En las dos primeras entregas de este artículo hablamos acerca de nuestro conocimiento sobre la Tierra y su historia geológica. Hoy nos dedicaremos a escudriñar sus entrañas y desgranar su estructura: sus capas internas, lo que hay sobre su superficie, el campo magnético, etc.
Como en el caso de los dos artículos anteriores, la razón de hablar sólo someramente sobre la Tierra se debe a que no quiero dedicarle más tiempo que a otros planetas del Sistema Solar — la serie está dedicado a él, y no a nuestro planeta. Por otro lado, no he querido saltarlo porque hubiera dejado la serie incompleta.
Tormenta de arena en el desierto del Sáhara. Versión a 990×620 px. Crédito: NASA.
Soy bien consciente de que la mayor parte de la información de este artículo no es nueva para vosotros, de modo que quiero intentar mostrarla de una manera amena y lo más gráfica posible. Ya que algunos habéis comentado lo que habéis disfrutado del “viaje” hacia Venus o el de la primitiva historia de la Tierra, vamos a “redescubrir” el planeta como si llegásemos a él desde el espacio y nos acercáramos más y más al centro, para terminar justo en el centro de la Tierra. Como referencia utilizaremos la distancia al centro de la Tierra en radios terrestres y en kilómetros: cuando nos encontremos sobre la superficie, por ejemplo, estaremos en [1 RT | 6.371 km].
De modo que, aunque no sea un exhaustivo análisis de nuestro planeta sino más bien una excusa para disfrutar de cosas que, en su mayor parte, ya sabemos, espero que leer este artículo sin mayor pretensión te haga pasar un buen rato.
[60 RT | 382.260 km]
Nos encontramos en la órbita de la Luna: aunque estamos todavía muy lejos de nuestro planeta, sus efectos gravitatorios son evidentes en el movimiento de nuestro enorme satélite. Sin embargo, poco más se nota: el campo magnético de la Tierra es casi inapreciable aquí, ya que decrece con el cubo de la distancia al planeta. Lo que sí es ya claro al mirar al Planeta Azul desde aquí es que es diferente de sus hermanos, Marte y Venus, y esto es lo que veríamos al inicio de nuestro viaje al centro de la Tierra:
La Tierra vista desde la Luna. Crédito: NASA.
[15 RT | 95.565 km]
Según nos vamos aproximando a la Tierra mirando la cara iluminada por el Sol, tenemos al Astro Rey detrás de nosotros: el viento solar arrecia a nuestra espalda, y sus partículas nos adelantan a velocidades de más de un millón de km/h: protones y neutrones extraordinariamente energéticos, además de núcleos de helio y otros elementos en menor proporción. Aunque sólo hay unas seis partículas por cada cm3, la energía de cada una de ellas es tremenda.
Sin embargo, llega un momento en el que las partículas que baten contra nosotros y nos adelantan violentamente se desvían hacia los lados bruscamente, como si buceando por el agua hubiéramos topado con la quilla de un barco invisible que desvía el líquido hacia los lados: aunque sigue habiendo partículas subatómicas moviéndose, de pronto nos encontramos en una zona muchísimo más tranquila. Acabamos de alcanzar la magnetopausa terrestre: puesto que llegamos a la Tierra en la cara diurna, la presión del viento solar es máxima y la magnetopausa está “achatada” contra el planeta. Si nos hubiéramos acercado a nuestro planeta desde otras direcciones, la cosa hubiera podido ser muy distinta.
La imagen no está a escala. Versión a 1200×656 px. Crédito: Wikimedia Commons.
En cualquier caso, una vez atravesada esta frontera invisible nos encontramos ya en una zona dominada por la Tierra: la magnetosfera. El nombre es algo desafortunado, porque su forma no es en absoluto esférica, como puedes ver en la imagen superior: la cola de la magnetosfera terrestre, en la cara nocturna y protegida por el propio planeta del viento solar, se alarga cientos de miles de kilómetros en el espacio, más lejos incluso que la órbita de la Luna.
Algunas de las partículas del viento solar que nos adelantaban en el viaje, desviadas por el campo magnético terrestre y moviéndose en espiral alrededor de las líneas de campo, caerán sobre la atmósfera cerca de los polos e impactarán contra moléculas de la atmósfera terrestre, produciendo bellísimas auroras polares, pero por ahora simplemente se alejan de nosotros hacia los lados.
Afortunadamente para la vida terrestre, esas mismas partículas no barren toda la atmósfera: se piensa que una de las razones por las que hay agua líquida en la Tierra es porque, cuando toda ella se encontraba en forma de vapor en nuestra atmósfera, el viento solar no disoció las moléculas de H2O en oxígeno e hidrógeno, ionizándolos y llevándoselos al espacio. Nuestra magnetosfera actúa de escudo invisible contra el viento solar, y la vida tal y como la conocemos en la Tierra probablemente debe su existencia al campo magnético del planeta.
