Este libro es, por cierto, una auténtica metedura de pata por parte de Galileo, a pesar de la brillantez con la que defiende el asunto matemático en particular… pero de eso hablamos en un rato. El caso es que Galileo, por la naturaleza de su método de adquirir conocimiento, está bastante alejado de lo que Aristóteles, por ejemplo, hubiera considerado Filosofía Natural. Es, por así decirlo, un filósofo “de manos sucias” que pone manos a la obra y comprueba cosas numéricamente, tan interesado en los conceptos que rigen el comportamiento de las cosas como en los aparatos con los que pueden medirse las variables que regulan ese comportamiento. En la primera parte de su vida, todavía en el siglo XVI, Galileo diseña diferentes aparatos de medida que tendrían una gran utilidad para fines prácticos.

Fíjate que digo diseña, no construye; lo de las “manos sucias” no era en sentido literal. Quien construye los instrumentos diseñados por Galileo es Marc’Antonio Mazzoleni, que vive bajo el techo del genio durante cuatro años junto con su mujer y su hija –la mujer era el ama de llaves y cocinera de Galileo–. Mazzoleni fabrica brújulas, termómetros, balanzas, compases… que Galileo luego vende al público, junto con pequeños “cursos” sobre cómo utilizarlos. Se trataba de instrumentos de medida con una precisión muy buena para la época, y los compases de Galileo-Mazzoleni fueron de enorme utilidad para los cálculos geométricos de navegantes, astrónomos y artilleros.

Compás de Galileo y Mazzoleni

Compás diseñado por Galileo y construido por Mazzoleni en 1604 (Sage Ross/CC 3.0 License).

Su primera obra, de hecho, es La billancetta (La pequeña balanza) de 1586, y en ella explica cómo determinar con gran precisión el peso de los objetos. Como ves, el cambio de mentalidad no era sólo de lo cualitativo a lo cuantitativo; al evolucionar la ciencia hacia lo cuantitativo, se hace inevitable medir cosas. De la ciencia especulativa que extrae conclusiones a partir de lo que perciben directamente los sentidos, entramos en lo que también define la ciencia moderna: en la observación del Universo mediante la tecnología. Tanto en una cosa como en la otra –cuantificación y medición– Galileo no es el primero, ni el único; forma parte de una corriente a lo largo del siglo XVI en Europa… pero es, sin duda, el más grande de los impulsores de este modo de hacer Ciencia.

No es el primero en emplear leyes numéricas, ni en utilizar el telescopio o el microscopio; pero sí es quien hace avanzar a la Ciencia pasos de gigante en unas pocas décadas, aplicando la tecnología y las matemáticas al problema de comprender el mundo que nos rodea, además de emplear definiciones rigurosas y comprobables empíricamente de los conceptos empleados. Por ejemplo, durante su estancia en Pisa se dedica a estudiar el movimiento de los objetos en distintos medios, y a cuestionar la mecánica aristotélica. Le preocupaba lo que por entonces se denominaba peso específico (hoy más comúnmente densidad) de los objetos, ya que en su opinión el lenguaje cotidiano metía la pata a menudo y era importante ser precisos en ese aspecto. Los primeros párrafos de su primer libro de Física, De motu (Sobre el movimiento), de 1590, dejan claro este aspecto:

Así, a veces decimos de un trozo grande de madera que es más pesado que un pequeño trozo de plomo, aunque, pura y simplemente, el plomo es más pesado que la madera [al hablar de “pesado” y “ligero”, Galileo se refiere a “más denso” y “menos denso” respectivamente]; y de un gran trozo de plomo decimos que es más pesado que uno pequeño, pero el plomo no es más pesado que el plomo. Por esta razón, para que podamos evitar errores de este tipo, debe decirse de dos cosas que tienen el mismo peso cuando, siendo de igual tamaño, pesan lo mismo: así, si tomamos dos trozos de plomo del mismo tamaño, y pesan lo mismo, debemos decir que realmente tienen el mismo peso.

Como ves, quiere dejar las cosas claras de una manera que cualquiera pueda comprobar por sí mismo empíricamente. Por desgracia, en De motu (una obra muy temprana aún), el pisano llega a una conclusión errónea: piensa que, en el vacío, un objeto más denso (lo que él denomina “más pesado” refiriéndose a la sustancia) caería más deprisa que uno menos denso, y también que incluso en el vacío habría una velocidad terminal, como sucede dentro de un fluido. Sin embargo, aunque algunas de sus conclusiones sean erróneas, lo sustancial no es el resultado, es el método de hacer ciencia, que está cambiando – posteriores experimentos del propio Galileo lo acercarían más a la verdad, aunque seguiría metiendo la pata muchas veces, ¡porque eso es hacer ciencia, al fin y al cabo!

Cuando este divino barbudo empieza a cambiar de verdad nuestra concepción del mundo es en el siglo XVII, y lo hace como consecuencia de las dos peculiaridades que he mencionado antes: instrumentación y cuantificación. En 1608, de acuerdo con la mayor parte de los historiadores, el holandés Hans Lippershey construye el primer telescopio; parece ser que Galileo oye hablar de él, aunque no tiene ninguna descripción muy detallada, pero aun así consigue construir uno propio en 1609, primero no demasiado potente y posteriormente, al mejorarlo, de una calidad y potencia extraordinarias para la época.

