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Cuántica sin fórmulas - El átomo de Bohr


Iniciamos esta serie de Cuántica sin fórmulas con el Preludio, tras el cual discutimos dos de los principales “flecos” en los que fallaban las teorías clásicas a finales del siglo XIX: la radiación de cuerpo negro y el efecto fotoeléctrico. Como recordarás, la solución del primero dio lugar a la hipótesis de Planck y su famosa constante; la solución del segundo produjo el nacimiento del fotón y la consideración de las ondas como conjuntos de partículas. (Por cierto, si no has leído los artículos anteriores es muy difícil que entiendas éste, pues se basa en los conceptos establecidos allí).

Antes de seguir zambulléndonos a mayor profundidad dentro de la mecánica cuántica, quiero dedicar este artículo a explicar precisamente cómo y cuándo recibió su nombre esta parte de la física, y cómo resolvió el tercero de los “flecos” que los físicos clásicos no habían logrado resolver hasta entonces. Lo interesante en este caso es que no se plantea una idea nueva como en los dos anteriores, sino que –por primera vez– se ponen en práctica las primeras ideas cuánticas de Planck y Einstein para resolver un problema concreto. Vamos a hablar del átomo de Bohr.

El “pequeño detalle” resuelto por Niels Bohr, en el que la física clásica fallaba, era básicamente éste: la materia, tal y como la conocemos, no debería existir. Menudo “pequeño fleco”, ¿eh?

La razón es la siguiente: poco a poco, los científicos habían ido obteniendo datos sobre la estructura de los átomos. Sabían que tenían cargas positivas y negativas (aunque aún no conocían los neutrones), y que las cargas positivas (los protones) constituían la mayor parte de la masa de los átomos y estaban en el centro (el núcleo), ocupando un espacio muy pequeño. Las cargas negativas (los electrones) estaban en el exterior, en una zona mucho más grande y menos densa.

De modo que los físicos explicaron esta estructura de acuerdo con las teorías de la mecánica que hoy llamamos “clásica” y la teoría electromagnética de Maxwell. Todo encajaba casi a la perfección, y el modelo más exacto y avanzado era el de Ernest Rutherford (que seguro que has estudiado en el colegio): los protones están en el núcleo, quietos, y los electrones giran alrededor del núcleo a gran velocidad. El símbolo típico del átomo sigue siendo el de Rutherford, aunque su modelo sólo duró dos años. Así son a veces las cosas.

Rutherford
Logo de la Comisión de Energía Atómica estadounidense, que aún utiliza el símbolo del átomo de Rutherford.

Claro, como los electrones tienen carga negativa y los protones positiva, se atraen, pero la velocidad de giro de los electrones hace que éstos no caigan hacia el núcleo, igual que la velocidad de la Tierra en su movimiento alrededor del Sol hace que nuestro planeta realice órbitas alrededor de la estrella y no se acerque a ella. Naturalmente, los electrones están muy cerca del núcleo, de modo que tienen que moverse muy, muy rápido para no caer hacia el centro, pero ambos casos son parecidos (de hecho, a veces se llama al modelo de Rutherford “modelo planetario”). Todo el mundo estaba muy satisfecho, salvo por una cosa.

De acuerdo con la teoría electromagnética de Maxwell, cualquier carga acelerada (que vaya cada vez más rápido, más lento o que cambie su dirección de movimiento) emite una onda electromagnética, tanto más energética cuanto mayor sea la carga y más rápida sea la variación de velocidad. Y aquí estaba el problema: los electrones, al girar alrededor del núcleo y por lo tanto cambiar su dirección de movimiento constantemente, deberían estar emitiendo radiación electromagnética todo el tiempo. Pero claro, al emitir radiación electromagnética deberían perder energía, moverse más despacio, “caer” un poco hacia el núcleo, emitir más radiación, perder más energía…

Es decir, si el modelo de Rutherford (y no había ningún otro que pudiera explicar la naturaleza de los átomos) era cierto, el átomo como lo conocemos existiría durante una minúscula fracción de segundo, pues sus electrones girarían en una espiral hacia el centro, emitiendo radiación según caen hacia él hasta que protones y electrones se “fundieran” en una bola minúscula del tamaño del núcleo atómico. Los átomos deberían “brillar” con diferentes longitudes de onda durante un tiempo muy corto y luego… bueno, básicamente, dejar de ser átomos y convertirse en “minibolas” de electrones y protones.

