Tras la Presentación y después de conocer mejor Mercurio y Venus, continuamos hoy la serie El Sistema Solar para estudiar el tercer planeta de nuestro sistema: la Tierra.
Versión a 1024×768 px. Crédito: NASA.
Como sabéis los que habéis seguido esta serie desde el principio, hay dos cosas que la definen y la distinguen hasta cierto punto de otras series de El Tamiz. Por una parte, aunque siguen el mismo principio que el resto de artículos de Antes simplista que incomprensible, son bastante más largos que la mayoría (muchos, como éste, están partidos en varias entregas) — la razón es que hablan de cosas con las que, en sus aspectos más básicos, ya estamos familiarizados, de modo que tiene sentido tratar de ir un poco más allá. La segunda característica distintiva es la riqueza gráfica: además de explicar las cosas con palabras he intentado mostrar las imágenes más bellas de cada cuerpo celeste que he podido encontrar. Debajo de cada imagen, cuando es posible, verás un enlace a una versión de gran resolución por si quieres añadirla como fondo de pantalla o cosas parecidas. Mis favoritas hoy son la de arriba y el diagrama de las esferas celestes de Velho que podrás encontrar más adelante.
Dicho esto, hoy empezaremos a estudiar nuestro propio planeta. Soy plenamente consciente de que ya habéis leído bastante sobre él, pero aun así he querido dedicarle un artículo. Por un lado, me como el sombrero si sabéis ya absolutamente todo lo que vais a leer — siempre se aprende algo nuevo. Por otro lado, voy a intentar poner de manifiesto cosas que a veces se cuentan un poco mal en los libros de texto, o aquellos aspectos a los que en mi opinión no se dedica suficiente tiempo. Y finalmente, cualquier excusa que me permita decir palabras como epitrocoide es buena. De modo que, aunque no sea el capítulo de la serie en el que más aprendas, espero que lo disfrutes en cualquier caso.
En esta primera entrega sobre la Tierra (alternaremos las siguientes con otros artículos en las próximas semanas) hablaremos sobre la evolución de nuestro conocimiento sobre ella, su forma y su posición en el Universo, de manera similar a lo que hicimos con Venus. Evidentemente, en este caso no se trata de ir acercándonos poco a poco hasta ver el planeta — nuestro problema para conocer la Tierra ha sido irónicamente el hecho de que estamos en ella, y hace falta tener mucho ingenio (o alejarse de ella) para reconocerla como es, además de superar en algunos casos ideas a priori relacionadas con la religión.
De hecho, aunque la gente suele reírse al oír que originalmente pensábamos que la Tierra era plana, es perfectamente razonable pensar así en un principio (si a mí no me hubieran enseñado nada, desde luego pensaría que la Tierra es plana). El radio de la Tierra es tan grande comparado con casi cualquier distancia que manejamos en la vida cotidiana que no es fácil darse cuenta de que no es plana — hace falta, por un lado, fijarse en detalles que no encajan con una Tierra plana y, por otro, ser capaz de poner la razón por encima de otras fuentes de conocimiento (algo que la mayor parte de los pueblos de la Antigüedad no hacían).
La Tierra como tú y yo la hubiéramos imaginado si no nos desasnan.
Todas las culturas antiguas consideraban inicialmente que la Tierra es plana, y las diferencias entre sus concepciones son muy pequeñas. Varía la forma exacta, que en unos casos es un disco y en otros un cuadrado, varía lo que soporta la Tierra y la forma en la que el firmamento “se sostiene”, pero la idea básica es casi exactamente igual. Como digo, esto es normal, puesto que cuando miras a tu alrededor hace falta ser perceptivo, racional e inteligente para percatarte de que algo no encaja.
Esta concepción ancestral de una Tierra plana es útil además para desmontar un argumento bastante común al hablar de cosas que pueden ser ciertas o no (ya sean energías místicas, Dios, los extraterrestres o cualquier otra cosa). En efecto, mucha gente trata de utilizar como argumento a favor de la existencia de X el hecho de que todas las culturas han desarrollado un concepto de X, o que todas pensaban que X existía. Pero claro, la cuestión es que todas las culturas ancestrales pensaban que la Tierra es plana… y resulta que no lo es. Hay otros ejemplos de conocimientos multiculturales y totalmente falsos, pero éste es bastante claro en este aspecto.
En cualquier caso, no tenemos constancia de que nadie se plantease algo diferente hasta el siglo VI a.C. En ese momento, la noción de una Tierra esférica aparece en dos culturas diferentes de manera independiente: en la civilización india y en la griega. Los textos védicos Shatapatha Brahmana y Aitareya Brahmana hablan de una Tierra esférica en algunos de sus versos, aunque no sabemos en qué se basaron sus autores para proponer esa idea.
De igual manera, el primero de los griegos en proponer una Tierra esférica alrededor de la misma época, Pitágoras, no se basa en razonamientos de carácter científico para ello: la esfera es, de acuerdo con él, la forma geométrica perfecta, de modo que no tiene sentido considerar que los cuerpos celestes –incluyendo la Tierra– no sean esferas. Lo mismo sucede con Platón: enseñó que la Tierra era esférica pero sin dar argumentos de peso para ello. La mayor parte de los filósofos griegos pensaban para entonces lo mismo, pero por la perfección formal de la esfera, no por una observación científica de fenómenos naturales.