Galileo y el Duque de Venecia

Galileo muestra uno de sus telescopios al Duque de Venecia (cuadro de Bertini).

Los telescopios de Galileo dejan anonadados a sus contemporáneos, y se hace bastante famoso por ellos. De hecho, obtiene considerables beneficios al venderlos, no para fines científicos, sino simplemente para ser empleados en la navegación y con fines militares. Pero el propio Galileo dirige su telescopio hacia el firmamento, y observa cosas que ningún ser humano ha observado antes. Se me ponen los pelos de punta al pensarlo. El italiano publica el informe de lo que ha visto con su telescopio en Sidereus nuncius (El mensajero de las estrellas), de 1610.

Para empezar, el pisano ve una miríada de estrellas nuevas, que ningún ojo humano había visto nunca, ya que son demasiado tenues para ser visibles sin instrumentos ópticos. Observa también que lo que antes se pensaba era una nube difusa de luz no es otra cosa que una infinidad de estrellas muy juntas, que no es posible discernir como puntos diferentes a simple vista. Sin embargo, no es aquí donde Galileo cambia nuestra concepción del Universo.

Telescopio de Galileo

Telescopio de Galileo.

Cuando dirige su telescopio hacia la Luna para mirarla con detenimiento y estudiar sus fases –que todo el mundo sabía ya se debían al hecho de que una parte estaba iluminada por el Sol y otra no–, se encuentra con una nueva sorpresa. El terminador –la línea que separa luz de sombra, día de noche– sobre el satélite no es una línea curva perfecta, sino que en ciertas regiones de la Luna tiene irregularidades. Es más: la sombra arrojada por la superficie lunar muestra que no es lisa, sino que contiene montañas, cráteres y diferentes imperfecciones. Galileo, que ha estudiado arte y es ducho en la técnica del chiaroscuro, dibuja bosquejos de lo que ve, muy diferente de la idea de la perfección aristotélica de los cuerpos celestes.

Fases lunares vistas por Galileo

Esbozo de las fases lunares vistas por Galileo (1610).

Galileo observa también que existe una diferencia esencial entre estrellas fijas y planetas (además de la evidente que daba el nombre a cada una de las dos categorías de cuerpos celestes): a simple vista, tanto unas como otros son simples puntos de luz. Sin embargo, al mirar con el telescopio, los planetas se revelan como discos con cierto tamaño, mientras que las estrellas siguen siendo puntos de luz. Esto lleva al pisano a confirmar lo que ya muchos sospechaban: que la distancia hasta las estrellas era muchísimo mayor que a los planetas. Pero la verdadera revolución surge cuando Galileo se fija en un planeta en particular, Júpiter, y hemos hablado ya de esto en El Sistema Solar al estudiar los satélites galileanos.

El telescopio mostraba cuatro estrellas junto al gigante Júpiter. Esas cuatro estrellas no eran fijas, pues se movían sobre el fondo formado por las verdaderas estrellas, pero lo sorprendente –e innegable, una vez observadas durante cierto tiempo– era que regularmente desaparecían tras Júpiter para aparecer luego al otro lado, con períodos fijos. El italiano había observado, por primera vez en la historia, el movimiento de satélites alrededor de otro planeta. Una vez más, Galileo documentó todo cuidadosamente en el Sidereus nuncius, mencionando “tres estrellas en el firmamento que se mueven alrededor de Júpiter, del mismo modo que Venus y Mercurio alrededor del Sol.” y dibujando sus movimientos respecto al planeta:

Satélites de Júpiter vistos por Galileo

Lunas de Júpiter en el Sidereus nuncius.

Ya hacía tiempo, desde que Copérnico lo sugiriese en su De revolutionibus orbium coelestium en 1543, antes de nacer el propio Galileo, que muchos sospechaban que los modelos geocéntricos del Sistema Solar (y del Universo en su conjunto, pues pocos sospechaban que era mucho más grande que nuestro sistema estelar) no eran correctos. El problema estaba en demostrarlo; los modelos de Ptolomeo y Copérnico predecían, en su mayor parte, las mismas observaciones, y la única razón para elegir el modelo heliocéntrico del polaco respecto al geocéntrico era que era más simple… salvo, claro está, que alguien demostrase empíricamente que no todo giraba alrededor de la Tierra y que nuestro propio planeta se movía. La observación de Galileo mostraba sin lugar a dudas que había objetos que no orbitaban la Tierra.

Pero es que, unos meses más tarde de publicar el Sidereus nuncius, el pisano ve otra cosa más que supone un auténtico “¡zas, en toda la boca!” al geocentrismo. Al mirar hacia Venus, Galileo observa que ese planeta muestra fases, lo mismo que nuestra propia Luna, que no se habían notado antes porque, sin un telescopio, el planeta no se mostraba como un disco sino como un punto.

Fases de Venus vistas por Galileo

Diagramas de Saturno, Júpiter, Marte y, debajo, las fases de Venus (1623).