Pero esto, evidentemente, no pasaba. Además, cuando los átomos emiten radiación electromagnética (”brillan”), no lo hacen con cualquier longitud de onda, como deberían hacer de acuerdo con Rutherford: lo hacen con unas cuantas longitudes de onda (colores, si es radiación visible) muy, muy concretas. El hidrógeno, por ejemplo, lo hacía en una serie de frecuencias que se conocían muy bien, y nunca, jamás, emitía radiación en otras frecuencias, mientras que el modelo de Rutherford predecía emisión continua en muchísimas longitudes de onda según el electrón iba cayendo hacia el átomo.

De modo que ¿qué estaba pasando? Irónicamente, muchos científicos ya sabían por dónde iban los tiros incluso cuando Rutherford postuló su modelo: lo hizo en 1911 y, para entonces, la hipótesis de Planck ya había sido propuesta y Einstein había postulado también la existencia del fotón (aunque, como dijimos, aún no con ese nombre). Por otro lado, gran parte de la comunidad científica aún se resistía a aceptar las ideas de Planck y Einstein.

Entra en escena Niels Bohr (que ya ha aparecido antes en El Tamiz) y, utilizando un razonamiento lógico agudísimo, deshace el nudo gordiano de los electrones girando alrededor del núcleo aplicando las ideas de Planck y Einstein al problema. En 1913, Bohr publica Sobre la constitución de átomos y moléculas, donde realiza el siguiente razonamiento (naturalmente, escrito a nuestra manera):

La teoría de Planck había sido aplicada en principio a sus “pequeños osciladores” (que, como recordarás, eran los átomos o moléculas del material vibrando debido a su temperatura), pero debería ser aplicable a cualquier sistema en el que algo puede moverse alrededor de cierto punto de equilibrio pero sin poder alejarse mucho de ese punto por alguna fuerza que lo impida: un péndulo oscilando, un columpio, una molécula en un cristal… o un electrón girando alrededor del núcleo de un átomo.

Espero que te des cuenta de que el genio de Bohr, en este caso, no está en plantear algo radicalmente nuevo, sino en tomar una teoría que se había restringido a un caso muy concreto y utilizarla para explicar algo mucho más amplio y de una gran importancia. Éste sería el primero de muchos casos en los que la teoría cuántica (que aún era incómoda para muchos), a pesar de su extrañeza, daba una respuesta de una enorme precisión a un problema que no había tenido solución hasta entonces, sin necesidad de grandes avances teóricos.

Y es que, en efecto, simplemente suponiendo que los electrones en el átomo son algo análogo a los pequeños osciladores de Planck, todos los problemas del modelo de Rutherford se desvanecen sin dejar rastro.

En primer lugar, ¡por supuesto que los electrones no pueden ir perdiendo energía de forma gradual y continua! Los electrones ocupan escalones de energía discretos, y no pueden tener energías intermedias: su energía está cuantizada. Por lo tanto, un electrón que está en un “escalón” determinado (más técnicamente, en un nivel energético determinado) no emite energía. Sólo lo hará si “cae” a un escalón de energía inferior, pero entonces no emitirá cualquier longitud de onda, puesto que aquí también echa mano Bohr de los dos genios anteriores: el electrón que pierde un escalón de energía emite un fotón que se lleva la energía perdida.

¡Por eso los átomos sólo emitían energía de longitudes de onda (”colores”) determinadas! Los fotones emitidos no pueden tener cualquier energía, sino únicamente la que hay entre escalones. De modo que era posible algo aún más increíble: medir la longitud de onda de esos fotones y, mediante la teoría fotónica de Einstein, calcular la energía de los fotones. El tamaño de los escalones de energía de los electrones debía ser exactamente la energía de los fotones emitidos.

Desde este crucial papel de Bohr, siempre que se hable de electrones en un átomo se hablará de sus niveles de energía. Aunque no quiero entrar en muchos detalles aquí, las predicciones de su modelo (que, como digo, no es más que la aplicación de las ideas de Planck y Einstein al átomo) fueron tan extraordinariamente precisas, cualitativa y cuantitativamente, que fue muy difícil para nadie cuestionar su validez. Esto no quiere decir que fuera perfecto (por ejemplo, supone órbitas circulares para los electrones, no tiene en cuenta otros fenómenos cuánticos que no se conocían entonces…) pero para la época y los datos experimentales de entonces su éxito fue despampanante. Bohr recibió el Premio Nobel de Física en 1922 “por sus servicios a la investigación de la estructura de los átomos y la radiación emitida por ellos”.