[5 RT | 31.855 km]
Según nos seguimos acercando al planeta, atravesamos una zona en la que volvemos a encontrar una gran densidad de partículas cargadas que se mueven a gran velocidad: pero ahora no nos adelantan precipitándose contra la Tierra, sino que nos golpean de lado — se encuentran girando alrededor de la Tierra en una región en forma de donut, uno de los cinturones de Van Allen, y son en su mayor parte algunas de las mismas partículas del viento solar que vimos antes, fundamentalmente electrones, con energías de hasta 10 MeV.
Una vez atravesado este cinturón exterior, y tras atravesar una zona en calma, nos encontramos con una segunda región en forma de toroide (alias donut) en la que vuelve a haber muchas partículas atrapadas, en este caso partículas aún más energéticas que las anteriores: la mayor parte son protones con energías de hasta 100 MeV. Algunos provienen del viento solar, y tienen tanta energía que logran acercarse hasta aquí antes de ser desviados por el campo magnético terrestre. Se piensa que otros son el resultado de desintegraciones beta de neutrones atmosféricos al ser impactados por los rayos cósmicos.
En cualquier caso, este segundo “cinturón/donut” llega muy cerca de la Tierra: hasta tan sólo unos 700 km de altitud, más o menos a 1,1 radios terrestres del centro: estamos llegando por fin al objetivo de nuestro viaje, y nos encontramos ya (aunque sólo nominalmente) en el interior de las capas más externas de nuestra atmósfera.
[1,0157 RT | 6.471 km]
Aunque la atmósfera de la Tierra no tiene una frontera definida, pues los gases se van haciendo más y más tenues según aumenta la altitud, acabamos de atravesar una suerte de límite. Hemos pasado ya la exosfera y la termosfera, con presiones prácticamente despreciables, pero la cosa empieza ahora a cambiar. A unos 100 km de altitud, la velocidad necesaria para que los efectos aerodinámicos puedan sustentar un objeto es justo la velocidad orbital. Por encima de esta altitud, un objeto que mantiene su altura constante lo hace merced a la fuerza gravitatoria y su propia velocidad (la velocidad orbital); por debajo, es posible sostenerse en el aire debido a la acción de los gases atmosféricos sobre las alas.
Por lo tanto, suele considerarse esta altura como la frontera entre la Tierra y el espacio, aunque se trate de algo un poco arbitrario: se denomina línea de Kármán, y según la atravesamos empezamos a notar la presencia de la atmósfera. Sin embargo, los efectos son aún muy pequeños: la presión es unas 100.000 veces más pequeña que en el suelo.
Sin embargo, nos estamos sumergiendo por fin, aunque se trate de una tenue masa de gas, en la materia que constituye nuestro planeta, y el espectáculo no tiene desperdicio.
Versión a 990×620 px. Crédito: NASA.
Muy poco por debajo de la línea de Kármán entramos ya en la mesosfera, y aquí los efectos de la atmósfera ya son claros: casi a nuestro lado, un pequeño meteorito se precipita hacia el suelo, pero según lo miramos se calienta más y más hasta volverse incandescente en la entrada atmosférica y desintegrarse; muy por debajo de nosotros, alguien habrá visto una estrella fugaz.
[1,0078 RT | 6.420 km]
Acabamos de entrar en la estratosfera y estamos tan sólo a unos 50 km del suelo. La presión sigue siendo muy pequeña, unas mil quinientas veces menos que en el suelo, pero el cielo ha ido cambiando de color sobre nosotros, de negro a azul oscuro, y cada kilómetro que descendemos se aclara más y más según aumenta la cantidad de aire sobre nuestras cabezas.
En un momento dado, a unos 30 km de altitud, nos encontramos con el límite superior de la capa de ozono. Desde luego, es difícil notarlo, porque la concentración de ozono es de tan sólo unas partes por millón, pero esta capa está relativamente caliente debido a la absorción de radiación ultravioleta, y según la abandonamos y seguimos bajando, la temperatura desciende.
En un momento dado nos cruzamos con un objeto construido por el hombre: un pequeño globo meteorológico asciende, tomando medidas de presión y temperatura. Poco después, a unos 12 km de altitud, entramos en la troposfera, justo por encima de un avión de línea que vuela a 10 km. La presión es ya de 0,22 atmósferas.
En poco tiempo atravesamos la parte superior de los cúmulos que cubren el suelo, y una vez salimos por la base notamos los efectos de la atmósfera troposférica: el viento y la lluvia arrecian en medio de una tormenta. A poca distancia de nosotros el aire se ioniza en una tremenda descarga eléctrica de cientos de miles de voltios.