El diagrama de arriba no sería publicado hasta unos años después, pero Galileo comprende ya en 1610 que existían pruebas evidentes, incontrovertibles, de que Copérnico tenía razón y el modelo geocéntrico debía ser desterrado. Sin embargo, la cosmología aristotélica (y su refinamiento, la ptolemaica) se había entrelazado de tal modo con el cristianismo a lo largo de los siglos que cuestionar el geocentrismo era algo muy, muy gordo, aunque no por lo que suele repetirse más a menudo –la idea de la Tierra como centro del Universo representando al Hombre como centro de la Creación–, aunque de eso hablaremos en breve.

El caso es que, dentro de la Iglesia Católica, los jesuitas eran los más versados en Astronomía –geocentrista, por supuesto–. Al principio, como es natural, reciben la noticia de las observaciones de Galileo y sus conclusiones heliocéntricas con gran escepticismo. Sin embargo, algunos de ellos hacen lo que cualquiera con interés científico hubiera hecho, ya que Galileo explica claramente qué hay que hacer para ver lo mismo que él: una vez que se extienden los telescopios por Europa, estos científicos consiguen uno y se ponen a mirar al cielo. Varios de ellos, tras mirar al firmamento con sus telescopios, quedan convencidos de que las afirmaciones del pisano sobre satélites jovianos, manchas solares o montañas en la Luna son ciertas, pero otros –como el Padre General de los jesuitas, Claudio Aquaviva– siguen siendo fervientes defensores del geocentrismo.

Es más: algunos astrónomos –sacerdotes y legos– se niegan a mirar a través de telescopios para verificar las afirmaciones de Galileo. Para ellos, hacerlo era dudar de la verdad de la Biblia, con lo que simplemente rechazaban la mera posibilidad de observar qué había ahí fuera. Puedes imaginar la frustración que esto generaba en nuestro barbudo –y soberbio, todo hay que decirlo– pisano, como afirma en una carta a Johannes Kepler en 1610:

Querido Kepler, ojalá pudiéramos reírnos de la estupidez notable de este rebaño. ¿Qué opinas de los principales filósofos de esta academia, que gozan de la terquedad de un áspid [¿son tercas las áspides?] y no quieren mirar a cualquiera de los planetas, la Luna o utilizar el telescopio, incluso aunque les he ofrecido libre y deliberadamente la oportunidad un millar de veces? Realmente, lo mismo que el áspid se tapa los oídos, estos filósofos se tapan los ojos a la luz de la verdad.

Uno de los filósofos que rechaza las afirmaciones de Galileo pero al mismo tiempo se niega a comprobarlas parece haber sido un colega de la Universidad de Padua, Cesare Cremonini. De acuerdo con el testimonio posterior de otros colegas, Cremonini lanzó estas perlas por su boca:

No deseo dar mi aprobación a afirmaciones de las que no tengo confirmación, y sobre cosas que no he visto […] y observar a través de esas lentes me da dolor de cabeza. ¡Basta! No quiero oír hablar más de este asunto.

Por esa época, Galileo estaba bajo el ala del mecenas Cosimo II de’ Medici, en cuyo honor dio nombre a las cuatro “estrellas compañeras” de Júpiter; Galileo denominó a esos cuatro satélites estrellas mediceas, aunque hoy las conocemos, con mucha más justicia, como satélites galileanos, y también le dedicó su Sidereus nuncius. La relación entre ambos parece haber sido estrecha desde la niñez de Cosimo, ya que Galileo fue su profesor personal durante tres años. El caso es que, en 1613, en una conversación con Cosimo en la que no está presente Galileo, un filósofo natural llamado Cosimo Boscaglia –que no era sacerdote ni nada parecido– intenta “meter cizaña” entre protector y protegido diciendo que las observaciones de Galileo estaban muy bien, pero que sus afirmaciones sobre el movimiento de la Tierra eran contrarias a las Sagradas Escrituras.

Curiosamente, quien sale en defensa de nuestro pisano favorito es un sacerdote y antiguo alumno de Galileo, el abad benedictino Benedetto Castelli. De hecho, en esta primera época Galileo tiene los suficientes aliados dentro de la jerarquía de la Iglesia Católica –como veremos, en los más altos niveles– para poder permitirse defender las ideas de Copérnico contra los más cerrados de mente sin demasiado peligro. Eso sí, los más beligerantes e intransigentes ya van lanzando unos buenos ataques contra él. Inevitablemente, en 1615 es denunciado a la Santa Inquisición por sus afirmaciones en una carta a Castelli.

La Inquisición ya llevaba lidiando tiempo con el heliocentrismo, claro está, y quiero detenerme un momento para intentar explicar –con mis pobres e ignorantes palabras– por qué el grave problema. No era tanto porque a la Iglesia le importase cuál era realmente el centro del Universo –que también–. No, la posición y movimiento de Tierra y Sol eran algo secundario; el problema era que en la Biblia se decía claramente que la Tierra no se mueve y el Sol sí. De aceptar que esto no era cierto, el miedo de las autoridades eclesiásticas era que se abriera un “agujero” de credibilidad de las Sagradas Escrituras –consideradas, claro, una verdad literal–. Dicho mal y pronto, si la Biblia se equivocaba en eso, ¿cómo afirmar entonces que otras cosas eran verdaderas con total seguridad?