Hubo que esperar a que el principal alumno de Platón y un filósofo natural extraordinario, Aristóteles, escribiera sobre el asunto. Los razonamientos de Aristóteles son de una perspicacia enorme. Cuando lees sobre ellos tienen mucho sentido, pero siempre me producen la misma sensación cuando los veo — sí, tienen sentido, pero ¿cómo es posible que, sin un solo instrumento óptico, simplemente mirando alrededor, escuchando las historias de los viajeros y pensando, pueda llegar nadie a estas conclusiones?
Los argumentos de Aristóteles a favor de una Tierra esférica son, por fin, científicos y no se deben a la perfección de ninguna forma geométrica:
Los viajeros que han llegado a Egipto y otros lugares meridionales ven estrellas que no se ven en Grecia, y al revés. Esto indica que su horizonte y el nuestro no son paralelos, lo cual sólo es posible si la superficie de la Tierra es curva. El ritmo al que aparecen y desaparecen las estrellas al viajar es constante, de modo que la curvatura es uniforme.
La sombra de la Tierra sobre la Luna en un eclipse lunar es siempre redonda, independientemente del día del mes y la altura del satélite sobre el horizonte. Si la sombra de un objeto es siempre redonda, independientemente de la dirección desde la que se proyecta, este objeto debe ser una esfera.
Cuando un barco se acerca a la costa, lo primero que se ve de él es el extremo superior del mástil, y los marineros ven primero el pico de las montañas de la costa. Esto indica que la superficie es convexa; puesto que el efecto es igual en todas direcciones y en todos los puertos, la superficie debe ser esférica.
Crédito: Anton/Wikipedia. Publicado bajo CC 2.5 Attribution Sharealike License.
Aunque Aristóteles no llegó a realizar ningún cálculo sobre el tamaño de la esfera, sí era consciente de que no podía ser muy pequeña (pues notaríamos los efectos a distancias cortas) ni gigantesca (o nunca se notarían los efectos en el horizonte). La verdad es que la cosa tiene mérito: estamos hablando de alrededor de 350 a.C.
Pero es que no hace falta esperar mucho para que otro genio, Eratóstenes de Cirene, llegase aún más lejos unos cien años después — a calcular, por primera vez, el tamaño de la Tierra. Eratóstenes se basó, desde luego, en las ideas de los filósofos anteriores a él, sobre todo en las de Aristóteles, pero con un sentido práctico sorprendente.
Eratóstenes razonó de la siguiente manera: si Aristóteles está en lo cierto, entonces la altura del Sol sobre el horizonte en un momento dado cambia según nos movemos al norte o al sur. Para estimar la circunferencia de la Tierra no hace falta más que escoger dos lugares que estén uno al norte del otro y medir la distancia entre ambos; elegir un momento dado en el que se mida el ángulo que forma la posición del Sol con la vertical en uno y otro lugar, y comparar ambos ángulos.
El científico eligió dos ciudades que cumplían más o menos estas características: Alejandría, donde vivía, y Siena (la actual Asuán), Nilo arriba. La distancia entre ambas era de unos 5000 estadios –aunque esta distancia era aproximada, pues al viajar a lo largo del Nilo no se va en línea recta–, y Eratóstenes suponía que estaban una justo al norte de la otra en sus cálculos (esto tampoco es exactamente cierto, pero no es fácil encontrar ciudades que lo cumplan exactamente).
Crédito: Wikipedia/GPL.
El solsticio de verano al mediodía, el Sol estaba exactamente en la vertical de Siena — la razón, por supuesto, es que esta ciudad se encuentra en el Trópico de Cáncer. En ese mismo momento en Alejandría el Sol no se encontraba sobre la vertical, sino por debajo de ella: 7°12′ por debajo. Puesto que 7°12′ es 1/50 de una circunferencia completa, la distancia entre Alejandría y Siena debía ser aproximadamente 1/50 de la circunferencia Terrestre. Es decir, la circunferencia completa era 50 veces 5000 estadios. El problema es que no estamos seguros de qué valor tomaba Eratóstenes para el estadio (había varias definiciones diferentes), de modo que el valor en kilómetros varía según la definición de estadio: entre 39.690 km y 46.620 km. Por si te lo estás preguntando, el valor real es de unos 40.041 km, de modo que el error de Eratóstenes es de entre un 1% y un 16%, en el año 240 a.C. Impresionante.
De hecho, el cálculo de Eratóstenes impresionó tanto a los científicos de la época que le dio una enorme fama, y a partir de entonces prácticamente nadie en Europa con la menor formación científica dudó de la esfericidad de la Tierra. Desde luego, hoy sabemos que la Tierra no es exactamente una esfera, pero en general los libros exageran mucho cuando ponen este hecho de manifiesto: los dibujos a veces parecen mostrar nuestro planeta como si fuera una calabaza achatada, ¡ni mucho menos cierto! Los estudiantes acaban con la idea de una Tierra mucho más achatada de lo que realmente es.
Para que te hagas una idea de lo parecida que la Tierra es a una esfera perfecta, pensemos en algo muy, muy esférico, algo que debe ser muy aproximadamente una esfera para funcionar bien — una bola de billar. De hecho, las normas del billar establecen que una bola legal debe ser una esfera con un error menor del 0,22%. Bien, la Tierra es una esfera con un error del 0,17%. De modo que si dices que la Tierra es una esfera, lo estás haciendo con más rigor que cuando dices que una bola de billar es una esfera — y, si puedes notar que una bola de billar no es una esfera perfecta, enhorabuena.
Imagen de De Sphaera Mundi (c. 1230), de Johannes de Sacrobosco.