Desde luego, hay muchos otros sistemas análogos a los pequeños osciladores de Planck, y uno de ellos (la Tierra alrededor del Sol) cumple esas condiciones perfectamente. De hecho, como dijimos antes, fue un ejemplo muy utilizado para hacer entender el modelo de Rutherford. ¿Por qué entonces no se observa nada del estilo de los escalones de energía en la Tierra? Una vez más, la cuestión es el tamaño de los “escalones”: la Tierra tiene una energía tan gigantesca comparada con ese tamaño que no notamos que existan “niveles energéticos” alrededor del Sol.

Y ahí está la segunda razón de la importancia del modelo de Bohr: de acuerdo con el genial danés, todas las reglas de nuestra intuición, las leyes de la mecánica que podemos entender, son absolutamente inútiles al tratar con cosas del tamaño de un átomo. La mecánica clásica no sirve para nada allí, hay que elaborar una mecánica nueva que tenga en cuenta la cuantización de la energía: hay que crear una mecánica cuántica, basada únicamente en modelos teóricos respaldados por la experimentación. Ésta es la primera mención del nombre que tantos escalofríos sigue causando a los estudiantes de física, y Bohr era perfectamente consciente de que su modelo era sólo un parche — había que crear esa mecánica cuántica, y él ayudo enormemente a su creación, aunque fueran otros los verdaderos artífices del aparato teórico posterior. Sin él nunca se hubiera desarrollado.

Niels Bohr
Niels Henrik David Bohr.

Desde luego, de acuerdo con Bohr, las leyes de esa mecánica cuántica deben siempre corresponderse con la mecánica clásica cuando las magnitudes se hacen suficientemente grandes (como en el caso de la Tierra), algo que se conoce como principio de correspondencia. Claro, si una ley cuántica predijese que un objeto de 10 kilogramos no se comporta como sabemos que lo hace (porque objetos así sí podemos verlos y nuestra mecánica anterior funciona para ellos), esa ley probablemente sería errónea.

De modo que lo que propone Bohr es crear una mecánica nueva que sea una generalización de la antigua: que funcione cuando aquélla funcionaba, pero que funcione también cuando la antigua no lo hace. Algo parecido a la Teoría de la Relatividad Especial de Einstein, que se ajusta perfectamente a la cinemática clásica cuando las velocidades son muy bajas.

Además del principio de correspondencia, Niels Bohr propuso otro principio aún más interesante y mucho más revolucionario, el principio de complementariedad: puesto que nuestra intuición no es aplicable a estos sistemas tan alejados de nuestra experiencia, es posible que algunas de las conclusiones que extraigamos de los experimentos nos parezcan contradictorias, pero esto no se debe a que las conclusiones sean falsas, sino a que los conceptos que utilizamos para tratar de entenderlas no son los adecuados.

Por ejemplo, ¿por qué el electrón que está a una determinada distancia del átomo no puede acercarse “un poquito” y perder “un poquito” de energía? ¿Por qué tiene que caer un escalón entero? ¿Qué impide que haya energías intermedias? ¿No debería haber algún tipo de barrera que “pare” al electrón, si no puede estar ahí?

Todas esas preguntas se basan en una suposición previa de la que a veces no somos conscientes porque es intuitiva (“salvo que nada lo impida, algo puede tener cualquier valor de energía y estar a cualquier distancia del núcleo“) que no tiene base alguna. El problema no está en cómo es el Universo - el Universo es como es. El problema está en que nuestro cerebro piensa de maneras que no se corresponden con el Universo, sino sólo con un conjunto de situaciones muy concretas que son el entorno en el que se ha desarrollado.

Pero hay otros muchos casos de aplicación del principio de complementariedad, y el más claro y famoso de ellos nos llevará en el próximo artículo de la serie al asunto que ya anunciamos en la anterior entrada: la hipótesis de Louis de Broglie.

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    { 18 } Comentarios

    1. Gravatar E | 12/11/2007 at 10:02 | Permalink

      Siempre es un placer leer un artículo tan claro y bien escrito. ¡Gracias!

    2. Gravatar david | 12/11/2007 at 11:19 | Permalink

      suscribo el comentario anterior. ! me encanta enterarme de estas cosas de los atomos y sus leyes ! es un autentico placer.

    3. Gravatar aneolf | 13/11/2007 at 09:39 | Permalink

      Hola Pedro.

      Como siempre, enhorabuena por el blog, y más concretamente, por esta serie. La espero ansioso cada semana.

      Creo que he entendido toda la entrada, pero hay un párrafo que considero que no queda suficientemente claro:

      “Claro, si se propusiese una ley cuántica que predice que si la masa de un objeto es de 10 kilogramos, el objeto no se comporta como sabemos que se comporta (porque objetos así sí podemos verlos y nuestra mecánica anterior funciona para ellos), esa ley probablemente es errónea”.