Roberto Bellarmino

Roberto Bellarmino (1542-1621).

Casi al mismo tiempo que Galileo, otro científico estaba en algunos aprietos por defender a Copérnico: un carmelita llamado Paolo Antonio Foscarini. El encargado de solventar el entuerto causado por Foscarini –que intentaba compatibilizar el heliocentrismo con los pasajes bíblicos, demostrando así que no toda la Iglesia era tan cerrada de mente– era el cardenal Roberto Bellarmino. Tal vez el nombre te suene, ya que es un viejo conocido de la serie por trágicas razones; fue quien juzgó a Giordano Bruno unos años antes y parece condenado a ser el “malo de la película” en esta serie –y eso que fue canonizado en el siglo XX, ironías de la vida–.

En una carta al carmelita Foscarini, Bellarmino le indica que explicar la hipótesis heliocentrista no supone ningún problema, ya que eso no contradice la Biblia. El problema está en llevar la afirmación un paso más allá y sostener que el heliocentrismo no es una mera hipótesis, sino una realidad física; defender esa idea, en palabras de Bellarmino –y la carta fue remitida también a Galileo, pues se hablaba de él en ella–, es

[…] algo muy peligroso, que irritaría no sólo a todos los teólogos y filósofos escolásticos, sino que también dañaría la Santa Fe al convertir las Sagradas Escrituras en falsas.

No sé a ti, pero a mí un miembro de la Santa Inquisición me dice que afirmar algo es “muy peligroso” y me callo completamente y de por vida; cobarde que es uno. De hecho, aunque no lo sé seguro, imagino que eso fue exactamente lo que hizo el pobre Foscarini –quien, con su mejor intención, había intentado conciliar unas cosas y otras–. Pero Galileo, en ciertos sentidos parecido a Giordano Bruno, no se calla. Recuerda que el pisano era fervientemente religioso: no quería desafiar a la Iglesia, sino ser comprendido y convencer a la jerarquía de la realidad de las cosas. Por ahora, aún tiene los apoyos suficientes para poder defender sus ideas y, de hecho, en 1616 viaja a Roma para intentar convencer a la jerarquía de que aceptase las ideas de Copérnico y dejase de “acosar” a quienes las defendían, él mismo incluido.

Por entonces, una comisión de teólogos de la Inquisición estaba considerando el asunto del propio Galileo, bajo la mirada de Bellarmino. Los once miembros de la comisión emiten su veredicto el 24 de febrero de 1616. Las dos afirmaciones de Galileo que se les pide evaluar son:

  1. El Sol es el centro del Universo y se encuentra completamente desprovisto de movimiento.

  2. La Tierra no es el centro del Universo ni está inmóvil, sino que se mueve como un todo y también tiene un movimiento diurno [respectivamente, traslación y rotación].

Las conclusiones de la comisión, en la que participan algunos de los teólogos más insignes de la época (cito):

  1. Todo lo sostenido en esta afirmación es estúpido y absurdo en filosofía, y formalmente herético ya que contradice explícitamente en varios lugares las Sagradas Escrituras, de acuerdo con el significado literal de las palabras y de acuerdo con la interpretación y entendimiento comunes por los Santos Padres y los doctores en teología.

  2. Todo lo sostenido en esta afirmación recibe el mismo veredicto en filosofía y, respecto a la verdad teologal, es al menos erróneo en la fe.

Vamos, que le meten un rapapolvo a Galileo de muy señor mío. El encargado de informar de este veredicto al pisano es, por supuesto, el cardenal Roberto Bellarmino. No se trata de un juicio, ni se inician acciones contra Galileo, sino que se trata de un aviso. De acuerdo con el informe del encuentro por parte de la Inquisición,

[…] en nombre de Su Santidad el Papa y de toda la Congregación del Santo Oficio, [el cardenal Bellarmino] ordenó encarecidamente a Galileo, que estaba aún presente, que abandonase completamente la opinión anteriormente mencionada de que el Sol se encuentra en el centro del Universo y que la Tierra se mueve, y a partir de entonces que no la sostuviera, enseñase o defendiera de manera alguna, oralmente o por escrito; de otro modo, el Santo Oficio iniciaría un proceso contra él.

Vamos, que es un “aviso” pero no precisamente sutil, y de acuerdo con el informe que cito arriba, Galileo promete obedecer. Unos días más tarde se incluyen en el tenebroso Index Librorum Prohibitorum varias obras heliocentristas, entre ellas la de Paolo Foscarini, el pobre carmelita que he mencionado antes. Sin embargo, sorprendentemente, la relación de Galileo con la jerarquía sigue sin ser mala y sus obras no son prohibidas. Parece que se reúne con Bellarmino y con el propio Papa, quien le asegura que no va a ser procesado –imagino que si seguía las órdenes de Bellarmino sobre no volver a considerar las ideas de Copérnico como una verdad física–, y todo parece estar calmado. Bellarmino incluso acalla rumores de que Galileo ha sido castigado por la Inquisición, afirmando que no ha habido penitencia alguna y que se ha tratado simplemente de un aviso. Pero de lo que no hay duda es de que Galileo se había dirigido a Roma para intentar defender el heliocentrismo, y vuelve a casa escaldado.