[1 RT | 6.371 km]
Por fin tocamos el suelo. La presión es de 1 atmósfera, y nos encontramos en la superficie de la masa rocosa que constituye prácticamente todo el planeta. La atmósfera que acabamos de atravesar, aunque relativamente profunda, pesa tan sólo unos cinco trillones de kilos — 5·1018 kg. La masa rocosa por debajo de nuestros pies pesa unos seis cuatrillones de kilos, es decir, más de un millón de veces lo que la tenue capa de gases que la rodea.
Todo lo que vemos en nuestra vida cotidiana, y casi todo en lo que pensamos cuando hablamos de “la Tierra”, se encuentra en un minúsculo intervalo de distancias alrededor de este valor de 6.371 km. Sin embargo, si seguimos bajando abandonaremos esta pequeña región familiar de nuestro planeta para sumergirnos en lugares desconocidos.
Según nos hundimos en el suelo, la tierra está empapada por la lluvia que cae sobre la superficie. En muy poco tiempo atravesamos el mantillo, aún rico en distintas formas de vida, horizontes más profundos del suelo… y finalmente llegamos a la roca madre. Si hubiésemos realizado nuestro viaje en un lugar diferente y nos hubiéramos posado sobre la superficie del océano, las cosas hubieran sido distintas al principio, pero tras recorrer una distancia muy pequeña (unos 5 km de media, comparados con los 6.371 del radio terrestre) nos hubiéramos encontrado en una situación muy similar.
[0,998 RT | 6.358 km]
Nos encontramos tan sólo trece kilómetros por debajo de la superficie, pero cualquier influencia externa es casi inapreciable: estamos en un mundo de oscuridad perenne, sin vida, sin cambios apreciables de temperatura entre el día y la noche o el invierno y el verano. A nuestro alrededor se encuentra la corteza, compuesta por materiales ligeros comparados con los que encontraremos a mayor profundidad: fundamentalmente óxidos de silicio, aluminio y hierro, potasio, calcio y sodio. La presión es ya aquí un par de órdenes de magnitud mayor de lo que era en la superficie: unas 500 atmósferas.
Al abandonar la superficie, la temperatura ha descendido algo debido a la menor influencia de la radiación solar. Sin embargo, muy pronto empezamos a notar que la temperatura aumenta según descendemos. A tan sólo unos 4 km bajo la superficie la temperatura es ya de 100 °C, y sigue subiendo un par de centésimas de grado con cada metro (unos 25 °C cada kilómetro). Cuando hemos alcanzado estos 13 km de profundidad (apenas nada comparado con el radio terrestre) la temperatura es ya de más de 300 °C. Irónicamente, si tuviéramos un vaso de agua en la mano la presión sería también tan gigantesca que el agua no herviría, aunque se dilataría considerablemente, disminuyendo su densidad y aumentando su volumen.
Un poco más abajo, cuando la temperatura superase los 374 °C, las condiciones serían tan extremas que ni siquiera tendría sentido hablar de si nuestra agua es un líquido o un gas: ambos estados serían indistinguibles, ya que habríamos superado el punto crítico del agua. Sin embargo, las rocas a nuestro alrededor seguirían siendo bien sólidas — aún nos queda muchísimo por descender.
La razón de este ascenso de temperatura según nos hundimos es lo que voy a llamar sin ningún rubor el efecto patata. Cuando tienes una patata inicialmente muy caliente y dejas pasar un rato, si la tocas no la notas caliente, pero si la cortas con un cuchillo la temperatura es mayor cuanto mayor es la profundidad a la que cortas. La Tierra, salvando las distancias, es una patata caliente y además se mantiene más caliente de lo que debería porque es una patata radiactiva.
La Tierra estaba muy caliente poco después de formarse, como dijimos en la entrega anterior de este artículo, en gran parte por la conversión de energía cinética de las rocas que colisionaban para formarla en energía térmica. Aunque esto sucediese hace más de cuatro mil millones de años, la cantidad de energía liberada entonces fue enorme; pero además la Tierra dispone de fuentes de energía propias por su condición de “patata radiactiva”: las más importantes son isótopos inestables del uranio, torio y potasio que tienen largas vidas medias y llevan desintegrándose y liberando calor miles de millones de años.
Pero olvidémonos de patatas radiactivas y sigamos descendiendo hacia las profundidades.