Otra exageración que sería merecedora de un artículo de Falacias en sí misma es la idea de que en la Edad Media todo el mundo pensaba que la Tierra era plana. De hecho, de vez en cuando se oye incluso que Colón tuvo que convencer a los “expertos” de la viabilidad de su viaje porque éstos pensaban que la Tierra era plana. Enorme mentira, que empezó a cocinarse en el siglo XIX, momento desde el que se ha venido exagerando la ignorancia y la oposición a la iencia durante la Edad Media.
La realidad es que casi todo el mundo con educación sabía desde la Grecia clásica que la Tierra era esférica, y la oposición de algunos al viaje de Colón no tenía nada que ver con esto. El texto al que pertenece la imagen de arriba, De Sphaera Mundi (Sobre la Esfera del Mundo), de Sacrobosco, era una lectura obligada en las universidades de toda Europa, y las ideas de Aristóteles sobre la Tierra se enseñaban en todas partes. Esto no quiere decir que no hubiera algunos que sostuvieran que la Tierra era plana — pero sigue habiendo gente que afirma este tipo de cosas hoy en día, y tanto entonces como ahora eran los menos. En lo que los científicos no estaban tan de acuerdo era en qué había en las antípodas o si era posible llegar a ellas, y en cuál era el modo en el que los cuerpos celestes se movían unos respecto a otros.
Por ejemplo, muchos filósofos y teólogos medievales aceptaban que la Tierra era una esfera, pero no que pudiera haber gente viviendo en el hemisferio Sur. Para ellos, las regiones tropicales formaban una especie de “cinturón de fuego” que impedía viajar al otro hemisferio. Puesto que la raza humana provenía en su totalidad de un solo ancestro y no se podía viajar al otro lado, era imposible que viviese nadie allí: o bien era simplemente océano, o bien había continentes sin habitantes humanos en ellos.
Mapa del mundo del s. XV en el que se muestra el “cinturón de fuego” ecuatorial.
Por otra parte, una gran mayoría de los filósofos y científicos antiguos consideraban que la Tierra era el centro del Universo. Una vez más, esto suele causar sonrisas en la actualidad pero, si nadie te hubiera informado de nuestra pequeñez y la enormidad del cosmos, ¿te hubieras dado cuenta? Por que yo no. Nuestro primer impulso es pensar que la Tierra es casi todo el Universo, y que las demás cosas giran alrededor de ella.
Esto no quiere decir que todo el mundo estuviera de acuerdo. El primero de quien tenemos noticia que postuló un modelo heliocéntrico del Universo, en el que el Sol era el centro en vez de la Tierra (como en los modelos geocéntricos) fue Aristarco de Samos alrededor de la misma época en la que Eratóstenes calculaba la circunferencia terrestre. Aristarco era un genio de tal calibre que ya hemos hablado sobre él y sus ideas en un episodio del podcast.
Dicho pronto y mal (si quieres conocer algo más de detalle te invito a que escuches el episodio correspondiente), el razonamiento magistral de Aristarco, realizado una vez más sin siquiera un miserable catalejo, fue el siguiente:
El paralaje del Sol es muy pequeño, luego el Astro Rey se encuentra muy lejos de nosotros.
El tamaño angular del Sol, sin embargo, es bastante grande incluso aunque está muy lejos, luego el Sol debe necesariamente tener un tamaño enorme.
¿Por qué va a girar un cuerpo mucho más grande (el Sol) alrededor de uno muy pequeño comparado con él (la Tierra) y no al revés? Es mucho más lógico pensar que el cuerpo pequeño gira alrededor del masivo.
Además, Aristarco comprobó que el paralaje de las estrellas era absolutamente inapreciable (de hecho es posible medirlo en algunos casos, pero es difícil y Aristarco no lo logró). Si esto era así, las estrellas fijas debían estar a una distancia gigantesca de la Tierra — el científico se dio cuenta, a diferencia de sus coetáneos, de la enormidad casi incomprensible del Universo.
Sin embargo, los “pesos pesados” de la época, como Aristóteles y posteriormente Ptolomeo, estaban convencidos de que la Tierra era el centro del cosmos y que éste no era demasiado grande. Las ideas de Aristarco fueron descartadas durante más de milenio y medio, y la idea occidental del cosmos era la de una Tierra esférica rodeada de diversas esferas celestes en las que se encontraban los demás cuerpos del firmamento ordenados por su distancia a nuestro planeta: la más exterior era la de las estrellas fijas.
Aristóteles tenía un argumento bastante sólido contra el heliocentrismo: si todo se mueve alrededor del Sol, la Tierra debería estar a veces más cerca de algunas estrellas y a veces más cerca de otras. Sin embargo, cuando se mide el paralaje de cualquier estrella siempre se obtiene lo mismo (un paralaje nulo). Por lo tanto, la Tierra no se mueve alrededor del Sol. Naturalmente, sí es posible medir el paralaje de las estrellas y sí que cambia a lo largo del año, pero haría falta desarrollar instrumentos ópticos adecuados para medir eso — la clave está en lo que decía Aristarco, en que las estrellas están tan lejos de nosotros que es imposible medir la distancia a ellas a simple vista. Pero estos argumentos, además del propio peso de Aristóteles como figura de la filosofía natural, convencieron a casi todos.
Las esferas celestes. Cosmographia, Bartolmeu Velho, s. XVI. Versión a 3255×2402 px. Observa las distancias a la Tierra (izquierda) y períodos de revolución (derecha).