No quiero dejar pasar la oportunidad de expresar una opinión personal (pero quiero dejar claro que lo es, de ahí este aviso preliminar). Como espero que hayas notado a estas alturas, por el caso de Foscarini y el del abad Castelli, la Iglesia no era un grupo monolítico en cuanto a las ideas del Universo se refería –como en muchas otras cosas, claro– ni en su oposición cerril al avance científico. El problema, en mi opinión, es común a muchas otras organizaciones y movimientos, y no se me ocurre otro nombre que darle más que “síndrome de los extremistas”. Suele suceder que, dentro de un grupo de personas que tienen unos ideales en común, algunos son más flexibles y moderados que otros. Sin embargo, en esos grupos de personas, los extremistas suelen identificar las llamadas a la moderación con falta de lealtad al movimiento de que se trate, lo cual les ahorra tener que encontrar defectos reales en las opiniones de los moderados.

De este modo, los más inflexibles suelen subir hasta las posiciones de poder y los más moderados acaban siendo sospechosos de deslealtad (“¿Eres realmente uno de nosotros?”). Además, y esto es lo más importante, los indecisos se dan cuenta de que si eligen una postura no serán cuestionados, pero que si eligen la contraria serán sospechosos de la misma deslealtad… con lo que, si capitulan ante los extremistas están a salvo, y si no, acaban siendo silenciados o expulsados. Es mi pesimista opinión que casi cualquier movimiento organizado que involucra un sentimiento de “lealtad” corre este terrible peligro, y que la mayor parte sucumben a él – y la Iglesia del siglo XVII y el asunto de Galileo son, en mi opinión, perfectos ejemplos de ello.

El caso es que, durante unos años, de hecho, Galileo cierra la boca sobre el asunto. Sin embargo, en 1623 sucede algo que lo anima a volver “al ataque”. El 8 de julio de ese año muere el Papa Gregorio XV, y es sucedido por un amigo de Galileo y defensor suyo durante el “aviso” de 1616, el cardenal Maffeo Barberini, que toma como Papa el nombre de Urbano VIII. Galileo va a visitarlo recién nombrado Papa, y le dedica su obra principal de 1623, Il Saggiatore, que hemos mencionado al principio; ¡en la portada de esta obra aparece hasta el escudo de armas de la familia Barberini, las tres abejas!

Portada de Il Saggiatore

Portada de Il Saggiatore (1623).

A pesar de que Il Saggiatore es una obra menor, no quiero dejarla pasar por varias razones. En primer lugar, porque muestra lo mucho que Galileo quiere agradar al nuevo Papa, que recibe el honor con gran alborozo. En segundo lugar, porque aunque sea de forma lateral, Galileo defiende en sus páginas el concepto matemático de la ciencia que hemos mencionado antes. Y en tercer lugar porque en la idea central de Il Saggiatore Galileo está absoluta, total, irremediablemente equivocado. Quiero mostrar esto aquí porque sé que al escribir me pierde la emoción y parece que idolatro al italiano, pero se trata –como en todos los casos– de un ser humano con sus equivocaciones tremendas, sus miserias y sus defectos terribles, además de sus grandezas.

El caso es que unos años antes un astrónomo jesuita, Orazio Grassi, había publicado un pequeño tratado sobre los cometas. En él, Grassi afirmaba que la paralaje demostraba que los cometas debían ser objetos muy alejados de la Tierra, indudablemente más lejanos que la Luna. Sin embargo, Galileo, el genio, el enorme científico que me hace babear de pasión, pensaba que los cometas eran… ¡ilusiones ópticas! No sólo eso, sino que el objetivo de Il Saggiatore es destrozar las ideas del pobre Grassi –que era geocentrista, naturalmente, pero en esto en particular tenía toda la razón–, y lo hace ridiculizando las afirmaciones del jesuita con un sarcasmo corrosivo tremendo; vamos, algo patético y vergonzoso por parte del pisano, que se comporta aquí de manera ruin. De hecho, parece que a partir de entonces la Compañía de Jesús se le pondría definitivamente de uñas, algo que Galileo probablemente se buscó y que demuestra, como sucedía con Bruno –aunque no tan intensamente– una falta de inteligencia social considerable.

Sin embargo, a Urbano VIII el sarcasmo de Galileo no sólo no le molesta, sino que la obra le encanta –imagino que, en parte, porque era en su honor–, y alaba la fina pluma del pisano, algo que me hace reír por lo que vendría después: qué gracioso se nos hace lo hiriente cuando no somos nosotros las víctimas, y cuánto cambian las cosas cuando lo recibimos nosotros, ¿verdad?

Sin embargo, por más que pareciese que las cosas le iban bien, con el Papa de su parte, todo iba a empezar a ir fatal. Y, en parte, la razón es precisamente el apoyo del Papa, que envalentona a nuestro amigo… pero de eso hablaremos la semana que viene, en la segunda parte del artículo, donde Galileo sufre terriblemente pero después nos regala con maravillas de las que alegran la vida. Hasta entonces.