[0,994 RT | 6.332 km]
Cuando hemos descendido unos 40 km (el valor real depende de dónde nos encontremos), aunque las rocas siguen siendo sólidas, se produce un cambio: estamos cruzando la discontinuidad de Mohorovičić, que separa los materiales más ligeros de la corteza terrestre de los más densos del manto. Es como si hubiéramos atravesado la superficie de separación entre el aceite y el agua en un vaso en el que estaban inicialmente mezclados. La composición de las rocas cambia, y ahora estamos rodeados fundamentalmente de silicatos de hierro y magnesio.
Las condiciones son aún más extremas que antes: la temperatura es ya de 500 °C, y la presión es mil veces mayor que en la superficie. Sin embargo, aún tenemos que bajar más para que la temperatura sea suficientemente grande como para encontrar roca fundida. Como puedes ver, existen dos fronteras diferentes: la frontera de densidad y composición química de las rocas (la discontinuidad de Mohorovičić), que separa la corteza y el manto; y la frontera de sólido a líquido, que separa la litosfera de la astenosfera.
Estructura interna de la Tierra.
[0,984 RT | 6.269 km]
Según bajamos la temperatura y la presión siguen aumentando: no hay un momento concreto en el que las rocas se fundan y se vuelvan líquidas, pero poco a poco se vuelven más y más plásticas y deformables. Cuando se han convertido en un material viscoso y moldeable hemos alcanzado la astenosfera, a unos 100 km de profundidad.
Aunque fluye muy lentamente, existen corrientes de convección en la astenosfera que hacen quebrarse, moverse y hundirse a las placas de la litosfera que “flotan” sobre ella. La presión sigue aumentando rápidamente según descendemos y tenemos más y más masa sobre nuestras cabezas, pero la temperatura aumenta más despacio una vez hemos alcanzado esta zona. La razón está en las propias corrientes de convección, que (aunque son muy lentas) llevan los materiales más fríos hacia el fondo mientras que hacen ascender a los más calientes, redistribuyendo hasta cierto punto la energía térmica.
[0,765 RT| 4.873 km]
Irónicamente, estas corrientes de convección son en parte las responsables que que, según seguimos bajando, la viscosidad vaya aumentando más y más, cuando podría parecer que los materiales deberían volverse cada vez más fluidos hasta ser un líquido. La cuestión es que la temperatura no aumenta tanto como debería por esa redistribución, pero la presión sigue aumentando constantemente de manera brutal.
Sin embargo, cuando nos encontramos a una profundidad de más o menos un cuarto del radio terrestre, notamos ya la diferencia clara en la atracción de la gravedad: es un 25% menor que la de la superficie. ¡Pesamos menos! Una vez más, esto puede parecer contrario a la lógica, pero sólo lo es en apariencia — es cierto que estamos más cerca del centro de la Tierra, pero también lo es que tenemos una gran masa de tierra sobre nuestras cabezas y a los lados. Al final, unas fuerzas compensan a otras y la atracción neta de la Tierra es menor que en superficie.
Los materiales, según descendemos, se hacen más y más densos, pues los más ligeros ascendieron hacia la superficie (como el aceite del ejemplo anterior) hace miles de millones de años. Sin embargo, los elementos más abundantes siguen siendo el magnesio, el oxígeno, el silicio.. hasta que llegamos a un punto de cambio brusco.
[0,53 RT | 3.371 km]
Estamos a unos 3.000 km por debajo de la superficie, y de pronto nos encontramos con una superficie de discontinuidad bastante clara: de material más o menos plástico pasamos a una masa de hierro fundido completamente líquido. La temperatura en esta “orilla del hierro líquido” es de unos 4.000 °C, y la presión es casi inimaginable: 1.400.000 veces la presión que sufres mientras lees este artículo. La gravedad es tan sólo la mitad que en la superficie de la Tierra: hemos alcanzado la barrera de separación entre el manto y el núcleo externo.
La razón de este cambio brusco no es otra que la que ya mencionamos en la anterior entrega sobre la Tierra: cuando la temperatura del planeta naciente alcanzó la de fusión del hierro a presiones razonables (algo más de 1.500 °C), casi todo el hierro que se encontraba repartido por la masa planetaria se fundió y fluyó, como la cera de una vela, hacia abajo — hasta acumularse en el centro. Puesto que el hierro tiene un punto de fusión relativamente bajo, la presión aquí no es suficiente para mantenerlo sólido, de modo que se encuentra fundido.
Aunque sea líquida, esta enorme masa de hierro fundido es bastante más densa que el manto que hay por encima — de ahí que estén situados así. A veces es fácil olvidar que es la densidad la que determina la separación gravitatoria, y no el hecho de ser sólido o líquido.
Aparte de hierro, mezclado con él, hay otros metales pesados, aunque en menor proporción: fundamentalmente níquel y también algo de oro, platino, etc. Lo esencial es que aquí ya no hay prácticamente nada que no sean metales, y al menos el 80% del núcleo externo es hierro, es decir, se trata de una gigantesca masa de líquido conductor y ferromagnético.