La Tierra, por supuesto, permanecía inmóvil, y estas esferas giraban a su alrededor — de ahí que el Sol y los demás astros se muevan por el cielo. A casi nadie le resultaba intrigante el hecho de que todas las estrellas fijas se moviesen juntas mientras nosotros permanecíamos parados… a nadie en Occidente, claro. El astrónomo y matemático hindú Aryabhata ya propone la rotación de la Tierra en el año 499 de nuestra era.
En su magnum opus, el Aryabhatiya (escrito con 23 años de edad), este genio absoluto de la astronomía y las matemáticas habla de una Tierra esférica como los griegos clásicos, pero va más allá: aunque no se suma a Aristarco de manera consistente en sus escritos (a veces parece indicar un concepto heliocéntrico del Universo, otras geocéntrico), Aryabhata se da cuenta de que es mucho más lógico pensar, si ves muchas cosas moverse juntas, que el que se mueve eres tú. En sus propias palabras,
Al igual que un hombre en un bote ve los objetos estacionarios moverse hacia atrás, los habitantes de Lanka [Sri Lanka, en el ecuador] ven las estrellas moverse justo hacia el Oeste.
Aunque en otros párrafos Aryabhata habla de los movimientos de los cuerpos celestes como si se tratara de movimientos reales, el párrafo anterior sugiere que era consciente de la rotación terrestre. También nosotros escribimos que el Sol “sale por el Este”, pero todos –o casi todos– entendemos que es una manera de hablar.
Pero en Europa, desde luego, todo el mundo consideraba que la Tierra estaba quieta. El problema es que esto es muy intuitivo e inmediato cuando miras a tu alrededor casualmente; pero si intentas describir con precisión el movimiento de los astros en el cielo, las cosas se empiezan a complicar muchísimo.
La descripción detallada del movimiento del Sol, los planetas y las estrellas fijas que era aceptada en Europa hasta Copérnico y Galileo era la del astrónomo Claudio Ptolomeo, que nació en el Egipto romano en el año 83 d.C. Este individuo, aunque errado al suponer que la Tierra era el centro del Universo, era también un auténtico genio. Por otro lado, a veces se lee que diseñó él solo todo su sistema astronómico cuando esto no fue así: se basó en muchas ideas anteriores y el único concepto totalmente nuevo que introdujo fue el de ecuante.
Para empezar, supuso que los planetas realizan varios movimientos circulares: se mueven en una pequeña órbita circular, el epiciclo, alrededor de un punto inmaterial que se mueve en otra órbita circular más grande, el deferente. Dos movimientos en vez de uno, pero las complicaciones no acaban ahí: el centro del deferente no es la Tierra sino un punto algo desplazado. Y la velocidad de giro sobre el deferente no es constante vista desde la Tierra, ni desde el centro de la órbita, sino desde un punto situado al otro lado del centro del deferente y a la misma distancia que la Tierra, el ecuante.
Elementos ptolemaicos: El epiciclo es la circunferencia pequeña, el deferente la grande. La X es el centro del deferente y el ecuante el punto gordo opuesto a la Tierra.
Vamos, que de algo intuitivo se había pasado a cuerpos que no describían circunferencias sino epitrocoides alrededor de un punto que no era la Tierra y con una velocidad que no era constante respecto a la Tierra ni el centro del deferente. Y esto sólo explicaba algunas de las anomalías en el movimiento de los planetas, las más obvias. A lo largo de los siglos después de Ptolomeo los astrónomos intentarían refinar su geometría y añadirían epiciclos dentro de los epiciclos y la cosa se fue convirtiendo en algo verdaderamente espantoso.
Animación de un movimiento epitrocoidal.
De hecho dicen que, cuando Alfonso X de Castilla vio las complicadas estructuras que tenía ya la teoría ptolemaica en el siglo XIII, afirmó algo así como que si él hubiera estado presente durante la Creación hubiera dado algún consejo a Dios acerca de la bondad de mantener las cosas simples. Poco sospechaba Alfonso que los responsables de la complicación éramos nosotros y no la naturaleza de las cosas — pero hacía falta una mente tan afilada como la de Aristarco para que nos diéramos cuenta.
Esa mente fue la de Nicolás Copérnico, que el mismo año de su muerte publicó una obra, De Revolutionibus Orbium Coelestium, en la que proponía un modelo heliocéntrico similar al de Aristarco. Era un modelo imperfecto, pero más simple que el ptolemaico… pero tenía otros problemas. Ya el pobre Aristarco había provocado algún escozor religioso con su afirmación de que el Sol era el centro del Universo y no la Tierra, pero Copérnico debió de sospechar que podría caerle una buena por sus afirmaciones: en primer lugar, esperó desde 1530 hasta 1543 para publicar el libro –como digo, el mismo año de morir–. En segundo lugar, el prefacio del libro afirma que se trata de una pura construcción matemática que no pretende representar la realidad.
De Revolutionibus Orbium Coelestium, edición de 1566.
Por estas precauciones, Copérnico no tuvo que sufrir consecuencias por postular ideas tan revolucionarias, pero los defensores posteriores de su teoría sí. Algunas autoridades religiosas de la época eran de mente más abierta y consideraban que las Escrituras no debían ser tomadas al pie de la letra, pero otros pensaban que cada una de las palabras del Antiguo Testamento referidas a los movimientos de los astros eran estrictamente ciertas… lo que convertía la teoría heliocéntrica de Copérnico en algo intragable.