Ciencia, Hablando de...

25 comentarios

De: Galileo Galilei
2011-03-16 22:09:36

[...] Galileo Galilei eltamiz.com/2011/03/16/galileo-galilei-i/  por ProfessorTuring hace 5 segundos [...]


De: Juan Carlos Giler
2011-03-16 22:16:05

Genial artículo, voy a leerlo un par de veces mas porque está realmente delicioso :).

Solo una cosa, no se si entendí bien pero dices: "... documentó todo cuidadosamente en el Sidereus nuncius, mencionando “tres estrellas en el firmamento que se mueven alrededor de Júpiter..." no debería decir 4 estrellas???


De: Pedro
2011-03-16 22:21:42

Juan Carlos, hablamos de eso en el artículo sobre Europa: http://eltamiz.com/2010/07/07/el-sistema-solar-europa/ . La primera noche que miró, Ío y Europa estaban "solapadas".


De: Oldman
2011-03-17 03:22:36

Pues te ha salido medio ladrillo muy ligero y agradable, así que quedamos a la espera del otro medio para tener un buen bocata di Galileo Galilei. :-)


De: josell
2011-03-17 03:49:56

" el problema era que en la Biblia se decía claramente que la Tierra no se mueve y el Sol sí. De aceptar que esto no era cierto"

Lo curioso de esto es que la Biblia en sí no dice esto, sino que lo dice un personaje de la Biblia, no era una ley divina ni algo parecido.


De: J
2011-03-17 10:03:36

Tuve un profesor que decía que, paradójicamente, Bellarmino (¿fue Bellarmino?) tenía razón en el argumento científico y Galileo en el argumento teológico. Según ¿Bellarmino? la hipótesis de Galileo estaba bien... como hipótesis (1). Pero no está demostrada, existen otras hipótesis que también explicarían esas observaciones. Por lo tanto, considerar esa hipótesis como "la correcta" era un error desde el punto de vista científico. Fijaos que esto se empieza a parecer al falsacionismo.

Y en cambio Galileo le decía que la Biblia es un libro alegórico, que la Tierra seguirá siendo el centro de la Creación, independientemente de lo que diga la física, porque es un libro alegórico, habla metafóricamente. Los seres humanos pueden seguir siendo lo más importante para Dios independientemente de dónde estén físicamente. Y por lo tanto, no debe ofenderse porque su explicación contradiga a la Biblia.

A ver si la segunda parte de Pedro me arroja un poco más de luz sobre esa discusión.

(1) Esto es básicamente lo mismo que dice Pedro, y es lo que me hace pensar que era Bellarmino a quien se refiere este argumento.


De: Chapu
2011-03-17 11:56:29

¿Qué hubiésemos hecho nosotros sin tres gigantes como Kepler, Galileo y Newton? ¿Dónde estaríamos ahora? No sólo es el genio, Galileo mostró un caracter, una presencia de ánimo y una valentía fuera de toda duda.

Por cierto profe, en el cuarto párrafo, al final, donde dices "...tal vez exagerando un poco, hizo florecer la Filosofía Natural en la Ciencia en el sentido moderno fue su hijo...", ¿no querrías decir: "...tal vez exagerando un poco, hizo florecer la Ciencia en la Filosofía Natural en el sentido moderno fue su hijo..."?


De: Saul_IP
2011-03-18 12:15:49

¡Fantástico artículo! Muy entretenido; de hecho, de los que más me ha gustado de esta serie.

...Eppur si muove!


De: josecb
2011-03-18 14:35:22

"Tuve un profesor que decía que, paradójicamente, Bellarmino (¿fue Bellarmino?) tenía razón en el argumento científico y Galileo en el argumento teológico. Según ¿Bellarmino? la hipótesis de Galileo estaba bien… como hipótesis (1). Pero no está demostrada, existen otras hipótesis que también explicarían esas observaciones. Por lo tanto, considerar esa hipótesis como “la correcta” era un error desde el punto de vista científico. Fijaos que esto se empieza a parecer al falsacionismo."

Pero desde la observación de los satélites jovianos la única hipótesis que se sostiene es la heliocéntrica ya que la geocéntrica dice que todo gira alrededor de la Tierra.

De todas formas sí que es verdad que no se tiene que tomar como verdad absoluta, sino como el modelo más falsado ya que de hecho estaba equivocado.

Saludos


De: J
2011-03-18 15:06:19

josecb,

creo que estás cometiendo el mismo error que cometió Galileo. Me explico: que el heliocentrismo sea una explicación satisfactoria a las observaciones no significa que sea la explicación correcta, ni tampoco significa que sea la única explicación satisfactoria. Si acaso, es la única que se te ocurre a ti (tú=Galileo). Pero eso no la convierte en la correcta.

Y creo que tampoco descarta el geocentrismo. Se me ocurre por ejemplo que IO, Europa,... giran alrededor de Júpiter, Júpiter alrededor del Sol y el Sol alrededor de la Tierra. ¿Las observaciones de Galileo no es explican con este esquema?