Estamos por fin ante el origen del campo magnético que notamos al empezar nuestro viaje: rodeados por esta enorme masa de hierro fundido girando alrededor de su eje, estamos en el interior de una dinamo de proporciones planetarias. Aún no entendemos perfectamente cómo funciona la cosa, pero dicho mal y pronto, esta masa de metal fundido se encuentra girando alrededor del eje y moviéndose de maneras complicadas; por un lado, gira de acuerdo con la rotación del planeta. Por otro, el material central más caliente asciende y es reemplazado por el más frío de arriba mediante corrientes de convección. Todo este movimiento es además alterado por el efecto de Coriolis, que no hace que el agua gire en los lavabos pero sí tiene que ver con el comportamiento del campo magnético terrestre.
Cuando un conductor (sólido o líquido, da igual) se mueve en el interior de un campo magnético se induce una corriente en él, pero la corriente inducida en esta dinamo planetaria origina un campo magnético que induce en ella una corriente que provoca un campo magnético que… como puedes ver, el proceso se alimenta a sí mismo, de modo que el campo magnético se mantiene activo por sí mismo, mientras se sigan produciendo la rotación, convección, etc. necesarias.
Puedes preguntarte cómo demonios empezó todo: no estamos seguros, aunque no hace falta un campo magnético muy grande para iniciar el proceso. La cosa todavía no está clara y hace falta investigar más (ni siquiera todo el mundo está de acuerdo en que este efecto dinamo sea el responsable del campo), pero es la teoría más aceptada.
Lo curioso es que si la Tierra no tuviera un núcleo de hierro tan grande en sus profundidades, la superficie estaría constantemente bombardeada por partículas energéticas que probablemente hubieran hecho imposible que se desarrollara la vida tal y como la conocemos en el planeta. De modo que, querido y paciente lector, estás viendo estas líneas gracias a que 3.000 km bajo tus pies gira una masa de hierro de unos dos cuatrillones de kilos.
[0,191 RT | 1.220 km]
Una vez más, las corrientes de convección hacen que suceda algo sorprendente: según buceamos en el núcleo de hierro fundido, llega un momento en el que nos topamos con una pared sólida. La temperatura ha seguido aumentando y es ya de unos 6.000 °C, pero la presión lo ha hecho mucho más rápido y es suficientemente grande como para mantener el hierro y el níquel sólidos. Hemos llegado al núcleo interno, una bola de aleación hierro-níquel (con algunos otros metales en menor proporción) cuyo radio es el 70% del de la Luna.
La presión es de unos tres millones de atmósferas, y la gravedad en la superficie de la bola sólida es sólo la quinta parte que en el suelo. Curiosamente, en las primeras etapas de la vida de la Tierra esta zona sólida no existía: aunque la presión era igual que ahora, la temperatura era aún mayor (ha ido descendiendo con el tiempo, y lo sigue haciendo), de modo que todo estaba fundido.
El hierro en el centro del núcleo se ha ido congelando poco a poco según la temperatura descendía mientras la presión permanecía constante, y lo sigue haciendo hoy, de modo que el núcleo externo va cediendo terreno al interno. Esta bola central, además, gira de manera más o menos independiente que el resto del planeta — puesto que entre ellos hay un líquido, la parte externa y la interna de la Tierra pueden “deslizarse” una sobre la otra. De hecho, se piensa que el núcleo interno tarda un poco menos en dar cada vuelta que la corteza terrestre, aunque todavía nada es seguro.
Sabemos muy poco acerca de esta región, más allá de su estado físico y su temperatura y presión. De lo que no hay duda es de que, de un modo u otro, las condiciones en la superficie dependen del comportamiento de esta zona, y que según cambie mientras la Tierra se enfría, también lo hará la situación aquí arriba. Afortunadamente, la cosa es bastante lenta (el enfriamiento del núcleo es del orden de un grado cada 10.000 años).
[0 RT | 0 km]
Hemos llegado al final del camino. En el centro del planeta, rodeados por todas partes de la masa que lo compone, la gravedad es nula — no hay “arriba” ni “abajo”, y si nos hiciéramos un hueco en el núcleo de hierro-níquel flotaríamos en ingravidez. Lejos están el viento solar, las nubes y la lluvia y el Sol. Sin embargo, de Soles como el nuestro proviene todo el hierro que nos rodea, eones antes de que se calentase y fluyese dentro de nuestro planeta, para producir el campo magnético que nos mantiene con vida.
En el próximo artículo de la serie hablaremos acerca del enorme satélite de la Tierra: la Luna.