A veces he leído a historiadores que tratan de reducir la impresión de intolerancia religiosa de la época hacia las ideas heliocéntricas, pero en mi opinión es indudable que la hubo, y muy fuerte: la gente tenía verdadero miedo de defender las ideas de Copérnico públicamente salvo como elucubración matemática o teórica. Podías perder tu cátedra, no volver a publicar un solo libro o cosas peores. No creo que sea razonable justificar ni hacer comprensible la actitud de intolerancia de la época y fundamentalmente a través del Santo Oficio, que fue clarísima.
Eso sí, tras el pescozón a Roma, otro a las simplificaciones: suele leerse sobre la intolerancia del catolicismo respecto al heliocentrismo, como si los otros cristianos hubieran sido diferentes. Tanto Lutero como Calvino condenaron públicamente las teorías heliocéntricas de Copérnico y la atmósfera reinante en toda Europa era prácticamente igual, independientemente de la versión de cristianismo de la que estemos hablando — de hecho, algunos jesuitas fueron los que aceptaron mayor rapidez las ideas heliocéntricas, como veremos en un momento.
No olvidemos además que los que atacaban a Aristarco ni siquiera eran cristianos — la intolerancia, religiosa o no, parece ser intrínseca al ser humano. Como he dicho en ocasiones anteriores y repetiré muchas otras, somos unos monos bastante cascarrabias, y cuando otros monos dicen cosas que no nos gustan lo que más nos apetece es darles en la cabeza con un palo (o el equivalente sofisticado de la época).
Lo que hacía falta para discernir quién tenía razón (pues ambos modelos, el ptolemaico y el copernicano, eran perfectamente coherentes en sí mismos) era la segunda “pata” de la Ciencia además del razonamiento — la observación. Y quien resolvió el problema de una manera contundente y magistral fue el italiano Galileo Galilei en el siglo XVII, lo que provocaría escozores aún mayores en el estamento religioso que durarían siglos.
Aunque no parece que Galileo inventase el telescopio, desde luego sí fue el primero en utilizarlo para observaciones astronómicas y construyó telescopios de enorme calidad para la época. Y una vez más, cuando mirabas el Universo en detalle las cosas se ponían peor y peor para el modelo geocéntrico.
El primer golpe fue más filosófico que científico: cuando Galileo observó Júpiter con su telescopio de refracción vio varias lunas girando alrededor del planeta. Era indudable que esos cuatro satélites (que hoy llamamos satélites galileanos de Júpiter) no giraban alrededor de la Tierra: se ocultaban tras Júpiter y sus movimientos encajaban perfectamente con una trayectoria circular uniforme alrededor del gigante gaseoso.
La teoría geocéntrica se basaba en la premisa de que absolutamente todo en el firmamento se mueve alrededor de la Tierra, que es el único cuerpo privilegiado en este aspecto: pero las lunas de Júpiter no giraban alrededor de la Tierra. Esto no demostraba nada científicamente sobre el modelo ptolemaico, que podía modificarse de acuerdo con la observación, pero a muchos ya les produjo un gran desasosiego. Algo parecido pasó con la perfección de las esferas celestes: cuando Galileo miró hacia el Sol observó manchas solares que aparecían y desaparecían con el tiempo. ¿Pero no se suponía que el firmamento era perfecto e inmutable?
Sin embargo, hacía falta una observación concreta que permitiese deducir razonadamente si la Tierra o el Sol eran el centro del sistema planetario, y el divino italiano también resolvió el problema mirando por su telescopio. La clave era Venus, como comentamos ya al hablar de aquel planeta.
Telescopio de Galileo.
En el modelo de Ptolomeo, el complicado movimiento de Venus alrededor de la Tierra lo mantenía siempre situado entre el Sol y nuestro planeta. Por el contrario, según Copérnico la órbita circular de Venus alrededor del Sol lo pondría a veces al otro lado del Sol que la Tierra. Esto puede comprobarse empíricamente: en el primer caso, visto desde la Tierra Venus no podría nunca mostrarse lleno, sino que sólo veríamos algunas de sus fases. En el segundo, Venus debería mostrarse iluminado desde todas las posiciones posibles en su movimiento.
Fases de Venus.
De modo que Galileo observó cuidadosamente las fases de Venus con su telescopio, y las vio absolutamente todas con claridad: el modelo de Copérnico era el verdadero. Desde luego, hacía falta una cierta preparación científica para entender lo significativo de este descubrimiento, pero una vez pensado cuidadosamente era imposible ignorar este mazazo definitivo al geocentrismo. Y, puesto que esto era imposible de ignorar y contradecía las palabras estrictas de la Biblia, a Galileo le empezaron a caer palos por casi todos los lados.
Desde luego, había gente dentro de la propia Iglesia con una sólida preparación científica y el espíritu adecuado para usarla: aunque los jesuitas se opusieron en un principio a las ideas de Galileo, varios de ellos hicieron lo que muchos otros se negaron a hacer: construyeron sus propios telescopios y miraron al cielo, para comprobar si lo que Galileo decía era cierto, y estuvieron de acuerdo con él en sus conclusiones. Otros en el seno de la jerarquía también comprobaron que lo que decía Galileo era verdad, y con el tiempo fue absolutamente evidente que el modelo heliocéntrico era la única explicación posible a lo que se veía.
Eso sí, para muchos otros el propio hecho de elegir mirar al firmamento y pensar para saber si lo que decía la Biblia era cierto o no era en sí mismo una aberración. Aunque no es cierto que la Iglesia en pleno atacase a Galileo, y en un principio le permitieron escribir sus teorías mientras hablase de los dos modelos (el geocéntrico y el heliocéntrico) como hipótesis igualmente válidas, la tenacidad del italiano al defender las ideas de Copérnico le supuso más de un juicio ante la Inquisición.