De verdad tengo ganas de que Pedro continúe con el artículo, a ver si explica algo más de esto.


De: Eduardo Gonzalez
2011-03-18 17:08:05

Vamos a ver, porque lo mismo me parece estar interpretando mal lo que leo.

Ni el Sol gira alrededor de la Tierra, ni la Tierra alrededor del Sol. Lo hacen ambos alrededor del centro de masas común. Pero ocurre que la masa del Sol es 300.000 veces mayor que la de la Tierra, lo cual hace que el centro de masas común se encuentre dentro del propio cuerpo del Sol.

Además, mientras la Tierra ejerce un "tirón gravitacional" en una dirección y sentido determinado, hay otros planetas que lo hacen en otras direcciones e incluso en la misma dirección y sentido opuesto, "anulando" ese tirón gravitacional de la Tierra.

Con lo cual, aunque no es cierto y correcto de modo absoluto, decir que la teoria heliocentrica no es correcta, tal como cualquiera la puede entender, es cogersela con papel de fumar (A no ser que los interlocutores sean astrofisicos)

Saludos

P.D.: Perdón (de "hantebraso") si he malinterpretado el hilo de comentarios.


De: Pedro
2011-03-18 19:07:16

Yo no quiero decir mucho, que si destripo la segunda parte esto no tiene gracia, pero Eduardo, lo que J intenta decir no es que Galileo no tuviera razón en el sentido de ser heliocentrista, sino en el hecho de considerar que las observaciones hasta aquel momento, incluidas las suyas, eran incompatibles con otras hipótesis.


De: J
2011-03-18 19:29:06

¡Exacto! No digo que Galileo tuviera o no razón. Ahora estamos casi seguros de que básicamente tenía razón (con todas las salvedades que haces, Eduardo, y con unas pocas más que hemos descubierto después, como el giro alrededor de la galaxia y el movimiento de la propia galaxia y quién sabe qué más). Lo que digo es que con sus observaciones él no podía estar seguro todavía, y por lo tanto el cura paradójicamente acertaba en la parte científica.

Culpa mía; he estado usando el presente, como si eso fuera nuestro conocimiento actual, cuando debía haber usado el pasado, para dejar claro que es lo que en aquel momento sabían.


De: Carlos Errico
2011-03-19 19:20:40

Excelente artículo!!!
Pedro, te acordas por que parte de la Biblia se refiere a "el problema era que en la Biblia se decía claramente que la Tierra no se mueve y el Sol sí"?
Gracias y esperamos el próximo artículo.
carlose from villa urquiza


De: Pedro
2011-03-19 19:38:25

Carlos, en varios lugares se menciona el asunto, por ejemplo Crónicas 16:30, Josué 10:12-13.


De: Rafa
2011-03-20 00:06:07

Interesantísimo artículo. Respecto al párrafo de Galileo

"La Filosofía [se refiere a la Filosofía Natural, lo que hoy llamaríamos Ciencia] está escrita en este gran libro –me refiero al Universo– que permanece abierto continuamente a nuestra mirada, pero no puede ser comprendido si uno no entiende primero el lenguaje en el que está escrito y aprende a interpretar sus caracteres. Está escrito en el lenguaje de las Matemáticas, y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las que no es humanamente posible entender una sola palabra de él; sin éstas, uno deambula sin rumbo por un laberinto."

quisiera añadir un artículo de Ortega y Gasset titulado "Vicisitudes de las ciencias" donde ofrece una visión sobre Galileo y la ciencia moderna de una extraordinaria profundidad filosófica y donde pone de manifiesto eso que, por lo que dices a continuación, hablarás en posteriores entregas.

http://sanmarma.blogspot.com/2011/03/vicisitudes-de-las-ciencias-ortega-y.html


De: josecb
2011-03-20 12:52:13

@J

No digo que Galileo tuviera razón, solo que desde que se descubrieron los satélites de Júpiter la teoría geocéntrica ya no vale porque esta tiene mucho de filosófica y antropocéntrica, según esta teoría todos los astros son perfectos y todos giran alrededor de la Tierra.

"Y creo que tampoco descarta el geocentrismo. Se me ocurre por ejemplo que IO, Europa,… giran alrededor de Júpiter, Júpiter alrededor del Sol y el Sol alrededor de la Tierra. ¿Las observaciones de Galileo no es explican con este esquema?"

No es cuestión de que no se pudiera explicar (que imagino que se podría), sino que incumple uno de los axiomas principales de la teoría, que todo orbita alrededor de la Tierra. Orbitar otro planeta, aunque ese mismo planeta gire alrededor de la Tierra es inconcebible. Es el problema que tenía la teoría, que era más filosófica que científica.

Pero también es cierto que esto no supone que Galileo tuviera razón, porque de hecho no la tenía (el universo no gira alrededor del Sol). Pero hasta el momento era la teoría más falsada y por lo tanto la que se dió por buena hasta que se encontró algo mejor.

Lo que comentas sería válido con Copérnico, ya que en este caso ambas teorías tenían el mismo número de pruebas a favor y en contra, pero con Galileo creo que era totalmente correcto desde el punto de vista científico desterrar la teoría geocéntrica.