      Yo conjugaría todos los verbos en el mismo modo (excepto los del interior del paréntesis, que ya me parecen correctos), y quitaría el segundo “si” y pondría una “y” después de la coma. Creo que se entendería mejor. ;)

      Repito, la entrada y la serie me parecen geniales.

    4. Gravatar Pedro | 13/11/2007 at 10:58 | Permalink

      aneolf,

      Gracias por la sugerencia, ¡menuda frasecita! Tienes toda la razón, y la he reescrito para que sea menos pedante y más comprensible.

    5. Gravatar Duhu | 13/11/2007 at 12:07 | Permalink

      genial, fantástico… vamos, como siempre

    6. Gravatar Quesito y Tostadiño | 13/11/2007 at 12:35 | Permalink

      Qué buen artículo. La serie promete, estoy deseando que salga el próximo

    7. Gravatar Javier Aranda | 14/11/2007 at 11:00 | Permalink

      Excelente aportación, como siempre. Así da gusto leer sobre Física. :)

    8. Gravatar Nikolai | 15/11/2007 at 06:47 | Permalink

      una ves más excelente..

      me he quedado esperando ansioso el siguiente articulo

    9. Gravatar electric.sheep | 14/12/2007 at 01:14 | Permalink

      Si este sitio no existiera habría que inventarlo. Ojalá me hubieran contado todo esto en el colegio. Ojalá el profesorado (tanto en el colegio como en la universidad) se dedicara a hacerle comprender a sus alumnos cosas tan fundamentales como éstas antes de mencionar siquiera la tabla periódica.

      Gracias :D

    10. Gravatar Carlos Sánchez | 27/12/2007 at 02:17 | Permalink

      Gracias, muchas gracias por estas series. La verdad es que cuando yo estudié física en COU, hace unos 22 años, nos bombardearon con modelos de átomo que se iban sucediendo unos a otros. Pero nunca, nadie, jamás, nos dijo porqué caían “en desgracia” unos modelos frente a otros, y al final te quedaba un batiburrillo de modelos, nombres y leyes que no te servía para nada más allá de aprobar el siguiente examen.

      Otra cosa, off topic, a ver si soy capaz de poner mi avatar en los comentarios

    11. Gravatar Pedro | 27/12/2007 at 02:48 | Permalink

      Carlos,

      Después de darte de alta en gravatar.com, no te olvides de borrar el caché del navegador o seguirás sin verte aunque los demás te veamos (ahora mismo yo no te veo aún con avatar).

    12. Gravatar Carlos Sánchez | 28/12/2007 at 09:47 | Permalink

      Vale, otra cuestión que me surge, repensando el artículo esta mañana en el autobús, es que, exactamente ¿qué está formado por fotones?

      Me refiero a que decimos que la luz está formada por fotones (reduciéndolo todo mucho). Pero ¿toda la luz? ¿la luz visible? ¿la infrarroja y la ultravioleta también? ¿todo el espectro radioeléctrico?. Porque al final todo el espectro es como la luz, sólo que con diferente longitud de onda ¿no?

      Por tanto, el fotón que emiten los electrones al ser excitados puede ser no solo de luz visible sino también de microondas o de rayos gamma o de cualquier tipo de radiación ¿no?. Así pues, la mecánica cuántica afecta a todos los tipos conocidos de radiaciones…

      No sé si mi razonamiento es correcto o no (espero que sí :-))

      Otra cosa, respecto al avatar, y perdón por el “peñazo”. ¿cómo se pone? ¿tengo que poner alguna etiqueta en los comentarios? Ya lo tengo creado en gravatar.com, pero no sé cómo incrustrarlo en mis comentarios, que, me temo, van a ser bastante numerosos, debido a mis lagunas de conocimiento tan enormes.

    13. Gravatar Pedro | 28/12/2007 at 09:52 | Permalink

      Carlos,

      Me refiero a que decimos que la luz está formada por fotones (reduciéndolo todo mucho). Pero ¿toda la luz? ¿la luz visible? ¿la infrarroja y la ultravioleta también? ¿todo el espectro radioeléctrico?. Porque al final todo el espectro es como la luz, sólo que con diferente longitud de onda ¿no?

      Efectivamente: toda la radiación electromagnética (desde las radioondas hasta los rayos gamma, pasando por microondas, infrarrojos, visible, UV, rayos X…) es básicamente lo mismo: fotones de más o menos energía. Los humanos simplemente damos un nombre especial (”luz”) a las radiaciones que nuestros ojos pueden detectar. De modo que esto se aplica a cualquier radiación.