Galileo ante el Santo Oficio, de Joseph-Nicolas Robert-Fleury.
No voy a entrar aquí en detalle sobre las tribulaciones de Galileo con el Santo Oficio, porque merecería un artículo en sí mismo. Baste decir que acabó su vida en arresto domiciliario, y que sus obras sobre heliocentrismo entraron en el Index Librorum Prohibitorum, el índice de libros prohibidos por la Iglesia de Roma. En cierto sentido esto fue una desgracia, porque supuso que se prohibiese su publicación en muchos lugares. Por otro lado, si a mí me introducen en un índice de libros en el que están obras de Francis Bacon, Giordano Bruno, René Descartes o Nicolás Copérnico lo consideraría un honor.
En cualquier caso, el último libro heliocentrista de Galileo fue eliminado del índice en 1835 junto con la última resistencia de Roma frente al heliocentrismo — que para entonces, por supuesto, era totalmente evidente para la comunidad científica en su conjunto y lo había sido durante mucho tiempo. La razón había triunfado.
Aunque aún nos faltaba mucho por conocer de nuestro planeta, como su edad, su composición interna y su historia, el concepto de Universo había cambiado radicalmente: lo haría de nuevo varias veces, fundamentalmente en lo que concierne a su tamaño y edad, pero no habría ningún cambio que suscitara tanta polémica como el abandono del geocentrismo.
En la segunda parte del artículo hablaremos acerca de la historia de nuestro planeta desde su formación hasta la explosión de vida del Cámbrico.
Para saber más:
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El texto de El Sistema Solar - La Tierra (I) , por Pedro Gómez-Esteban, salvo donde se mencione explícitamente, está publicado bajo Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 2.5 Spain License.




{ 20 } Comentarios
Me ha encantado la forma en que has resumido la cronología de nuestro conocimiento sobre la Tierra.
Una duda que me ha corroído siempre. Eratóstenes de Cirene, cuando calcula el radio, presupone que los rayos del Sol llegan paralelos en toda la tierra: ¿Para presuponer ésto no hace falta pensar en el sol como un astro que se encuentra muy lejos y/o es muy grande? ¿Tenía algún conocimiento del razonamiento de Aristarco sobre el paralaje? ¿O es algo mas intuitivo de lo que me parece?
Por cierto, por mi parte no hace falta que te comas el sombrero. Desconocía completamente que los griegos anteriores a Aristóteles justificaban la forma esférica sin conocimientos científicos
PD: por cierto, no me funciona la “Vista Previa” en los comentarios. ¿Es problema exclusivo de mi navegador?
Muy interesante, me gustó mucho la analogía con la bola de billar para poner en su justo lugar la esfericidad de la Tierra. Un comentario sobre Galileo. Hace tiempo leí en algún sitio (no era una página religiosa) que la historia de la discusión entre Galileo y la Iglesia Católica se contaba mal. Que el debate había sido más científico de lo habitualmente creido: La Iglesia asumía que los razonamientos de Galileo podían ser ciertos, pero no tenía una demostración irrebatible. Y que lo único que pedía era que Galileo admitiese la posibilidad de estar equivocado. Ojo, no estoy defendiendo a los curas de entonces, sino recordando que aquellos debates eran con argumentos científicos, y quienes participaban eran curas y frailes expertos en el tema. Es como el debate con Colón. La iglesia desaconsejó el viaje, pero no porque la tierra fuera plana. Sabían de sobra que era redonda. Sino porque el tamaño reconocido del globo, y de la porción de tierra firme, hacían el viaje desde España hasta Catay totalmente imposible. Colón lo daba como posible, aportando cifras diferentes, y erróneas. Está claro que la opinión de los curas era la correcta. Queda la duda de si Colón era un imprudente, o sabía más de lo que creemos.
Buen artículo, si señor… Puedes dar un pequeño avance sobre lo que vas a contar de la tierra en los siguientes artículos o saltarás pronto a Marte por estar de actualidad con la sonda Phoenix?
Un saludo
Extraordinario. Hace poco que encontré este blog y estoy encantado. Espero que alguna vez las series de planetas y elementos se transformen en un libro. Me animo a disentir en un detallin respecto a “la intolerancia, religiosa o no, parece ser intrínseca al ser humano”. Hasta donde yo sé, la intolerancia religiosa es casi estrictamente judeo-cristina-musulmana (lo que los musulmanes llaman “las religiones de tronco abrahamico”) En el oriente y el occidente precristiano no existió como tal, creo. Es decir, no todos son tan imbéciles como nosotros, no insultemos gratuitamente a los griegos ni romanos (precristianos), ni a los hindués, ni a los chinos, ni a tantos otros. Ellos tenían sus cosas, pero la intolerancia religiosa no era una de ellas. Y de paso, eso nos da pie para ser optimistas: esa forma de maldad y estupidez no es intrínsica al ser humano.
Me uno a mi tocayo
¿Por qué no haces los artículos de la tierra una serie por si misma y saltas a Marte? Si con Venus hiciste 3 artículos, con la Tierra te pueden salir 5 o 6 fácil (¿no nos vas a tener 3 meses o así con la Tierra verdad Pedro? Venga que te pongo carita de niño bueno…)
Con respecto a lo de la redondez de la Tierra. La verdad me parece un poco precipitado por la iglesia decir que no era posible el viaje si no se conocía la geografía completa del planeta. Vamos, si no se concía practicamente que había en el hemisferio sur, en el océano podía haver cualquier cosa… hasta la Atlántida
@ lluisteixido,
Hay que suponer que está muy lejos, y el paralaje sirve para eso mismo — Eratóstenes partía de la base de que los rayos llegaban paralelos por esa razón.