Para saber más:
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El texto de El Sistema Solar - La Tierra (III) , por Pedro Gómez-Esteban, salvo donde se mencione explícitamente, está publicado bajo Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 2.5 Spain License.




{ 27 } Comentarios
Genial, ameno, entretenido e informativo, como todos los artículos que me he leído desde apenas que descubrí tu blog.
Es interesante notar que en la juventud de la tierra el núcleo interior era líquido y se ha ido solidificando conforme baja su temperatura. Ahora, ¿esto implica que el campo magnético haya sido menor o mayor? No logro verlo claro, al ser todo líquido se pudiera mover más rápido y de maneras más complejas y por tanto crear un campo magnético mayor… Así protegiendo de excesivas radiaciones a la vida microscópica de aquellas épocas, y al irse solidificando, el campo magnético menguaría, permitiendo mayor radiación y por tanto, mayores mutaciones en organismos más grandes que pudieran tolerarlas mejor… Creo que es interesante.
Una sugerencia, ¿podrías usar mejor espacios en vez de puntos y comas para las cifras? Los que vivimos del otro lado del mundo usamos las comas para separar millares y los puntos para los decimales, justo a la inversa que ustedes, y esto puede llevar a confusión a quien no se fije bien. Por eso se recomienda usar espacios para los millares y puntos para los decimales.
Gracias y saludos!
Haplo,
Gracias mil, y un comentario interesante. Respecto a los millares, de veras que lo siento: pensaba que era una diferencia entre el inglés y el español, no entre ambos lados del Atlántico. A partir de ahora utilizaré espacios (no sé si comas o puntos para los decimales, ambas están aceptadas por lo que he leído). Gracias por la sugerencia, creo que es muy acertada.
Eso sí, va a ser que no me voy a poner a editar tropecientos artículos para corregirlos
” Patata caliente radiactiva …. ¡¡¡ Hmmmmm !!! ” (Homer Simpson)
Je je. Me encanta la metáfora.
Un viaje apasionante el que has planteado aquí.
¡Vaya viaje!
¡Vaya viaje! Ya estoy deseando ir a la luna.
Impresionante, se me han puesto los pelos de punta según bajabamos al interior de la Tierra
Alguna vez leí que una buena representación de la Tierra podría ser una manzana. La piel de la manzana representa el grosor de la capa sólida de la Tierra, mientras que el interior de la manzana (lo que se come) correspondería a la parte líquida o viscosa (sin tener en cuenta el núcleo). Viendo los datos que pones aquí y haciendo un calculo por encima, parece algo acertado. Me impresionó sobremanera ver que en esencia, vivimos en un planeta líquido con una pequeñísima capa dura donde pisamos.
También he escuchado que los polos magnéticos se desplazan bastante cada pocos años (relativamente hablando, unos milenios). ¿Eso es cierto? Si es así, supongo que será debido a pequeños cambios en el movimiento de la “dinamo”, cuyo efecto individual no es significativo pero la acumulación hace que de repente el campo magnético de “un vuelco”.
Saludos.
Hola, una serie de entradas muy buenas. Una sugerencia: podrías poner las cifras en notación científica? es que no entiendo muy bien lo de “unos dos cuatrillones de kilos.”, con todo el lío que hay con las definiciones de billón y trillón…. gracias.
Muy chulo el viaje, me ha encantado
La variación del campo magnético yo también he oído que es cíclica, lo que no tengo claro es en qué parte del ciclo nos encontramos ahora mismo…
Tengo un par de dudas con respecto al futuro del planeta. Ya sé que el Sol acabará engullendo la Tierra, así que ahí tenemos un tope claro. Pero, ¿la variación de temperatura en el núcleo no nos afectará antes? ¿Qué supondría? Además comentaste que la Luna frena a la Tierra con las mareas (imagino que de esto hablarás en el siguiente artículo) así que tengo curiosidad por saber qué le pasará a nuestra pequeña patata radioactiva. Al irse solidificando el núcleo, ¿nos quedaremos sin campo magnético? ¿se acelera el proceso por enlentecerse la rotación del planeta? Si es cíclico, también tendremos momentos sin campo magnético y seremos bombardeados por partículas realmente peligrosas. ¿Veremos un aumento de mutaciones, cambios en el clima, etc?
Lo cierto es que todo esto es muy interesante y me encanta ponerme a pensar sobre estos temas, así que una vez más ¡gracias!
Pedro, no sé de dónde sacas las ideas, pero plantear este artículo como un nuevo “Viaje al Centro de la Tierra, llegando desde el espacio”, como si fueras un moderno Julio Verne, es una idea original y, francamente, brillante. Admiro tu inspiración.
Enhorabuena.