      Otra cosa, respecto al avatar, y perdón por el “peñazo”. ¿cómo se pone? ¿tengo que poner alguna etiqueta en los comentarios?

      No tienes que hacer nada más que incluir en el campo correspondiente la dirección de e-mail con la que te has registrado en gravatar.com, y el avatar debería aparecer automáticamente. En un segundo limpio mi caché y te digo si está ahí o no para mí.

      Por cierto, no hay de qué disculparse por escribir comentarios y preguntas: sin ellos, El Tamiz sería un conjunto de sermones de un tío solo en la red. Necesitamos hablar con vosotros para pasarlo bien y que la página esté viva, de modo que gracias ;)

      Editado: Acabo de borrar el caché y sigo sin ver tu avatar. Puede que la dirección de correo no sea la misma, o que aún no haya dado tiempo a que funcione (no sé cuándo te has dado de alta).

    14. Gravatar Carlos Sánchez | 28/12/2007 at 10:25 | Permalink

      Me parece que estaba poniendo otra dirección de correo. A ver si ahora…

    15. Gravatar Pedro | 28/12/2007 at 02:49 | Permalink

      Carlos,

      Ahora se ve perfectamente :)

    16. Gravatar Raúl | 02/01/2008 at 02:12 | Permalink

      Hola Pedro,

      Una duda que me ha surgido tras leer este capítulo:

      Si lo que hizo saltar la liebre para finiquitar el modelo de Rutherford fue que según las Leyes de Maxwell el electron debe generar ondas electromagnéticas, esto es, fotones, y entonces perdería energía hasta desplomarse sobre el núcleo, lo que no me queda claro es el movimiento del electrón en el nuevo modelo.

      Si aceptamos que permanece en niveles de energía fijos salvo cuando pierde o gana energía ¿qué ocurre con su movimiento?¿Ya no debe respetar las Leyes de Maxwell y emitir fotones al moverse alreder del núcleo? Debo reconocer que no me queda claro ese concepto en el nuevo modelo…

      Recuerdo vagamente de mis años de bup y universidad que había unos potenciales y unos niveles y unas órbitas con formas muy exóticas, pero si una partícula con carga se mueve de forma no rectilínea, debería generar un campo electromagnético y por tanto transmitir fotones ¿no?

      A ver si consigues resolver mis dudas…

      Saludos y enhorabuena por el blog. Parece que, al final, sí me he hecho adicto ;-)

    17. Gravatar Pablo | 14/03/2008 at 07:54 | Permalink

      Primero felicitarte, es realmente interesante leerte.

      No sé si me he saltado algo pero me ha quedado una duda. ¿Como solucionaría el modelo de átomo de Bohr el hecho de que según Maxwell el electrón pierde energía al estar acelerado para girar entorno al átomo.?

      Quizás la respuesta es evidente pero no la pillo.

      Un saludo y gracias.

      Pablo

    18. Gravatar Pedro | 14/03/2008 at 08:36 | Permalink

      Pablo,

      No te has saltado nada, y debería haberlo dicho explícitamente: la razón es la cuantización de la radiación.

      Según Maxwell, el electrón pierde energía de forma continua: si midieras un tiempo muy, muy pequeño, el electrón perdería una energía muy, muy pequeña. Pero, de acuerdo con la cuántica, el electrón no puede perder una energía muy pequeña, pues los niveles en los que se encuentra y los fotones que puede emitir tienen una energía mínima, proporcional a la constante de Planck y la frecuencia emitida.

      De modo que en el modelo de Bohr, al estar prohibido que el electrón se encuentre en un nivel infinitamente cercano al suyo, sino que tiene que saltar directamente a uno bastante más abajo, no puede perder la energía de Maxwell y se mantiene donde está para siempre — salvo que alguien le dé o le quite el escalón de energía correspondiente.

      No sé si es una explicación muy buena, pero si sabes algo del tema creo que entenderás por dónde van los tiros :)

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    1. Gravatar meneame.net | 13/11/2007 at 07:11 | Permalink

      Cuántica sin fórmulas - El átomo de Bohr

      [c&p] En 1913, Bohr publica Sobre la constitución de átomos y moléculas, donde realiza el siguiente razonamiento: La teoría de Planck había sido aplicada en principio a sus “pequeños osciladores”, pero debería ser aplicable a cualquier s…

    2. [...] recuerdas el modelo de Bohr para el átomo, decía que los electrones en el átomo sólo pueden tener unas energías [...]

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