No, no funciona: parece que las medidas de seguridad que hemos puesto son un poco paranoides y no dejan funcionar algunas cosas. Estamos en ello, pero veremos si logramos que vuelva a funcionar…
@ Lluis,
Acerca del asunto Iglesia-Galileo, yo también he leído cosas de ésas (de ahí que me refiera a ello en el artículo), pero no estoy de acuerdo. Es cierto que algunas autoridades religiosas simplemente pensaban que estaba equivocado, y planteaban el problema de una forma racional. Pero Galileo compareció ante la Santa Inquisición por publicar escritos sospechosos de heréticos: su problema era que contradecía la doctrina de la Iglesia.
Puedes leer el informe sobre el copernicanismo realizado por un grupo de teólogos consultados por la Inquisición en 1616 aquí, creo que es bastante claro: http://astro.wcupa.edu/mgagne/ess362/resources/finocchiaro.html#conreport
Sobre la afirmación de que el Sol está inmóvil, la conclusión es:
@ Pablo,
Acerca de la intolerancia religiosa, no estoy de acuerdo contigo. Es cierto que las religiones de origen semítico son las más extremas en este aspecto, pero en casi todas las otras ha habido también intolerancia religiosa.
Desde luego, en lo de las religiones europeas precristianas no estoy en absoluto de acuerdo: en algunos ritos nórdicos se mataba gente en sacrificios humanos, y si era posible coger a uno que creyese en otros dioses para eso, mejor que mejor. Los que creían en otros dioses eran enemigos de tus dioses y por lo tanto tuyos, y los matabas.
Los griegos clásicos mataban gente por cuestionar a los Dioses, aunque de manera más civilizada, con juicios. Sócrates, por ejemplo, fue condenado a muerte entre otras cosas por no creer en los antiguos dioses. De acuerdo con Plutarco, el filósofo Cleantes pidió que se procesara a Aristarco por impiedad al plantear su modelo heliocéntrico. No sé si lo hubieran matado o no, pero eso es intolerancia religiosa.
Los hindúes y los sikhs en la India han matado por cuestiones religiosas también. Por aquí hay gente que seguro que sabe mucho más que yo sobre las religiones americanas precolombinas, pero sospecho que pasaría tres cuartos de lo mismo.
Desde luego, los musulmanes y los cristianos han matado gente a dos manos por la religión y probablemente se llevan la palma, pero la intolerancia ni mucho menos es privilegio suyo.
@ Enrique/cruzki,
Lo siento, pero no voy a saltar a Marte por varias razones. Por cierto, cruzki, no creas que no leí tu comentario en el artículo de Venus y lo consideré como una posibilidad, pero me decidí por no hacerlo.
En primer lugar, es posible que algún día haya una serie dedicada íntegramente a la Tierra, pero esta serie está planteada desde el principio para ser un libro con espacio más o menos parecido dedicado a cada planeta, y estaría incompleto sin la Tierra.
En segundo lugar, claro que no vamos a estar con esto tres meses: voy a resumir, probablemente sean sólo tres entregas del artículo, y serán semanales, así que en un mes hemos acabado con la Tierra.
Y en tercer lugar, hablaremos de la Phoenix según pasen cosas, y si realiza descubrimientos mejor que mejor — así da tiempo a que los incluyamos cuando llegue Marte
Lo siento si os decepciona un poco esto, pero tendréis que tener paciencia… Marte llegará, y será cojonudo, os lo prometo
¡Ah, y gracias a todos por los comentarios!
Excelente artículo, como siempre. Siempre he tenido una duda: en la demostración de Eratóstenes, como hizo para sincronizar las hora a la que debia observar un palo y un ayudante el otro? Un error de varios minutos le podria afectar bastante a la medida, no?
Por otra parte, aprovechando que mencionas el billar, sugiero un artículo sobre la física del billar
No se si será de interés general, pero como soy jugador habitual, me haría ilusioń
@ Pablo
¡Oops, se me olvidó contestar a esto!:
Ambas lo serán seguro seguro — ésta nació ya con ese propósito. Eso sí, la de los elementos sería un libro gigantesco… no sé si hacer varios volúmenes o qué, y además estará hecha para 2025 o así
@ Kent,
No era tan preciso como todo eso: se miraba el mínimo ángulo de la sombra, lo cual sucede siempre al mediodía solar, y con eso va que chuta para la precisión que tenían en todo lo demás
A mí me gusta mucho ver el snooker, pero juego fatal Me apunto lo del billar, aunque no sé qué aceptación tendría
Oído cocina. Lo siento si parezco pesado :S
@ Cruzki,
Ni mucho menos. Cuantas más opiniones y sugerencias mejor, y si es de gente a la que tengo en alta consideración, doblemente mejor
Pues nos tocará esperar pacientemente a Marte… difícil, es un planeta tan mítico…
Al menos me quedo tranquilo sabiendo que llegará pronto! Y no es por no ver cosas de la Tierra, es por el “gancho” de los marcianos… He leído bastantes libros de ciencia ficción, sobre todo Verne y Wells.
Una pregunta ¿hablarás algún día de la Luna? Me viene a la mente un libro muy poco conocido, pero bastante curioso, de Wells: los primeros hombres que fueron a la luna, si no recuerdo mal.