Saludos


De: J
2011-03-22 13:31:08


Es el problema que tenía la teoría, que era más filosófica que científica.


Esto es lo que Galileo le decía a ¿Bellarmino?: que era una discusión filosófica (yo dije "teológica"), no científica. Pero ¿Bellarmino? se empeñaba en que la Tierra era el centro literalmente, no alegóricamente.


Pero hasta el
momento era la teoría más falsada y por lo tanto la que se dió por buena
hasta que se encontró algo mejor.


Y esto es lo que ¿Bellarmino? le decía a Galileo: que como hipótesis estaba bien, pero que no se empeñara en que era la correcta. Pero Galileo se empeñaba en que el Sol era el centro, y que sus observaciones lo demostraban (lo cual no era cierto). Ojo: no digo que no sea cierto que el Sol sea el centro, digo que no es cierto que sus observaciones lo demostraban; hasta donde sé, hicieron falta muchas más observaciones posteriores para demostrarlo.

O dicho de otro modo: tu argumento es correcto, pero es que tu argumento no fue el que usó Galileo.

Si Galileo hubiera dicho, como básicamente has hecho tú, "hombreeeee, eminencia, es verdad que se puede explicar así y se puede explicar asá, pero no me negará que mi explicación es mucho más sencilla, así que siguiendo el principio de Ockham, deberíamos considerar que quizá la mía es mejor, al menos hasta que encontremos evidencias en contra, ¿no, pater? O al menos digamos que es un postulado y utilicémoslo para los cálculos, que nos será más sencillo, al menos mientras nos sea útil. ¿Qué le parece? Venga, le propongo un trato: ustedes no me queman por hereje y yo les ayudo a buscar [sin mucho ahínco] evidencias en contra de mi explicación.", entonces hubiera tenido razón y además no se hubiera buscado tantos líos.

Pero no dijo eso, sino que dijo "he demostrado que Europa gira alrededor de Júpiter, ergo no todo gira alrededor de la Tierra [hasta aquí correcto], ergo la Tierra gira alrededor del Sol [y este último paso no es correcto, aunque el hecho físico básicamente sí ocurra así] y cualquiera que diga lo contrario es un fundamentalista".

Luego, como te decía, paradójicamente, ¿Bellarmino? acertó en el argumento científico y Galileo acertó en el argumento teológico.

(Además, como buen científico ilustrado que dominaba el latín, seguro que hasta decía "pater" y "ergo") ;-)

Ojo, que además hablo de oídas, ni obviamente estaba allí para escuchar lo que decían ni tampoco he leído los libros de Galileo. Solo repito lo que me han contado.

Por cierto, si A gira alrededor de B, y B gira alrededor de Tierra, creo que hubiera sido aceptable para ¿Bellarmino?, pues no descarta el geocentrismo bíblico, solo lo matiza. Es decir, hoy en día podemos decir sin miedo que la Luna gira alrededor del Sol. Bueno, ya, técnicamente gira alrededor de la Tierra, y ambas alrededor del Sol, pero bueno... decir que la Luna gira alrededor del Sol no es muy mentira. Pero no quiero incidir en eso, porque para mí el problema no es si eso es aceptable o no, sino si Galileo cometió un falacia lógica o no. Incluso te diría más: me parecería razonable que él fuera consciente de esa falacia, y que fueran sus escasas habilidades sociales las que le hicieron insistir tanto.


De: josecb
2011-03-23 20:44:18

Ya entiendo mejor lo que quieres decir, tienes razón.

Saludos


De: Galileo Galilei « Urbi et Orbi
2011-03-24 01:17:57

[...] son como yo y también gustan de las biografías, me permitiré invitaros a leer la serie El Tamiz sobre la vida y obra de este genial científico. No tiene [...]


De: Ptolomeo, los cimientos de la astrología y más de 400 años de fraude — Amazings.es
2011-05-05 09:31:29

[...] y una razón de ser, entonces Tycho Brahe no había hecho anotaciones de lo observado el cielo, Galileo Galilei no había inventado el telescopio y Copérnico no había demostrado que la Tierra gira en torno al [...]


De: Battosay
2011-05-11 13:35:18

Después de leer el artículo y los comentarios me ha quedado claro que Galileo no demostró irrefutablemente que la Tierra girase con respecto al Sol. En tal caso, la dejó como explicación más probable.

Sin embargo, me surge una duda, ¿quién y cómo demuestra que la Tierra gira en torno al Sol sí o sí? Entiendo que Kepler o Newton, con sus leyes, explican que no, pero, la confirmación experimental, ¿cómo fué?


De: J
2011-05-11 14:36:40

Battosay: necesitas leer la segunda parte de este artículo. Pista: no pasaron ni un año ni dos, sino algo más ;-)


De: Pesando el universo. El triunfo de la teoría de gravitación. | El Cedazo
2011-07-04 09:00:16

[...] centrífuga debida a tal rotación causaría que los objetos salieran despedidos al espacio. Galileo Galilei (1564 - 1642) (de quien habla Pedro de una manera magistral) se dio cuenta de que aquello no era [...]


De: La Royal Society | El Tamiz
2012-07-11 15:47:29

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