Después de haber leído los tres episodios, se me antoja que, en la famosa ecuación de Drake, uno de sus coeficientes está mal estimado (bueno, seguramente todos, pero quién sabe). Me refiero al coeficiente f(l), es decir: la fracción de planetas dentro de la ecosfera en los que la vida se ha desarrollado, o es susceptible de desarrollarse. Se suele aceptar un valor alrededor de 0,2. Pero visto lo que pasa en la Tierra, para que un planeta pueda desarrollar vida, tiene que:
En una palabra, creo que un valor de 0,2 es muy, muy optimista; seguramente es más acertado algo así como 0,01 ó 0,001. Así que creo que no va a ser fácil que nos encontremos con otra civilización por ahí fuera.
En fin, alegrémonos de tener este planeta para nosotros… el tiempo que nos dure, que ésa es otra.
Saludos
Ah, por cierto. Sobre el comentario de Haplo de poner espacios en los puntos de separación de millares y todo eso… lo siento, pero yo NO estoy de acuerdo.
Pedro escribe desde España; en España, mejor dicho, en prácticamente toda Europa, se escriben los puntos y las comas de una forma, y lo lógico es que así lo siga haciendo: para él es lo natural, y todo aquél que lo lea desde el otro lado del charco, debe entenderlo, así como cuando un español, o mejor, un europeo, lee un artículo escrito en EEUU, o en otros países americanos, debe saber que la notación de puntos y comas es diferente.
También podría traducir los kilómetros a millas, los grados Celsius en Fahrenheit, y dejar de coger cosas para, en su lugar agarrarlas. Y así, ad infinitum.
Es mi modesta opinión. Pero el que manda es Pedro, y todo lo que él decida, será bienvenido y, sobre todo, agradecido.
Saludos de nuevo
Completamente de acuerdo con Macluskey. Si cuando aquí nos enfrentamos a literatura científico-tecnológica extranjera debemos de tener en cuenta las equivalencias entre millas y kilómetros, Celsius y Farenheit, billones y miles de millones, torque y par, y somos capaces de entenderlo (y hasta de aprobar Física en la Universidad), no veo la razón de por qué un texto escrito tan correctamente como los escribe Pedro deba de cometer los errores de los “miembros y miembras”.
Chicos,
Respecto a las comas, decimales, etc., para no llenar esto de una discusión que no tiene nada que ver con el artículo he creado un hilo en el foro con mi opinión: http://eltamiz.com/foro/topic.php?id=42&replies=1#post-273
Además de ser un comunicador escepcional y de tener bastos conocimientos tienes una imaginación desbordante. Gracias por esta serie, es imcreible.
salu2
@Pedro
Hay una cosa que me escama, ¿realmente los cambios son “bruscos”? Donde bruscos significa que la fontera es relativamente pequeña en comparación con la magnitud de las cosas allá abajo
Este tipo de cosas son las que le cuesta enterder a los matemáticos, una función que pierde la continuidad nos provoca dolor de cabezas y rechazo inmediato
A otra cosa, ¿en qué se diferencia el interior de la Tierra con el de Venus? Tienen masas parecidad pero uno no tiene campo magnetico y parece que tampoco deriva continental. ¿Se puede explicar “solo” con la diferencia de masa? ¿Con masa y composición química? ¿Con un satélite de tamaño Luna :P?
PD: Por cierto, ya pusiste lo de la patata radioctiva podrías haber puesto un párrafo al georeactor nuclear. Total, vas a tener que contarlo si vas a hablar de los satélites Galileanos (¿que vas a hablar, verdad? Que ponemos todos caritas de buenos.)
Muy buen articulo, como siempre. La verdad es que el movimiento de los nucleos interno y externo es algo que me intriga por su complejidad. Pensad que si en nucleo interno realmente gira mas despacio tenemos un efecto que Pedro no menciona, cortesia de la distribucion de velocidades en el fluido, La teoria nos dice que la velocidad de un fluido sobre un solido es nula en la superficie, asi que tendriamos dos esferas concentricas de fluido ferromagnetico que giran una respecto a la otra, y entre ellas tienen lugar los procesos de conveccion. Me cuesta imaginar el campo generado por algo asi aunque sabemos que el resultado es bastante regular…supongo que por eso hay gente que no se cree la teoria de la dinamo. Por cierto, y no es por pedanteria: ¿No deberia el campo magnetico decrecer con la quinta potencia de la distancia si nos hallamos en el plano del dipolo que es la Tierra? Solo curiosidad, reconozco que no lo recuerdo…
Saludos
Gracias por el viaje, Pedro Verne
Un artículo completísimo y muy bueno! Como siempre en el tamiz!