@Pedro
Sisi, a éso me refería, a si Eratóstenes conocía los razonamientos de Aristarco sobre el paralaje. Lo que me confundía era el tema que comentas que las ideas de Aristarco “fueron ignoradas” y en este caso concreto las utiliza el mismo Eratóstenes. Supongo que no se ignoró el tema del paralaje y la distancia del Sol y las estrellas, sino la conclusión del Sol como centro, no?
Tienes razón que has comentado 1000 veces lo de estos problemas. Ya no se donde pongo la cabeza
@ Enrique,
Huy, sí, se me había olvidado que antes de Marte veremos la Luna. Desde luego, en esta serie recorreremos todos los planetas y satélites conocidos.
@ lluisteixido,
Efectivamente, el concepto de paralaje y el hecho de que el Sol está muy lejos eran cosas aceptadas por todo el mundo (y no eran ideas nuevas de Aristarco, que lo que hizo fue ser capaz de estimar la distancia con cierta precisión). A lo que la gente no hizo mucho caso fue a sus ideas heliocéntricas, y Eratóstenes tenía muy claro (como todo el mundo con formación en la época) que el Sol tenía un paralaje pequeño.
Es verdad. Releyéndome la parte de Aristarco no implicas que la idea de paralaje fuera suya, simplemente explicas que lo utiliza para razonar la hipótesis del heliocentrismo.
Gracias por la aclaración, Pedro
¡Apoya la moción otro jugador!
Estupendo artículo. Por cierto, podíais haber aprovechado la animación de los epiciclos para mostrar cómo podían explicar la retrogradación de los planetas (creo que basta con hacer que el epiciclo gire un poco más deprisa).
Por otro lado, no creo que los pueblos antiguos usaran menos la razón que nosotros, o que los científicos griegos. Más bien creo que, en general, no se molestaban en aplicarla a problemas que no tenían prácticamente ninguna relevancia práctica. Además, no se trata sólo de la razón, sino de una forma inteligente de reflexionar sobre la experiencia, ¿no?
@Pedro “Huy, sí, se me había olvidado que antes de Marte veremos la Luna. Desde luego, en esta serie recorreremos todos los planetas y satélites conocidos.”
¿Todos? Uffffff en Jupiter y Saturno te vas a pegar un rato ¡¡¡solo en NOMBRARLOS!!!!! ¿Por cuantos van? ¿50 por cabeza?
Hola Pedro! Sigo desde hace poco tu blog y me parece fantástico, espero con ansiedad conocer cada vez un poco más acerca del mundo que nos rodea.
Con respecto a este artículo creo que deberías diferenciar entre lo que decía (o dice) la Iglesia, y lo que dice la Biblia. Muchas, pero muchas de las doctrinas antiguas y actuales de la cristiandad no están basadas en la Biblia.
Un pasaje dice: “Sale el sol y el sol se pone; corre hacia su lugar y allí vuelve a salir”. (Eclesiastés 1:5, Biblia de Jerusalén.) Según el argumento de la Iglesia, expresiones como “sale el sol” y “el sol se pone” significan que el Sol se mueve, y no la Tierra. Pero aun hoy día decimos que el Sol sale y se pone, y sin embargo la mayoría de nosotros sabemos que es la Tierra la que se mueve, no el Sol. Cuando usamos expresiones como esas estamos sencillamente describiendo el movimiento aparente del Sol desde el punto de vista de un observador humano. Eso mismo estaba haciendo el escritor bíblico.
Otro pasaje dice: “Sobre sus bases asentaste la tierra, inconmovible para siempre jamás”. (Salmo 104:5, Biblia de Jerusalén.) Esto se interpretó en el sentido de que, después de su creación, la Tierra nunca podría moverse. Sin embargo, en realidad el versículo da énfasis a la permanencia de la Tierra, no a que no pueda moverse. La Tierra nunca será ‘movida’ de modo que pase de la existencia, o sea destruida, como otros versículos lo confirman. (Salmo 37:29; Eclesiastés 1:4.) Además, ese texto no tiene nada que ver con el movimiento relativo de la Tierra ni del Sol. En los tiempos de Galileo fue la Iglesia, y no la Biblia, la que dificultó la libre consideración de asuntos científicos.
Además mira lo que la Biblia dice acerca de nuestro planeta, la Tierra. En el libro de Job leemos: “[Dios] está extendiendo el norte sobre el lugar vacío, colgando la tierra sobre nada”. (Job 26:7.) Compare eso con esta declaración de Isaías: “Hay Uno que mora por encima del círculo de la tierra”. (Isaías 40:22.) El cuadro que aquí se da de una Tierra redonda ‘que cuelga sobre nada’ en “el lugar vacío” nos hace recordar vívidamente las fotografías que han tomado los astronautas de la esfera terrestre flotando en el espacio vacío.
Estos párrafos los extraje de Despertad! una revista editada para difundir la verdades sobre la Biblia.
Sé que hablar de religión es generar polémica, pero mi intención con estas aclaraciones es separar el concepto de que lo que dice la Biblia es lo que dice o hace la Iglesia católica.
GRACIAS!
escribe algo muy interesante
@ Cruzki,
Hombre, todos los planetas y satélites interesantes
{ 1 } Trackback
[...] examen con ese profesor esta mañana) porque acabo de leer en El Tamiz un excelente artículo sobre el planeta Tierra donde también se recoge la hazaña de Eratóstenes. Además de eso, escribe algo muy interesante [...]
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