En el enlace de la wikipedia sobre la estructura interna pone un pequeño texto haciendo referencia a cómo hemos medido las distancias de las diferentes capas internas, a través de los terremotos y sus efectos o su manera de propagarse, la verdad es que de eso no tenia ni idea! O_o quizás le pudieras añadir un parrafito explicando cómo se han hecho esas mediciones!
Saludos!
Hola, enhorabuena por todo el blog, es genial y lo leo siempre aunque no participe. Creo que he visto un pequeño error en el apartado de [5 RT | 31.855 km], en el ultimo parrafo pone “…700 km de altitud, más o menos 1,1 radios terrestres…” Supongo que seran 7000km o quiza hay algo que se me escapa xD
PD: lo vi el primer dia pero esperaba que alguien lo dijera en un comentario con más miga.
Saludos
vi77i,
700 km de altitud son 7071 km al centro, es decir, 1,1 radios terrestres en la notación que se utiliza a lo largo del artículo. Ahora lo edito para añadir “al centro” y así evitar la ambigüedad, ¡gracias!
Bravo!!!
Todo lo que has contando lo conocía, pero lo has contado de forma tal que me he encontrado como un niño pequeño, maravillandome de lo que contabas.
Un gusto leeros.
Gracias, mil gracias.
Desconocemos tantas cosas…. pero es bonito imaginarlas!.
Lo del campo magnético autoinducido me ha recordado un experimento que hicimos en el instituto con motores de corriente continua.
Los motores de continua suelen estar formados por una pieza giratoria con uno o varios electroimanes, el rotor, y una pieza fija rodeandolo, que suelen ser dos imanes colocados en lados opuestos; esto es el estator. Además es más común en motores de mayor potencia que los de juguete que el estator consista en electroimanes en vez de imanes permanentes. Y ahí viene la gracia, pues ya tienes dos partes distintas del motor que deben recibir alimentación para que funcione, y ¿cómo los alimentas, en serie o en paralelo?
Bien, ahora resulta que en vez de darle corriente para que gire, vamos a usar el motor como una dinamo, haciéndolo girar para que nos dé corriente. Hasta aquí todo normal, tenemos un conductor (el rotor) girando dentro de un campo magnético (el que genera el estator), y si el circuito del rotor está cerrado -pongámosle una bombilla- aparece una corriente -y la bombilla brilla.
Pero, ¡espera!, ¿de dónde salió el campo magnético? ¿Estamos alimentando el estator? Supongamos que el estator está en serie con el rotor: si circula corriente por uno, circula por el otro -y también por la bombilla. Esto es lo más curioso, cualquier campo magnético residual (puede que sirva incluso el de la Tierra) permite que se induzca corriente en el rotor cuando éste comience a girar, y esta corriente alimentara a la bombilla y al estator, el cual creará un campo magnético más intenso, que inducirá mas corriente en el rotor, y así hasta que se estabiliza dependiendo de la velocidad de giro.
Bueno, me ha salido un tochazo infumable, pero me gustó tanto el experimento que al ver una simulitud con el proceso, sentí la necesidad de compartirlo…
Hola a todos, descubrí la colección del Sistema Solar (y el blog) por casualidad desde el blog de Ciencia Kanija y me está encantando.
Tengo dos preguntas:
1ª ¿Cuántas colecciones has hecho ya? ¿Dónde puedo encontrarlas para leerlas? 2ª He visto un par de fallos en otros artículos, ¿te los aviso en los artículos correspondientes o los pongo por aqui?
@ Jenas,
Puedes ver las series en la lista de categorías de la izquierda. Tenemos planeado, en algún momento, reformar el sitio para que las series de referencia sean fáciles de encontrar, pero por ahora tienes que buscarlas allí — son las de nombres raros, como “Conoce tus elementos” y cosas así.
Respecto a los fallos, puedes enviar un correo (pedro@eltamiz.com) o poner un comentario en el artículo correspondiente.
Disfruta de la lectura, anda que no tienes por leer
OK, ya te lo avisé en un comentario en Venus (III). Al final solo había un fallo, el otro fue un fallo mío en la lectura (que no lo entendí bien vamos).
PD: ¿Queda mucho para el artículo de la Luna? Es que ya tengo ganas de leerlo
Un artículo realmente magnífico. Pero creo que deberias actualizarlo y eliminar el concepto de astenosfera, actualmente obsoleto. Para cualquier duda sobre este tema os podeís dirigir a un artículo de Francisco Anguita en: http://picassoccmc.files.wordpress.com/2008/10/astenosferaanguita.pdf
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Tormenta de arena en el desierto del Sáhara…
Magnífica fotografía desde el espacio de una tormenta de arena en el desierto del Sáhara. Foto (Versión a 990×620 px.): eltamiz.com/wp-content/uploads/2008/06/tormenta-de-arena-sahara-grandeg…
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